La venganza de Cipriani

Cuando el odio maneja las emociones del hombre es capaz de todo, hasta de ofender y deshacerse del propio hermano, tal como sucedió con Caín, que no tuvo reparos de matar a Abel solo por celos y animadversión. Y lo que ha ocurrido con el padre Gastón Garatea al no renovársele la licencia para celebrar misas y confesar es, al parecer, una venganza del Cardenal Juan Luis Cipriani, por sus discrepancias en el caso de la Universidad Católica, el aborto, el celibato y la unión civil de los homosexuales.

Con esta actitud nada decorosa ni justa, las expresiones del Arzobispo de Lima vertidas desde el altar y en sus programas sabatinos por RPP son huecas, expresadas solo de boca para afuera, que no se practican, ni mucho menos sirven de orientación a una feligresía que cree en su palabra.

Por eso ha hecho bien el Obispo de Chimbote Luis Bambarén expresidente de la Conferencia Episcopal Peruana en tomar distancia de esta posición absurda del arzobispado y decir sin pelos en la lengua que “se le impuso esa sanción por un tema personal”. No se cumplió con los pasos normales para tratar estos casos porque lo primero que se debió hacer es llamarle la atención, si el padre Garatea realmente cometió alguna falta, luego amonestarlo y, finalmente, si persistía en la falta recién tomar una medida más drástica. Aquí no se cumplió con estos pasos. A Garatea simplemente no se le ratificó prohibiéndosele ejercer labor pastoral y punto.

Pero, este no es el único caso en que Cipriani actúa de manera prepotente. Como interlocutor de la Iglesia en el litigio con la Pontificia Universidad Católica rompió el diálogo por su cuenta y no le dio la gana de reanudarlo por más de un mes, lo que motivó que el rector Marcial Rubio enviara una carta al Cardenal Tarcisio Bertone, Secretario de Estado del Vaticano donde le dice que “la única manera de lograr la paz plena que la universidad y los obispos peruanos desean es que el Cardenal Juan Luis Cipriani deje de ser interlocutor entre la jerarquía de la Iglesia y las autoridades de la universidad” Y no solo eso, en la carta también le hace conocer que Cipriani agravia a la PUCP al asumir una interpretación antojadiza de los testamentos de don José de la Riva Agüero.

El arzobispo que cree que “los derechos humanos son una cojudez”, que dice una cosa y actúa al revés, debería ser más humilde y rectificar sus errores y dedicarse más a guiar la vida espiritual de los feligreses y sobre todo de algunos curas cuestionados seriamente por violaciones de menores y otros delitos, en lugar de castigar a los buenos sacerdotes.

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