Centenario de Machupicchu

Mientras escucho en silencio la estupenda sinfonía Machupicchu, bellamente ejecutada por la orquesta sinfónica “Ciudad de los Reyes” y dirigida por Inma Shara, en estreno mundial, pienso en todas las veces que visité la ciudadela de los incas, considerada con justicia como una de las Siete Maravillas del Mundo. Recuerdo la hermosa fotografía en blanco y negro que me tomó Julia Chambi, hija del prestigioso fotógrafo Martín Chambi y lo único que quiero es estar frente a mi PC para darle duro al teclado y rendirle homenaje al mayor símbolo de nuestra peruanidad, de la manera que más me gusta, escribiendo.

No me importa que no me salgan las palabras adecuadas, tampoco que me acuerde al detalle de los nombres de los lugares sagrados que conocí como la casa del Guardián, lugar donde actuarán Los Jaivas interpretando “Alturas de Machupicchu” la más extraordinaria musicalización de los famosos poemas de Pablo Neruda, encumbrado hombre de letras chileno y Premio Nobel de Literatura.

Lo que si recuerdo, como si fuera ayer, fue mi primera visita.

Aquel día, Luego de levantarme a las cinco de la mañana para estar antes de las seis en la vieja estación de San Pedro, viajé durante varias horas en el único tren que prestaba servicio hasta Aguas Calientes y luego subí en un pequeño bus a Machupicchu por una carretera en zigzag que inmediatamente me trajo a la memoria la misma figura que dibujaba el tren para subir Picchu. El vehículo que no era ni tan viejo, ni tan nuevo, se aparcó frente al entonces hotel de Turistas y, sin perder un minuto más, me dirigí a la puerta de ingreso de la ciudadela. Al ver desde allí, de repente, la belleza de aquella estructura pétrea me conmoví inmensamente y se me salió un ¡Oh! profundo. Confieso que por un instante me quedé con la boca abierta. Y como despertando de un sueño, empecé a apretar el disparador de mi vieja cámara Kodak, sin importarme la cantidad de película que estaba quemando. Parecía un loco. No quería escuchar ningún otro sonido que no sea de aquella naturaleza viva, menos las historias que empezaron a contar los guías, algunos exagerando las cosas y, otros, lo que se les ocurría, sin ponerse de acuerdo si fue o no un refugio del inca, su lugar de esparcimiento, su Camp David andino, un santuario, un mausoleo gigantesco, un lugar de experimentos y no sé qué más.

Fue cuando me aparté del grupo. Yo solo quería estar solo para admirar la magestuosidad del paisaje y soñar despierto. De rato en rato me acoplaba al grupo por curiosidad y me enteraba de los nombres de cada uno de los monumentos, como el templo y la casa del inca, el Intihuatana, la ventana de los tres templos, el templo del cóndor, la plaza real, sus andenerías, sus 16 fuentes de agua y sus canales por donde discurría agua cristalina.

Todos sus edificios, construidos con inmensos bloques de piedra, calzados con precisión milimétrica,en medio de una maraña de montañas agrestes, se habría hecho en decenas de años, por tanto es fácil imaginar que no fue obra solo de Pachacutec sino de varios incas. En este primer viaje se nos prohibió subir al Huaynapicchu para evitar accidentes porque había zonas donde las graderías estaban en mal estado. Lo hice a los pocos meses, en un viaje que organizó el entonces Instituto Nacional de Cultura para los hombres de prensa del Cusco. No sé cuantas veces más volví. En dos ocasiones lo hice con mi familia, otras veces con amigos, familiares que llegaban del extranjero y claro, por razones de trabajo, cada vez que los arqueólogos hacían un nuevo descubrimiento, había derrumbes por efecto de las torrenciales lluvias o atentados de algunos desquiciados que escribían mensajes en las piedras o las quiñaban, crónicas que seguramente deben estar en los archivos del diario El Sol del Cusco, desfalleciendo con sus páginas amarillentas por efecto del tiempo. Sin embargo no me cansaría de ir a Machupicchu, ua y otra vez, para recibir su energía, impregnarme de buenas vibraciones y seguir admirando su grandeza.

No necesito palabras capciosas ni frases rebuscadas para decirles que Machupicchu, (nombre que me enseñaron a escribir junto y no separado) es la obra más grande hecha por el hombre y el mejor legado de nuestros antepasados porque gracias a su descubrimiento por Agustín Lizárraga en 1902 y redescubierto y mostrado al mundo por Hiram Bingham en 1911, tras un arduo trabajo de limpieza y excavaciones, el mundo puede admirarlo y el Perú, particularmente el Cusco, beneficiarse de sus visitas.

El mismo Bingham reconoce en sus apuntes que él no fue el descubridor de Machupicchu, sino Agustín Lizárraga, nueve años antes que él visitó la ciudadela. Una prueba de esto es que el agricultor, que vivía al frente de Machupicchu, al llegar al lugar puso su nombre en los muros de “Tres ventanas”. Sin embargo, fue el profesor de la universidad de Yale y empedernido aventurero quien, un año después de su primera visita, regresó de los EEUU para realizar trabajos de excavación, limpieza y un inventario fotográfico de la obra monumental del inca Pachacutec edificada sobre una superficie de 32 mil quinientas hectáreas.

El mérito de Bingham es haber colocado a Machupicchu en la vitrina del mundo y contribuir para que sea considerado como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Por eso regatearle los méritos sería mezquino.

Como dato adicional, vale la pena recordar que este profesor aventurero de historia sudamericana en la U de Yale, luego de un periplo por Venezuela y Colombia, llegó a Perú siguiendo la ruta de Bolívar y se trasladó al sur de nuestro país. Estuvo en Abancay donde hizo amistad con el prefecto del entonces departamento de Apurímac J.J Núñez y fue este quien le habló de la existencia de Choquequirao, complejo ubicado en la provincia de La Convención-Cusco, pero más cercano a Abancay por la ruta de Cachora y Huanipaca. Fue el prefecto quien, no solo lo animó a descubrir Choquequirao, el último refugio de los incas, donde se había ocultado gran parte del tesoro que no se llevó a Cajamarca para el rescate de Atahuallpa, sino que también le proporcionó alimentos, caballos y custodia de soldados para que haga el esperado viaje. No halló ningún tesoro y retornó a los EEUU. Y fue recién en su segundo viaje que Bingham se anima a viajar a Machupicchu, misión que anteriormente no había podido cumplir el rector de la Universidad San Antonio Abad Alberto Guisecke, amigo de Bingham, por las inclemencias del tiempo. Animado por su amigo, el profesor de Yale decide emprender la expedición y para esto contacta con el agricultor Melchor Arteaga, en Mandor, lugar cercano a Machupicchu, para que lo guíe a la ciudadela. Parece que Arteaga no lo hizo personalmente sino que encomendó esa misión a un menor de ocho años con quien iba frecuentemente al lugar.

En el documental presentado por Canal 4 se pudo ver el mismo lugar donde el explorador y sus acompañantes hicieron un puente de palos para atravesar el río Vilcanota.

A propósito del documental, pienso que está bien hecho, salvo los cortes de publicidad con spots que debieron ser acondicionados para estar a la altura de la majestuosidad del tema y no usarla hasta en el mismo documental, donde una familia toma cerveza cusqueña de la botella cuando debió usarse un kero para el brindis y este debió hacerse con chicha, la tradicional bebida de los incas y no con cerveza, solo por razones publicitarias.

Al margen de estos pequeños detalles, que este Centenario de Machupicchu sirva para pensar más en la defensa de nuestro patrimonio cultural, en una adecuada promoción de la culinaria cusqueña, rica en productos nativos, su música autóctona que sirvió de base para la composición de otros ritmos que se expandieron a lo largo y ancho del tawantinsuyo, especialmente a Bolivia, Chile y Excuador, su incomparable hotelería extendida en todo el valle de los incas donde brillan con luz propia el Tambo del Inca, Sol y Luna, Aranwa, Casa Andina, Sonesta y Rio Sagrado, que nada tienen que envidiar a los mejores hospedajes del mundo.

Que esta ceremonia de luces y sonido dirigida por el cineasta Lucho Llosa, con la participación de la cantante Tania Libertad y la sinfónica del Cusco no solamente nos llene de orgullos sino que nos una más a los peruanos porque solo unidos seremos capaces de hacer más grande a nuestra nación.

¡Feliz Centenario de Machupicchu!

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