La violencia está llegando a extremos increíbles

El asesinato del director del penal Castro Castro a manos de sicarios, que habrían utilizado una pistola con silenciador para dispararle tres balas en el cuello cuando se disponía partir de su casa, ubicada en El Agustino, a bordo de su camioneta, para dirigirse a su trabajo,es una muestra del avance impune de la violencia en el Perú.

Aquí no caben disculpas de ninguna clase. Que este asesinato sirva para corregir errores porque, hay que reconocer, hubo negligencia al dejar sin protección policial a un funcionario del estado que a diario tenía que lidiar con delincuentes de todo pelaje. A él también le faltó un mínimo de previsión, teniendo en cuenta que tenía una experiencia de 27 años trabajando en el INPE, donde y ya había sido amenazado por la mafia.

Si como dice el diario El Comercio que Manuel Vásquez había cortado algunas gollerías en el penal de Canto Grande, donde se encuentran los más avesados delincuentes sentenciados por narcotráfico y terrorismo, es fácil deducir que la orden salió de ese centro de reclusión.

Pero este no es el único caso que alarma a la población. Muchas las víctimas que mueren a diario, abaleados en los restaurantes, en sus vehículos, en calles y plazas, casos que aún se encuentran sin resolver.

La violencia está llegando pues a extremos increíbles. Y eso es porque algo no está funcionando bien.

Las amenazas y los cupos están a la orden del día. Muy pocos son los afectados que valientemente presentan sus denuncias en las dependencias policiales, la mayoría prefiere cumplir con las exigencias de los facinerosos, como sucede en Trujillo hermosa ciudad primaveral donde la delincuencia opera a su regalado gusto y la ha convertido en tierra de nadie. Allí nadie se salva, empresarios, comerciantes, ni siquiera los taxistas y microbuseros, todos tienen que pagar cupos para salvar sus vidas.

De acuerdo a recientes informaciones, esa misma modalidad se está extendiendo a otras ciudades del interior. En Lima, los comerciantes de Gamarra prácticamente han perdido la guerra contra la delincuencia. Allí también impera la ley de los cupos. Y no hay quien los libre de esta lacra.

Es pues urgente que el gobierno tome al toro por las astas. No es posible que nuestro país se esté convirtiendo en otro México, donde a diario mueren decenas de personas como consecuencia de la extrema violencia. El Perú aun puede salvarse de esta lacra si las autoridades del más alto nivel toman conciencia del problema y no opten por hacerse de la vista gorda por no complicarse la vida. La policía tiene que contar con personal suficiente, altamente capacitado y dotado de armas modernas, porque no es posible que la delincuencia cuente con mejor armamento proveniente en la mayoría de los casos de las propias fuerzas policiales y de las Fuerzas Armadas, por la corrupción reinante en ambas instituciones.

Para combatir a la delincuencia organizada que afecta a todos los niveles, se necesita decisión de gobierno y de jueces valientes que no les tiemble la mano. A estas mafias no se las puede combatir con guantes de seda, sino con todas las armas que faculta la ley que, dicho sea de paso, hay que reformarla para que las penas sean más severas porque es una lástima que la policía no cuente con todo el apoyo legal para poner a buen recaudo a todos estos facinerosos que están haciendo de las suyas en todo el territorio. Igualmente, resulta vergonzoso que los jueces citen a los policías al primer reclamo de abusos, supuestamenmte cometidos en el desempeño de sus funciones, a pedido de malos abogados pagados por los delincuentes. Claro que también es cierto que en las instituciones policiales hay verdaderas joyitas que no deberían vestir el uniforme policial sino el de rayas. Por eso resulta vital una reorganización a fondo para separar la paja del trigo.

En esta lucha contra el mal debería estar involucrado también el periodismo para formar conciencia en la población sobre la gravedad del problema y para ser el receptor de las opiniones de los especialistas con el fin de articular las mejores estrategias de solución. Tampoco el periodismo actúa bien. Todavía hay medios que destacan en sus primeras planas las actividades delictivas, adelántándose con sus conjeturas a la investigación policial. Hay colegas que con sus apreciaciones, imagino por captar mayor lectoría, convierten en ídolos a algunos delincuentes y hasta los defienden diciendo que fueron objeto de maltratos.

Esta es una guerra. Y si queremos que triunfe el bien todos debemos unirnos contra el mal.

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