Amores Divinos

Carlos Rojas presentaba su programa “Feliz Amanecer” a través de radio América cuando mi madre me hizo saltar de la cama de un solo grito, recordándome que el tiempo volaba y la ducha me esperaba con las cortinas abiertas. Felizmente que el clima en Abancay siempre fue agradable, de lo contrario aquel duchazo de agua fría no me hubiera parecido la suave caricia de una ninfa.

Cuando salí del baño, el locutor más oído del Perú de entonces, seguía presentando bellísimas canciones interpretadas por las mejores orquestas del mundo y dirigidas por los grandes maestros como Fausto Papetti, Franck Pourcel, Henry Manzini y Glen Miller y, de rato en rato, lanzaba los últimos éxitos de la nueva ola que yo los seguía a viva voz mientras me vestía con mi uniforme “comando” color caqui, para irme al colegio.
Y pensar que años después, cuando empecé a trabajar en Radio Unión y luego fuí nombrado como Gerente Producción de esta emisora, no solo conocí a Carlos Rojas, sino que me interesé en que él volviese a la radio a través de la FM de esta emisora, y lo conseguí.
Con mi salida, porque me fuí a trabajar en Panamericana Televisión, parece que Carlos también dijo “hasta aquí nomás” y nunca volvió a hablar en un micrófono. ¿Dónde estará? No lo sé.
Y bien, de pronto, otro grito, esta vez de mi abuela Adelina, terminó de sacarme de mi letargo.

–¡El desayuno está servido!

–Por favor abuela, que terminen de cantar Los Santos y salgo volando.

– ¡Qué! No me vengas con esos cuentos, los santos cantan en el cielo, no en la ducha.

– Abuela, así se llama el nuevo grupo argentino que le hace la competencia a Los Cinco Latinos.

– No me importa que sean argentinos, polacos o chinos con tal que te apures si no quieres que tu abuelo te quite el radio.

¡Qué tiempos aquellos! Las abuelas sí que tenían autoridad, a veces, más que las propias madres.

Pero, los abuelos tampoco se quedaban atrás. Eran la máxima instancia a quienes los nietos acudíamos cada vez que teníamos un problema, que los padres no podían resolver, sobre todo aquellos vinculados a nuestros primeros conflictos de amor. Y las abuelas, además de engreirnos, eran nuestros paños de lágrimas, las únicas que podían reemplazar a nuestras madres, y tenernos en su regazo donde aplacábamos nuestras penas.

Y, a esa edad ¿quién no estaba metido en los líos del dios Eros y la diosa Venus?
¡Increíble! en Abancay, el bichito del amor empezaba a hacernos cosquillas a la misma edad en que las avecillas descubrían que tenían alas para volar. No era como en Gran Bretaña que, a principios de los sesenta, la mayoría de las muchachas declaraba preferir el chocolate a tener sexo. Y en los EEUU, cuna del liberalismo, muchos de los jóvenes que terminaban la secundaria confesaban que por primera vez habían aprendido a atizar sus primeras llamas de amor la noche de la fiesta de graduación.

Aquí, a esa edad, los chicos ya le habíamos dado un mordisco a la manzana sin esperar que madure el fruto, no porque éramos muy adelantados sino porque el clima aceleraba la producción hormonal de nuestras glándulas, igualito que en Hawai o Quillabamba.

¡Qué edad…mama mía!

La adolescencia es, sin duda, la más bella y sublime de las edades. Es la etapa de las grandes definiciones en lo afectivo, sexual, intelectual y social y, a la vez, de los grandes sueños para afrontar los retos del futuro. Es el punto de quiebre donde el hijo deja de ser niño para convertirse en hombre y en el protagonista de su propio destino, dispuesto a romper con los moldes establecidos.

“Juventud, divino tesoro ya te vas para no volver. Cuando quiero llorar, no lloro. Y, a veces, lloro sin querer” – Decía Rubén Darío de manera nostálgica en su poema “Canción de otoño en primavera”.

El pensador Demócrates por su parte opinaba que “los jóvenes son como las plantas: Por sus primeros frutos se ve lo que podemos esperar de ellos en el porvenir”

Y Pitágoras recomendaba: “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres” .

Hasta la ONU, en 1983, definió esta edad como la etapa de la juventud con derechos propios, hecho que fue aceptado de manera universal. Lo que pasa es que los gobiernos hoy se hacen de la vista gorda y eluden sus obligaciones de cuidar de su formación física, moral e intelectual.

Esta es también la edad del enamoramiento, donde las emociones quedan fuera de control. Una sensación difícil de entender pero fácil de sentirla. Es cuando nuestras mochilas se llenan de pesadas cargas porque nuestros padres quieren que seamos formados a imagen y semejanza de ellos y nosotros solo aspiramos ser como nosotros queremos ser.

¡Santo cielo, qué edad! La del primer cigarrillo y de las luchas interiores con nuestros propios diablos y, cuando no, del amor y también el desamor. Cuando se es joven se presume ser erudito en todo, sobre todo en sexología, sin haber conocido aún Venus. Nos vanagloriamos del primer trago sin haber probado un solo sorbo de vino, ni siquiera en la primera comunión porque el cura, o no calculó bien la cantidad, o se lo bebió hasta la última gota del cáliz.

A esa edad, yo y mis amigos, como seguramente todos los adolescentes, creíamos ser los dueños del mundo y poseer las llaves con las cuales podíamos abrir todos los corazones sin percatarnos que a veces, por el apuro, alguno de nosotros cogía la sarta equivocada y sufría grandes decepciones. En buena hora que nunca se nos ocurrió utilizar la ganzúa para forzar las cerraduras de los corazones ajenos. ¡Eso jamás! Porque a la enamorada del amigo se la respetaba. Esa era la ley.

Si los leones eran los reyes de la selva, en Abancay los jóvenes éramos los reyes de la calle. Allí nadie se sentía triste porque las penas huían como mariposas nocturnas con el primer rayo de luz. Nuestras nostalgias desaparecían con solo juntarnos, hacernos bromas o tararear las primeras canciones de la nueva ola que se ponían de moda, sin importarnos que la gente nos mire como si estuviéramos locos.

Cada vez que queríamos estar juntos, bastaba que alguno de nosotros lance un silbido para salir volando de nuestras casas e irnos a la plaza de Armas para “arreglar el mundo”. Cada grupo tenía su propio silbido para evitar equivocaciones, algo así como un santo y seña. Y claro, mientras esperaba que salgan mis amigos, yo aprovechaba la ocasión para lanzarles un piropo a sus hermanas que, por curiosas, se asomaban al balcón.

Si en la antigüedad todos los caminos conducían a Roma, en Abancay todas las calles conducían a la plaza de Armas. Era el único lugar donde el tiempo no avanzaba porque el reloj de la Iglesia casi siempre estaba malogrado. Las únicas que corrían, seguramente temerosas de sus pecados, eran las viejitas que iban al templo todas las tardes para rezarle a la virgen del Rosario, patrona de la ciudad.

La verdad es que a nadie le preocupaba que el reloj de la catedral estuviera parado, chueco o malogrado, porque todos estábamos distraídos hablando de cualquier cosa menos de tristezas. Discutíamos de las canciones de moda, de fútbol, sexo y de todo aquello que estaba vetado por la iglesia, como el condón, la lectura de la revista Play Boy y los libros de Vargas Vila.

Comentábamos de las películas que estaban prohibidas para menores de 21 años, muchas veces sin siquiera haberlas visto, de las chicas “bien” y del sexto mandamiento de la Ley de Dios. Y, por supuesto, de los programas de radio que se transmitían a través de la onda corta, entre ellos los informativos de radio América, donde Oscar Navarro, uno de los más brillantes locutores peruanos impostaba su voz para decir…

–Desde sus estudios en Lima, transmite Radio América, “La voz del nuevo mundo”– Y el operador empalmaba la característica del informativo: “El reporter ESSO…El Reporter ESSO…El Primero con las últimas…

Hablábamos también de política, especialmente del APRA, porque la mayoría de los ciudadanos de mi ciudad eran simpatizantes de ese partido, en cambio los jóvenes pensábamos distinto, particularmente yo me salía de la regla, a pesar que mi padre en su juventud simpatizaba con esa agrupación política. Y claro, con mayor razón se hablaba de Acción Popular porque su fundador, el Arquitecto Fernando Belaunde Terry, había adoptado el nombre y el símbolo de la lampa para su partido, inspirado en las actividades agrícolas de Uripa-Andahuaylas, hecho que nos llenaba de orgullo a los apurimeños.

En aquella plaza de recuerdos mil, los chicos y chicas aprendimos a montar bicicleta, a cantar, bailar y hasta a llorar por nuestros primeros fracasos de amor. Y, los más niños, a pronunciar las primeras lisuras, al mismo tiempo que eran bautizados con los más originales apodos como Cachachi, sapo, chato, Chutas, Chanchín, Winco, Q’arasaco, Loccso, Chuto, Chivo, Apasanca.

A algunos les molestaba que les pongan sobrenombres porque lo tomaban como un insulto pero con el tiempo se iban acostumbrando, a tal punto que cuando se les llamaba de sus nombres, no respondían.

¡Qué plaza!

Una tarde, cuando me hallaba precisamente allí, conversando con mis amigos, observé que una señora muy guapa y su hija, una jovencita de cabellos castaños y ojos verdes, igualmente guapa, como quien dice de tal palo tal astilla, caminaban hacia nosotros. Y, mientras pasaban por nuestro lado, me sorprendió que mis amigos las saludaran con un respeto casi cortesano, como si se tratase de la reina madre y la princesa heredera del trono.

– ¿Y de dónde salió este angelito? Pregunté.

–Ni la mires porque su padre es muy celoso. Por ella es capaz de sacar la carabina. No se la ve mucho porque está en el internado del colegio de monjas.

Con semejante advertencia lo único que lograron fue despertar mi curiosidad. Por eso cuando la muchacha estuvo de vuelta, siempre acompañada de su madre, la miré con más detenimiento y hasta me atreví a guiñarle el ojo. En un principio me pareció que ni cuenta se dio pero, al ver que un intenso rubor se pintaba en sus mejillas, sonreí. Y cuando bajaban por las gradas ubicadas a un costado del club Unión, ella volteó. Aquel detalle fue suficiente para darme cuenta que mi guiño había hecho efecto.

Uno de mis amigos, al ver que me había quedado con la mirada perdida, como un idiota, me pegó una palmada en el hombro para sacarme de mi letargo y me retó a jugar a las chapas (tapas de las bebidas) en el piso del quiosco. En aquel tiempo, ese era el juego que más nos apasionaba a los chicos.

Recuerdo que, para que las chapas tengan más peso y se deslicen mejor en el piso de cemento, las rellenábamos con cera que la sacábamos de la iglesia ubicada ahí nomás, cerquita, al costado de la plaza. Y como nosotros no éramos los únicos que queríamos jugar tuvimos que esperar hasta que el quiosco se desocupe. Algunas veces no llegábamos a jugar porque los lances de los chicos que nos antecedían eran “a muerte” y se quedaban hasta la hora de las musarañas o hasta que se escuchaba en los parlantes del cine Municipal el tema de la zarzuela “La Leyenda del Beso”, obra cumbre de los maestros españoles Reveriano Soutullo y Juan Bert estrenada en el teatro Apolo de Madrid en 1924, anunciando que estaba por empezar la función de noche, algo así como el último silbato en el circo. Claro, los que tenían dinero se iban al cine y los otros a sus casas.

Una noche que estaba en cartelera la película “Caballero a la medida”, con Mario Moreno “Cantinflas”, la misma que había sido publicitada con dos semanas de anticipación en grandes carteles pintados por Gabino Vega, me cite con mis amigos para no perdernos tan esperado estreno. Llegamos con casi una hora de anticipación para poder jugar en el quiosco por lo menos “un ratito”. Y, calculando la hora, corrimos al teatro para ser los primeros en llegar a la boletería. Luego de comprar las entradas regresamos para seguir jugando. Como la competencia se había puesto interesante, se nos pasó el tiempo y, apenas escuchamos los primeros compases de “La Leyenda del Beso”, salimos volando.

Al llegar al teatro, las luces de la sala ya se habían apagado y a tientas empezamos a buscar tres butacas vacías que, además, estuvieran juntas. Cuando de pronto de la parte de atrás se escuchó…

– ¡Oigan mocosos tomen asiento! ¿Se creen de vidrio o qué?

– ¡Cabezones dejen de ver la película!

Avergonzados por el barullo, mis amigos se sentaron en los primeros asientos vacíos que encontraron mientras que yo seguí caminando hasta ubicar el asiento que tenía mejor visibilidad. Felizmente que lo encontré, justo al costado donde se hallaba sentada una muchacha a quien, en un principio, no la pude identificar por la oscuridad. Y ella, al notar mi presencia, se recostó sobre el hombro de su padre como diciendo ¡cuidado eh, que no estoy sola!

Me moría de ganas por saber quién era, al extremo que, de tanto girar la cabeza, estuve a punto de sufrir de un ataque de tortícolis. Hasta que empezaron a proyectarse los avances de las próximos estrenos y los slides de publicidad. Al llegar el intermedio, se encendieron las luces. En esa época, no era como ahora que nos ponen todo de corrido sin darnos tiempo siquiera de salir a estirar las piernas en el hall y comprar canchita o chocolates y de paso ver los rostros de algunas amistades. Ahora a la entrada te atosigan con baldes de canchita y cubetas gigantes de coca cola. Y, ¡Oh sorpresa! la chica que estaba a mi lado era la misma a quien días antes le había guiñado el ojo en la plaza de Armas. Les confieso que casi me da un patatús. Me puse más nervioso que una gelatina en un plato, mucho más al ver que mis amigos me hacían señas como diciéndome “que suerte la tuya”. Traté de mostrarme sereno pero por dentro estaba que no sabía qué diablos hacer. Hasta que se apagaron las luces y recién se me entró el alma al cuerpo.

Durante toda la función traté de acercarme a ella buscando por lo menos rozar sus manos con las mías pero, o la cinta fue muy corta o yo había sufrido una parálisis aguda en mis brazos, porque durante toda la proyección de la película no pasé del intento. Y en menos de lo que canta un gallo, en la pantalla apareció la palabra “Fin” porque era una película mexicana y no “End” como ocurría en los filmes americanos. Fue entonces que los espectadores comenzaron a levantarse de sus asientos.

Es fácil imaginar las burlas de mis amigos al final de la función cuando les conté lo que me había pasado.

-Eres un huevón. Si la tenías tan cerca ¿por qué no le dijiste por lo menos que te gusta?

-No sé qué me pasó. Se me ató la lengua. Reconozco que me porté como un boludo.

Al día siguiente, después de tomar el desayuno, como de costumbre salí apurado de mi casa para llegar temprano al colegio, antes que el portero Meleco cerrara las puertas. Y mientras formaba fila en el patio, mis amigos me corroboraron que la chica de los ojos verdes se hallaba internada en el colegio de monjas, de donde salía solo los fines de semana.

–Si quieres comunicarte con ella debe ser a través de una amiga – Me sugirió Pepe, poniendo una cara de serio.

Sin embargo, la cosa no era tan fácil porque en ese tiempo casi todas las chicas estaban en el internado, no se si por snobismo o porque sus padres querían que sigan el camino de la santidad, la cosa es que hacían cualquier sacrificio para tenerlas bajo el cuidado de las religiosas porque, según decían, era la única forma de tenerlas alejadas de los pecados capitales y, además, era el único lugar donde sus hijas podían aprender desde cómo tender sus camas hasta agarrar correctamente los cubiertos, de acuerdo a las reglas de buena conducta del librito de Carreño, muy parecido al actual “Dedo Meñique”, de Frida Holler. Y lo que más les encantaba a sus padres era que les hagan rezar mañana, tarde y noche para evitar las tentaciones del diablo y, de esa manera, lleguen puras y castas al matrimonio.

Las pocas estudiantes que no estaban internas eran María Esther y Celina, por eso cuando un día me crucé en su camino, entre broma y broma les pedí que le dieran mis saludos a la muchacha de los ojos verdes porque estaba seguro que, a mi mensaje, le iban a agregar algún otro condimento más. Y no me equivoqué porque tal como lo planeé, además de darle mis saludos, le dijeron que yo estaba enamorado de ella. Y, eso no fue todo, también le dijeron que el viernes, es decir el día de su salida del internado, la esperaría en la esquina del colegio para verla por lo menos de lejos ya que ese era el único día que su padre la sacaba en su auto, a pesar de vivir a dos cuadras del plantel.

Con ese cuento, no solo lograron inquietar el corazón de la muchacha, sino que también se empeñaron en jugar conmigo diciéndome que, a raíz de mis saludos, ella estaba loca por conocerme y que le encantaría verme el viernes a la salida del colegio. Y como un ratoncito inexperto que es atrapado por ver solo el queso y no la trampa, caí en el engaño. Por eso, el día viernes, como nunca hasta planché la camisa del uniforme comando color caqui de mi colegio para estar bien presentado. Y como un auténtico galán de película, me fui a parar en la esquina del plantel de monjas, acompañado de dos de mis mejores amigos, a quienes tuve que convencerlos diciéndoles que si querían tener enamorada tenían que mostrarse ante las chicas y no huir de ellas.

Ese era el lugar perfecto porque el padre de la muchacha, luego de sacarla del internado, necesariamente tenía que aminorar la marcha de su automóvil para voltear la esquina.

Y sucedió tal como estaba planeado. En el preciso momento en que los tres conversábamos animadamente, apoyados en un poste de alumbrado público, se apareció el auto. Allí estaba ella, más linda que nunca, sentada en el asiento posterior. Me sentí feliz al ver que disimuladamente me buscaba con la mirada. Yo también hacía lo propio. Sin embargo, cuando se cruzaron nuestras miradas me quedé más lelo que la estatua del parque Ocampo, sin poder esbozar siquiera la sonrisa que tanto había ensayado frente al espejo. Igualmente la chica de los ojos verdes, presa de los nervios, solo atinó a mirarme por unos segundos, pero los suficientes como para que cupido lograra disparar sus flechas.

Al parecer, la puntería no le falló porque ambos sentimos el impacto del flechazo en nuestros corazones. Indudablemente, fue un amor a primera vista, como empiezan todos los amores. Y desde aquel día comencé a ver burbujas en el cielo. Al principio pensé que se trataba solo de una obsesión pasajera, como ya me había ocurrido otras veces pero, según iban pasando los días, las fibras de mi corazón empezaron a hacer corto circuito. Sin embargo, lo que más me mortificaba era la dificultad para conquistarla por las barreras que se interponían entre nosotros, como la cerrada vigilancia de sus padres y las extremas reglas de disciplina impuestas en su colegio.

En un momento estuve a punto de tirarlo todo por la borda y olvidarme de ella pero, como yo no era de aquellos que se quedan mirando pasar las aguas bajo el puente, escogí la misión imposible de conquistarla, cueste lo que me cueste, aunque para ello tenga que verme obligado a nadar contra la corriente, como lo hacen los salmones.

–Olvídate de ella. No insistas, es como pedirle peras al olmo – Me aconsejaban mis amigos.

–No me importa.

– ¿Y, cómo harás para declararle tu amor? – Preguntó uno de ellos.

–Solo hay una alternativa: Escribirle una carta o darle una serenata – le contesté muy seguro.

–Nos es mala la idea. Para la serenata solo tendríamos que ensayar unas dos o tres canciones románticas, de esas que llegan al corazón – Insinuó Pepe.

Además de la serenata, decidí también escribirle una carta, la misma que tuve que rehacerla una y mil veces hasta que por fin quedó a mi gusto. Incluso, para no causarle problemas, en caso que la misiva se extravíe, opté por cambiar nuestros nombres por seudónimos. Por esa razón, a partir de ese momento, ella se convirtió en Laly y yo en Keby.

–Parece que no está mal – Pensé

Ya tenía la carta, ahora había que organizar la serenata, sin descuidar ningún detalle, empezando por conseguir las guitarras y al segundo guitarrista. Pepe se comprometió convencer a Raúl, el hijo de un funcionario de la caja de Depósitos y Consignaciones, para que se integre al grupo. Raúl nos dijo que aceptaba con la condición que se le consiga la guitarra porque en su casa solo tenía piano y con ese instrumento no podía salir a dar serenatas, salvo que alguno se anime a cargarlo al hombro.

–Mi padre tuvo razón de comprarme un piano y no una guitarra para evitar que los siete suelas de mis amigos me tienten a dar serenatas – Aclaró, por si acaso.

– ¿Siete suelas nosotros? Ja, ja, ja, si tu padre supiera que tú eres la octava suela del zapato…¡carajo!

Para conseguir el bendito instrumento, tuve que visitar a mi tío Pancho. El tenía una colección de guitarras, entre ellas una española que no la prestaba ni a su mejor amigo, salvo a Juanito Luna Berti, un cantante amateur de la época, de una voz maravillosa.

–Tío, por favor, es para darle una sorpresa a mi mamá, por su cumpleaños.

–Por lo que recuerdo, tu madre cumple años en mayo y ya estamos en octubre.

–Lo que pasa es que…

–Te comprendo, a tu edad yo también pasé por esos apuros. Está bien, te la presto con la condición que la cuides como a la niña de tus ojos.

Apenas me la dio, fui a buscar a mis amigos y de inmediato empezamos a ensayar.

Y como siempre ocurre con los estudiantes enamorados, había pensado en todos los detalles menos en el examen de lenguaje que debía rendir al día siguiente. Por esa razón, sospechando que tramaba algo, mi madre me advirtió que ni se me ocurra salir esa noche porque tenía que estudiar.

-No hay nada que hacer, las madres tienen un sexto sentido – Pensé.

–Pero mamá, el curso de lenguaje me lo sé casi de memoria. Ya revisé el libro de forro a forro.

Ni así logré convencerla. Pero, como en octubre siempre hay milagros, coincidentemente, una de mis tías la había invitado a cenar en su casa luego de una novena en honor del Señor de los Milagros.

–Mamita, por mi no te preocupes. Me quedaré estudiando.

–Está bien hijito, si es así, me iré tranquila.

Y claro, apenas ella se fue yo salí volando, con la complicidad de la empleada que sabía de todas mis cuitas. Pepe y Raúl ya me esperaban y de inmediato nos pusimos a caminar con las guitarras a cuestas, como mariachis, provocando la burla de algunos noctámbulos.

– ¿Y dónde es la serenata, templados? – Preguntó un borrachito que apenas se mantenía en pie. Y otro con la voz que se le entrecortaba por el hipo nos recomendó:

–Tengan cuidado con el suegro porque dicen que duerme con la pistola bajo la almohada.

Precisamente cuando llegábamos a nuestro destino se apareció otro amante de la noche… y las copas. Y apenas nos vio sacó un billete de la cartera, diciendo…

– ¡Buena muchachos! qué suerte de verlos ¡hip! quisiera contratarlos para darle una serenata a mi mujer, ¡hip! a ver si así me deja entrar a la casa.

Como si eso fuera poco, algunos amigos que pasaban por allí, después del cine, se nos unieron no solo porque les picaba la curiosidad de saber para quién era la serenata, sino por escucharnos cantar.

Ya en el lugar, en medio de un silencio sepulcral y siempre con un ojo puesto en la puerta de la comisaría, ubicada a un paso del internado, y el otro en las ventanas porque también temíamos que se aparezca alguna de las monjas que tenían su dormitorio justo al lado de la habitación de las chicas, Pepe y Raul comenzaron a probar sus guitarras. Entretando yo, sin poder ocultar mi nerviosismo limpiaba la carraspera tosiendo bajito. Entonces, surgió lo inesperado, Raul advirtió que su guitarra sonaba como una lata vieja porque estaba desafinada. Inmediatamente Pepe, que se caracterizaba por su habilidad para templar las cuerdas y también a las chicas, tomó el instrumento entre sus manos y la afinó con increíble rapidez.

Despierta dulce amor de mi vida
Despierta, si aún te encuentras dormida.
Escucha mi voz, cantar bajo tu ventana
En esta canción te vengo a entregar el alma…

Empezó a sonar mi voz con tal emoción que mis propios compañeros se quedaron boquiabiertos, mientras en el internado las chicas se despertaban unas a otras y se asomaban con sigilo a las ventanas. Los curiosos que nos acompañaban nos dijeron, por supuesto que en son de burla, que lo habíamos hecho igualito que “Los Diamantes” el famoso trío que con mucho éxito había popularizado esa hermosa canción. Claro que era una gran mentira pero sirvió para darnos ánimo para el segundo tema, esta vez de Los Panchos, que lo interpretamos con menos nerviosismo y con más sentimiento. Al menos así lo dejaron entrever los amigos levantando su pulgar.

En la quietud de la noche y con la comisaría al lado, la comunicación tenía que ser a base de mímicas para no alborotar a los policías quienes, supuestamente, debían estar de servicio pero parecía que se habían quedado dormidos como angelitos porque ni siquiera se dieron cuenta de nuestra presencia. Y cuando estuvimos por empezar el tercer tema, advertimos que no estábamos solos, se nos habían unido otros curiosos a quienes tampoco les faltaba ganas de cantar por el estado anímico en que se encontraban luego de haber bebido los primeros vasos de ron con coca cola y, otros, cañazo puro. No lo hacían para que no parezca un coro. En México seguramente que esto no hubiera sido raro, porque allá no hay serenata sin mariachis. Y como son tantos, las serenatas parecen mítines. A esto hay que agregar la retahíla de instrumentos que tienen que llevar a cuestas, incluido las pistolas que nunca les falta en el cinto.

Entretanto, en la casa de Raul…

– María ¿Y dónde está tu hijo? – Preguntó una de las damas, mientras jugaban a las cartas.

–Debe estar estudiando en su cuarto. Veo las luces encendidas.

–Qué niño tan bueno y dedicado a sus estudios. Qué suerte de tener un hijo tan responsable porque, ahora, ¡Dios mío!, la juventud está con toda la onda de salir en las noches y sabe dios a qué hacer.

Lo que no sabía aquella señora era que Raulito, a sus años, ya era todo un pata’e cabra, aumentado y corregido. Claro, en su casa parecía un niño bueno, incapaz de matar una mosca, un candidato a la canonización pero, en la calle, cuando estaba con sus amigos era un futuro inquilino del averno.

–Pobrecito. A veces sale a la biblioteca municipal y se queda estudiando hasta la madrugada.

Claro, Raul salía hasta la madrugada, pero no a la biblioteca porque a esa hora ya estaba cerrada, sino a darse verdaderas farras en las cantinas de Huanupata, El Olivo y alrededores, donde no solamente tocaba la guitarra, sino el cajón y hasta las puertas de las vecinas.

Al día siguiente, el chisme de la serenata corrió como reguero de pólvora entre las chicas del colegio. De lo que ellas no estaban seguras, ni las monjas, era de la identidad de los tunos, porque tuvimos el cuidado de cantar siempre pegados a la pared. La comidilla llegó hasta los oídos de Sor Divina, una joven religiosa que recién asumía el cargo de directora de Estudios, Disciplina y Arte, quien, como toda escobita nueva, estaba decidida a hacer cumplir las reglas del colegio a cualquier precio. Fue precisamente ella quien se comprometió ante la superiora a averiguar quiénes habían osado desvelar a las internas.

Sor Divina, a pesar de su juventud, tenía un carácter fuerte. Los padres de familia que en un principio pensaron que por su inexperiencia se le podía resbalar de las manos el látigo del reglamento con el que se manejaba el plantel, cambiaron de opinión al ver que a los pocos días de haber asumido el cargo puso las cosas en su sitio. También gozaba de simpatía entre las alumnas por las actividades artísticas que organizaba. Le encantaba el teatro y la música. Tocaba guitarra y acordeón y, además, dirigía el coro del colegio.

Para descubrir a los pájaros nocturnos que se habían atrevido a cantar al pie del internado, lo primero que hizo fue contactar con las madres de familia porque eran parte de la red de informantes del colegio. Estaba segura que, a través de ellas, tarde o temprano, llegaría a sus oídos los nombres de los tunos. Y no se equivocó, a las pocas horas, una de las madres de familia me señaló como el organizador de la serenata.

–Me han asegurado que fue él, madrecita. Tiene la fama de atrevido. Su voz fue identificada por una de mis sobrinas que estudia en Quinto.

– ¿Y si está equivocada? No se imagina el daño que le causaríamos. A propósito ¿Le dijo para quién fue la serenata?

–No, Sor Divina, pero debió ser para una de las internas que anda coqueteando con él. ¡Imagínese! para que le de una serenata es que algo hay entre ellos.

–Bueno, de eso me encargo yo. Gracias por el dato. Le pido que guarde el secreto por el prestigio del colegio.

El reloj de la iglesia marcaba las 10.30 de la mañana, de aquel día miércoles, ¡tenía que ser miércoles!- me dije en momentos que me hallaba camino al colegio de monjas por orden del director de mi colegio, a quien le habían solicitado mi presencia con el pretexto que sirva de interlocutor ante mis abuelos para que les faciliten la piscina de la Quinta para sus prácticas de natación. Yo estaba seguro que el motivo era otro. Y mientras caminaba rumbo al plantel recordaba la recomendación que me hizo el portero Meleco al verme salir, que sí tenía que lidiar con monjas o con curas me encomiende a las mil vírgenes y a todos los santos. Por eso al pasar por la puerta de la iglesia yo, que no tenía la costumbre de santiguarme, esta vez sí lo hice.

Apenas llegué al plantel, me hicieron pasar a la dirección y al verla a Sor Divina, rápidamente me di cuenta que su figura hacía honor a su nombre porque realmente era una mujer muy bonita. Antes de responder mi saludo, me miró de pies a cabeza como tratando de averiguar si era el mismo jovencito de quien le habían pintado maravillas, el atrevido que enamoraba a sus pupilas, el bandido que so pretexto de ir a misa inquietaba a sus internas. Al parecer, la monja estaba bien enterada de mi vida y milagros. Sobre todo sabía que provenía de una familia muy católica por eso seguramente que se animó a recurrir a una estrategia infalible, aprendida en sus lecturas sobre la Santa Inquisición.

–Quiero que te arrodilles delante de este crucifijo y jures que dirás la verdad y solo la verdad.

Yo, que no estaba preparado para eso, sentí que se me chorreaban los pantalones.

– ¿Dime para quien fue la serenata? Por gusto no le vas a dar una serenata a una muchacha. Seguramente fue porque ha coqueteado contigo. Dime quién es ella y te perdonaré

Nunca me había sentido tan atrapado. La monja me tenía entre la espada y la pared, mejor dicho entre la cruz y el infierno. Era consciente que si revelaba el nombre de la inocente muchacha, la condenaría a un inminente sacrificio en la hoguera. Al darme cuenta de la astucia de la religiosa, comencé a pensar en alguna treta que le haga desviar su atención. Pero ella no me daba tiempo para nada…

–Una vez más te pregunto ¿Para quién fue la serenata?

Preferí demorarme una eternidad antes de darle la respuesta. Tan fácilmente no podía perder la calma, no lo había hecho ni en los momentos más difíciles. Y como en el juego de ajedrez, para evitar el jaque mate, no me quedó otra cosa que hacer un enroque, antes que me liquide. Por suerte, en ese momento también me acordé haber leído en una vieja enciclopedia que cuando los obispos de la Santa Inquisición le obligaron a Galileo Galilei a decir que la tierra no solo era plana sino el centro del universo, para no ser sentenciado de morir en la hoguera tuvo que admitir esta falacia en contra de su teoría, y en voz baja dijo “Es plana, sin embargo, se mueve”.

Y mirándola tiernamente a los ojos le dije:

–Madre, la serenata no fue para ninguna interna.

–Entonces ¿Para quién? Insistió sin dejar su rostro de palo.

Bajé mi cabeza a propósito para parecer un niño que acababa de romper el cristal de la abuela y le respondí con voz entrecortada…

–Para usted Madre.

– ¿Qué?

–Sí, la serenata fue para usted. Soy consciente que no debí hacerlo. Estoy arrepentido, le pido mil disculpas.

El rostro imperturbable de la religiosa enrojeció hasta alcanzar el color del fuego y, presa de los nervios, no sabía si reaccionar dándome una bofetada por sacrílego o perdonarme por mi arrepentimiento.

Yo, seguía arrodillado y con la cabeza gacha, meentras que la monja no salía de su asombro. Y en su corazón puro como la nieve del Ampay, sin mayores pecados que una gula o algún mal pensamiento, se le enredaban los sentimientos.

– ¡Eres el hijo de Satanás!– Me gritó –Me habían informado que eras un atrevido, pero no lo creía. Hoy me he convencido que todo lo que dicen de ti es verdad. ¡Vete por favor…vete!

Al verla fuera de sus casillas, estuve a punto de confesarle la verdad, porque sabía que había provocado la más grande confusión de fe, pero al mismo tiempo pensé que esa era la mejor salida para evitar la injusta expulsión de la muchacha de los ojos verdes, que ni sabía de lo que estaba ocurriendo.

La monja dudó más cuando la volví a mirar con ternura, con ojos de niño bueno, hasta que me retiré sin decirle una palabra más.

Después de aquel incidente no supe nada de la monja ni de la alumna que había logrado inquietar mi corazón. Envuelto en una gran incertidumbre en un principio no sabía qué diablos hacer pero el tiempo se encargó de tranquilizarme. Hasta que un día me enteré que Pepe había sido invitado para acompañar con su guitarra a un grupo de alumnas del salón donde ella estudiaba, para una actuación pro fondos del plantel. Y como las monjas tenían un buen concepto de él, no solo porque era ex alumno del colegio sino por ser un muchacho formalito que hasta ayudaba en las misas, le pedí que averigue qué había pasado con la chica de los ojos verdes.

A sugerencia de algunas alumnas, las monjas también le habían solicitado a Raul su colaboración porque era otro que tenía fama de buen chico, ya que nunca dejaba de comulgar los domingos. Lo que no sabían era que solo lo hacía por dar gusto a sus padres y sacarles la propina del domingo.

–Sor Divina, le agradezco por haber pensado en mi hijo pero, lamentablemente, él no sabe tocar guitarra, solo el piano – Se disculpó la mamá de Raúl.

–Por favor señora, en el colegio estamos enteradas de todo, su hijito toca la guitarra mejor que nadie. Además, lo que importa es que provenga de una familia muy católica como la suya. Dígale por favor que se ponga a disposición de la profesora Martha – Le pidió.

Al escucharla, la señora casi se cae de espaldas porque recién se enteraba que su hijito también tocaba la guitarra.

El día del ensayo, Pepe y Raul, no podían salir de su asombro al comprobar que la muchacha de quien tanto les hablaba era parte del elenco artístico. Por eso, apenas salieron del ensayo, me buscaron para darme la noticia.

–Tú no sabes la primicia que te traemos. Esto te costará mínimo una Coca Cola… Adivina.

– ¿Salvé el curso de Religión?

– Frío, frío.

– ¡Por fin te aceptó Lucy!

–Frío, frío.

–Ya me cansé carajo, déjense de tanto misterio.

–Bueno, por sí acaso agárrate del poste para que no te caigas. ¡La chica que te tiene loco integra el grupo de baile que se presentará en el festival artístico!

A pesar de mis esfuerzos por mostrarme indiferente, me quedé más frío que un chupete de cincuenta centavos y, al mismo tiempo, sentí que el corazón se me rompía en pedazos. Ya cuando me puse más sereno se me vino una idea…

–Raul, ¿Te consideras realmente mi amigo. ¿Si o no? – Le pregunté a boca de jarro.

–Si claro, soy tu amigo.

–Yo también te considero mi pata del alma, por eso quiero pedirte un favor, que el próximo sábado te quedes en tu casa porque te rompiste un dedo de la mano y yo te reemplazaré en los ensayos.

–Pero si tú no sabes tocar guitarra.

–Para que está Pepe. Él me enseñará por lo menos para salir del apuro. Total, para practicar tengo toda una semana.

De tanto ensayar, me salieron hasta ampollas en los dedos pero, el día sábado, Pepe y yo estuvimos puntuales en la casa de la profesora Martha. Al verme, como era lógico, las muchachas se sorprendieron porque jamás me habían visto tocar la guitarra. Lo que sí sabían era que me gustaba cantar, porque en Abancay los únicos que no cantan son los mudos y los muertos.

La profesora Martha también se preguntó para si: ¿Y este muchachito que pito tocará en esta orquesta? Pero, al enterarse que Raul se había fracturado un dedo y, luego de escucharme acompañando a Pepe, quedó satisfecha.

El número que preparaban las chicas era una estampa hawaiana. Por coincidencia, esa tarde tenían que probarse los vestidos que habían mandado confeccionar para la actuación. Mientras se los ponían se miraban en un espejo de cuerpo entero que había en la sala, haciendo traslucir su coquetería femenina, hasta que una de ellas les hizo notar a sus compañeras que no estaban solas…

–Por nosotros ni se preocupen. Hagan de cuenta que estamos ciegos. Les dije.

–Y mudos – Acotó Pepe, seguramente por decir que nos habíamos quedado sin habla al ver tanta belleza junta.

Yo, no estaba muy contento porque hasta ese momento aún no se había hecho presente la muchacha de los ojos verdes. De rato en rato me levantaba de mi asiento para asomarme a la ventana. Hubo un rato que hasta pensé que la suerte me estaba jugando una mala pasada.

–Tanto ensayo para nada – Me reproché en silencio.

En ese instante alguien tocó la puerta y corrí a abrirla. Pero…

–Hola, ¿Está la profesora Martha?

–No…No…Bueno, si, si – Le respondí al reconocerla. Era la mamá de la muchacha.

Al escuchar la conversación salió la profesora…

–Hola Chabe…

-Qué tal Martha, vengo a decirte que mi hija llegará un poquito tarde porque como todos los sábados salió con su papá a dar unas vueltas en el carro.

–No te preocupes, la esperaremos. ¿Deseas un refresco?

–No gracias. Otro día te visito.

Yo, no sabía si salir corriendo o meterme bajo la mesa. Fue cuando recordé que mi abuela siempre me decía que cuando el diablo quiere jugar con uno, es mejor no salir de casa. Para colmo, la chica de mis sueños llegó en el momento menos indicado, justo cuando entre bromas y risas ensayaba los pasos de un bolero con una de las chicas que, por los movimientos libidinosos que hacíamos, parecía un tango sensual y pecaminoso.

Al verme prendido del cuello de otra me miró con desdén. Por su expresión, sentí que la imagen que tenía de mi persona se le caía por los suelos. Su decepción era comprensible porque quien le había enviado cariñosos mensajes con sus amigas, ahora estaba apachurrando a una de sus compañeras de estudio. Por esa razón su saludo fue frío, casi de compromiso.

Yo, me moría de vergüenza. Sin embargo, durante el ensayo no dejaba de mirarla con ternura como pidiéndole perdón por esa zancadilla que me había puesto el diablo, pero mis miradas se estrellaban con la frialdad de su rostro.

–Esto te pasa por payaso. ¿Como se te ocurre bailar pegado como una lapa? Eso no se hace ni en un cabaret – Me increpó Pepe, apenas nos quedamos solos.

–Todo fue en broma. ¿Y ahora, qué hago?

–Yo no sé, a mi no me metas en este pleito.

Las muchachas ya estaban con los disfraces puestos y bien maquilladas. La chica de los ojos verdes estaba realmente preciosa. Al verla, mi corazón comenzó a latir a más velocidad. No sabía qué hacer para explicarle que yo no tenía nada con su compañera. Hasta que se me iluminó la lamparita y le pedí a Pepe que me acompañe con su guitarra en una canción, seguramente inspirado en los charros mexicanos de las viejas películas en blanco y negro que se proyectaban en el cine Municipal, que todo lo arreglaban cantando. Mi amigo recién cambió de cara y levantó su dedo gordo en señal de aprobación…

Perdón, vida de mi vida. Perdón, si es que te he faltado.
Perdón, ángel adorado, dame tu perdón.
Si tú sabes que te quiero, con todo el corazón…

Le puse tanto sentimiento a la canción que nadie dudó que estaba dirigida a la chica de los ojos verdes, por eso, al terminar el ensayo todas se despidieron dejándola sola…Y yo, por supuesto que entendí el mensaje.

El tañido de la campana mayor de la iglesia indicaba que era la hora del ángelus cuando ella se hallaba camino a su casa. Apurando el paso logré alcanzarla para pedirle disculpas, no sé por qué. Y como no sabía qué hacer, mirándola fijamente en los ojos le dije que la amaba. Ella se sorprendió en un principio porque nunca se le había declarado nadie, al menos eso es lo que pensé. Y luego de quedarse en silencio tratando de averiguar en mi rostro si lo que escuchó de mis labios era verdad…

–Te quiero – insistí.

Ella prefirió seguir callada, como si la voz se le hubiera apagado. Y al sentir que sobraban las palabras acerqué mis labios a los de ella quien, sorprendida seguramente por lo que era el primer beso de su vida, cerró los ojos.

Parecía un sueño del cual ambos temíamos despertar. Y lo único que le decía repetidas veces era que la amaba porque era lo único que se me venía a la cabeza. Confieso que estaba emocionado y feliz pensando que al fin mi racha de mala suerte había terminado.

Estaba equivocado, cuando estuvo a punto de darme el sí, se apareció una de esas señoronas que jamás se pierden la última misa del día y, ocultando su rostro detrás de su velo, empezó a blasfemar en aquel solitario lugar que habíamos convertido en un bello altar de amor.

–Qué barbaridad, estos chicos todavía no saben ni limpiarse bien las narices y ya están con enamorada. ¿Dónde andarán sus padres, mientras estos mocosos están haciendo cochinadas? Se preguntó.

Su voz sonó como un trueno en la tranquilidad de la tarde. Sorprendidos, ambos nos miramos las caras porque no entendíamos cómo diablos una dama tan piadosa que rato antes había estado en la iglesia golpeándose el pecho y repitiendo “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa”, con esa misma mano nos estaba acusando de pecadores, si lo único que hacíamos era arrullarnos como dos tórtolos.

Más por el susto que por vergüenza, la muchacha se desprendió de mis brazos y apuró el paso para desaparecer al final de la calle. Yo me quedé con el pensamiento navegando entre el desconcierto y la ira. Y mientras iba camino a mi casa recién esbocé una sonrisa pensando que, sin duda, seguía con el santo de espaldas.

La noche del estreno, el local estaba repleto, no cabía ni un alfiler por la gran expectativa que había entre el público por ver lo que habían preparado Sor Divina, la profesora Martha y las alumnas del colegio.

Las monjas, luciendo sus impecables hábitos y zapatos de charol nuevos, se frotaban las manos por el éxito de la taquilla. Saludaban a todo el mundo. Pepe y yo también estrenábamos camisas floreadas que hacían juego con los vestidos hawaianos de las chicas. Sor Divina, repuesta de su sorpresa de verme en el elenco, le pidió una explicación a la profesora Martha. Al enterarse del motivo de la ausencia de Raul se tranquilizó y se puso tan feliz que hasta nos sugirió que nos ubiquemos a un costado de las muchachas y no atrás, como en los ensayos.

Detrás del telón todo era un revoltijo. Los participantes iban de un lado a otro sin poder contener los nervios del debut. A mí, solo me interesaba una cosa, estar junto a la muchacha de los ojos verdes. Pero como Sor Divina no me quitaba los ojos de encima, vigilándome como la gata al ratón, tuve que pensar en una treta para mantenerla distraída.

Al notar la presencia de dos de mis amigos, que los domingos hacían de acólitos, muy bien sentados en la platea acompañando al Párroco de la ciudad, los llamé para pedirles su ayuda.

Luego de escucharme atentamente, uno de ellos se acercó a la monja y le dijo:

–Sor Divina, en la sala ya se encuentra el Párroco y me encarga decirle que tenga la gentileza de acercarse a su asiento porque desea hablar con usted.

Mi otro amigo, a su vez, se dirigió al lugar donde se encontraba el párroco y le dijo…

–Padre, la directora me ha encargado decirle que se acercará para pedirle que tenga la gentileza de dirigir unas palabras antes que empiece la función y, si lo desea, también imparta sus bendiciones a los participantes.

El cura asintió moviendo su cabeza.

Apenas se acercó la madre, el párroco se deshizo en elogios por la organización del espectáculo.

–Ah, Madre, me parece una excelente idea expresarles nuestro agradecimiento al público por su asistencia y al mismo tiempo darles una bendición a los participantes para que tengan una buena actuación.

La monja no sabía qué responder. Se puso pálida como una cera y solo atinó a decir:

–Gracias Reverendo, gracias. Si es así, ya debemos subir al escenario porque estamos sobre la hora.

Como yo sabía que al párroco le gustaba hablar hasta por los codos, apenas subió al escenario junto con la monja, corrí en busca de la muchacha de los ojos verdes. Al verme cruzar el patio, ella también se escabulló para ir en mi encuentro, contando con la complicidad de sus amigas.

En un lugar discreto, donde la luz era escasa y el aire fresco nos acariciaba suavemente, nos abrazamos con ternura infinita y nos besamos con pasión. No me cansaba de decirle que la amaba y como ella permanecía en silencio, le pregunté si sentía lo mismo que yo. En respuesta me entregó un sobre pidiéndome que lo abra después de la función y se despidió dándome un tierno beso en la mejilla, dejándome sorprendido y sin aliento.

Y claro, la función tenía que continuar.

Al final, por los estruendosos aplausos, me di cuenta todos estaban convencidos que la presentación del número hawaiano había sido un éxito. mis amigos, sentados en la última fila no paraban de gritar nuestros nombres, al principio en burla y luego cpon emoción, contagiando a los demás asistentes:

– ¡Otro, otro, otro! – Gritaban, tan fuerte que hasta el párroco se paró de su asiento para unirse al coro.

– Madre, ¿Repetimos el número? – Preguntó una alumna.

–No, es mejor dejarlos con la miel en los labios.

Así de tajante era ella, pero sabía lo que hacía y lo que quería.

Mientras las chicas se iban a los vestuarios, sor Divina, acompañada de dos monjas, se acercó al lugar donde estábamos Pepe y yo para felicitarnos. Lo primero que hizo la directora fue colmarle de elogios a Pepe por su colaboración, ignorándome a mí, como si yo no hubiera participado. Pero antes de retirarse, me miró fijamente a los ojos y me dijo que quería hablar conmigo en su oficina, con la misma autoridad como trataba a sus alumanas cuando alguna falta habían cometido. Fue cuando imaginé lo peor. Sentí que el cielo se me caía encima pensando que la monja se había enterado de mi encuentro con la muchacha de los ojos verdes.

Y cuando la estuve esperando, afectado por la incertidumbre y los nervios, recostado en un gran mueble de madera, escuché que alguien cerró las puertas. De reojo observé que era Sor Divina que ingresaba haciendo sentir a propósito los tacos de sus zapatos nuevos de charol sobre la reluciente losa. Y con la seguridad de estar en sus dominios, a donde nadie podía ingresar sin su consentimiento, lo primero que hizo fue encender dos grandes cirios y luego se puso frente a mi…

–Estuviste genial. Quiero agradecerte personalmente por tu colaboración – Y me abrazó con ternura.

Por algunos segundos me quedé paralizado, como las estatuas que estaban en el gran salón. Y, luego, no me quedó otra cosa que corresponder aquella especial muestra de agradecimiento apretando mis temblorosos brazos sobre su delicado y perfumado cuerpo. Y al darme cuenta que su hábito era el único atuendo que llevaba puesto – seguramente por el intenso calor del veranillo serrano, mis labios buscaron los de ella y mis brazos empezaron a recorrer todas las zonas de su cuerpo, hasta que ambos rodamos sobre la mullida alfombra.

Fue un momento supremo, tan apasionado que hasta me pareció que los rostros de los personajes de la historia sagrada, pintados en los grandes cuadros que colgaban de las paredes, estaban sonrojados. Y si no hubiera visto que los cirios que Sor Divina los había encendido apenas entró, ya estaban a medio derretir, seguramente que no me hubiera dado cuenta del tiempo transcurrido. Al final, los dos teníamos la sensación que nuestro encuentro había durado lo que dura un suspiro.

De pronto, como sacudiéndose de la tentación del diablo, Sor Divina me miró fijamente, me pidió que me arrodillara y me dijo que jurara delante del crucifijo no contárselo a nadie…

En ese momento, se escuchó que alguien tocaba la puerta con insistencia. Claro, a mi casi me da un infarto, en cambio ella ni se inmutó, como si supiera que quienes llamaban eran las otras monjas para avisarle que el párroco ya se iba y deseaba despedirse de ella. Así fue.

–Tienes que salir por la puerta de atrás – Me pidió.

No podía creer lo que me había ocurrido aquel día. Apenas llegué a mi casa, lo primero que hice fue leer la carta que la muchacha de los ojos verdes me la había entregado en el teatro. Y, a medida que mis ojos iban repasando cada línea, cada palabra, cada letra, los latidos de mi corazón se aceleraban porque, luego de pedirme perdón por el sufrimiento que seguramente me iba a causar su misiva, me decía que lo nuestro no podía continuar porque temía que sus padres y las monjas del colegio se enteraran. Que ese adiós era definitivo y que me llevaría siempre en su corazón.

Esta decisión, para mí, fue un baldazo de agua fría, más que eso, el diluvio universal. Yo que daba consejos a mis amigos en cosas del amor, me sentía destrozado, confundido, perdido. Recién comprendí que una cosa era con guitarra y otra con cajón. Y precisamente salí en busca de ellos porque sabía que una pena que se comparte, duele menos. Como nunca necesitaba de mis amigos para compartir mi dolor. Y apenas los ubiqué no tuve necesidad de darles ninguna explicación porque…

–Mama mía qué cara que traes ¿Qué mosquito te ha picado?

–Fue solo una pequeña caída – Les contesté.

– ¿Pequeña? Parece que no se te hubiera abierto el paracaídas.

– Lo que pasa es que ella ya no quiere seguir conmigo… Fue ño único que atiné a decir.

– ¡No puede ser! Exclamaron. Tú, que siempre nos recomiendas que jamás nos demos por vencidos, es hora de que pongas en práctica tus consejos.

– ¡Tienen razón! Si el mensaje vino por carta, la respuesta debe ser por el mismo medio-Les respondí haciéndome el valiente pero por dentro estaba que me moría.

–No sabemos de qué diablos hablas, pero espero que sigas en la lucha.

En mi intento de escribirle de puño y letra, los primeros borradores se fueron al tacho porque todos me parecían un desastre, no tanto por el contenido sino por mi pésima caligrafía. Por eso resolví escribirle a máquina, como lo hacían los escribanos y notarios de esa época. Y, por si acaso la misiva se pudiera extraviar, decidí utilizar los seudónimos que ya los teníamos. Ahora el problema era con quién enviarle la carta. Hasta que uno de mis amigos me contó que la empleada que antes trabajaba en su casa, ahora laboraba en la de Laly. Pero cuando le pedimos que sea la portadora de la misiva, se negó rotundamente por temor a que la descubrieran.

La carta dormía el sueño de los justos en mis bolsillos. Se arrugaba y decoloraba al igual que mis jeans y, claro, la arena del tiempo empezó a enterrar mis penas al extremo que esto comenzó a hartarme. Por momentos me daba ganas de tirarlo todo por la borda.

En cambio, a ella, las penas la estaban consumiendo y la única que se dio cuenta fue su empleada quien, al verla muy triste, recién le contó de mis intenciones de hacerle llegar una carta. Pero Laly ni siquiera le respondió para no complicar más las cosas y se retiró a su dormitorio. Fue entonces que la empleada tomó la decisión de buscarme.

Esa tarde, como siempre, yo me hallaba conversando con mis amigos en la plaza de Armas, cuando de pronto me di cuenta que la empleada me hacía señas para que la siguiera hasta la iglesia, a donde acostumbraba ir después de sus clases en la escuela vespertina. A los pocos minutos entré y me arrodillé a su lado como quien le reza a la virgen del Rosario, esperando que la empleada sea quien tome la iniciativa.

– ¿Todavía tienes la carta? – Me preguntó entre dientes, para que nadie se diera cuenta.

Yo, sin darle respuesta, busqué el sobre en mis bolsillos y se lo entregué.

–Si la señorita decide responder, mañana estaré aquí a la misma hora. Me susurró.

Y claro, al día siguiente estuve en el templo más puntual que un cobrador de letras vencidas. Y, a pesar de mis dudas, ¡Tenía la respuesta!

Desde aquel día, las cartas iban y venían como golondrinas en el verano. Pero, como las parejas no se nutren solo de cartas y poesía, sentimos la necesidad de estar juntos, como lo hacen todos los enamorados del mundo.

En ese tiempo, era común ver en las madrugadas a los jóvenes estudiando en las calles y plazas, porque nadie quería estar encerrado en las cuatro paredes de sus casas, sobre todo en los meses de septiembre, octubre y noviembre, por el sofocante calor del veranillo serrano. El problema no solo era el calor sino el pésimo servicio eléctrico, por eso muchos estudiantes se veían obligados a recurrir a los famosos mecheros a ron o querosén. Algunas familias acomodadas tenían lámparas de la famosa marca Coleman, importadas de Alemania por la Casa Pedro Martinto S.A. de Lima. Otros hogares, con menos recursos, se iluminaban con lámparas Petromax, fabricadas por Petrosol, una industria argentina muy conocida en esa época, finalmente con velas. Si bien es cierto que estos aparatos sacaban del apuro pero no eran muy adecuados para estudiar porque despedían un olor desagradable y cada vez que se gastaban las camisetas era todo un engorro cambiarlas. Por esa razón los chicos preferíamos volcarnos a las calles y parques para estudiar bajo un poste de alumbrado público acompañados de las mariposas nocturnas que revoloteaban alrededor del foco.

–Mamá ¿Puedo salir con mis amigos para no quedarme dormido como una marmota en la cama? Además, estos focos no alumbran nada.

–No me digas, mañana mismo compraré otros de más potencia. Pensé que te sentías más a gusto en tu dormitorio, porque siempre comentas que te gusta estudiar escuchando radio.

– ¿Sabías que discutiendo se aprende mejor? Como yo no tengo con quien hacerlo, estoy en desventaja.

–Bueno hijito. Si es para estudiar, en buena hora.

Claro que esto no era más que un pretexto para salir. Aunque eso de las discusiones no era una exageración, nos ayudaban a aclarar los temas que los distraídos como yo no lográbamos entender en la clase. Los más estudiosos nos explicaban con lujo de detalles, más por mandarse la parte que con el propósito de enseñarnos.

Laly también tenía la costumbre de estudiar en las noches. Y como ya no estaba en el internado, no tenía necesidad de meter la cabeza debajo de las sábanas para leer a escondidas alumbrándose con una linterna por temor a que alguna monja la descubra. Ahora lo hacía en la comodidad de su hogar, sentada en la sala de su casa y escuchando radio, en un ambiente amplio y con grandes ventanales que daban a la calle hasta donde yo llegaba para conversar a escondidas y darle el beso de las buenas noches, mejor dicho de las madrugadas, a través de las rejas. Claro, no siempre nuestras citas eran tranquilas, sobre todo cuando se aparecía algún trasnochado devoto del dios Vaco, que retornaba a su hogar zigzajeando y canturreando un carnaval abanquino y a toda costa quería que se le invite un cigarrillo. Otras veces eran los estudiantes madrugadores que se dirigían a la plaza y nos fisgoneaban.

– Para evitar este barullo ¿qué tal si nos vemos en los jardines? Le propuse.

– Pero, ¿cómo?

–Puedo escalar los muros…

–Tengo miedo que mis papás nos descubran.

No fue fácil convencerla pero tuvo que aceptar porque no había otra forma de estar juntos.

Aquella madrugada, casi no dormí esperando la llegada de mis amigos que me habían ofrecido acompañarme y ayudarme a escalar esa maldita pared, como decía la canción.

-Hijito, te llaman. ¿No te parece que es muy temprano? Me dijo mi madre al momento de entrar de puntillas a mi dormitorio para despertarme, creyendo que estaba profundamente dormido, cuando era todo lo contrario.

–ahhh qué sueño. Pero no me queda otra cosa que levantarme porque tenemos que repasar el curso de Ciencias Naturales para el examen.

– ¿Por qué no estudian en la casa? Aquí tienen todas las comodidades. Ya cambié los focos, ahora son más potentes y además les puedo preparar un chocolate caliente para que no se duerman.

–Por favor mamá, con o sin chocolate aquí nos dormimos. Además, ya te dije, aprendemos más conversando.

–Cuídense hijito. Con tantas noticias malas que se publican en La Patria, no puedo ni conciliar el sueño.

–Está bien, pero te diré que lo que más me molesta es que todavía me trates como a un niño.

– ¿Acaso no lo eres?

– ¡Mamá! Por favor.

Después de ubicar la parte más baja del muro que circundaba la casa, no tuve mucha dificultad para escalarlo con la ayuda de mis amigos. El problema era cómo bajar al otro lado. Luego de varios intentos logré deslizarme por la rama de un pacae y caminé hasta el pie de un sauce llorón, donde la esperé a Laly, tal como lo habíamos planeado.

Ella, felizmente, no tardó en aparecer. En una de sus manos traía un libro y en la otra unas tijeras de podar. Al principio los dos estábamos que nos moríamos de miedo, pero luego de estar unos minutos juntos nos olvidamos de todo, hasta del tiempo.

Entretanto, sin que nos diéramos cuenta, el cuidante había abierto la puerta que daba a los jardines para que salgan los perros. Y apenas sintieron mi presencia empezaron a ladrar. Felizmente que al darse cuenta que Laly estaba conmigo se tranquilizaron, pero cada vez que me miraban me mostraban los dientes y volvían a ladrar con desesperación. En ese momento se escuchó una voz a lo lejos…

– ¿Quién anda por ahí?

– ¡Dios mío mi papá! Tienes que irte.

Y antes de que pudiera salir, bajo el dintel de la puerta que daba al jardín, se apareció la espigada figura del padre de Laly, todavía en pijamas, con una gorra de lana que cubría su testa y una Winchester entre sus manos. Yo, que había sufrido para bajar, no tenía ni idea cómo haría para trepar aquella maldita pared. Mi suerte pendía de un hilo porque si era descubierto seguramente que al día siguiente me estaban enterrando y si corría, los perros darían cuenta de mí en menos tiempo de lo que canta un gallo.

No me quedó otra cosa que subirme al frondoso árbol por donde había bajado y balancearme agarrado de una las ramas, como lo hacía Tarzán en sus viejas películas, y me lancé al otro lado del cerco, sin percatarme que esa parte del muro daba a un barranco, donde caí aparatosamente.

Con el ruido, los perros nuevamente comenzaron su concierto de ladridos, como queriendo demostrar su perruna lealtad a su amo.

– ¿Quién anda por ahí? ¡¡Salga o disparo!! Gritó resueltamente el caballero.

–Papá, soy yo.

–Hijita ¿Que haces aquí y a esta hora?

–Vine a estudiar y de paso a cortar algunas hojas para el herbario.

Su madre, que también se había despertado con el ruido, se aproximó todavía con los ruleros puestos y portando una linterna, a pesar de la claridad de la mañana.

–Me dieron un susto tremendo. Escuché como que alguien se caía. Pensé que era tu papá. Pero hijita, si ya tienes tu herbario completo ¿Para qué necesitas más plantas?

–Por si acaso me hagan alguna observación. Las demás hojas son para mis amigas porque en sus casas no tienen ni un geranio.

–Ay hijita, con tanto frío no se cómo puedes estar levantada tan temprano.

Mientras tanto, yo trataba de salir del barranco para irme a mi casa. Mi madre, al verme hecho un desastre, casi se desmaya y de inmediato me llevó al hospital donde ella trabajaba. En la sala de emergencia nadie podía entender qué diablos me había ocurrido.

–No creo que solo fue una caída de la bicicleta. Ni yendo a la guerra te hubieras hecho tantas heridas – Me reprochó mi madre. Tampoco el médico se tragó la historia, por eso en tono burlón opinó…

–Umm, Esto sí que es muy raro señora. Para que su hijito se fracture los huesos con una simple caída de la bicicleta tiene que estar descalcificado. De ahora en adelante debe tener más cuidado porque si a esta edad, con un pequeño accidente se ha fracturado el brazo y tiene múltiples contusiones ¿Qué será cuando llegue a viejo? Que tome sus antibióticos y, además, hay que darle vitamina C. Ah, y no olvide traerlo a los ocho días, para su control.

A la salida del hospital, al verme con el yeso en el brazo, los conocidos de mi madre se nos acercaban para averiguar qué es lo que me había sucedido. Algunos realmente lo lamentaban y otros lo hacían solo por chismosos.

– ¡Qué vergüenza hijo! El médico piensa que estás descalcificado. Y yo siendo enfermera no pude darme cuenta. Mis amigas creerán que no te alimento bien. A partir de hoy olvídate de la bicicleta, del fútbol y sobre todo de salir en las noches. ¿Me oyes?

– Si mamá.

Pero si el médico se hubiera enterado que me caí de una altura de más de cuatro metros y rodé por un profundo barranco, seguramente que en lugar de recetarme calcio y vitaminas, me hubiera felicitado por mi buen estado físico.

A las pocas horas que salimos del hospital todo el pueblo estaba enterado de mis lesiones. Mi accidente se había convertido en la comidilla del día. Y la única que no sabía nada era la chica de los ojos verdes. A ella sí que la felicitaron por haber ocupado el primer puesto en la presentación de herbarios. En cambio yo les daba pena y lo único que hacían era hablar de mi débil contextura ósea. Y lo peor, ni siquiera tenía preparado el herbario. Sin embargo, eso no me preocupaba tanto sino impedir que mis amigos, que sabían la verdad, estamparan su firma en el yeso que cubría mi brazo, antes que lo haga Laly. Y así se lo hice saber a través de una carta.

Apenas ella la leyó me contestó diciéndome que me vería el sábado en la tarde, en las Oficinas de Correos.

–Mamá, ¿Puedo ir al correo? Le preguntó a su madre.

–Qué coincidencia hijita, yo también pensaba ir por allá porque tengo que enviarle un telegrama a tu tía María por su cumpleaños. Espérame un ratito para ir juntas.

–Pero mamá…

– ¿No me dirás que no quieres que te acompañe.

Yo, llegué al correo con quince minutos de anticipación. Y mientras la esperaba, simulaba escribir un telegrama sobre un mueble de madera, sin dejar de vigilar la puerta principal. Me entretenía observando los afanes del público. Algunos estaban preocupados, pensando cómo diablos hacer para no sobrepasarse de las diez palabras y no pagar el sobreprecio. En ese momento, salió de las oficinas el “Chaca” Torres, uno de los encargados del reparto de telegramas.

–Hola amiguito. Hace rato que te veo pensativo ¿No me dirás que no sabes redactar un telegrama? Si quieres yo te ayudo.

–No gracias, solo he venido a revisar la estafeta de mi abuelo. Estoy esperando que Meleco (el otro repartidor) traiga la correspondencia.

Según el viejo reloj, colgado en una de las paredes de la oficina de correos, faltaban diez minutos para las tres de la tarde, pero en el Silvana de l7 rubíes que me obsequiaron el día de mi cumpleaños, hacía rato que había pasado esa hora.

–Qué más se le podía exigir a ese vetusto reloj que tenía las lunas opacadas por los restos fecales de las moscas – Pensé..

Seguía fingiendo escribir, sin dejar de contemplar el segundero del reloj del correo que caminaba dando saltitos. -Si realmente me hubiera puesto a escribir telegramas, seguramente que estaría por el trigésimo-pensé. Felizmente que no llamaba la atención de nadie porque era muy frecuente ver a la mayoría de usuarios demorarse una eternidad redactando sus mensajes para no sobrepasarse de las diez palabras.

–Disculpe joven. ¿Cómo se escribe locomotora? ¿Junto o separado? – Me preguntó una anciana.

–Se escribe junto, señora. Separado sería un loco con motor. Disculpe, es una broma. Para evitar que le cobren doble, mejor reemplace la palabra locomotora por tren.

El tiempo parecía haberse detenido porque en el destartalado cucú del correo no llegaban las tres en punto. Un caballero de gruesos lentes que también esperaba, seguramente a una amiguita de la tercera edad como él o a algún amigo de antaño, hacía lo mismo que yo, miraba su reloj una y otra vez porque no se explicaba por qué diablos había una gran diferencia entre la hora de su Waltham y el cucú del Correo.

En esos tiempos, la mayoría de caballeros usaba relojes de bolsillo, que los aseguraban al ojal del chaleco con una gruesa cadena de plata y a veces de oro. Entre las marcas más solicitadas destacaban el Rolex, Waltham, Heuer, Longines, Tissot, Mido, Movado, Piaget, Pierce, Bulova, Cartier, Cyma, Geneve.

Al ver el reloj del viejito, me acordé de Don Nazario Valer, un subprefecto a quien le gustaba exagerar las cosas…

Mis abuelos me contaron que un día, don Nazario se había levantado temprano para ir a sus propiedades de Puruchacca, en las afueras de la ciudad. Mientras tomaba el desayuno, ordenó que ensillaran su mejor caballo y luego de colocarse su reloj Waltham en el bolsillo del chaleco salió de la casa, con sus botas de montar bien puestas y su poncho de jebe, ya que en esos momentos empezaba a garuar.

Después de más o menos dos horas de viaje, en medio de una intensa lluvia, de truenos y relámpagos, por fin llegó a Puruchacca, donde lo esperaban los trabajadores con un jarrón de leche caliente y maíz tostado.

Y recién cuando el capataz le preguntó la hora se percató que su Waltham no estaba en el bolsillo de su chaleco. Tenía solo la cadena de plata colgada del ojal. Por la preocupación, esa noche don Nazario no pudo dormir. Al día siguiente, muy temprano, le pidió al capataz organizar un equipo de búsqueda conformado por trabajadores de buena visión para que peinen el camino por donde un día antes había hecho el viaje.

Seguía lloviendo torrencialmente y el lodo hacía casi imposible la tarea de búsqueda. Muy apenado, don Nazario regresó a Abancay y con lágrimas en los ojos les contó a sus familiares de la pérdida de su fino reloj.

Después de haber transcurrido algo más de tres semanas, un día notó que su caballo cojeaba de una pata.

–Debe ser por causa de un herraje gastado- comentó.

-Será mejor que lo reemplacen para que no sufra el animal – Opinó la esposa.

Pero grande fue su sorpresa. El cerrajero le dijo que el caballo no necesitaba ningún cambio de herrajes ya que su cojera se debía a un reloj que lo tenía incrustado en una de sus patas.

– ¿Y saben qué? ¡El reloj Waltham estaba impecable!, sin ningún rasguño y funcionando a la perfección – Contaba Don Nazario, cada vez que se reunía con sus amigos en el club Unión de Abancay.

Recordando la historia solté una carcajada. Seguramente que quienes me miraban en ese momento creían que estaba loco. Hasta que por fin se apareció Laly acompañada de su madre. Para evitar que la señora se diera cuenta de mi presencia, seguí simulando escribir. Y apenas se distrajo con una amiga, Laly caminó hacia mí con el pretexto de colocar estampillas a sus postales. Disimuladamente tomó mi brazo fracturado y lo acarició. Luego, dibujó un corazón con una flecha atravesada en el yeso, y escribió: Te amo. Volteó para ver si su madre la vigilaba y al constatar que seguía distraída, conversando con su amiga, me estampó un apasionado beso.

Al vernos como Rhett Butler (Clark Gable) y la bella Scarlett (Vivien Leigh) en “Lo que el viento se llevó”, algunos abrieron sus bocas como hipopótamos, no se si de sorpresa o por antojo.

–Y ahora, ¿Cómo harás tu herbario?

–Trataré de hacerlo con una sola mano.

Después de esta cita, mis amigos, recién tuvieron carta libre para firmar sobre el yeso de mi brazo fracturado. No dejaron ni un solo espacio libre. Y, a los pocos días, cuando fui a buscar a la empleada para entregarle una nueva carta…

– ¡Dios mío! la señora. ¡Vete por favor!

Era la madre de Laly, que entraba al templo para verificar si su empleada realmente iba a rezar o era solo un pretexto para justificar sus demoras. Yo, con la carta en mis bolsillos, busqué una puerta para desaparecer. La más cercana era la que daba a la sacristía. Cuando ya me hallaba en el interior, sentí pasos y, pensando que era la señora que me seguía, no me quedó otra cosa que ocultarme en el ropero donde los sacerdotes guardaban la indumentaria que usaban para celebrar las misas. El mueble era tan amplio que hasta me puse a caminar en el interior.

Allí, entre los atuendos de los sacerdotes, permanecí por unos minutos. De pronto sentí que se cerraban los portones del templo. Era inconfundible el chirrido de las bisagras, el traqueteo de las aldabas y el ruido de los candados hechos de manera artesanal, de hierro macizo. Respiré de alivio pensando que todos los feligreses, incluyendo la mamá de Laly, ya se habían ido pero, nuevamente escuché ruidos, esta vez en la sacristía…

– ¿Cerraste todo?– Preguntó el párroco al sacristán. Sabía que era él porque su voz era inconfundible.

–Si, Reverendo. Todo está asegurado.

–Entonces, ya puedes irte hijo. No olvides que mañana tenemos misa de seis.

Al escuchar que el párroco y el sacristán se despedían respiré hondo pensando que, ahora sí, mi suplicio estaba llegando a su fin. Pero no fue así, por una pequeña rendija que había entre las puertas observé que el párroco seguía en la sacristía. Frente a un gran espejo se acicalaba rociándose el rostro con una loción de aroma tan fuerte que se expandió por toda la habitación, entrando incluso al interior del guardarropa. Luego de darse unas cuantas palmaditas en los cachetes se miró una vez más en el espejo haciendo un gesto de galán de cine. En ese momento se escucho tres golpes suaves en la puerta posterior de la sacristía, la que daba a la calle. Yo, por temor a ser descubierto tuve que asegurar las puertas de mi escondite.

–Hola, pasa por favor – Le escuché decir al párroco.

–Disculpa la demora. Había una pareja de enamorados al costado y tuve que hacer tiempo para que no me vieran ingresar.

Después de un prolongado silencio, donde no se escuchaba ni el vuelo de una mosca, escuché los chasquidos de besos y abrazos, y luego el ruido de ropas y zapatos que se tiraban por los suelos, seguido del jadeo delirante de dos cuerpos que se entregaban al placer sobre la alfombra. Y, finalmente, un silencio conventual, hasta que…

– ¿Me tendrás en cuenta en tus oraciones? Se escuchó decir a la dama.

–Si claro, en todo momento, ¿No te das cuenta que no hago otra cosa que pensar en tí? Te lo prometo.

–Y yo tampoco dejaré de pensar en ti. Hasta pronto amor.

Luego de escuchar el inconfundible sonido de un ardoroso beso, sentí que las puertas se cerraban. Yo, entre asustado y curioso, seguía en mi escondite hasta que sorpresivamente se abrieron las puertas del ropero y me encontré cara a cara con el sacerdote. Este, como si hubiera visto al mismo diablo, se quedó pálido como una cera y, cubriéndose sus partes íntimas con sus ropas que estaban hechas un revoltijo, gritó.

– ¿Qué diablos haces aquí?

–Nada padre, nada.

–Acompáñame al altar – Me ordenó, mientras se terminaba de vestir.

–Como usted diga Padre.

La iglesia estaba a oscuras. Los cirios de los candelabros a medio derretir estaban apagados, y los pocos focos que estaban encendidos parecían agonizar por la escasa luz que irradiaban. El sacerdote, ya más sereno, se dio tiempo de encender dos velas ubicadas a ambos lados del altar.

– ¡Arrodíllate! – Volvió a ordenarme. Y caminó hacia el centro del altar sin dejar de mirarme fijamente.

– ¿Juras no contar a nadie lo que viste esta noche?

–Le juro que no vi nada porque estuve encerrado – Le respondí.

Y aunque el cura dudaba, esa era la verdad, porque una cosa era ver y otra cosa oír. El sacerdote al parecer se convenció y añadió

– Muy bien, te creo, sin embargo te pido que esto no lo comentes con nadie. Ve tranquilo. Estoy en deuda contigo.

Ya en mi casa, me puse a pensar en todas las contradicciones de la iglesia en una época en que todo era pecado, hasta los malos pensamientos, ¿Y cuáles eran esos malos pensamientos? precisamente pensar en el sexo. Los jóvenes no podíamos ni hablar de ese tema porque era tabú. No se nos permitía siquiera ver las revistas que contenían fotografías de mujeres en traje de baño porque era pecado y había que confesarlo. ¿Qué hubiera pasado con Hugh Hefner, fundador de la revista Play Boy, si hubiera vivido en nuestra comunidad? Seguramente que lo enviaban a la hoguera, como a Juana de Arco. Las normas eran tan cerradas que quienes leían a Vargas Vila no podían comulgar. Tampoco se podía hablar del control de la natalidad, por eso algunos irresponsables se aprovechaban y procreaban hijos como conejos. Los pecados se clasificaban en veniales y mortales. En la segunda categoría estaba el uso de condones por eso su venta estaba prohibida. En Lima, con suerte se los podía conseguir en el barrio chino y en los alrededores de los burdeles ubicados en las avenidas México, La Colonial y el jirón Watica, conocidos como los barrios rojos. Los chinos, vendían jebes al por mayor, previo chequeo a los clientes por temor de toparse con un agente encubierto de la PIP.

Se llegó a prohibir hasta los bailes considerados como escandalosos, entre ellos el mambo. Por eso cuando llegó Dámaso Pérez Prado, el popular “cara e’ foca”, fue calificado como enemigo público de la iglesia. Otro de los bailes prohibidos era el tango. Mientras en Argentina y Uruguay era el baile más popular y en París se bailaba en los salones más encumbrados, aquí lo censuraron por considerarlo pecaminoso. Lo mismo ocurrió con el Rock and roll y en general con la mayoría de los ritmos de la nueva ola. En cambio los escándalos protagonizados por los curas eran encerrados bajo siete llaves. No se podía ni comentarlos. Los sacerdotes que abusaban de menores o quienes procreaban hijos en todos los pueblos a donde iban a celebrar misas, eran perdonados. Tampoco se denunciaba a aquellos malos sacerdotes que, emulando al gran prestidigitador Houdini, hacían desaparecer de sus parroquias cálices de oro y pinturas famosas.

A mí me importaba un bledo la vida ajena, sobre todo de los curas, sin embargo, siempre tenía algo que ver con ellos. Y para mal de mis culpas no andaba muy bien que digamos en el curso de Religión. Tampoco en Biología porque con el brazo fracturado no había podido hacer el herbario que había pedido el profesor Pinares.

Pero, apenas Laly se enteró de mi problema, me hizo llegar una caja con hojas disecadas. Gracias a su ayuda y a las raras especies que cuidadosamente seleccioné en la casa de campo de mis abuelos, mi trabajo quedó tan bien que hasta mi profesor se sorprendió.

–Te felicito, tu herbario es el mejor. Ya ves, quien se propone lo logra. Quedará para la exposición del día del Colegio.

Y así fue. Durante la primera quincena del mes de octubre, los mejores trabajos fueron expuestos en un salón especialmente acondicionado, por donde desfilaban padres de familia y algunas autoridades de otros planteles, entre ellas Sor Divina, quien llegó acompañada de la profesora de Ciencias Naturales.

–Madre, ¿se dio cuenta? este herbario es muy parecido al que ganó el primer puesto en el concurso de nuestro Colegio.

–Por supuesto que ya me dí cuenta. Y tiene hasta las mismas especies.

Por coincidencia, aquel día me tocaba el curso de Religión con el cura Bolo. Esta era la única ocasión en que yo me sentaba en la última fila para estar fuera de la vista del sacerdote porque me tenía la puntería puesta, a pesar que era muy amigo de mi familia.

– Humm…debes estar feliz. He visto que tu herbario ocupó el primer puesto en el concurso de Ciencias Naturales. Espero que hayas puesto el mismo empeño para estudiar el curso de religión. Pero, como te conozco…

Claro, cómo no iba a conocerme si todos los domingos el cura no faltaba a la casa de mis abuelos para disfrutar de la piscina, la buena comida y bebida. Y cuando retornaba a sus claustros, siempre lo hacía con una bolsa llena de fruta, que mis tías le preparaban.

Aún así, me tenía entre ceja y ceja, según él por recomendación de mis abuelos.

A pesar de todo, yo lo apreciaba porque era un buen profesor, aunque a veces se le cruzaban los chicotes. Por su forma de expresarse ya se notaba su tendencia revolucionaria, por esa razón las conversaciones que tenía con mis abuelos y mis tías, en las prolongadas sobremesas dominicales, eran muy interesantes e ilustrativas. Inspirado en la figura de Micaela Bastidas, fue cincelando sus convicciones políticas. La admiraba mucho y hasta escribió un libro sobre su vida. Y fue precisamente en el púlpito de la iglesia de la virgen Del Rosario donde aprendió a predicar y a protestar.

Cuando entraba a dictar sus clases el cura no tenía necesidad de llamar lista, le bastaba hacer un barrido con la mirada para darse cuenta que no faltaba ninguno de sus alumnos en el salón, y luego ponía su check en el registro.

–Pasa al frente – Me ordenó apenas me vio – Seguramente que estarás más filo que la navaja de un fígaro en el curso de Religión porque frecuentemente te ven ingresar a la iglesia, sobre todo al caer la noche. Además me han informado que todas las madrugadas sales a estudiar. No creo que sea solo un pretexto para salir de tu casa.

Me sorprendí por la información que tenía el cura, sin embargo no me cayeron bien sus burlas en presencia de todos mis compañeros, por eso no le respondí.

–Bueno pues… como este es un paso oral, reza el Credo.

–Creo en Dios Padre, todo poderoso – Empecé… Y de pronto, me quedé callado porque no recordaba ni jota el resto de la oración. Un compañero que se sentaba adelante me quiso soplar pero el cura, de un solo cocacho, casi lo deja clavado en la carpeta.

–Qué bien. Del Credo si que no te acuerdas, pero si de otras cosas, como dar serenatas a las chicas que estudian en el internado de las religiosas, pues ahora tendrás que levantar la mano.

El castigo del sacerdote consistía en darnos de golpes en la palma de nuestras manos con una cadena gruesa que le servía de llavero. Y pobre de aquél que protestaba.

Para evitar el castigo, se me ocurrió decirle que no podía estirar la mano porque recién me habían quitado el yeso.

– ¿Y la otra? – Me preguntó.

– La otra tampoco puedo darle porque con esa escribo.

–Con que también eres rebelde. Yo se cómo se debe tratar a los rebeldes. Sácate las ropas y métete a la poza de agua hasta que termine la clase

Desnudo como Adán en el paraíso, me dirigí a paso ligero a la poza. Seguramente que para la mayoría de mis compañeros este hubiera sido el peor castigo, en cambio para mí, que estaba acostumbrado a nadar en la piscina de mi casa, era un premio. Por eso apenas llegué me arrojé al agua y empecé a nadar a mis anchas.

En ese momento, el profesor de Instrucción pre Militar, un teniente del Ejército que se hallaba dictando clases en el patio, al verme nadando muy suelto de huesos y más feliz que una rana, gritó…

– ¡Alumno! ¿Qué se ha creído para estar nadando en hora de clases? ¡Salga de ahí inmediatamente y me acompaña a la dirección!

–Pero…

–Nada de peros. ¡Salga le he dicho! Y tal como está, para que todos lo vean.

No me dio tiempo ni para buscar una parra o una hoja de plátano que cubra mi cuerpo. Y mientras el Teniente entró apurado a la oficina del director yo me quedé en la puerta ante la mirada atónita de todos los pasaban por ahí. Y luego de unos minutos salió el instructor quien, sin siquiera mirarme, se regresó al patio para continuar con sus clases.

– ¿Con que bañándose en hora de clases no? Qué bien. Están solicitando tu expulsión por ocho días – Me advirtió el director, mientras me arrojaba mi ropa que rato antes un empleado lo había dejado en una silla.

–Pero, señor director…

– ¡Silencio! aquí no cabe ninguna disculpa.

–Le ruego que me escuche, por favor. Estuve cumpliendo un castigo del profesor de Religión.

– ¿Castigo? ¿Del Padre Bolo? ¿Y por qué?

–Por no saber rezar el Credo.

El director, pensativo, se levantó de su asiento y empezó a caminar en círculos. Y yo aproveché para vestirme, mientras imaginaba a mi madre llorando a mares por mi expulsión y a toda mi familia caminando por la calle con la cabeza gacha, por la vergüenza.

– ¿El Credo no?… Claro, el rezo del credo…

–Si señor Director, el Credo.

–Ja, Ja, Ja – se echó a reír y dijo – qué casualidad, yo tampoco nunca pude aprenderlo. Bueno, yo ya pasé esa etapa, pero tú si tienes un gran problema. Te puedes librar del curso estudiando, pero del castigo no. Y como a ti te gustan las cosas de radio, a cambio de la suspensión, trabajarás este fin de semana manejando la grabadora en la casa de las hermanas Zulma y Zoila Sotelo, porque el encargado de esta labor tiene un compromiso. Necesitamos terminar con la grabación de la radionovela que debe transmitirse por radio Municipal.

–Cuente conmigo señor director. Y gracias por su comprensión.

–Que esto te haga reflexionar para que te portes mejor en la clase.

Por supuesto que el día sábado llegué al colegio más puntual que un soldado de cuartel, no solo por quedar bien con el director sino también porque me fascinaban estos aparatos. A la hora convenida, la mayoría de los actores ya había llegado a la casa de la profesora Zulma, pero…

– ¿Por qué tardará tanto el profesor Peralta? – Se preguntó en voz alta el Dr. Antonio Manzur, mientras daba vueltas en la sala con las manos entrelazadas detrás de su cintura.

–Es raro, él es muy puntual, seguramente tuvo algún problema – Le respondió la dueña de casa.

–Bueno pues. Tendremos que empezar los ensayos sin él.

–De ninguna manera, él tiene el papel de galán.

–Tengo una idea. Mientras esperamos al profesor Peralta, que alguien lea su parte. Total, si es solo una grabación que podemos corregirla cuantas veces sea necesario.

Fue cuando sentí que todos dirigían sus miradas hacia mí. Y ante semejante insinuación no me quedó otra cosa que aceptar el inesperado reto para evitarme más problemas de los que ya tenía. Pasaban las horas y el profesor Peralta no llegaba y tuve que seguir leyendo el texto repetidas veces y, a la vez, manejar el aparato.

Hasta que terminó la grabación. Y después de algunas correcciones en el libreto y volver a grabar algunos pasajes, ya todos daban muestras de cansancio y se arrojaron rendidos sobre los mullidos asientos de la sala, sin embargo me pidieron que les haga escuchar la cinta por última vez. Al final, el director se levantó de su asiento y con una sonrisa de oreja a oreja, dijo:

–No está mal ¿Qué les parece a ustedes?

Todos asintieron moviendo sus cabezas de arriba hacia abajo y empezaron felicitarse unos a otros. Yo, sin tomar en cuenta el alboroto, me puse a rebobinar la cinta para guardarla, cuando de pronto sentí una palmada en el hombro. Era el director felicitándome. Le agradecí pensando que era por el manejo del aparato.

–Es por tu participación en la lectura del libreto – Aclaró.

–Yo también te felicito, se te escucha muy bien – Reafirmó la profesora Zoila.

–Creo que ya no es necesario volver a grabar con el profesor Peralta. Además, estamos contra el tiempo. Que se transmita tal como está – Opinó otro de los actores.

Tenía razón, el tiempo apremiaba y su emisión no podía retrasarse en vista que durante varios días la habían promocionado, despertando una gran expectativa en la audiencia porque era la primera radionovela hecha por un grupo de profesores de distintos planteles educativos que se difundiría a través de radio Municipal.

El día lunes, minutos antes de la transmisión, el locutor Alberto Neme preguntó:

– ¿Tienen la lista del reparto? La necesito para hacer la presentación de la obra.

–No habíamos pensado en eso.

El locutor, sin inmutarse, agarró lápiz y papel y comenzó a anotar los nombres de los participantes y su rol en la obra.

– ¿Y quién hace de galán?

–Bueno, el profesor Peralta, pero, no se presentó a la grabación. Por eso mejor obviamos su nombre porque no podemos mencionarlo. Tampoco del alumno porque se supone que la obra es presentada solo por profesores.

–Bueno, por lo menos que se diga: “Con la colaboración del alumno…”

La transmisión del programa había logrado tanta sintonía que, al día siguiente, estaba en la boca de todo el mundo. Yo, que tenía la mente ocupada en otra cosa, afanado en buscar alguna forma de hacerle llegar la carta a Laly, me olvidé hasta de mi participación en la obra. Pero, cuando me dirigía a mi colegio…

–Felicitaciones, te hemos escuchado. Parecías realmente un galán. Claro, con tanta práctica en la vida real te salió con mucha naturalidad.

Quienes se burlaban eran dos compañeras de Laly a quienes, mientras las acompañaba, les iba contando cómo había sido mi experiencia en la grabación. Eso me animó a pedirle a una de ellas que me haga el favor de llevar la carta. La muchacha la recibió y la guardó en su bolso sin darse cuenta que la estaba poniendo en el cuaderno de otra compañera que se lo había prestado para nivelarse.

Y apenas llegó al plantel…

–Anita ¿Me trajiste el cuaderno que te presté?

–Si claro, aquí lo tengo. Justamente te buscaba para devolvértelo. Gracias.

Cuando Raquel retornó a su casa, su mamá, que tenía la costumbre de revisarle el maletín, halló la carta y la leyó, sin dejar de quedarse sorprendida…

–Hija ¿Qué hace esta carta aquí?

–No tengo ni idea mamá. Te lo juro, no se de dónde apareció.

–Mañana mismo iré al colegio para hablar con la directora. Que averigüe quién te ha hecho esta broma pesada.

Sor Divina, se quedó atónita al ver la misiva que la mortificada madre de Raquel le entregó. No hizo ningún escándalo porque esas cosas las sabía manejar mejor que nadie. Luego de agradecerle a la ofuscada señora por su colaboración y regalarle una estampa, la despidió acompañándola hasta la puerta y al volver a su oficina, la releyó una y otra vez, tratando de averiguar a quién estaba dirigida. Inmediatamente revisó el registro de alumnas y sin pérdida de tiempo hizo llamar con la auxiliar a las dos únicas estudiantes que tenían el nombre de Laly, pero ninguna de ellas le pareció sospechosa.

Al releer la carta, lo que más le impresionó fueron las frases románticas de a misiva. Esto le hizo pensar en el amor y en su último pecado. Al recordarlo, se santiguó tres veces y decidió seguir en su sagrada misión de hacer cumplir el reglamento del colegio a rajatabla, caiga quien caiga, para no tener problemas con el consejo de la comunidad educativa, aunque por ratos no le faltaba ganas de tirar al tacho aquel maldito papel que lo entre sus manos y olvidarse de todo.

Una vez más volvió a repasar la carta y fue cuando le llamó la atención un párrafo:

“Cada vez que contemplo la pradera desde la ventana de mi habitación, pintada de ese inconfundible verde natural, veo el color de tus ojos. Y cuando me pongo a estudiar, sentado bajo las ramas de una magnolia, me dan ganas de abrazarla, pensando en tí…Qué no daría porque estés junto a mí y caminar juntos tomados de la mano por la orilla del río, cuyo rumor escucho tan cerca, y perdernos entre las flores amarillas de las retamas que crecen a su costado”.

– ¿Ojos verdes? ¿Magnolia? ¿Río? ¿Retamas? – Se preguntó – ¡Dios mío! No puede ser. ¡Otra vez él! Claro, Laly y Keby son solo seudónimos.

Ofuscada por la rabia, la monja tiró las cosas de su escritorio y se fue al despacho de la Superiora, para pedirle que de inmediato, convoque a una reunión del consejo educativo.

–Este es un caso muy delicado – Advirtió la superiora al empezar la reunión, mostrando su cara de palo – Tratándose de una menor no podemos revelar su nombre, así por que sí, tenemos que esperar que concluyan las investigaciones porque si nos equivocamos sería un mal precedente.
–Peor precedente sería que no hagamos cumplir el reglamento. Hay que separar la manzana podrida antes que contagie a las demás – Opinó la presidenta de la asociación de padres de familia.

–No es tan fácil tomar una decisión como esa, porque solo tenemos una carta al parecer con un seudónimo y dirigida a otra persona también con seudónimo. Esto mejor lo tratamos en la próxima reunión, así tendremos tiempo para identificar mejor a la alumna. Además pediremos la opinión del Párroco porque es el consejero espiritual de la congregación – Decidió la superiora.

Para ganar tiempo y confirmar sus sospechas, sor Divina decidió llamar a su oficina a la muchacha de los ojos verdes. Al verla tan nerviosa, como una mariposa atrapada en una telaraña, fue muy fácil ponerla bajo su dominio.

– ¿Tú eres Laly? ¿Reconoces esta carta? ¿Es para ti? – Le preguntó a boca de jarro.

Sin darle respuesta, la asustada alumna se puso a llorar. Fue cuando la monja aprovechó para lanzar toda su batería de preguntas.

–Responde, ¿Quién es Keby?

La alumna siguió sin contestar y la monja no dejó de lanzar su metralleta de preguntas.

– ¿Si estabas interna, cómo lo conociste? ¿Se han besado? ¿Te ha tocado alguna vez? ¿Lo quieres? Tú sabes lo estricto que es el reglamento, seguramente que pedirán tu expulsión del Colegio en la próxima reunión si se comprueba que tú eres Laly.

El tiempo pasaba inexorablemente y convencida que no iba a poder sacarle ni una sola palabra a su alumna, sino lágrimas y más lágrimas, le dijo que se retirara.

Ya en su domicilio, con una angustia que le agoviaba hasta el alma, Laly se encerró en su dormitorio y no salió ni a comer, indicando que le dolía la cabeza.

–Señora, a lo mejor la niña quiere un mate.

–Ojalá que tú la convenzas, porque yo ya me cansé de pedirle que coma algo, no sé qué es lo que le pasa. ¡ay, dios mío, las cosas de las adolescentes!

La única que sospechaba que ese dolor no era de cabeza sino de amor, fue la empleada- ¡Claro! sabía que en Laly se cumplía perfectamente eso de… “no comía, no dormía y el amor la consumía”. Seguramente por eso insistió que le diga la verdad para ayudarla. Fue cuando recién que la muchacha de los ojos verdes, que te tanto llorar los tenía rojos, le contó que la directora sospechaba que tenía enamorado y que estaba a punto de ser expulsada del colegio.

–Que ni se enteren mis padres, ¡Qué vergüenza!

–Cálmese señorita. Le aseguro que esto se solucionará.

Yo, sin saber nada de este tremendo lío seguía esperando la respuesta a mi última carta. Hasta que, una noche, observé que la empleada ingresaba al templo. La seguí y, como siempre, me arrodillé a su lado. Y aprovechando que los feligreses rezaban el santo rosario, la mensajera me puso al tanto del rosario de problemas que atormentaban a Laly.

Al principio, no sabía qué diablos hacer, hasta que me acordé del párroco y fui a buscarlo. Tuve que esperar que termine una reunión con los encargados de las celebraciones del Señor de Illanya. Esto me hizo recordar que mis abuelos eran amigos de la dueña de la hacienda donde estaba el templo que albergaba a la imagen del Señor del Justo Juez y Laly era sobrina de ella.
Y por sí acaso me encomendé a él, con el convencimiento que si ese juez era justo, mis problemas se acabarían.

-Buenas tardes Padre-¿Puedo pasar? le pregunté al sacerdote al ver que salían los visitantes.

–Ah, eres tú. Espero que esta vez no vengas a ocultarte en el ropero, sino a confesarte – Bromeó.

–Solo vengo a pedirle un consejo. Y le conté mi problema…

Al día siguiente, en la sala de reuniones del colegio de monjas, ya se hallaban las integrantes del consejo en pleno. Antes de abrir la sesión, como de costumbre oraron para que Dios las ilumine y sus decisiones sean las más correctas, según explicó la superiora.

–Está abierta la sesión. Dijo, y de frente fue al llano. Señora presidenta de la comunidad de padres de familia, ¿cuáles son sus planteamientos?

–Madre, pienso que no tenemos otra alternativa que hacer cumplir el reglamento. Aquí hay una clara muestra de indisciplina.

–Yo creo que primero debemos escuchar el informe de Sor Divina. Ya debe tener el nombre de la alumna. Nadie mejor que ella para aclararnos algunos puntos. Ella es quien mejor conoce a sus alumnas…

En ese momento ingresó el Párroco quien, en calidad de consejero espiritual de la comunidad religiosa, tenía facultades plenas para estar presente en la reunión y participar con voz y voto. Al momento de saludar a las asistentes se acercó a Sor Divina y le dijo casi al oído:

–Un alumno del colegio de varones le envía saludos.

La monja cambió de color y lo miró desconcertada. ¿Se habrá enterado de algo? Se preguntó, mientras tragaba saliva.

Apenas el sacerdote se sentó, continuó la sesión. Como no había consenso, porque ni siquiera se conocía con seguridad el nombre de la alumna, se procedió a la votación. Las dos docentes de la primaria y la representante de los padres de familia votaron por la expulsión de la supuesta musa inspiradora de la serenata. Y las dos monjas de la secundaria y el párroco votaron en contra, llegándose a un empate, por lo que el voto de Sor Divina era decisivo. Fue entonces que el Párroco miró sonriente a la monja.
La religiosa, presa de los nervios, se enredaba en sus propias elucubraciones. Estaba casi segura que el sacerdote estaba enterado no solamente de sus pecados veniales, que se los contaba en el confesionario, sino de algo más.
Por supuesto que estaba totalmente equivocada, porque yo jamás le había revelado al sacerdote ni un solo detalle de aquel secreto. Lo único que le dije fue que todo dependía del informe de Sor Divina y que ella era la única persona en quien confiaba.

Sor Divina, respiró hondo y miró al cielo como pidiendo una iluminación divina para no equivocarse, y dio su opinión…

–Me parece que esto es un absurdo. No podemos castigar a una alumna a quien ni siquiera hemos identificado. Creo que mientras no tengamos una prueba, esto debe terminar.

El párroco se frotó las manos y movió la cabeza en señal de aprobación. Al ver el gesto del sacerdote, la superiora hizo lo mismo. Parecía la más feliz porque le habían quitado un tremendo peso de encima.

–Para evitar habladurías que pudieran dañar el prestigio del plantel, está demás recomendarles que esto no deben salir de esta sala. Eso es todo y doy por concluida la sesión.

Al día siguiente, volví a la parroquia con el propósito de averiguar sobre el resultado de la reunión. El sacerdote me comunicó de la buena noticia, pero me sugirió algo inesperado.

–Para evitar las habladurías de la gente y por el bien de ambos lo mejor sería que se vayan a estudiar a otra ciudad.

Sor Divina, por su parte, se quedó con una sensación amarga. Estaba desilusionada, pensando que le había revelado al cura el secreto que ambos habíamos prometido guardar bajo siete llaves. Por eso, cuando asistía junto con la profesora de ciencias naturales a la exposición de herbarios del colegio de varones, al ver el mío exclamó…

– ¡De esta sí que no se salva! – Estoy segura que este herbario es el mismo que se presentó en nuestro plantel. Esto es un engaño – Gritó con sed de venganza. Y para corroborar sus sospechas, obligó a todas las alumnas que habían logrado los diez primeros puestos devolverlos al plantel porque se había decidido hacer una exposición de los mejores trabajos. Y cuando lo revisó el de Laly, recién se dio cuenta de la belleza del trabajo. Del mismo modo, la profesora de ciencias Naturales se quedó sorprendida por la rareza de las especies, y se quedó contemplándolo por un rato.

–Aquí hay gato encerrado. Vayamos nuevamente al Colegio de varones. Si no está allí es porque es el mismo.

Pero, grande fue su sorpresa, mi herbario seguía en su sitio. En ese momento se apareció el director de mi colegio

–Reverenda Madre, ¿Y a qué se debe nuevamente su digna presencia? Veo que se ha quedado admirando este herbario.

Por su parte, mi profesor, luego de saludarlas, sugirió:

-Si le gusta le puedo pedir a su autor que se lo regale cuando termine la exposición – Le sugirió mi profesor de Ciencias Naturales.

–No es para tanto profesor Pinares, hemos vuelto porque a partir de mañana nosotras también haremos una exposición en nuestro plantel. Usted sabe, no es pecado imitar las cosas buenas.

–De ninguna manera Sor Divina. Si usted desea podemos darle todo el apoyo necesario.

Yo, sin saber nada de lo que ocurría, trataba de distraerme en mi casa escuchando radio Municipal, la única emisora local con que contaba mi ciudad. Fue cuando se me vino la idea de ir a buscar al locutor para pedirle que me haga el favor de programar algunos temas que me unían sentimentalmente a Laly.

–Con que tú eres el famoso galán de telenovelas – Me dijo El Fata con un tonito cachaciento. Te felicito…estuviste bien. Tienes buena voz, hasta podrías ser locutor.

Al mirar sus ojos negros y saltones, como dos ciruelas, recién comprendí por qué lo llamaban “Fata”.

Me dijo que trabajaba en la radio más por amor al arte que por el sueldo, sobre todo por complacer a sus amigos, con quienes se reunía unas veces en La Apasanca y otras en El Andavete, El Hueco y El Olivo, es decir las mejores picanterías de aquella época. Es en estos lugares donde se sentía el hombre más feliz del mundo, consumiendo los más exquisitos platos típicos y cantidades industriales de cerveza. Allí, junto con sus amigos, confeccionaba la lista de discos para su espacio de música criolla.

El Fata, además de trabajar en la radio, era operario de la imprenta de Don Lino Ismodes, junto a otros jóvenes entrenados en las artes gráficas, entre ellos Lucho Tejada, con quien cultivó una buena amistad. Tenía las uñas negras por la tinta y los dientes amarillos por la nicotina, por su adicción al cigarrillo. Fumaba como chino en quiebra, y de los negros, marca Inca. Lo importante era que disfrutaba de su trabajo tanto en la imprenta como en la radio.

–Mis manos son del mismo color de la conciencia de muchos que fungen de santurrones – Decía cachaciento.

Además de ser un estupendo cajista, conocía de gramática y ortografía mejor que nadie a pesar que en el colegio nunca fue un buen alumno. Le importaba un bledo salvar el año.

–Mira hermano, No es que me guste repetir, lo que pasa es que los profesores me tienen cariño y yo tampoco los quiero dejar. Decía con sorna.

Se consumía cajetillas enteras de cigarrillos mientras le daba duro al pedal que hacía girar la pesada rueda de la prensa. Y se retiraba casi a la media noche, siempre y cuando la vetusta máquina no le jugaba una mala pasada, cortándole sus planes de salir a beber unos “patibambas libres” en uno de los huariques de Huanupata. Porque uno de los problemas de la máquina era el desgaste de los rodillos y solo un hombre los podía fabricar, Antonio Pinto, disolviendo los mojones de jebe que los mandaba trae de la selva. El problema era que casi nunca se le podía ubicar porque no paraba en su casa.

–Fata, te quiero pedir un favor. Quisiera que dediques unos discos a una chica. Para no tener problemas por favor solo dí que es para Laly de parte de Keby – Le pedí.

–Con que también tienes tu corazoncito ¿no? Está bien. Escoge los temas en aquel armario. ¿Y por qué no se lo dedicas tú mismo? Ya te dije, tienes buena voz. Pero, espérame un cachito, porque ahora tengo urgencia de ir al baño. Si quieres hablar, lo único que tienes que hacer es abrir el micrófono con esta perilla. Pero si no te animas, me pegas un silbido cuando esté por acabar el LP.

Yo sabía que esto lo decía solo por decir, porque estaba seguro que no me atrevería a tocar nada. Y luego se retiró a los servicios higiénicos, ubicados en la primera planta del local de la municipalidad.

Cuando terminó el LP, no lo llamé porque quería probarme hasta dónde podía ser capaz. Con la única experiencia de haber hablado a través de los micrófonos de mi escuela y haber manejado la grabadora de las hermanas Zulma y Zoila Sotelo, abrí la perilla del micrófono y, tratando de imitar a los locutores de la onda corta, dije:

–Transmite radio Municipal de Abancay. Este es un programa especial para la juventud. El siguiente tema musical se lo dedicamos a Laly. Y empalmé un disco de la nueva ola, música que no era muy común en esta emisora porque su programación se caracterizaba por la difusión de música folklórica y criolla. Los sábados tenía un espacio de música bailable y en las noches música instrumental.

La segunda canción que presenté lo hice con menos nerviosismo y más soltura. Luego de dar la hora, hasta hice un pequeño comentario de los Cinco Latinos para lanzar el tema Mi Oración. Y a continuación anuncié dos éxitos de Nat King Kole.

El Fata seguía en el baño tratando de salir de su estreñimiento. Leía un periódico pasado, confiado en mi llamada. Y como no lo hacía, se demoró todo el tiempo que quiso. Regresó justo cuando el teléfono sonaba insistentemente. Yo no podía atender las llamadas porque estaba más atento a mi función de locutor y además tenía mis manos ocupadas manejando las perillas de la consola. Hasta que El Fata, al escuchar las insistentes timbradas levantó el fono.

–Aló, ¿Qué? No me diga. Gracias por el cumplido.

Apenas colgó sonó otra llamada, otra y otra. Luego de la última conversación comentó…

–Que mosquito les habrá picado a los oyentes, todos llaman solo para felicitar. La última que llamó hasta me envió un beso al despedirse. Dicen que la música está excelente.

–Debe ser por los discos de la nueva ola que presenté. Le dije.

– ¿Qué, dijiste nueva ola? Ya me fregaste. La fija que me botan del trabajo. La culpa la tengo yo por haberte confiado el micro. ¿No sabes que ese tipo de música no se pasa en este horario?

El timbre del teléfono se oyó una vez más, en forma insistente. El Fata volvió a responder, esta vez muy disgustado.

– ¿Aló? Por favor no molesten. Ya terminó el programa de nueva ola. ¿Cómo, no es un oyente? Disculpe señor Gonzáles, no lo había reconocido. Bueno, es que me sentí mal, por eso tuve que bajar al baño. ¿Qué? ¿Que siga el programa? Quien me reemplazó ya no está, se fue. Yo continuaré poniendo esos discos señor.

–Pero, si yo sigo aquí. Le reproché.

Un tanto más calmado, el Fata reaccionó arrepentido.

–Disculpa, no te quise ofender, compréndeme, estoy con los muñecos destrozados porque me quedé chupando hasta la madrugada. El señor Gonzáles dice que sus hijas están felices con el programa y como es el concejal que tiene a su cargo la radio, mejor le damos gusto.

Seguramente que al escuchar las mismas canciones que nos unían, se reavivó en Laly la llama de amor que por temor se estaba extinguiendo en su corazón. Y fue cuando recién comprendió la necesidad de verme. Y el mejor pretexto para salir era la matinée del domingo. Y para esto se puso de acuerdo con Gladys, la enamorada Ramiro, uno de mis mejores amigos.

Aquella cálida tarde, apenas se apagaron las luces del teatro, ambas salieron de la sala y enrumbaron hacia el lugar donde las esperábamos. Era un bellísimo paraje en las afueras de la ciudad conocido como El Olivo. Allí, en medio de un bosque de eucaliptos, luego de jurarnos un amor eterno y sellar nuestras vidas con los más apasionados besos, le puse al tanto de la sugerencia del párroco.

–Tengo miedo que esto acabe mal.

–Debemos confiar en nuestra buena estrella. Cuando estemos lejos todo será diferente.

En ese momento se escuchó los gritos de Ramiro.

– ¡Corramos! El papá de Laly nos está buscando.

Los cuatro emprendíamos las de villa diego y se nos ocurrió regresar al cine, para evitar sospechas. Al final de la película ambas muchachas salieron como si nada hubiera pasado. Ramiro y yo nos quedamos sentados para ser los últimos en salir.

El único que no estaba muy convencido con el cuento que nunca las muchachas habían salido del teatro al principio de la función, fue el padre de Laly, al extremo que por mucho tiempo no se le pasó la ira. Hasta que un día su hija le tocó el tema de la universidad, diciéndole que quería terminar sus estudios en Lima para prepararse simultáneamente en una academia. Al padre le pareció una excelente idea, seguramente pensando más en alejarla de mí que en los estudios de su engreída.

En cambio para mi, la cosa no fue tan fácil, porque cuando le planteé la idea a mi madre…

–Eso, ni pensarlo. Viajar a Lima ni en broma. Con tanto peligro no podría ni dormir tranquila. ¿Acaso no lees las noticias que salen todos los días en los periódicos?

Le tuve que hablar del tema durante más de un mes, hasta convencerla.

Cuando al fin mi madre decidió mi viaje, no quería irme sin despedirme de Sor Divina, no se si porque había dentro de mí un hálito de amor o una piscina llena de remordimientos, la cosa es que como nunca sentí muchas ganas de verla por última vez. Lo hice un día antes de mi viaje. Como era de imaginar, fue un adiós muy triste, de miradas y abrazos apasionados y sin palabras, como son los finales de todas las historias de los amores imposibles. Y, al final, cuando estuvo por darse la vuelta y perderse para siempre de mi vista, me dijo:

-Que tú y Laly sean muy felices.

Y se perdió tras la puerta del convento. No sé si sus últimas palabras fueron una maldición o un deseo ferviente de felicidad. De eso, solo el tiempo se encargaría de revelarlo.

En la Capital, la televisión estaba en todo su apogeo y no había nada que no diera vueltas en derredor de la pantalla chica. Se había convertido en principal ventana de entretenimiento, información y cultura y en una gran oportunidad para los nuevos valores de la música.

Era como una mesa llena de potajes virtuales que todos los jóvenes queríamos degustar. La nueva ola entraba con fuerza y, todos, chicos y chicas queríamos ser estrellas del rock. Por coincidencia, en esa misma época, mi amigo Pepe, se había mudado a la capital, y de vez en cuando nos veíamos para unir nuestras voces.

–Y nosotros ¿Por qué no en la TV? – Me dijo un día.

–Ja ja ja, no me hagas reír – Le respondí, pensando que estaba bromeando.

-No es broma. Dicen que Humberto Vílchez Vera está dando oportunidad a los jóvenes que quieren incursionar en la pantalla chica.

– ¿Y quién es Vílchez Vera?

– Un animador excéntrico que tiene su programa en el canal 2. Su espacio es de locos ¿Por qué no lo ves?

Apenas llegué a mi casa , encendí el televisor y fue cuando me di cuenta que todos tenemos algo de locos y algo de poetas. En el caso del conductor de “Los Fantasmas se divierten” tenía más de lo primero que de lo segundo, por sus extravagancias.

Pero lo que jamás imaginé fue que, además de fantasmas que se divertían en el programa de Vílchez Vera, había espíritus malignos encaramados en el departamento de producción.

– ¿Nueva ola? ¡Carajo! todos los que vienen solo quieren cantar nueva ola, ¡Ya nos tienen hasta la coronilla con esa cojudez! Si ustedes quieren presentarse tienen que preparar algo de Los Panchos porque a Humberto le gusta recitar sus poemas y no tengo nada con que rematar esas secuencias – Nos conminó el productor.

Durante cinco días tuvimos que ensayar el bolero “No me quieras tanto” Y, por sí acaso, otro tema más.

La noche del debut, el animador parecía estar más en su noche de locura que de poeta, porque hizo todo lo que se le vino en gana. No solo habló de sus propios fantasmas sino de aquellos que habitaban en el segundo piso de la Casa Matusita, donde prometió pasar toda una noche entera. Y lo cumplió, a pesar que el costo fue muy alto, porque a partir de ese momento la depresión fue horadando su salud, causándole graves problemas.

Esa noche, a pesar del tiempo ajustado, como es usual en la televisión, Vílchez Vera se mandó con dos poesías, obligándolos a interpretar un bolero más.

Fue así que Pepe y yo ingresamos a ese fascinante mundo de la televisión. Sin embargo, mientras salíamos del set nos reprochábamos de algunas fallas cometidas pero, al mismo tiempo, estábamos muy felices porque habíamos logrado meternos en ese mundo de fantasías a donde muchos chicos de nuestra edad querían ingresar a cualquier costo, mientras que nosotros lo habíamos hecho como jugando. Hasta que el acecho de las admiradoras, que nunca faltan en las puertas de los canales, empezó a calentarnos la cabeza, por más que nosotros no éramos nada conocidos en el ambiente artístico. Esto, unido a los ensayos que ocupaban nuestro tiempo y las invitaciones a fiestas de gente que muchas veces ni siquiera conocíamos, empezó a carcomer los pilares de aquel amor que Laly y yo habíamos construido.

Afectada por la desconfianza, la incertidumbre y seguramente los celos, tenía que vengarse castigándome de la forma más cruel. Fue ella quien de un día para otro decidió romper esa relación que, pensé iba durar una eternidad Y, para no dar marcha atrás, se casó con el primero que se lo propuso. De esa manera, aquel inmenso amor que ambos habíamos jurado conservar por siempre, terminó como la noche con la aparición del primer rayo de luz.
Y recién entendí por qué el compositor Alfredo Le Pera, escribió las letras de aquel viejo tango popularizado por Gardel que decía: “Amores de estudiante, flores de un día son…Hoy un juramento, mañana una traición”.
Por eso, al día siguiente lo primero que hice fue irme a la playa y, en el mismo lugar donde tantas veces habíamos estado juntos, con mis dedos temblorosos escribí sobre la arena húmeda nuestros seudónimos, dentro de un corazón, y esperé que venga una ola y lo borre todo.


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