Semana Santa en Abancay

La Semana Santa en nuestro país, como en gran parte del mundo, es la conmemoración religiosa más importante del calendario cristiano. En Ayacucho, Trujillo, Cusco, Arequipa, Puno, Cajamarca, Tacna, Piura, Junín, en fin, no hay pueblo en nuestro país donde no se recuerde con profundo fervor la pasión, muerte y resurrección del hijo de Dios.

En Abancay, la tierra donde nací, esta celebración también está muy arraigada desde la época de la conquista. No obstante que sus habitantes, que originalmente formaban parte de la comunidad cusqueña, adoraban al sol, a la mama pacha y a la naturaleza en general, se convierten al cristianismo con la llegada de los españoles y, desde entonces, esta es la religión que la profesan y la llevan prendida en el corazón.

Algo más. Sin embargo que es la virgen del Rosario la patrona de la ciudad, es a Cristo a quien le profesan una veneración especial, en algunas de sus variadas expresiones, como el Señor de la Caída, de la Exaltación, el Cristo Crucificado y el Cristo yacente, cuyas imágenes están ubicadas en los templos de Tamburco, de Illanya, del Señor de la Caída y en la Catedral. Y los mismos fieles que rotan en cada una de sus fiestas patronales, también lo hacen en Semana Santa. Pero la celebración más importante se lleva a cabo en la antigua Iglesia Nuestra Señora del Rosario, hoy convertida en Catedral.

Para esta ocasión, llegan los campesinos más humildes desde los distritos y provincias más apartados, unos a lomo de bestia o en camiones, otros caminando con sus quepes en las espaldas, y no se cansan de viajar, unos portando ramas y flores silvestres de la admirable y rica flora abanquina, excepto el sauco, considerado como “el árbol maldito” porque Judas, arrepentido de su traición a Jesús, se ahorcó de una rama de este árbol.

En mis años de adolescente, tal como lo establecía la norma eclesiástica, la Semana Santa se iniciaba con la misa del Domingo de Ramos, un día como hoy, la misma que se celebraba con rigurosa solemnidad en la iglesia Nuestra Señora del Rosario, recordando la entrada de Cristo a Jerusalén montado sobre un burro, donde fue recibido como Rey de Reyes con ramas de palma y olivo.

Hasta este templo, ubicado a un costado de la plaza de Armas, convertido después en catedral con el nombramiento del primer Obispo, Alcides Mendoza Castro, en 1962 hasta 1967, fecha en que fue nombrado Obispo Castrense del Perú, acudía acompañando a mi madre y abuelos, portando las tradicionales palmas que las comprábamos en las afueras de la Iglesia para que el sacerdote las bendiga que luego las colocábamos en las puertas de nuestras casas para que la proteja y la cuide, sobre todo de los amigos de lo ajeno.

Monseñor Alcides Mendoza Castro, fue sucedido por los obispos Enrique Pèlach (1968 – 1992), Isidro Sala Ribera (1992 – 2009) y Gilberto Gómez González (2009),

Recuerdo que a principios de la década de los sesenta, los ramos de palmas se vendían a diez y veinte centavos, según el tamaño, la forma y el tejido, hoy se venden a sol, dos y hasta 5 soles. La forma más solicitada era la cruz, seguida del corazón de Jesús.

A diferencia de otras misas, esta era una de las más largas y ceremoniosas. Al final se realizaba la procesión de la Eucaristía debajo del palio sostenido por cuatro acólitos. El lunes Santo es dedicado a la procesión del Señor Crucificado y la veneración en Abancay es muy solemne.

Era común ver en los alrededores de la Iglesia a las vendedoras de maicillos, empanadas, rejillas y roscas dulces cubiertas con grajeas multicolores. Y como la misa terminaba a media mañana, justo cuando el sol calcinaba, incitaba a tomar un caporal de chicha blanca que “las mamachas” la vendían no sin antes espolvorearla con una pizca de canela para darle más gusto. Algunas de las vendedoras, con el pretexto de remover el concho, lo pasaban de un vaso a otro y, lo que llegaba a nuestras manos, era mitad líquido y mitad espuma.

El jueves Santo, para la familia era muy especial por los 12 potajes que se servían en el almuerzo, destacando las entradas ligeras sin carne, seguido de cremas de zapallo y maíz (lawa) y diversos chupes de semana santa hechos con camaroncitos chinos, leche y huevos. No se comía carne de vacuno en ninguna de sus formas, aunque muchos estudiosos de la biblia dicen que la prohibición se refiere a las relaciones carnales y no a la ingesta de este alimento. Otros señalan que la prohibición de comer carne en Semana Santa se debe a una medida adoptada por el Vaticano para evitar los excesos de las clases pudientes, porque la carne era considerada como el alimento de los ricos y el pescado de los pobres y querían, por lo menos en esta fecha, igualar la merienda de todos los fieles. En cambio ahora, al menos en el Perú, el pescado cuesta un ojo de la cara, incluso es más caro que la carne, no obstante que nuestro país es gran productor de esta delicia de mar.

Los platos de fondo estaban hechos a base de bacalao o cualquier otro pescado seco, tampoco faltaba el plato más popular de la culinaria abanquina, tallarín con gallina o al horno, asimismo picantes y torrejas de verduras que se completaban con exquisitos postres, generalmente dulces de níspero, calabaza, durazno y otras frutas que crecían en nuestra propiedad, manjar blanco, arroz con leche y diversos tipos de mazamorras, así como la famosa empanada de queso o aquella envuelta en papel manteca bañada de ajonjolí.

Para disfrutar de este almuerzo de jueves santo, se reunía toda la familia, por lo que había que ampliar la mesa del comedor colocando tableros o mesas adicionales.

Mis abuelos, Andrés y Adelina Infantas, con quienes mi madre Estela, yo y mis hermanos Luz Marina y Ramiro, y mi primo Mario Gálvez, vivíamos juntos, llegaron a tener nueve hijos, Rosa, Encarnación, Augusto, Esther, Estela, Elsa, Hernán, Aurora y Jorge. Varios de ellos ya estaban casados y con hijos, por eso ya no vivían en la Quinta, pero retornaban en las ocasiones especiales. Es fácil imaginar la cantidad de comensales que éramos a la hora del almuerzo. Felizmente que las ollas y el corazón de mis abuelos eran grandes, por eso jamás faltaba comida, ni afecto.

Mi abuela Adelina, no permitía que nadie empiece la merienda sin antes hacernos rezar para agradecerle a Dios por los alimentos recibidos. Luego, el nieto de mayor edad leía un párrafo de la Biblia que ella misma escogía.

En la Iglesia Nuestra Señora del Rosario, la celebración de la Eucaristía era al atardecer, después del almuerzo, para coincidir con la última cena de Jesús con sus doce apóstoles, donde les dijo: “Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar, uno que comparte mi pan”. Y así fue.

Según señala la historia, mientras estaban comiendo, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió y se los dio diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo”. Después tomó una copa de vino, dio gracias, se la entregó y todos bebieron de ella. Y les dijo: “Esto es mi sangre, sangre de la Alianza, sangre que será derramada por una muchedumbre. Sepan que no volveré a beber del jugo de la uva hasta el día en que beba vino nuevo en el Reino de Dios”. Acto que se repite en todas las misas.

En esta misa de Jueves Santo, tal como se estila, el sacerdote lavaba los pies de 12 ancianos, en señal de humildad. Antes de la existencia del asilo, en Abancay se reclutaba a los mendigos que deambulaban por los alrededores del marcado y en los barrios más populares.

A veces llovía torrencialmente, con truenos y relámpagos, haciendo recordar la tormenta que se desató en El Gólgota, cuando Jesús dejó de existir en la cruz. Esto hacía estremecer más la noche de Jueves Santo.

Pero, llueva o no llueva, en la noche la visita a los templos era casi una obligación porque era un reencuentro espiritual y una gran ocasión de volver a ver algunos rostros que muchas veces hasta habíamos olvidado. Grandes y chicos recorríamos con fervor los ambientes de la iglesia y rezábamos al pie de todos los santos y vírgenes, no sin antes mojar la punta de los dedos en agua bendita que muy raras veces faltaba en las fuentes de piedra colocadas en lugares estratégicos, especialmente en las entradas, para santiguarnos y rogar por la redención de nuestros pecados. Eso se hacía antes que las imágenes fueran cubiertas con telas oscuras.

Recuerdo que, al final de esta misa, se cantaba con gran solemnidad…

Cantemos al Señor de los amores, Dios está aquí.

Cielos y tierra, bendecid al Señor.

Amor y gloria a tí. Dios de la tierra.

Amor por siempre a tí…

El día más solemne de la semana era el Viernes Santo, no solo por los ritos sino porque era de ayuno y abstinencia, dolor y arrepentimiento.

En mi casa, a las cinco de la mañana, mi abuelo Andrés se levantaba y lo primero que hacía era coger un chicote de tres puntas que lo tenía de adorno, o quizás por cábala, detrás de la puerta de su dormitorio y nos despertaba dándonos de golpes (felizmente por encima de las frazadas), según nos decía, para “ayudarle a Cristo en su suplicio y, de paso, hacernos pagar por nuestros pecados”. Era claro que la intención del abuelo no era lastimarnos, sino despertarnos. Pero, el solo hecho de levantarnos tan de madrugada, ya era un martirio.

En señal de duelo, los caballeros se vestían de terno oscuro y corbata negra. Igualmente, las damas se ponían sus vestidos negros y se cubrían los rostros con mantillas del mismo color. Las campanas enmudecían y eran reemplazadas por matracas que los jóvenes las tocaban recorriendo los barrios. Su lastimero sonido producía una gran congoja en la ciudad, como si alguno de nuestros familiares más cercanos hubiera fallecido.

Desde muy temprano los jóvenes, varones y mujeres, se iban al campo a recoger pétalos de flores para armar las tradicionales alfombras en las calles por donde tenía que pasar el Cristo Yacente en hombros de los miembros de la Hermandad del Santo Sepulcro, entidad muy cerrada a la que era muy difícil ingresar. En aquella época, entre los militantes de esta hermandad estaban Lucho Salcedo, Ramiro Viladegut, Gastón Fernández, Fernán Valer y unos parientes que vivían en la calle Huancavelica, los hermanos Juan, Serapio y Juvenal Tello, Darcy salas, el pato Pareja, “El fata” Huerta, Fabian “Cachachi” Paredes, Armando Cárdenas, entre otros. A mi jamás me convocaron, no sé si porque aún era muy joven o muy pecador.

La procesión salía del templo al compás de la banda de Don Angelino Villar, la misma que ejecutaba las más sentidas marchas fúnebres que hacían estremecer el alma. Los caballeros iban al costado y detrás del Santo Sepulcro, y las damas acompañaban a la Virgen Dolorosa. Las religiosas del colegio Santa Rosa eran las que dirigían los rezos y plegarias, mientras que los chicos teníamos puesto el ojo en sus alumnas.

Antes de los años sesenta, para las celebraciones de Semana Santa llegaba un obispo del Cusco porque Abancay no contaba aún con obispado. Hasta 1962 en que fue nombrado Mons. Alcides Mendoza Castro.

Algunos fieles hacían coronas con ramas de níspero y olivo que las colocaban en los balcones de sus casas y encima de las puertas de los templos. Los moradores más humildes sacaban a sus puertas aunque sea una maceta de geranios, pero la sacaban, para rendirle honores al Cristo Yacente que hacía su paso delante de la Dolorosa, cuya imagen lucía una túnica y capa oscuras y su corazón de plata estaba atravesado por puñales. Sus andas eran muy pesadas, por eso las cargaban solo los más forzudos.

Las andas, tanto del Señor como de la virgen, estaban iluminadas con la energía proveniente de baterías que proporcionaban generosamente los miembros del sindicato de choferes. Y el encargado de la instalación y control de esta iluminación era el mecánico Miguel Solís.

Los estudiantes del colegio Miguel Grau y del Industrial, rivales por tradición, pero unidos para esta ocasión, jamás le hicieron faltar al Santo Sepulcro las más bellas flores de retamas, cardosantos, la bella abanquina y una flor roja conocida como “sangre de Cristo”.

La procesión estaba presidida por el obispo y el párroco. Detrás de ellos desfilaban las principales autoridades políticas y militares, seguidas de una gran muchedumbre de fieles, unos portando faroles y velas encendidas, otros arrojando pétalos de rosas sobre las imágenes, algunos avanzaban descalzos haciendo penitencia y otros hasta se descubrían las rodillas para orar arrodillados sobre el suelo con lágrimas en los ojos, pidiendo seguramente un milagro para salir de la miseria, por un pariente enfermo o el hijo ausente.

Para esta ocasión los sacerdotes usaban sus ornamentos negros y morados. Todas las estatuas y cuadros de los santos de la iglesia amanecían cubiertos con tules y mantos. Nadie podía reír ni cometer un pecado por más venial que este sea porque se decía que ofendía doblemente al Señor. Los únicos que se aprovechaban eran los ladrones porque decían que en viernes Santo nadie los podía castigar porque Cristo estaba muerto.

El Sermón de las siete palabras o de “las tres horas”, lo hacía solo la autoridad eclesiástica de mayor rango, en este caso el párroco, antes de la llegada del primer obispo. El sacerdote aprovechaba la ocasión para decirles vela verde a los pecadores, especialmente a los infieles. Les daba duro a las autoridades que no cumplían con sus responsabilidades. Con el paso del tiempo, se comenzó a invitar a conocidos profesionales y vecinos notables de reconocida fe católica y de incuestionable honestidad, para ocupar el púlpito.

Las celebraciones de Semana Santa concluían el domingo con la solemne misa de resurrección donde todos cantaban a todo pulmón…

Tu reinarás…oh rey bendito,

Pues tú dijiste reinaré. Reine Jesús por siempre,

reine en tu corazón.

En nuestra patria, en nuestro cielo,

es de María la Nación…

Recién sonaban las campanas en señal de fiesta. No se estilaba el obsequio de huevos de pascua como ocurre en otros países. Luego de la misa, los mayores se iban a sus casas para saborear al menos una taza de chocolate, la bebida más tradicional que jamás faltaba en las mesas más humildes, especialmente los domingos, feriados y en los cumpleaños. Las familias más acomodadas siempre tenían a mano una tableta de chocolate en pasta “Sol del Cusco” mientras que los menos pudientes adquirían el chocolate a granel, sin envoltura y en tabletas que tenían la forma de tejas. Total, la diferencia no era muy notoria porque ambos productos eran elaborados con el cacao de Quillabamba y Madre de Dios. Y claro, las cosas siempre tenían que ser claras y el chocolate espeso, como reza el dicho.

Y como ya había terminado el periodo de abstinencia, al final de la misa del domingo de pascua de resurrección, algunos salían para irse de frente al club Unión a disfrutar con los amigos y los que no eran socios se iban al bar La Esmeralda, para calentar la mañana y celebrar la pascua con un “patibamba libre” y platos típicos. Los más recatados acudían a la cafetería del billar de mis tíos Pancho Gonzales y Rosita Infantas, para servirse al menos un tradicional “marca chancho” acompañado de un sánguche de lechón o unas deliciosas empanadas de queso que se hacían en el horno de otra de mis tías, Dolores Alarcón.

Y mientras nuestros padres y abuelos se quedaban unos minutos a chismorrear en las puertas del templo o desaparecían con los amigos, los chicos nos íbamos a jugar a las chapas en la pérgola de la plaza o fulbito frente a la casa de la familia Garay. Es cuando las campanas sonaban con más fuerza y una desbordante alegría inundaba la ciudad.

En esta Semana Santa que todos vivan en paz consigo mismo y sientan renacer las esperanzas de una vida cada vez mejor.

5 comentarios to “Semana Santa en Abancay”

  1. herberthcastroinfantas Says:

    Armando fue un abanquino de verdad que amaba sus costumbres, seguía de cerca sus fiestas y como amigo fue leal hasta su muerte.

    • Pilar G Says:

      Me hiciste recordar la manera como se celebra la Semana Santa en Abancay. Lo sabia por historias que me contaban mi familia politica pues no soy de Abancay. Los abuelos de mi esposo fundaron una Congregación que se llama Hermandad del Señor Crucificado de Lunes Santo en 1950. Gregorio Vivanco Guevara y Asuncion Velasquez de Vivanco. Cada año se celebra una misa y ceremonia aunque estemos en diferentes partes del mundo. Es una tradición muy bonita que mantiene la unidad. Que bien saber que la fe y el fervor se mantienen.

  2. amita Says:

    Está muy bueno el ensayo. Escribe más sobre otras historias.

  3. Ciena Says:

    Revivi con mucho entusiasmo la semana, vivi como si fuera ayer todas esas tradiciones, bendiciones para todos y que el Señor nos acompañe siempre.

  4. ronald Says:

    Es casi igual que en Cusco donde se come los 12 platos, lunes santo se saca al Señor de los temblores, se come empanadas, etc.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: