La Manflora

La radio pirata sonaba libremente, día y noche, allá lejos, en uno de los conos de lima, donde los controles del Ministerio de Transportes y Comunicaciones nunca llegan.
Aquí, todo era estridente porque sus locutores chacoteros se encargaban de poner el ruido que ellos querían difundir a través de la música chicha, el bolero cantinero y los valses compuestos por autores desengañados y cantados por sufridos intérpretes. En esta emisora todo era informal porque estaba hecha para oyentes también informales, la programación, la conducción, la música, los comerciales, las voces de sus locutores y la perorata de los adivinos y astrólogos encargados de venderles falsas ilusiones a los incautos oyentes, me refiero a esos ocultos personajes que nada tienen que envidiar a los vendedores de sebo de culebra.
La radio tenía otros programas, igual de estrafalarios, conducidos por brujos, chamanes, hechiceros, sanadores y cuanto charlatán contrataba espacios para presentarse en nombre de Dios y engatusar a los intonsos, mientras el propietario de la emisora engordaba sentado en el mullido sillón de su oficina, con las piernas sobre el escritorio y sonriendo de oreja a oreja.
Gozaba hasta el éxtasis, no porque le hacían gracia las historias que contaban los embaucadores sino porque cada minuto que pasaba era un nuevo sol más que ingresaba a sus bolsillos.
Como no iba a estar feliz, si su único trabajo consistía en mirar el reloj para controlar que “ningún pendejo” como decía, se sobrepase del tiempo que les tenía asignado, de acuerdo al contrato.
El charlatán hacía lo propio, chequeaba su reloj calculando la cantidad de plata que ganaría después de ese programa en “su oficina”, como la llamaba a un cuchitril de mala muerte que tenía cerca del mercado, informal y también de mala muerte.
Maldecía al ver correr el segundero de su enorme reloj pulsera Cartier “bamba” porque, según él siempre le faltaba tiempo para terminar el rollo de consejos que tenía preparado para difundirlo justo a la hora en que las amas de casa hacían malabares en la cocina, antes que lleguen sus hijos de la escuela con un hambre de los mil demonios.
Jeremías, era uno de esos embaucadores que, en ese momento, de aquel día de miércoles, se hallaba frente al micrófono. Al darse cuenta que el tiempo se estaba agotando comenzó a apurar sus palabras como una metralleta y con todo desparpajo siguió engañando a sus oyentes, hasta el último segundo.
–Querido hermano, la única forma de salvar tu alma es estar bien con Dios. ¿Y, cómo? Te preguntarás. Yo te lo voy a decir, amable oyente, porque ahora tienes la mejor oportunidad de tu vida para ayudar a un hombre necesitado. Quiero confesarte que Dios me ha iluminado para decirte que un hermano nuestro está en graves dificultades económicas. No tiene ni un pan que mitigue su hambre. Por eso necesito de tu contribución. Hazme llegar hermano del alma tu ayuda. No importa la cantidad que sea. Dios espera de ti un gesto de benevolencia por más pequeño que sea. Envía tu contribución a la siguiente dirección…Y ya verás que te devolverá multiplicado como lo hizo con los peces , el vino o el pan, como lo dice la Biblia. Hermano, hay que dar para recibir y tú recibirás más de lo que imaginas.
Y como estos charlatanes siempre dicen ser los iluminados del Señor…y el instrumento de sus milagros, hay gente que les cree. Lo peor es que no tienen reparos para hacer una descomunal publicidad donde los locutores gritones se esmeran magnificando la propaganda engañosa al extremo de hacer subir la aguja del decibelímetro al tope.
–Hermano de mi alma, hermana de mi corazón. No más preocupaciones, no más aflicciones, ¡Llegoooo el hermano Jeremías para resolver tus problemas de amor, matrimonio, fidelidad, tu casa, tus hijos, negocio y trabajo. ¡Tú que padeces de esa enfermedad incurable, deja todo en manos del hermano Jeremías y cambia tu vida!

Así decía el mensaje del embaucador. Y el dueño de la radio, al ver que el reloj de pared colgado frente a su escritorio marcaba la hora “en punto”, presionó el botón del intercomunicador para ordenar al operador que corte el programa porque ya estaba por ingresar “Madame Manflora”, la popular adivina que deslumbraba a los oyentes con su vocecita delicada, sus coquetos juegos de palabras y sus atrevidas frases en doble sentido.
En el micrófono, Manflora, parecía una niña tímida que no era capaz de matar una mosca, pero fuera de la cabina era una fiera, peor que una hiena. Y ni bien ingresó a la oficina, muy fresca se le acercó al propietario para saludarlo y le estampó un sonoro beso en la mejilla. Y mientras lo acariciaba le dijo…
–Apenas me desperté, lo primero que hice fue pensar en usted y consultar las cartas. Y…Sabe lo que me han dicho? ¡Que tendrá un día espléndido!
El propietario de la radio informal la escuchaba embobado, con los ojos puestos en sus abultados senos que la diva los sabía mostrar muy bien a través del escote de su blusa, siempre a medio abotonar. ¡Lo tenía loco!
–Manflora, te quiero recordar que tienes tres meses de atraso por el alquiler del espacio – Masculló con voz casi suplicante.
Y mientras se sentaba en el sillón, ella le respondió con una coqueta sonrisa y un deslumbrante cruce de piernas, tan atrevido, que hasta se le vio la trusa. El propietario enmudeció y se perdió por un instante en el limbo, hecho que fue aprovechado por la adivina para ingresar rápidamente a la cabina de locución.
Madame Manflora tenía más oyentes que el presidente en su mensaje de Fiestas Patrias. Con su charlatanería subyugaba a los miles de cabeza de chorlitos que la escuchaban. Podía quedarse horas y horas hablando tonterías sin perder sintonía. Tampoco el propietario se lo podía impedir porque cada vez que lo intentaba se le caían las babas y como Madame Manflora no tenía un pelo de tonta, le hacía creer que era la adivina preferida del vice Ministro de Transportes y de la esposa del jefe de la oficina encargada de los trámites de las licencias. En vista que el propietario era consciente que su emisora era una “radio pirata”, tenía que hilar muy fino con ella.
-No vale la pena molestarla- Pensaba, porque tenía la esperanza que en cualquier momento la adivina iba a pagar su deuda, de una u otra forma, sobre todo de la manera que él lo soñaba, sobre todo en las noches.
De esta debilidad naturalmente que se aprovechaba Madame Manflora y por eso creía tener toda la libertad para hacer con él lo que le venía en gana y de paso engatusar a sus oyentes, a quienes descaradamente los invitaba a visitar su consultorio para leerles las cartas y esquilmarlos sin conmiseración.
Manflora, ganaba mucho dinero, sin embargo no le daba la gana de cancelar sus deudas. Hasta que un día el propietario no aguantó más y decidió ajustarle las clavijas.
Para esto la citó en su oficina a una hora en que no había público. Apenas ingresó Manflora, el broadcaster informal, la colmó de halagos y no paró con sus insinuaciones hasta despertar en ella sus instintos libidinosos. Sus bromas e indirectas se hacían cada vez más atravidas. Y no demoraron en pasar de los dichos a los hechos.
Sus juegos eróticos eran cada vez más ardorosos, hasta que Manflora sucumbió y ambos rodaron por la mullida alfombra. Y cuando el propietario estuvo a punto de hacerse pago de todas las deudas, bastó un pequeño descuido y la adivina lo tomó con tal fuerza que él no pudo evitar quedarse con el vientre contra el suelo y los pantalones abajo.
Manflora no paró hasta… las últimas consecuencias. Fue cuando el infeliz recién se dio cuenta que la hermosa adivina, la preciosa Manflora, no era una mujer sino un bisexual.. .Y, en menos de lo que canta un gallo, el propietario de la radio pirata pasó de su condición de un machazo gerente a ser una víctima de sus apetitos.
Avergonzado y humillado en lo más profundo de su ser, no le quedó otra cosa que renunciar a la radio, dejando la gerencia a su hijo.
A los pocos días, Manflora recibió una carta notarial de la nueva administración donde se le conminaba a pagar la deuda o irse. Prefirió hacer lo segundo, para seguir estafando seguramente a otra radio pirata y continuar engañando a sus incautos oyentes.

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