Diez años después la vida sigue igual

Hoy se cumple 10 años de la entrega del informe de la Comisión de la Verdad y, de acuerdo a ese descarnado análisis, nada ha cambiado en el país porque a nadie le importa un comino las condiciones de miseria en que vive gran parte del país. Es verdad que algo se ha avanzado en la lucha contra la ponbreza pero queda muchísimo por hacer. Todavía no han cambiado las condiciones que sirvieron de caldo de cultivo para que germinara el senderismo.

Han pasado diez años de aquel informe que nos estremeció y avergonzó y aún se sigue hallando fosas con cadáveres de las víctimas del terrorismode parte de los senderistas como de las fuerzas del orden. Ayer nomás se ha vuelto a encontrar los restos de más de 200 víctimas de la violencia en la zona conocida como “Oreja de perro” en La Mar, Ayacucho, lo que demuestra la dimensión de esa guerra sucia que se practicó en ambos lados.

Han pasado 10 años y gran parte de los deudos de esas víctimas aún no han sido reparados legal, ni económicamente. Siempre hay un pretexto para demorarles el pago a que tienen derecho. Siempre hay alguien que se opone a reconocer que se cometió un crimen de lesa humanidad, siempre sale esa prensa fanática que justificó esa lucha secreta atroz y desquicia para oponerse a saldar esa deuda.

El valor del informe de la CVR radica en haber develado ese país real que no es atendido por el estado porque está lejos de la atención pública, que está en otro mapa, diferente al que se enseña en la escuela, es decir el mapa de la pobreza.

El desdén a esa población pobre es tan infame que se atentó contra el Lugar de la Memoria, tiñéndola de pintura. ¿Qué inclusión puede haber con esa conducta? ¿Qué paz puede haber con 15 mil desaparecidos y más de 6 mil fosas clandestinas descubiertas? ¿De qué justicia podemos hablar si la mayoría de los autores de esos atentados o están libres o están en prisiones doradas?

Las autoridades se llenan la boca hablando de inclusión social. Creen que regalar alimentos, cien o doscientos soles, es solucionar el problema de la pobreza de esos excluidos. Eso es entregar limosnas para hacerlos más mendigos. Lo que esa gente quiere es trabajo o una ayuda económica para que se inicie en algún emprendimiento. Pide que la asesoren, que no la dejen sola frente a la vorágine de la gran empresa. Que la orienten para vender sus productos. Las dádivas solo generan más pobreza y ociosidad.

El Gobierno tiene que darse cuenta que tiene una gran deuda social con ese país real que está al otro lado de la capital y de las grandes ciudades que gozan de agua, luz, teléfono, hospitales y grandes supermercados. Tiene que saber que no puede haber tranquilidad social mientras unos vivan bien y otros en la miseria.

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