La rebelión de los muertos

En las frescas noches abanquinas, unas veces con un cielo cubierto de estrellas y un agradable aroma a naturaleza y otras tan tenebrosas como las de Pensilvania, aquella misteriosa ciudad que Bram Stocker la utilizó de locación para escribir su novela de terror “Drácula”, en 1897, en la Quinta Infantas, propiedad de mis abuelos, el viento soplaba las hojas de los árboles dando inicio a una maravillosa sinfonía de silbidos.

La casa era tan grande que sus límites terminaban a dos kilómetros a la redonda, al extremo que, para llegar a cualquiera de las avenidas principales que la circundaban, había que caminar un trecho muy largo. En cambio, para ir a Villa Gloria, el primer viñedo que tuvo la ciudad, o al Cementerio de Condebamba, solo teníamos que cruzar el río por un puente maltrecho, tendido a la altura de la piscina municipal, que a menudo se rompía por el paso de las aguas. El Condebamba circulaba por un costado de la Quinta con sus aguas moribundas en el llamado veranillo serrano, entre junio y agosto pero, en la temporada de lluvias, entre noviembre y marzo, aumentaba el caudal, al extremo de llevarse todo lo que encontraba a su paso, inluído el puente.

El ingreso a la planta principal de la vivienda se hacía por un largo callejón dividido en dos tramos. El primero formado por un cerco de piedras, cabuyas y pencas, que terminaba a la altura de un horno abandonado, tan lúgubre como una cueva de murciélagos. El segundo tramo era diferente, más acogedor. Inspiraba sociego porque estaba formado por una interminable hilera de árboles frutales.

Después de la muerte de Valderrama, a quien siempre lo llamaban por su apellido, por eso nunca me enteré de su nombre de pila, nadie se atrevía a ocupar este horrendo lugar porque, alrededor de su muerte, se había tejido una insólita y macabra historia que a los niños nos ponía los pelos de punta. Y como este trecho del callejón estaba frente al Cementerio y, además no contaba con iluminación, nos moríamos de miedo. Transitar por allí era un verdadero martirio porque, además, teníamos que soportar los ruidos que producían las alimañas que salían de sus guaridas, amparadas por la oscuridad de la noche.

El segundo tramo era diferente porque, no solamente estaba formado por árboles de duraznos, nísperos y naranjos, cuyas flores despedían un exquisito aroma, sino porque contaba con iluminación, aunque no muy buena porque provenía de un pálido foco de apenas 25 watts pero, !estaba iluminado! lo que nos permitía ver y hasta coger al paso algunos frutos que estaban al alcance de nuestras manos.

Valderrama, era el encargado de la vigilancia y también de la elaboración del pan que consumíamos en La Quinta. Decía estar muy contento con su trabajo porque, de acuerdo a su filosofía de vida, “mientras no llegue algo mejor, hay que disfrutar de lo que se tiene”.

Amaba entrañablemente la música y la naturaleza. Se sentía el hombre más feliz cuidando celosamente los árboles y toda la vegetación de esa parte de la Quinta, sobre todo dos inmensos árboles, un nogal y una magnolia, que los había plantado frente al horno el día que empezó a trabajar cuando aún era un mozalbete.

Después, a pesar de su avanzada edad, aún se seguía trepando a estos gigantescos árboles para cosechar nueces y arrancar las flores de la magnolia, por encargo de mi abuela Adelina. Nunca hacía faltar pan caliente en la panera ni magnolias en el florero. Así expresaba su afecto y lealtad a mis abuelos.

Otra de las cosas que jamás dejaba de hacer, mientras elaboraba pan, era escuchar radio, y lo hacía a todo volumen no por ser sordo sino porque creía que la música ahuyantaba a los malos espíritus. Era un fanático de “Sol en los Andes” el histórico programa folclórico de radio El Sol, conducido por Luis Pizarro Cerrón, personaje nacido en Acobamba, Tarma, la tierra de las tarumas. Se vanagloriaba de conocer en persona a la Pastorita Huarasina a quien admiraba entrañablemente porque, según decía, era la artista que mejor cantaba en ese tiempo, y con mucho sentimiento. Se sabía de memoria las letras de sus canciones como / Quisiera quererte / Malvasina / A los Filos de un Cuchillo / y / Mujer Andina /.

–Cuando la Pastorita actuó en el club Tenis de Abancay tuvo la gentileza de estrechar mis manos – Se vanagloriaba– Lo juro, hasta me saqué una fotografía con ella que me costó un ojo de la cara porque el fotógrafo Cabrera me dijo que esa toma valía por tres. Y le pagué con gusto – Comentaba emocionado cada vez que se reunía con sus amigos en el pintoresco barrio de Chuspipata .

De tanto escuchar radio se convirtió en un gran conocedor del folclor nacional. Se sabía al dedillo los nombres y sobrenombres de los intérpretes y compositores entre ellos de Miguel Angel Silva Rubio conocido más como “El Indio Mayta” quien, con gracia y estilo, cantaba el tema “Matarina” tocando su tamboril. También hablaba del cantante y compositor Juan Bolívar Crespo, autor del tema “Jauja, Qué Dulzura”. Comentaba de la revelación artística de aquellos años, la aún adolescente Angélica Harada llamada “La princesita de Yungay”, de quien decía que en el futuro sería una gran estrella, y no se equivocó.

Estaba muy bien enterado de los triunfos de los artistas en los coliseos Nacional y Dos de Mayo, como Ernesto Sánchez Fajardo el conocido Jilguero del Huascarán, quien en 1979 llegó a ser miembro de la Asamblea Constituyente

A través de la radio, seguía los pasos de Zoila Augusta Emperatriz Chavarri del Castillo, conocida más como Yma Sumac, nacida en Ichoacán, Cajamarca en 1924 aunque, según una partida que últimamente se encontró en la municipalidad del callao, aparece como nacida en el puerto.

Contaba que, cuando Yma Sumac era aún muy jovencita, fue invitada a un programa que dirigía Moisés Vivanco en radio Nacional-Allí se enamoraron y luego se casaron -Pero su matrimonio duró solo diez años-Decía. En 1961 hizo una gira por 40 ciudades de la entonces Unión Soviética invitada por Nikita Krushev. A su regreso le negaron el teatro Municipal porque quería presentar de teloneros a los acróbatas de un circo ruso y se molestó.

Yma Sumac triunfó también en Londres y Nueva York cantando Vírgenes del Sol y Wifala, temas que le dieron prestigio. Murió el 2008 en Los Angeles como consecuencia de un cáncer al colon.

En sus rociadas reuniones con sus amigos, Valderrama también hablaba de los éxitos de los hermanos Alejandro y Raúl García Zárate, eximios guitarristas ayacuchanos, que hacían llorar a medio mundo cada vez que tocaban Adiós Pueblo de Ayacucho.

Y cuando ya estaba bastante animado por efecto de los tragos se ponía más lúcido y hablaba de los Errantes de Chuquibamba, el trío conformado por Antonio Alarcón, Plinio Mogrovejo y Gilberto Cueva, que popularizó el tema “Río de Arequipa”.

Como amante de la música del Perú profundo, Valderrama jamás dejaba de escuchar “Sol en los Andes” el espacio cedido gratuitamente al conductor Pizarro Cerrón por la familia Miró Quesada, propietarios del Diario El Comercio. Tampoco se perdía el radioperiódico El Mundo de radio Victoria en la voz de Juan Ramírez Lazo. De esa manera, también estaba al día con las noticias.

Hasta que una mañana fría de junio el viejo panadero fue encontrado muerto al pie del horno. Tenía en una mano su paleta y con la otra una lata que la utilizaba para dorar los panes. Sobre las causas de su deceso se especuló mucho a pesar que la autopsia a cargo de un médico legista había determinado que el fallecimiento se debió a un infarto. Sin embargo en la ciudad corría otra versión.

Se decía que, en los primeros minutos del día 2 de noviembre los muertos, enterrados en el cementerio de Condebamba, cuyas almas seguían penando en el purgatorio por la gravedad de sus pecados que aún no les perdonaban, se habían levantado de sus tumbas y salieron en busca de alimento.

Luego de cruzar el barranco por un puente imaginario, que separaba La Quinta con el camposanto, se dirigieron hasta las puertas del horno, unos caminando y otros a rastras. Sus cuerpos cubiertos de harapos despedían un olor nauseabundo por el proceso de descomposición, hecho que fue constatado por algunos vecinos que a la media noche se despertaron asqueados pero, por temor no se atrevieron a salir de sus casas.

Apenas llegaron al horno, empezaron a golpear insistentemente la puerta. Al segundo llamado, el panadero salió presuroso pensando que se trataba de alguna emergencia pero, grande fue su sorpresa, decenas de muertos empezaron a extenderle sus manos y hacerle señas sin pronunciar palabra alguna, se suponía pidiéndole pan.

Al ver tan desgarrador cuadro, al panadero casi le da un infarto. Pálido, como una cera, no le quedó otra cosa que darles gusto y entregarles todos los panes que había elaborado hasta ese momento. Como el alimento no alcanzó para todos, los cadáveres que se quedaron con las manos vacías, se enfadaron.

El radio sonaba a todo volumen…

–Señora, señor, limpie sus bronquios con Breacol. Es bueno para el alivio de las afecciones que resulten de los resfriados, como la tos, ronquera, carraspera, irritación y sequedad de la garganta. Tome Breacol y quedará como nuevo.

Luego siguieron las noticias.

–Nos preocupa, amables oyentes la protesta de los trabajadores de la beneficencia pública de Lima, en demanda de aumentos salariales. ¿Dónde estará todo el dinero de la lotería? Eso huele mal amables oyentes, huele a perro muerto.

Al escuchar la última frase, los muertos creyeron que los estaban insultando y levantaron sus brazos en señal de protesta.

– ¡Un momento! ¿De dónde voy a sacar más pan? – Gritó Valderrama.

Los muertos le respondieron mirándolo fijamente con los ojos exaltados y sus caras horribles….de muertos. Y en vista que se mostraban cada vez más agresivos, el panadero, jugándose el todo por el todo, gritó:

– ¡Alto! Ya les dije que no hay más pan. Además, ustedes están muertos y bien muertos. No deberían sentir sed, ni hambre, solo un sueño eterno. En este mundo ya no tienen cabida, vuestro lugar está el cementerio, ¡bajo tierra! ¿O acaso tampoco los quieren allí? Claro, recién entiendo, ustedes son de la clase de muertos que acostumbran salir de sus tumbas solo para fregar. Son de aquellos que estuvieron muertos aún estando en vida porque nunca les gustó trabajar. Ustedes solo saben reclamar, estén donde estén, encima o bajo tierra. ¿Por qué no buscamos una solución juntos?

Los muertos se enfurecieron y empezaron a mover sus cabezas de un lado a otro.

–Ya ven, no quieren ni responder, Si fueran buenos muertos, estarían descansando en paz. ¡Váyanse! Todavía pueden salvarse si le rezan al Señor de la Buena Muerte. De lo contrario, ¡lárguense porque bien muertos están!

El radio seguía encendido y hasta parecía que el volumen aumentaba en la propaganda.

–Vuele a todas partes por PANAGRA-Pan American Airways Sistem. En aviones Douglas, son cómodos y rápidos. Consulte con su agente autorizado WR GRACE & Co. Al teléfono 30339- Venga, vuele con nosotros, conocemos el cielo mejor que nadie.

Los muertos que se sentían más cerca del infierno que del cielo, al escuchar la palabra cielo pensaron que se les estaba ofreciendo una oportunidad de alcanzar el paraíso y la gloria eterna. Pero al darse cuenta que ninguno de ellos ascendía, lo tomaron como otra burla y se enfurecieron aún más.

–Con esas caras a mi no me van a asustar. ¡Váyanse al infierno, por malos y por feos! Volvió a gritar el viejo Valderrama.

Fue cuando se inició la rebelión de los muertos. La razón contra la sinrazón. Una lucha desigual de todos contra uno. Y por más que Valderrama se defendió con gallardía, igual que un luchador del medioevo, blandiendo su paleta como lanza y una lata como escudo, perdió la contienda y la vida.

La noticia no tardó en difundirse por radio de acuerdo a la versión oficial que señalaba que el panadero había muerto a causa de un infarto. Sin embargo, el rumor entre la gente era diferente porque al día siguiente se habían encontrado en las puertas del horno los harapos de los muertos, regados por todos lados y despidiendo un olor hediondo. Nadie pudo explicar cómo llegaron hasta allí, ni tampoco por qué el local estaba destrozado. Hasta la fotografía que se había tomado el panadero con la Pastorita Huarasina estaba tirada en el piso. Y, por coincidencia, en la radio se escuchaba la canción…

“Entregar mi vida quisiera
A los filos de un cuchillo,
a ver si de esa manera…

La policía, luego de confeccionar el parte correspondiente llamó a la autoridad judicial para que proceda con el levantamiento del cadáver.

–Señor, me da la impresión que el panadero se hubiera defendido de sus atacantes, hasta morir.

– Si, secretario, como si un rey hubiera defendido su castillo con honor. Que Dios se apiade de su alma.

Esa mañana, cuando mi abuela se levantó vio que la magnolia se había marchitado en el florero. No dudó en decirnos que era una señal de mal augurio.

–Que raro. Si apenas tiene dos días. Esto me trae mala espina – Dijo.

–Tú siempre con tus supersticiones mamá. Seguramente que olvidaste echarle agua, por eso se ha marchitado – Le refutó mi madre, que en ese momento se acercó.

–No hijita, mira, el agua está en su nivel.

La abuela tenía razón. A los pocos minutos le dieron la mala noticia: Valderrama había muerto. Se le humedecieron los ojos y luego de elevar sus oraciones al cielo ofreció correr con todos los gastos del sepelio.

El día del entierro, antes que el féretro fuera sellado para ser colocado en el nicho, le alcanzó al panteonero una flor de magnolia para que la pusiera entre las manos del difunto.

Radio Cusco, fue la única emisora que se ocupó del caso:

–Tututu, tututu tututu Flash de Clarín.

–Nuestro corresponsal en Abancay, nos informa que un panadero fue hallado muerto, al parecer, víctima de un asalto. ¡Increíble! Los móviles serían el robo de dos canastas llenas de pan, aunque no se descarta un acto de venganza en vista que los autores se ensañaron con el cuerpo del occiso y hasta rompieron encima del cadáver una fotografía de una conocida cantante folklórica. Lo que nadie se explica es cómo llegaron hasta allí harapos de muertos que se hallaron tirados en las puertas de su centro de trabajo…Fue un flash de Clarín de Radio Cusco. Efraín Paliza Nava les agradece por vuestra sintonía.

–Tututu, tututu tututu

Después del fallecimiento de Valderrama nadie quería caminar por este callejón, salvo mi primo Mario y yo porque no teníamos otra alternativa si queríamos ver las excelentes seriales en blanco y negro que se proyectaban en el Cine Municipal, entre ellas El llanero Solitario, protagonizada por Clayton Moore.

Otra serial que llegó por esos días fue “Marte Invade la Tierra” filmada todavía en 1945 y diez años después recién llegaba a Abancay, excelente filme en blanco y negro protagonizado por Dennis Moore representando al agente Craig Foster, el implacable perseguidor de un perverso invasor de Marte (Roy Barcroft) quien tenía el poder de trasladarse de un cuerpo a otro para evadir al agente. El rol femenino estaba a cargo de la joven estrella Linda Stirling.

Los anuncios de estas películas se hacían en gigantescos carteles confeccionados por el pintor Gabino Vega que se exhibían en la fachada del teatro.

Para retornar a La Quinta por esta vía de espanto había que apurar el paso y no voltear la mirada para nada. Realmente era todo un suplicio caminar por este callejón, a tientas, en medio de la oscuridad, sin luna que espanten las sombras, ni estrellas que nos guíen el camino. Tan negra era la noche, que hasta las luciérnagas se opacaban. Por eso a veces nos dábamos de cara contra la tela de una araña que la había tendido rato antes de pared a pared. Y cuando esto ocurría, se nos venían las ideas más espeluznantes, hasta que la serenidad nos devolvía el alma al cuerpo.

– Claro ¿Por qué tendríamos que tenerle miedo a una simple telaraña?– Le peguntaba a mi primo Mario, mientras tragaba saliva.

–Tienes razón, más asustada que nosotros debería estar la araña porque le destrozamos su tela.

Cuando ¡al fin! llegábamos a la casa, recién podíamos respirar tranquilos aunque, claro, no terminaba del todo nuestro tormento porque teníamos que entrar de puntillas para no despertar a mis abuelos. El problema era al día siguiente porque teníamos que levantarnos temprano.

¡Qué sueño! Ninguno de los dos queríamos salir de nuestras camas, pero teníamos que hacerlo para ir a clases. Además, mis abuelos no empezaban a desayunar si toda la familia no estaba en la mesa.

– Y bien. ¿Y cómo les fue anoche?- Preguntó mi abuelo.

-¡Bien! le respondimos al unísono como si nada hubiera pasado, aunque por dentro todavía seguíamos muertos de miedo. Si le decíamos lo contrario, seguramente que la próxima vez no nos dejaba salir de noche, ni a la esquina.

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