La rebelión de los chivos

Hace muchos años, detrás de las montañas que bordean el río Apurímac, entre Curahuasi y Limatambo, se asentaban algunas haciendas que producían caña de azúcar y destilaban aguardiente. Algunos artesanos que vivían allí, como colonos, se dedicaban a la confección de odres de piel de chivo.

Para extraerles la piel entera, los animales eran desollados cuando aún estaban agonizando, antes que su sangre se enfríe, tarea escalofriante que se había convertido en una costumbre.

Los chillidos de los animales se oía en varias cuadras a la redonda causando pavor en la población, especialmente entre los niños, porque no habrá peor sufrimiento que morir desollado. San Bartolomé fue uno de los que sufrió este terrible castigo en defensa de su fe. Lo irónico fue que años después fue convertido en Patrono de los Carniceros.

–Felizmente que ahora todo es distinto porque los métodos han cambiado y hay instituciones que protegen a los animales.

Me aclaró mi abuelo Andrés, quien conocía muy bien aquellas haciendas por sus frecuentes viajes para reparar los alambiques.

– ¡Cuéntamela! – Le pedí.

–Está bien. La historia empieza así:

Melquíades, era un niño que vivía en una de esas haciendas y tenía como mascota a un chivito que le habían obsequiado sus padres como premio porque no hizo berrinches el primer día que lo llevaron a la escuela, a diferencia de otros niños de su edad que se resistían a desprenderse de sus padres para asistir a clases.

La mascota había sido entrenada por el propio niño para llevar y traer objetos, cosechar tunas sin herirse la boca con los abrojos y quedarse en la casa mientras todos estaban fuera. Era muy inteligente.

Melquíades tenía por costumbre salir a sus clases muy temprano, con sus ojotas bien puestas, sus cuadernos bajo el brazo y su honda al cuello, por esa razón durante gran parte del día no lo veía y, cuando retornaba a casa, el chivito salía a su encuentro haciendo piruetas y saltando de un lado a otro. Juntos se divertían mucho.

Sus padres se dedicaban al pastoreo de cabras, tarea que no era muy sencilla porque los animales en su afán de buscar alimento se metían en los lugares más accidentados y peligrosos, poniéndolos casi siempre en serios aprietos. Y, como la cabra siempre tira al monte, un día, por complacer a su mascota Melquiades decidió sacarlo a jugar al campo. De pronto, la pelota con la que se divertían, rodó hasta el fondo de un barranco. Y en su intento de rescatarla, Melquiades resbaló y cayó aparatosamemnte, siendo atrapado por una avalancha de piedras.

Después de recuperarse del susto, empezó a pedir auxilio pero nadie lo escuchó, salvo su mascota que bajó hasta el lugar donde se hallaba atascado. Lamentablemente, por más esfuerzos que hizo el pequeño animal, no pudo ayudarlo porque las piedras que atrapaban las piernas de su amo eran demasiado pesadas para su débil contextura física. Lo único que pudo hacer fue lamerle las manos y piernas para aliviar sus dolores y al poco rato salió en busca de alimento.

Con una destreza increíble, la mascota cogió aguaymantos y tunas, frutos típicos del lugar, y se los puso al alcance de su amo. Luego, sorpresivamente, se fue como huyendo del mismo diablo.

Melquíades pensó que lo estaba abandonando y empezó a preocuparse. De nada le sirvieron sus súplicas porque el chivito siguió alejándose más y más sin perder el ritmo de su carrera. Por la angustia y el cansancio, la voz de Melquíades se hacía cada vez más débil, mientras su mascota siguió corriendo en dirección de la hacienda.

El chivito, al llegar a la casa de sus amos, encontró que las puertas estaban cerradas porque todos se habían ido a la plaza principal, donde estaba por empezar la selección de chivos para ser sacrificados al día siguiente y convertir sus pieles en odres y su carne en parrillada.

La gente que había llegado de diferentes lugares para disfrutar de la fiesta, se hallaba bebiendo chicha de jora en caporales y aguardiente de caña en copones, que el capataz repartía a diestra y siniestra. El chivito llegó precisamente cuando la fiesta estaba empezando y al ver que estaban en plena selección de animales, se asustó. Y, como tampoco pudo ubicar a los padres de Melquíades, se dio media vuelta y se regresó a la casa, donde a través de baladas y saltos, les comunicó a los chivos y cabras que su amo se hallaba en peligro pero, como los animales no podían salir, se vieron obligados a arremeter contra las puertas, hasta derribarlas. Y luego corrieron en busca de Melquíades.

Al llegar al barranco los caprinos, luego de dar vueltas estudiando las condiciones del terreno, se dividieron en dos grupos, el primero empezó a raspar la base de las rocas mientras el otro protegía a Melquíades para evitar que ruede al precipicio. Y después de aflojar la tierra empujaron las rocas que lo aprisionaban. Apenas lo sacaron, lo primero que hizo el niño fue abrazar a su mascota y desahogarse en lágrimas y de inmediato emprendieron el viaje de retorno, Melquíades cantando y las cabras balando.

El administrador de la hacienda era un hombre déspota que trataba muy mal a los colonos. Se ponía peor cuando llegaban sus amigos, seguramente para demostrarles que quien mandaba en la hacienda era él. Entusiasmado por el trago que había bebido ordenó a sus empleados, que no podían ni pararse porque también habían bebido hasta el hartazgo, juntar a todas las cabras y comenzar con la selección.

Ya repuesto del susto Melquíades jugaba con su mascota a un costado de la plaza. En ese instante, el nieto de una señora de tacones altos y sombrero floreado, exclamó.

– ¡Quiero ese cabrito!

– ¿Cuál?

–El que lo tiene el niño.

La sentencia fue lapidaria. El dedo índice de la dama, que parecía su pulgar por la gordura, apuntó insistentemente al chivito de Melquíades quien, advirtiendo el peligro, comenzó a correr pero, el administrador que estaba atento a todo, al percatarse de la fuga le ordenó a su capataz…

– ¡Tras él!

Después de una tenaz persecución lograron agarrarlos y los regresaron al centro de la plaza. El niño fue azotado en presencia de sus padres e invitados y su mascota fue a parar en manos de la rechoncha mujer. Los padres de Melquiades, sometidos a la más vil humillación, nada pudieron hacer por temor a las represalias, sobre todo de ser expulsados de la hacienda.

Esa noche, Melquiades no pudo dormir pensando en su mascota y en los terribles dolores de sus nalgas como consecuencia del castigo que le habían propinado. Su padre, que tampoco podía conciliar el sueño por la cólera, se le acercó y acariciándole la frente le dijo al oído:

–Te prometo que esto terminará. Ten la seguridad que recuperaré a tu mascota.

Y sin darle más explicaciones salió en busca de sus vecinos para solicitarles una reunión de urgencia. Esa misma noche los colonos acordaron que los varones saldrían en la madrugada hacia los corrales para liberar a los animales aprovechando que el administrador, sus invitados y empleados, dormían la mona. Igualmente la mascota de Melquiades fue liberada de manos de la rechoncha dama que dormía muy suelta de huesos en una de las habitaciones de la hacienda.

Por su parte, las esposas de los colonos, como medida de precaución, tal como estaba planificado, sacaron a sus hijos, entre los que estaba Melquiades, para llevárselos hacia la parte alta de la hacienda, hasta donde era muy difícil llegar.

Cuando el administrador despertó, los colonos ya estaban fuera de su alcance. Al no verlos, montó en cólera y ordenó a sus secuaces que tomen sus armas y salgan en su búsqueda pero, los colonos, que ya se habían ubicado en la cima de un cerro, apenas los vieron hicieron caer una galga de piedras haciéndolos huir despavoridos. Otro grupo, que había rodeado la parte alta de la vivienda del administrador, amenazó con hacer caer otra avalancha de rocas, si él y sus secuaces no se retiraban. Para salvar el pellejo, el jefe no tuvo más que retroceder y refugiarse en la casa de los dueños de la hacienda donde estaban alojados los invitados. Pero, para su sorpresa, estos ya se habían ido a sus hogares.

La cosa no terminó allí. En vista que los comuneros no podían comunicarse con el propietario de la hacienda, porque no tenían la dirección de su domicilio, el padre de Melquíades escribió una carta a Radio Cusco, quejándose por los malos tratos del administrador. La carta fue difundida y comentada por el periodista Efraín Paliza en su informativo Clarín.

Al oír el comentario, el hacendado pegó un grito al cielo y viajó inmediatamente a la hacienda donde, luego de escuchar las quejas de los colonos, destituyó al administrador y a la mayoría de empleados y el papá de Melquíades fue nombrado como representante de los comuneros ante la junta encargada de administrar la hacienda.

Del mismo modo, el hacendado dispuso que a partir de esa fecha los odres sean confeccionados con métodos más civilizados. Y así terminó aquel peculiar sacrificio de chivos y la mascota de Melquiades se salvó y vivió muchos años a su lado.

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