El Señor de Qoyllur Riti

En las alturas de Ocongate, provincia de Quispicanchi, la única forma de combatir el intenso frío, que cala hasta los huesos, es abrigándose “por fuera y por dentro”, como dicen los lugareños. Por fuera con un buen abrigo de lana y por dentro con un buen pisco. Y para el mal de altura no hay nada mejor que un mate de coca, aunque los entendidos recomiendan mascar las mismas hojas porque, según aseguran, “es más efectivo”
Por eso, la peregrinación al Santuario de Qoyllu Riti “es para machos”, y para muchos, porque son miles y miles los que ascienden para pedir un milagro o para agradecer un favor recibido.
De acuerdo a la versión del Antropólogo Jorge Flores Ochoa, mi catedrático en la Universidad San Antonio Abad en mi época de estudiante, “originalmente esta celebración era estrictamente campesina y muy cerrada, pero a partir de que la Iglesia difunde la aparición de Jesucristo en Sinakara, se inicia la llegada paulatina de nuevos peregrinos, gran parte de ellos de las zonas urbanas. Es probable que en algún momento, como se escucha insistentemente las naciones andinas cambien el escenario de la peregrinación”.
Y bien, los jóvenes turistas extranjeros, siempre precavidos, y los conocedores de la zona, que también llegan por miles, se llevan carpas para pernoctar en la hoyada del Sinakara y pasan la noche bebiendo como dios manda para poder resistir el frío y contrarrestar los efectos de la altura que sobrepasa los 4 mil 800 m.s.n.m. claro, siempre y cuando no sean sorprendidos por los pablitos y ukukos,
Los habitantes de la zona, los músicos y danzantes, acostumbrados al clima, extienden sus ponchos sobre el ichu y bajan las orejas de sus chullos para taparse la suyas y descansar colocando sus cabezas sobre sus atados, no sin antes haber intercambiado con los visitantes hojas de coca por pisco y cigarrillos.
La fiesta en honor del Señor de Qoyllur Riti, es movible, 58 días después del domingo de Resurrección y dos días antes del Corpus Christi.
Poco a poco los peregrinos por miles se apoderan de las faldas del Qolquepunco. Esta es seguramente la peregrinación más grande en Perú, la más extensa y a la vez la más difícil.
Las naciones llevan sus cruces en procesión hasta el nevado del Sinakara y allá las dejan hasta la madrugada del martes, que es cuando descienden los pablitos, que son mitad hombre, mitad oso, o mitad alpaca, cargando pedazos de hielo en sus espaldas que al derretirse se convierte en agua bendita para los que llegan a Ocongate.
El señor de Qoyllu Riti, “la Estrella de Nieve”, cuya imagen fue hallada encima de un árbol de Tayanca en forma de cruz y en la peña cercana donde ocurrió el milagro quedó grabada la imagen del Señor y sobre ella se pintó la figura que actualmente se adora.
En cuanto a su aparición se ha tejido una serie de historias y leyendas que se transmiten de generación en generación.
En uno de mis viajes que hice al Cusco, mi amigo Alfredo Febres y su esposa, me contaron una de esas historias, mientras tomábamos un chocolate caliente, con exquisitas “lenguas de suegra”, en el Ayllu.
Ambos, son integrantes del Comité Pro-construcción del Templo del Señor de Qoyllur Riti en Cusco que preside Pablo Cortez, miembro de la llamada “Nación Tawantinsuyo” presidida por Alejandro Castillo.
Además de la Nación Tawantinsuyo hay otras naciones: Paucartambo, Quispicanchis, Acomayo, Paruro, Anta y Urubamba.
El templo se construye en un área de 400 metros sobre un terreno de 1500 metros ubicado en el cerro Muyoq Orqo del Asentamiento humano Choqo, en Cusco.
Ellos me contaron la historia que da vueltas cada vez que se acerca la Fiesta de Qoyllu Riti.
Como todas las historias, leyendas y cuentos, esta puede ser cierta o no, pero que ha calado en la población. Se dice que en 1870 un pequeño pastor de alpacas, Mariano Mayta, de apenas 12 años fue el primero en ver la milagrosa aparición de Jesuscristo en las faldas del Sinakara.
El pastor vivía con su hermano de 16 años en una cabaña cerca de Mahuayani, y su padre en una estancia de la misma zona. Ambos se dedicaban al pastoreo de auquénidos y ovinos en la hoyada de Sinakara, al pie del Nevado de Qolqepunco.
El hermano mayor abandonaba continuamente la cabaña, dejando solo a Mariano. Y un día, cansado de esperarlo, decide ir a Mahuayani en busca de su padre, dispuesto a contarle del constante abandono de su hermano mayor. Pero este se le adelanta y lo acusa a Mariano de ser un niño desobediente y ocioso, y el padre lo castiga y lo obliga regresar a la cabaña.
Al día siguiente, el hermano vuelve a abandonarlo. Nunca se supo el motivo de sus correrías, se cree que estaba en amoríos con una muchacha que vivía en los alrededores. Fue entonces que Mariano, angustiado por la soledad y el hambre, decide trasponer el nevado. Pero cuando estaba dirigiéndose al lugar, se encuentra con un niño, más o menos de su edad, quien le pregunta qué es lo que le sucedía y por qué quería atravesar el nevado poniendo en peligro su vida.
Mariano le respondió que no quería volver donde su padre para que no lo castigue por culpa de su hermano mayor.
El niño le aconseja y recomienda que no tome esa decisión y para que mitigue su hambre le ofrece pan y lo acompaña en sus labores de pastoreo.
Al regresar a la cabaña, no cuenta su aventura, pero no puede dejar de pensar en aquel niño bondadoso que había conocido.
Al día siguiente, como siempre se levanta temprano y se va a pastar el ganado en el mismo lugar donde aquel niño extraño le había prometido esperarlo. Ahí estaba él.
A partir de ese momento sus encuentros son más frecuentes y todos los días no le hacía faltar una ración de pan para saciar su apetito.
Hasta que un día, un comunero que buscaba una llama que se había perdido divisó en las laderas del Sinakara, que Marianito jugaba con un niño extraño y pensando que era hijo de algún cazador que se había alojado en la cabaña de los Mayta, no le dio mayor importancia.
Luego de varios días, el comunero nuevamente ve a Marianito y al niño forastero en el mismo lugar. Este hecho le llama la atención y, de regreso a Mahuayani, le comenta al padre de Mariano quien, de inmediato se dirige a la cabaña donde vivían sus dos hijos, encontrando solo a Mariano y no al mayor por lo que montó en cólera. Y al contar los animales, constató que habían aumentado en número y al mismo tiempo había abundante lana hilada.
La sorpresa del padre aumentó al entrar a la cocina donde todo estaba en orden y le preguntó a Mariano por qué no cocinaba y él le respondió que tenía un amiguito que le facilitaba todas las cosas y hasta le ayudaba a pastar el ganado y a hilar.
Mariano, al notar que su amiguito nunca se cambiaba de vestido, le preguntó por qué usaba el mismo atuendo siempre. Su amigo le respondió que no tenía otro vestido porque no había esa tela en esos lugares.
Mariano, le ofrece conseguir la tela como agradecimiento por toda su ayuda con tal que le dé una muestra. Y emprende el camino hacia a la casa de su padre, a quién le comenta la conversación con el niño y le hace ver el trozo de tela. Pero como su padre no podía viajar a la ciudad de Cusco, le sugiere a su hijo que sea él quien lo haga.
Entusiasmado, pero a la vez preocupado, Mariano llega al Cusco y sin pérdida de tiempo recorre todos los establecimientos comerciales en busca de la tela, pero no pudo encontrarla, ni siquiera una parecida.
En una de las tiendas, uno de los empleados, que conocía bien de telas, luego de revisar el pedazo una y otra vez, le aconseja averiguar en el Arzobispado porque, le dijo, solo los Obispos usaban ese tipo de material. Así que logra entrevistarse con el prelado, quien escucha con atención al niño.
El Obispo Moscoso le dice que esa tela no existía y le recomendó acudir donde el Párroco de Ocongate, Pedro de Landa, y le da una carta lacrada para que el Párroco averigüe sobre la procedencia de la muestra de tela que tenía Mariano, porque tenía la sospecha que se estaba cometiendo un sacrilegio por parte de algún indígena ya que la muestra era similar a la de los vestidos de las imágenes de los santos.
El Párroco, luego de leer la carta le convence a Mariano para que lo lleve donde su amigo que usaba el vestido confeccionado con ese tipo de tela.
Luego de un largo y penoso viaje por la cordillera, un 12 de junio de 1783, llegan a un punto de la cordillera de Sinakara, donde efectivamente vio a un jovencito que vestía una túnica blanca pastando el ganado, en reemplazo de Mariano. Pero cuando se aproximaron a él, una luz intensa les ofuscó la vista y no fue posible acercarse y tuvieron que retirarse.
Días después, el Párroco convocó a las autoridades comunales, vecinos cercanos y acuerdan atrapar al niño de la túnica.
Después de varios días de una larga y penosa caminata llegan a Sinakara, pero según se iban acercando, la luz intensa no les permitía mirar bien y acuerdan rodearlo.
Ante la sorpresa de todos, la figura refulgente se fue hacia las rocas y vieron que encima de un árbol de tayanka, estaba la figura de Cristo en momentos de su agonía. El sacerdote y su comitiva, quedaron perplejos y no les quedó otra cosa que inclinar sus cabezas y postrarse de rodillas.
Entretanto, Marianito al ver la imagen pensó que habían matado a su amiguito, porque manaba abundante sangre de su cuerpo, clamó misericordia y preso de la angustia falleció.
Se cree que se encuentra enterrado al pie de la misma peña que hoy se venera como sagrada.
Así como esta puede haber muchas historias, pero la verdad es que los miles de fieles llegan hasta este lugar para venerarlo, elevar sus oraciones y de paso vivir la fiesta costumbrista más bella al pie del nevado.

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