Guerra contra la corrupción y delincuencia debe ser ¡ya!

Una de las razones por las que el pueblo votó por Ollanta Humala fue, entre otras cosas, por su propósito de combatir frontalmente las dos lacras que más agobian al país: La corrupción y la delincuencia. Estas fueron las banderas que más exhibió en todas sus manifestaciones políticas, en calles y plazas del país. Y el pueblo le creyó por su formación castrense y lo aplaudió por su decisión.

Sería pues una gran desilusión si el mandatario no acomete con valentía ambos problemas. No lo digo impulsado por el hecho ocurrido con la esposa y la hija del congresista Reggiardo, atacados y baleadas por una banda de delincuentes con el propósito de robarles la camioneta sino porque es un mal que se va generalizando peligrosamente y muchas veces no se le da la cobertura periodística como se le dio a este hecho por demás deplorable.

Y esto no pasa solo en Lima. Las bandas de mafiosos prácticamente se han apoderado de gran parte de las principales capitales del país, siendo Trujillo, Chiclayo, Piura, Cusco, Arequipa, Ica y Tacna, las más afectadas. Los llamados marcas hacen de las suyas en los alrededores de las entidades bancarias, los secuestradores son un peligro público y los chantajistas y extorsionadores dirigen impunemente a sus secuaces desde las cárceles utilizando teléfonos celulares porque sus carceleros se hacen de la vista gorda, unos por miedo y otros por las propinas que reciben.

Las amenazas a los empresarios, los robos a mano armada, los asaltos a los ciudadanos y turistas, las violaciones a menores, los robos al paso y a los domicilios, son cosa de todos los días, sin que haya una reacción inmediata y eficaz de la policía. Es un hecho por demás lamentable la inseguridad en que vivimos. Los delincuentes hacen lo que quieren y, si son capturados, son puestos en libertad más rápido que inmediato por jueces corruptos, coimeros y sinvergüenzas.

Aquí hay que reformar todo. Pero, para esto tiene que haber una decisión política, con la finalidad que todos los organismos del estado vayan en la misma dirección. Hay que castigar a los infractores de la ley con todos los medios disponibles, de manera conjunta y sin miramientos ni contemplaciones. Para esto será necesario formar mejores policías en buenas escuelas y no en institutos improvisados y al salir que los efectivos dispongan de armas y elementos electrónicos modernos, así como de leyes que les permitan actuar con severidad. Pero también hay que poner el ojo en su conducta, porque no todos los policías son unos angelitos, se ha demostrado que algunos son parte del sistema delincuencial. Otra de las fallas es que, tanto la policía, las compañías de vigilancia y los serenazgos, no están articulados, existe un total divorcio entre ellos, ni siquiera se conocen sus verdaderas obligaciones, al contrario existe rivalidad y se echan la culpa de todoslos males.

Por otro lado, los jueces deben ser más estrictos en la aplicación de la ley y si estas no responden a sus requerimientos, el congreso debe modificar los códigos para que las penalidades sean más severas. Al mismo tiempo, el gobierno debe darle prioridad a la construcción de más cárceles pero no dentro de las ciudades, donde los reclusos gozan de muchas gollerías, sino en las zonas más alejadas y altas, donde el frío los haga arrepentir de sus delitos y les haga meditar en su equivocada conducta para que se regeneren y puedan reincorporarse a la sociedad.

Las autoridades educativas, los maestros y los padres de familia, tienen también una gran responsabilidad, porque es en los centros educativos donde se forman las pandillas y los primeros brotes de violencia callejera. Es allí donde debe empezar la tolerancia cero. Y, si se logra mejorar la educación en el hogar y la escuela, no habrá necesidad de construir más cárceles.

En cuanto a la corrupción, esta se encuentra enquistada principalmente en las entidades públicas. Y es allí donde se la tiene combatir. La coima se ha convertido en una costumbre.

Si Ollanta Humala no combate la corrupción desde ahora, es decir al inicio de su gobierno, terminará mal, como terminaron Alan García, Alejandro Toledo y Alberto Fujimori. Necesita hacer un shock contra la corrupción si realmente quiere moralizar el país.

En efecto, para que el país siga creciendo y sea manejable se requiere de medidas drásticas y reacciones inmediatas, al primer indicio de actos corruptos, mientras el poder judicial o el congreso realicen las investigaciones en los tiempos que generalmente terminan en las calendas griegas.

Que el señor Humala, tal como ofreció en la campaña, ponga en la cárcel a todos los corruptos que se enriquecieron con los fondos públicos. El ciudadano espera que estas ofertas no hayan sido solo poses electoreras sino un firme compromiso con el país.

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