La muerte del Gabo enluta las letras

Estuve fuera de Lima cuando ocurrió el fallecimiento de Gabriel García Márquez. Me hallaba lejos del mundanal ruido, de las noticias y despojado de las herramientas que me permiten conectarme con el mundo. Preferí hacer un alto voluntario cerca al mar, sin escribir una línea, ni lanzar una sola crítica, por respeto a la Semana Santa.

Pero, las malas noticias siempre llegan por más que uno esté escondido en el lugar más recóndito, en el último lugar del mundo. Y la partida de Gabo, con mayor razón, era una noticia que tenía que romper muros, superar distancias y meterse en los lugares más ocultos. A mí me llegó en la playa, mientras contemplaba la inmensidad del mar, casi al instante, a través de la radio y mi primera reacción fue el silencio y luego el pesar de no poder comentar esta gran pérdida por encontrarme desarmado, sin mi laptop ni señal de internet.

Eso nos pasa a quienes tenemos la costumbre de escribir porque no tenemos una mejor forma de expresar nuestras ideas y sentimientos, que no sea escribiendo.

Por eso, a mi vuelta a Lima, lo primero que quiero expresarles es que García Márquez fue para mí y seguramente para todos los periodistas latinoamericanos un referente que queríamos imitar y un escritor que todos los que tenemos alguna afición por la literatura aspiramos seguir porque sus obras escritas con brillante exquisitez nos transportan a un mundo maravilloso donde lo real parece una fantasía y la fantasía una realidad.

Su muerte, luego de algunos días días de espera, fue una “crónica de una muerte anunciada”. A partir de hoy tendremos “Cien Años de Soledad” o quizás más, porque será muy difícil que aparezca un escritor como él. “El coronel ya no tendrá quien le escriba” y con su partida todos perdemos a ese amigo que nos contaba hermosas historias en nuestros momentos de soledad.

Porque Gabo fue amigo de todos, de Fidel, de Clinton, Arafat, Allende y Felipe González, de reyes, escritores, poetas artistas y, sobre rodo, del pueblo.

A través de sus letras supo llevarnos a ese mundo imaginario de Macondo y, a la vez, mostrarnos el otro mundo, el de los dictadores latinoamericanos y su caída en “El otoño del patriarca”.

Mi homenaje a quien me enseñó, a través de sus crónicas, a decir la verdad, a expresar lo que uno piensa y describir a las personas tal como son. García Márquez decía que “el periodismo es una herramienta para no perder contacto con la realidad”.

Y, yo, tampoco quiero perder contacto con la realidad, por eso escribo. Quiero estar presente en este mundo de grandes contradicciones, de cosas buenas y malas, de errores y horrores. Ser testigo de los grandes y pequeños acontecimientos. Estar presente en la gran mesa de discusiones que nos tiende el internet para que no sean unos pocos los que administren nuestras vidas y hagan lo que les viene en gana con nuestro destino.

Si las redes sociales nos ofrecen esta gran oportunidad de expresar nuestras ideas, pues utilicémoslas para participar en las cotidianas discusiones sobre los temas de interés comunal, nacional e internacional. No dejemos que unos cuantos políticos oportunistas nos tracen el camino. Al menos hagámosles saber nuestra opinión y hagámosles sentir el poder de nuestra indignación.

En 1948, García Márquez empezó su carrera periodística en el diario Universal de Cartagena (Colombia), luego pasó al Heraldo de Barranquilla donde tenía una columna con el seudónimo de “Septimus”. En 1954 empieza a trabajar en El Espectador como reportero y crítico de cine. Y luego viajó a París como reportero de este diario. En 1974 funda la revista Alternativa y finalmente se dedica a ayudar a jóvenes aspirantes a aprender las nuevas formas de hacer periodismo a través de su fundación.

Seguramente que muy pocos lo recordarán como periodista porque sus novelas superaron todas las dimensiones de la literatura. Yo lo recordaré como el maestro universal que le dió valor al idioma español y fue un guía inéquivoco del periodismo latinoamericano. Se fue pues un gran maestro del periodismo y un genio de la literatura, pero nos quedan sus enseñanzas y sus libros que debemos revisar cada vez que deseemos reencontrarnos con él. Ese será nuestro mejor homenaje.

Que las mariposas revoloteen eternamente alrededor de su figura y las flores amarillas jamás se marchiten.

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