Días de Juventud

Poco antes del final de la década de los 50, del pasado Siglo XX, Carlos Rojas presentaba su programa “Feliz Amanecer” a través de radio América cuando mi madre me hizo saltar de la cama de un solo grito, recordándome que el tiempo volaba y la ducha me esperaba con las cortinas abiertas y el chorro de agua corriendo.  Felizmente que el clima en Abancay es templado, agradable, que provoca levantarse temprno, de lo contrario aquel duchazo de agua fría no me hubiera parecido la suave caricia de una ninfa.

Cuando salí del baño, el locutor más oído del Perú de entonces, seguía presentando bellísimas canciones interpretadas por las mejores orquestas del mundo y dirigidas por los grandes maestros como Fausto Papetti, Franck Pourcel, Henry Manzini y Glen Miller y, de rato en rato, lanzaba los últimos éxitos de la nueva ola que yo los seguía a viva voz mientras me vestía con mi uniforme “comando” color caqui, para irme al colegio.

Y pensar que años después, cuando empecé a trabajar en Radio Unión como jefe de informaciones y locutor, Carlos no estaba en actividad. pero me interesé por averiguar qué había sido de su vida. Cuando me hice cargo de la Gerente de Producción de la emisora, sin vonocerlo personalmente lo invité a retornar a la radio. Lo conseguí dándole un espacio en la FM de esta emisora, y lo conseguí. La FM, en ese entonces fuincionaba en un edificio de la Av. República de Chile.

Parece que con  mi salida de la emisora, para trabajar en Panamericana Televisión, Carlos también dijo “hasta aquí nomás” y nunca más se le volvió a escuchar en un micrófono.

Y bien, volviendo a mis días de adolescente, quizás los mejores de mi vida, otro grito, esta vez de mi abuela Adelina, terminó con mi letargo, mi modorra y mi placer de escuchar “Feliz Amanecer” por radio América.

–¡El desayuno está servido!

–Por favor abuela, que terminen de cantar Los Santos y salgo volando.

– ¡Qué! No me vengas con esos cuentos, los santos cantan en el cielo, no en la ducha.

– Abuela, así se llama el nuevo grupo argentino que le hace la competencia a Los Cinco Latinos.

– Con tal que te apures, no me importa que sean argentinos, polacos o chinos. No  querrás que tu abuelo te quite el radio.

¡Qué carácter por Dios y qué tiempos aquellos. Las abuelas sí que tenían autoridad, a veces más que las propias madres. No obstante, además de engreirnos, ellas eran nuestros paños de lágrimas y las únicas que podían reemplazar a nuestras madres cada vez que se les requería . En su regazo, cuántas veces habremos aplacado nuestras penas, sobre todo de nuestros primeos fracasos de amor.

Los abuelos tampoco se quedaban atrás. Eran la máxima instancia a quienes los nietos acudíamos cada vez que teníamos un problema, particularmente  aquellos vinculados al bolsillo porque la propina que nos saban nuestros padres se evaporaba como la garúa apenas salía el sol o se escurría como el agua entre las manjos. Cuandpo muno está enamorado nunca alcanza la propina ¿Y en ese tiempo, quién no estaba metido en los líos del dios Eros y la diosa Venus?

¡Increíble! en Abancay las cosas del amor en la adolescencia eran muy importantes porque el bichito del amor nos empezaba a picar el corazón a la misma edad en que las avecillas descubrían que tenían alas para volar. No era como en Gran Bretaña que, a principios de los sesenta, la mayoría de las muchachas declaraba preferir el chocolate a tener sexo. Y en los EEUU, cuna del liberalismo, muchos de los jóvenes que terminaban la secundaria, confesaban que por primera vez habían aprendido a atizar sus primeras llamas de amor la noche de la fiesta de graduación.

Aquí, en la tierra de la eterna primavera, a esa edad los chicos ya le habíamos dado un mordisco a la manzana que la serpiente nos ofrecía e n bandeja de plata,  sin tomar en cuenta a veces que madure el fruto, no porque éramos muy adelantados sino porque el clima aceleraba la producción hormonal de nuestras glándulas, igualito que en Hawai o Quillabamba. ¡Qué edad…mama mía!

La adolescencia es pues la más bella y sublime de las edades. Es la etapa de las grandes definiciones en lo afectivo, sexual, intelectual y social. Y, a la vez, es la edad de los grandes sueños para afrontar los retos del futuro. Es el punto de quiebre donde el hijo deja de ser niño para convertirse en hombre y en protagonista de su propio destino, dispuesto a romper con los moldes establecidos.

“Juventud, divino tesoro ya te vas para no volver. Cuando quiero llorar, no lloro. Y, a veces, lloro sin querer” – Decía Rubén Darío de manera nostálgica en su poema “Canción de otoño en primavera”. Por su parte el pensador Demócrates opinaba que “los jóvenes son como las plantas: Por sus primeros frutos se ve lo que podemos esperar de ellos en el porvenir”. Y Pitágoras recomendaba: “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres” .

Por algo será que la ONU, en 1983, definió esta edad como la etapa de la juventud con derechos propios, hecho que fue aceptado de manera universal. Lo que pasa es que los gobiernos hoy se hacen de la vista gorda y eluden sus obligaciones de cuidar de su formación física, moral e intelectual.

La adolescencia es también la edad del enamoramiento, donde las emociones quedan fuera de control. Una sensación difícil de entender pero fácil de sentirla. Es cuando nuestras mochilas se llenan de pesadas cargas porque nuestros padres quieren que seamos como ellos quieren que seamos, es decir a imagen y semejanza de ellos y nosotros solo aspiramos ser como nosotros queremos ser.

¡Qué edad, por dios! La del primer cigarrillo y de las luchas interiores con nuestros propios diablos. Es la edad del amor, cuándo no, y también el desamor.

Cuando se es joven se presume ser erudito en todo, sobre todo en sexología, muchas veces sin siquiera saber quién es la diosa Venus. Nos vanagloriamos del primer trago sin haber probado un solo sorbo de vino, ni siquiera en la primera comunión porque el cura se engulló hasta la última gota del cáliz.

A esa edad, todos los adolescentes creen ser los dueños del mundo.  Yo y mis amigos no éramos la excepción, creíamos poseer las llaves con las cuales podíamos abrir todos los corazones de las chicas sin percatarnos que a veces, por el apuro, podíamos coger la sarta equivocada y sufríamos grandes decepciones. En buena hora que nunca se nos ocurrió utilizar la ganzúa para forzar las cerraduras de los corazones ajenos. ¡Eso jamás! Porque a la enamorada del amigo se la respetaba. Esa era la ley.

Si los leones eran los reyes de la selva, en Abancay los jóvenes éramos los reyes de la calle. Allí nadie se sentía triste porque las penas huían como mariposas nocturnas con el primer rayo de luz. Nuestras nostalgias desaparecían con solo juntarnos, hacernos bromas o tararear las primeras canciones de la nueva ola que se ponían de moda, sin importarnos que la gente nos mire como si estuviéramos locos.

Para reunirnos, bastaba que alguno de nosotros lance un silbido y salíamos volando de nuestras casas para irnos a la plaza de Armas y allí “arreglábamos  el mundo”. Cada grupo tenía su propio silbido para evitar equivocaciones, algo así como un santo y seña. Y claro, mientras esperaba que salgan mis amigos, yo aprovechaba la ocasión para lanzar un piropo a sus hermanas que, por curiosas, se asomaban al balcón.

Si en la antigüedad todos los caminos conducían a Roma, en Abancay todas las calles conducían a la plaza de Armas. Era el único lugar donde el tiempo no avanzaba porque el reloj de la Iglesia casi siempre estaba malogrado. Las únicas que corrían, seguramente temerosas de sus pecados, eran las viejitas que iban al templo todas las tardes para rezarle a la virgen del Rosario, patrona de la ciudad.

La verdad es que a nadie le preocupaba que el reloj de la catedral estuviera parado, chueco o malogrado, porque todos estábamos distraídos hablando de cualquier cosa menos de tristezas. Discutíamos de las canciones de moda, de fútbol, sexo y de todo aquello que estaba vetado por la iglesia, como el condón, la lectura de la revista Play Boy y los libros de Vargas Vila.

Comentábamos de las películas prohibidas para menores de 21 años, sin siquiera haberlas visto. Asimismo, de las chicas “bien” y del sexto mandamiento de la Ley de Dios. Y, por supuesto, de los programas de radio que se transmitían a través de la onda corta, entre ellos los informativos de radio América, nuestra principal fuente de in formación, donde Oscar Navarro, uno de los más brillantes locutores peruanos impostaba su voz para decir…

–Desde sus estudios en Lima, transmite Radio América, “La voz del nuevo mundo”– Y el operador empalmaba la característica del informativo: “El reporter ESSO…El Reporter ESSO…El Primero con las últimas…

Discutpiamos también de política, particularmente del APRA, porque la mayoría de los ciudadanos de mi ciudad eran simpatizantes de ese partido, en cambio los jóvenes pensábamos distinto, y yo me salía de la regla, a pesar que mi padre en su juventud simpatizaba con esa agrupación política. Y claro, con mayor razón se hablaba de Acción Popular porque su fundador, el Arquitecto Fernando Belaunde Terry, había adoptado el nombre y el símbolo de la lampa para su partido, inspirado en las actividades agrícolas de Uripa-Andahuaylas, hecho que nos llenaba de orgullo a los apurimeños.

En aquella plaza de recuerdos mil, los chicos y chicas aprendimos a montar bicicleta, a cantar, bailar y hasta a llorar por nuestros primeros fracasos de amor. Y, los más niños, a pronunciar las primeras lisuras, al mismo tiempo que eran bautizados con los más originales apodos como Cachachi, sapo, chato, Chutas, Chanchín, Winco, Q’arasaco, Loccso, Chuto, Chivo, Apasanca.

A algunos les molestaba que les pongan sobrenombres porque lo tomaban como un insulto pero con el tiempo se acostumbraban, a tal punto que cuando se les llamaba de sus nombres, no respondían.

Esta etapa de mi vida fue importante, tan importante como la que viví en Cusco y en Lima, que serirán de impiración para escribir nuevas historias.

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