Invasión extraterrestre

Francisco y Liborio, hijos de conocidos agricultores del distrito de Tamburco, retornaban de madrugada a sus casas por una callecita flanqueada de huarangos, cabuyas y patakiskas después de haberse divertido toda la noche en Huanupata, uno de los suburbios más populares de Abancay, donde se hallaban los más conocidos huariques.

Ambos, eran amigos desde la época en que empezaron a estudiar sus primeras letras en la única escuela que había en la tierra donde nació la heroína Micaela Bastidas. Y como hijos de agricultores conocían al dedillo la flora y fauna de ese su pequeño territorio, enclavado en las faldas del Ampay, una de las montañas más bellas de la cordillera de los Andes, reconocida como la Reserva Nacional que alberga el bosque más grande de intimpas.

Como como todos los jóvenes abanquinos de su edad, llevaban alegría en sus corazones y, además, cargaban en sus mochilas semillas de algunas especies vegetales que sus padres les habían encargado comprar en la tienda del técnico Mauro Soto, un conocido distribuidor de productos agropecuarios, exempleado de la oficina departamental de Agricultura.

–Francisco, ¿Escuchaste en la radio el comentario sobre telepatía?

–Si claro. Lo oí en la Voz de América. Ahora que hay un silencio sepulcral, ¿por qué no practicamos?

-Umm

Francisco y Liborio, no eran los únicos que estaban ilusionados con este tema, muchas de las personas que habían escuchado las declaraciones de un parasicólogo en la VOA, en español, también estaban fascinadas y, algunos, hasta querían experimentarlo en carne propia. El científico había explicado en la que la telepatía no era otra cosa que la capacidad de comunicar información de una mente a otra sin necesidad de hablar. Y a pesar que no era aceptada por muchos de sus colegas porque, según explicaban, la energía producida por el cerebro humano no era insuficiente para la transmisión de información, él afirmaba que muchas personas sí dominaban estos fenómenos paranormales.

–Para su práctica se requiere de un mínimo de dos personas-Decía-Si algunos desean experimentarlo, pueden hacerlo con los ojos cerrados y en silencio hasta estimular la energía de sus cerebros.

Y mientras los amigos seguían su camino, el cielo todavía estaba salpicado de estrellas como resistiéndose a huir con los primeros rayos de luz y, además, había un silencio conventual. Esto los animó a poner en práctica esta novedosa forma de comunicación.

A manera de descansar, porque habían caminado algo más de tres kilómetros para llegar hasta Tamburco, se sentaron sobre dos rocas, separadas a cierta distancia y, allí, con los ojos cerrados, se concentraron tratando de adivinar lo que cada uno estaba pensando.

–Parece que vamos bien, porque al menos adiviné lo mal que estás pensando de mí – interrumpió Liborio.

– ¡No me digas! Claro, pensé que eras un tonto por creer en estas cosas- Le contestó Francisco.

–Qué coincidencia, eso mismo pensé de ti…Ja Ja Ja. Bueno, mejor sigamos caminando porque ya me cansé de esta cojudez.

Y así, entre risas y bromas, llegaron a Usmomocco, un mirador natural que se alza en la parte alta, desde donde se puede divisar la plaza, y en general todo el valle.

Justo allí, se pusieron a cantar a viva voz  una canción que en esa época estaba de moda, marcando el ritmo con piedras que las golpeaban entre sí…

Los marcianos llegaron ya

Y llegaron bailando chachachá.

Chachachá, chachachá…

De pronto, una luz brillante se iluminó en el cielo, tan intensa que por un momento los encegueció y pensaron que ya se venía el fin del mundo. Por el susto hasta se les pasó los efectos de la mala noche.

Y, sin pensarlo dos veces, emprendieron una veloz carrera para ocultarse detrás de un cerco de cabuyas desde donde vieron aterrizar una nave en el descampado. A los pocos segundos bajaron dos hombrecillos que tenían las cabezas grandes y su piel color verde. No había duda, eran extraterrestres.

Creyendo que los extraños visitantes no se habían dado cuenta de su presencia, se acercaron un poco más para averiguar qué diablos hacían en su comunidad.

De pronto, los hombrecillos empezaron a hacerles señas para que se acercaran. Los amigos, sorprendidos empezaron a temblar de miedo y no sabían si lo que les estaba ocurriendo era una alucinación o una experiencia real. Y, luego de mirarse las caras como diciendo “si no podemos volar por lo menos corramos”, emprendieron las de villa diego, pero en momentos que huían, fueron alcanzados por un haz de luz que los dejó paralizados. No podían mover ni un solo dedo. Al mismo tiempo empezaron a sentir una rara sensación en el interior de sus cabezas, algo así como si fueran voces lejanas.

– Liborio, ¿Escuchaste?, siento como señales de radio.

–Claro ¡Deben ser mensajes telepáticos!

–No te pases, estamos en peligro y tú sigues con esa vaina.

Francisco no estaba equivocado, los extraterrestres trataban de comunicarse con ellos telepáticamente.

Ya más serenos, creyeron entender que les decían que venían en son de paz y que no tuvieran miedo. Se habían acercado a ellos porque sintieron la energía de sus cerebros mientras sobrevolaban la zona. Y que los golpes de las piedras que habían escuchado se parecían al antiguo alfabeto de los primeros habitantes de su lejano planeta.

Luego de un rato, les pidieron que los acompañaran a hacer un largo viaje porque necesitaban de su ayuda.

-¿Ayuda de nosotros?

–Les prometemos que será solo por unos días.

¿Pocos? Seguramente para los extraterrestres, porque el planeta de donde provenían era más grande que la tierra y, por consiguiente, los días duraban mucho más tiempo.

Después de discutirlo, entre timoratos y deseosos de conocer aquel extraño planeta xel que les hablaban, los dos amigos decidieron aceptar la invitación.

En voz baja comentaban que si habían sido capaces de paralizarlos también podrían pulverizarlos si se negaban a ir con ellos.

– ¡Eso ni pensarlo! nosotros no somos asesinos, respetamos la vida de todos los seres vivientes, incluso de nuestros enemigos.

–Disculpen, nos olvidamos que pueden leer nuestras mentes. Entonces ¿por qué no nos dejan libres?

–Porque los necesitamos. Les repetimos, necesitamos de vuestra ayuda.

–Bueno, si es así los acompañaremos.

–Pero, ¿No creen que ya es tiempo que nos permitan por lo menos mover las piernas? ¿No se han dado cuenta que seguimos paralizados, como estatuas?

–Disculpen, nos olvidamos de ese detalle.

Apenas ingresaron a la nave vieron a un niño mucho menor que ellos disfrutando de las comodidades, como si fuera un príncipe sentado en su trono, pero al verlo jugarY ccon su bolero se dieron cuenta que era de su misma comunidad. Cuando le preguntaron qué hacía en la nave les contó que, al igual que a ellos, los extraterrestres lo habían invitado para visitar su planeta.

– ¿Cuál es tu nombre? – Le preguntó Liborio.

–Mi nombre es Donato…Los extraterrestres se pusieron en contacto conmigo cuando hacía volar mi cometa en una pampa, cerca de mi casa. Al ver un objeto extraño pensé que era el cometa de mi vecino pero no, se trataba de un platillo volador. Y cuando comencé a correr tropecé en una piedra y me lesioné el tobillo. Ellos me ayudaron a levantarme y me curaron aplicándome un ungüento. No tengo idea qué les pudo atraer, a lo mejor fue los colores de mi cometa.

Luego de escucharlo, ambos amigos se sintieron más tranquilos porque el trato que le habían dado a Donato confirmaba que sus anfitriones no eran hostiles. Y, mientras se ubicaban en los mullidos asientos, observaban con asombro los adelantos tecnológicos de la nave. En ese momento se escuchó un zumbido, haciéndoles recordar el vuelo del moscardón cuando está por posarse sobre una flor para succionar su néctar, era que los motores de la nave se estaban encendiendo. Simultáneamente se proyectó en el espacio una luz muy intensa formando una especie de carretera virtual por donde el gigantesco aparato se deslizó raudamente para desaparecer en el infinito.

Entretanto, en varias capitales de la tierra, las principales radioemisoras transmitían noticias sobre apariciones de OVNIS y entrevistaban a las personas que habían visto objetos raros. Los corresponsales de las estaciones más importantes como la BBC de Londres, la Voz de los Estados Unidos y Radio Nacional de España, difundían las opiniones de científicos y expertos en relaciones interplanetarias con el fin de encontrar una explicación a ese fenómeno jamás visto.

Tal era la alarma, que la organización de las Naciones Unidas (ONU) se vio obligada a convocar a una reunión de urgencia, no sin antes recomendar a los gobiernos para que se mantengan en alerta roja. En cambio, los fabricantes de armas, que jamás dejan pasar estas oportunidades, se frotaban las manos y se ponían en contacto con los directores de los principales medios de comunicación, en los que tenían participación empresarial, para que destaquen en sus primeras planas la presencia de los ovnis, al mismo tiempo que movían sus contactos con los gobiernos de las naciones menos desarrolladas, pero también las más aterrorizadas por estas noticias, para venderles armas “de última generación”.

El mundo entró en pánico. La mayoría de jefes de estado no sabía qué diablos hacer. El Primer Ministro ruso, apenas se enteró de las primeras informaciones, convocó a una reunión urgente de su politburó, después de la cual se acordó dar a conocer un comunicado culpando a los Estados Unidos de estar detrás de un operativo encubierto para distraer la atención mundial y probar en secreto sus nuevas armas estratégicas en el Pacífico.

Por su parte, analistas de la órbita china recomendaban a su líder desoír el llamado de las Naciones Unidas porque, según sus sospechas, se trataba de una cortina de humo promovida por Estados Unidos para atacar a Corea del Norte.

Sin embargo, todas las conjeturas quedaron por los suelos cuando, en plena asamblea, la representación India mostró las primeras fotografías de estos ovnis, tomadas por sus agentes infiltrados en el sur de Pakistán. En ese instante, se vio salir discretamente al canciller británico hacia la embajada de su país para comunicarse con el Primer Ministro inglés y este, a su vez, pidió una cita con la reina Isabel para decretar el estado de alerta de sus Fuerzas Armadas.

Entretanto, en el pequeño distrito de Tamburco, los padres de Francisco y Liborio, al no saber nada de su paradero empezaron a buscarlos en los domicilios de sus amigos pero, al no encontrarlos, se fueron hasta Abancay para seguir indagando por ellos, en las dependencias policiales, hospitales y hasta en la morgue, sin resultado alguno.

–Le juro Sargento Bedoya, con mi hijo Francisco nos llevamos muy bien. No creo que se haya ido a Madre de Dios para trabajar en los lavaderos de oro, como usted afirma. Nos hubiera hecho conocer sus planes.

– ¿Y dónde cree usted que se han podido meter estos angelitos?

–Señor comisario, yo como madre de Liborio, le puedo asegurar que mi niño no sería capaz de ir a ninguna parte sin despedirse de mí. Pongo como testigo a la virgen del Rosario y usted me tiene que creerme.

A miles de kilómetros, en los cielos de Washington, Londres, Moscú y París, los ovnis ya provocaban un pánico colectivo que no tardó en contagiar a todo el mundo. El Consejo de Seguridad, reunido en sesión permanente aprobó una resolución urgente que se hizo público a través de la radio, en la que se conminaba a los invasores para que se retiren. Como los ovnis ni se movieron, se autorizó a los EEUU a disparar el primer misil de alcance medio.

El cohete hizo impacto en una de las naves extraterrestres, pero no le causó ni un solo rasguño, el hecho fue calificado como un fracaso y un papelón del Pentágono.

A miles de kilómetros de la tierra, Liborio, Francisco y Donato, despertaban de un profundo sueño. Mirándose unos a otros trataban de encontrar una justificación de su presencia en tan extraño y lejano planeta mientras repasaban con la mirada los ambientes de la habitación donde estaban alojados.

Después de una buena ducha y un discreto desayuno, fueron llevados a un salón, tan grande como la nave de una catedral donde, alrededor de una mesa ovalada se hallaba un anciano acompañado de otras personas. Todos estaban vestidos con túnicas rojas. Los jóvenes notaron que los extraterrestres, para comunicarse, no hacían más que mirarse unos a otros moviendo sus cabezas en silencio y luego dirigían la mirada al anciano como esperando su opinión.

–Parece que es una corte de Justicia – Comentó Francisco.

–Tienes razón, pero mejor esperamos callados hasta que entren en contacto con nosotros. Tampoco pienses mal porque lo sabrán.

Y así lo hicieron. El anciano que presidía la reunión, inició el contacto telepático con ellos y lo primero que hizo fue pedirles disculpas por la forma cómo habían sido llevados hasta ese lejano planeta.

–No teníamos otra alternativa, porque nuestra especie está en peligro de extinción como consecuencia de una reciente guerra intergaláctica.

Les contaron, además, que la vegetación de su planeta había sido destruida y sus habitantes estaban muriendo de hambre. Hasta los alimentos necesarios para mantener el color verde de su piel habían desaparecido y sus defensas habían disminuido por lo que estaban siendo afectados por las radiaciones ultravioleta. Para colmo, las pocas medicinas que quedaban en los refugios, también se estaban agotando.

–Por ahora lo que más nos preocupa es la situación en que se encuentran los hijos de nuestros soldados que cayeron en combate. Están muriendo de tristeza y ni los más sofisticados juguetes del planeta les han hecho recuperar su alegría.

El anciano explicó, asimismo, que por más adelantada que estaba la medicina en su planeta, los sabios habían llegado a la conclusión que esta rara epidemia de tristeza no tenía cura. Por eso habían ido a la tierra en busca de ayuda. Y los únicos que podían lograrlo eran otros niños como ellos.

Los tres amigos se miraron desconcertados. Y luego de un prolongado silencio, les pidieron tiempo para pensar, y se retiraron.

Ya en la tranquilidad de sus aposentos se pusieron a discutir. Al principio no podían explicarse cómo un niño juguetón y dos hijos de agricultores abanquinos podrían solucionar aquellos terribles problemas que aquejaban a los extraterrestres.

– ¿Qué tenemos nosotros que ellos no tengan?– Se preguntaron.

–Por si acaso busquemos en nuestras mochilas. A lo mejor encontramos algo que les pueda ser útil.

–Claro ¡Aquí está la respuesta! – Gritó Francisco, mientras extraía de su mochila un plantón de Intimpa, el árbol del sol, la conífera de hojas verdes que crecía solo en las faldas del Ampay, una de las pocas reservas ecológicas del Perú.

– ¿Y por qué la Intimpa? Preguntó Liborio.

–Porque siempre mantiene sus hojas verdes a pesar de los cambios de estación. Y como los extraterrestres necesitan consumir vegetales ricos en clorofila para protegerse de los rayos ultravioleta, esta planta solucionará su problema – Le respondió Francisco.

Fue entonces que Liborio recordó que también tenía en su mochila semillas de haba, ese fruto de excelentes cualidades nutritivas, abundante en fósforo, capaz de reemplazar al pescado en los lugares donde no hay pesca.

–Podría ser un excelente complemento alimenticio para mantener el cerebro de gran tamaño de los extraterrestres- Acotó.

Los jóvenes saltaron de alegría al comprobar que tenían además semillas de maíz y papa, dos de los principales productos nativos de los andes que evitaron que los incas jamás padecieran de hambre. Sobre todo la papa, ese prodigioso alimento inca que había mitigado el hambre de millones de habitantes de la tierra en la Segunda Guerra Mundial y era muy apreciado por su alto contenido de vitaminas, proteínas y minerales.

Francisco y Liborio, luego se preguntaron ¿Qué podría tener Donato que ayude a solucionar el mal de tristeza de los pequeños extraterrestres?

El niño, después de meditar unos minutos, exclamó.

– ¡Ya sé! les enseñaré a todos los niños los juegos de nuestro planeta.

Al día siguiente, los tres jovencitos dieron a conocer sus planes ante el consejo gubernamental y luego se pusieron a trabajar. En vista que toda la maquinaria agrícola se había destruido por la guerra intergaláctica, lo primero que hicieron fue enseñarles a fabricar y usar la chaquitacclla, la ancestral herramienta que los incas utilizaban para cultivar la tierra.

Al cabo de un tiempo, y dadas las buenas condiciones climáticas, germinaron las semillas, desarrollaron las plantas y finalmente los habitantes lograron excelentes cosechas.

Apenas empezaron a consumir los vegetales oriundos de la Tierra, como por arte de magia la palidez de su piel empezó a retomar su color verdusco, al mismo tiempo que sanaban sus heridas provocadas por las radiaciones ultravioleta.

Los jóvenes, no solamente les enseñaron a cultivar, sino también a preparar diversos platos a base del tubérculo inca. Donato, reunió a todos los niños y les enseñó a jugar al fútbol, canicas, trompo, ampay chanca la lata, caliente caliente, frío frío y a la zumbadora. También les ayudó a fabricar hondas, tejos y aros. Y a las niñas les enseñó los juegos con los que sus hermanas se divertían en la tierra como el plic plac, jax, salto a la soga y vóley.

Pero lo que más les agradó a los niños y niñas, fue cantar y bailar.

De esa manera dejaron a un lado los juegos electrónicos que los mantenían inactivos y en lugar de distraerlos solo los incitaban a la violencia, y como ellos ya estaban hartos de las atrocidades de las guerras, se volcaron a las calles y plazas para poner en práctica los juegos que les habían enseñado sus amigos terrícolas. Así volvió la alegría a sus rostros y la felicidad a sus corazones.

En agradecimiento, los habitantes de aquel lejano planeta les colmaron de regalos a los tres amigos y ordenaron el retorno de sus naves espaciales que sobrevolaban alrededor de las principales capitales de la Tierra, prometiéndoles que nunca más los iban a molestar.

No obstante, en las Naciones Unidas continuaban las discusiones con el propósito de buscar una solución a la violación del espacio aéreo del planeta. Los enfrentamientos entre los EEUU, la China y la unión Soviética por asumir el liderazgo, se agudizaban. Finalmente, el pentágono acordó lanzar un nuevo comunicado por radio, la única señal que las computadoras de los extraterrestres podían convertir a su lengua, para amenazarlos con utilizar armas nucleares si no emprendían la retirada.

Coincidentemente, a las pocas horas ya no se veía ni un solo platillo volador alrededor del globo. Como era de suponer los diarios publicaron la noticia en sus primeras páginas, resaltando el poderío bélico de los Estados Unidos.

“Los hicimos huir como ratas” tituló uno de los matutinos de Nueva York, mientras que en Washington el principal diario de la capital abrió su primera página con el siguiente titular: “Los marcianos se fueron con el rabo entre las piernas”.

Los tres amigos, ya de retorno en Tamburco, al escuchar tan absurdas noticias por la radio, sonrieron. Y, mirándose entre ellos, levantaron su dedo pulgar en señal de triunfo sin hacer ningún comentario porque habían prometido guardar este secreto para siempre.

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