El Señor de Mollepata

Después del descubrimiento de América, no todos los navegantes se atrevían a cruzar el océano Atlántico por los peligros que debían afrontar. No solo le tenían miedo a las gigantescas olas, a los monstruos marinos y a los islotes que no estaban en las cartas de navegación, sino, sobre todo, a los piratas y corsarios que se habían convertido en una verdadera amenaza en altamar.

Por esa razón los marinos preferían salir en caravanas, de por lo menos tres embarcaciones, emulando a Cristóbal Colón, el gran descubridor del Nuevo Mundo.

Y, precisamente, un grupo de esos intrépidos navegantes discutía este tema mientras bebía abundante vino en una de las tabernas más populares del puerto de Málaga. En la acalorada conversación, no se ponían de acuerdo qué ruta tomar para su próximo viaje a América. Unos querían ir por la vía más corta, para disminuir los elevados costos del viaje y, otros, por la más larga por ser la más tranquila. Al final, la mayoría optó por la ruta más corta y la más peligrosa, sin importarles arriesgar sus vidas.

Cuando aún se hallaban en el puerto, los estibadores se preguntaban qué diablos se ocultaba en las inmensas cajas de madera que les ordenaban cargar a los barcos, bajo la severa vigilancia de los capitanes. Por el peso, algunos sospechaban que se trataba de armas. Al parecer, no estaban equivocados del todo porque, en esa época, era frecuente el envío de armas al Nuevo Mundo, particularmente al Perú, para sofocar los focos de rebeldía organizados por los indios y mestizos.

Además de la misteriosa mercancía, los fornidos estibadores y algunos grumetes embarcaban otros objetos, como pisos cerámicos, pólvora, ungüentos medicinales y perfumes, que eran toda una novedad para los habitantes de las tierras conquistadas.

Apenas terminaron de llenar las bodegas se echaron a la mar, contra viento y marea, porque muchos de los tripulantes no estaban de acuerdo con la ruta que habían escogido sus capitanes por los peligros a los que los estaban exponiendo. En cambio, los dueños de las embarcaciones se frotaban las manos por el ahorro que tendrían en alimentos, agua y dinero. Pero, como ya estaban mar adentro, a los tripulantes no les quedó otra cosa que seguir adelante.

Dicho y hecho, como si hubieran salido con el santo de espaldas, ni bien dejaron el Estrecho de Gibraltar ya afrontaban su primer percance. La embarcación que tomó el liderazgo se estrelló contra la punta de un islote. Y como consecuencia del accidente la mayoría de marineros pereció y toda la carga se hundió.

Como ya no había nada que hacer, después de la tempestad vino la calma.

Aprovechando el buen tiempo, la tripulación descansaba plácidamente, sin nada ni nadie que los haga despertar de su letargo. Había tal sosiego en cubierta que hasta los jóvenes grumetes se hallaban tirados de panza sobre la plataforma. Pero, al caer la noche, como si la tortilla de la buena suerte se les hubiera volteado, se desató una feroz tormenta de rayos y truenos provocando un incendio en la segunda embarcación. En contados segundos el fuego alcanzó la pólvora que transportaba en sus bodegas haciéndola volar en mil pedazos y causando la muerte de casi todos los tripulantes. Los pocos que habían logrado lanzarse al mar tampoco pudieron ser auxiliarlos, por la oscuridad reinante. A lo lejos, todavía se oían los gritos de dolor de algunos heridos que pugnaban por alcanzar los maderos que flotaban en las turbulentas aguas, mientras la mercadería se hundía lentamente hasta terminar en el fondo del océano.

Para aligerar la carga del único barco que se mantenía a flote, el capitán ordenó arrojar gran parte de las mayólicas, vajillas españolas y lavatorios de porcelana fina, dejando las cajas que contenían armas y otra cuyo contenido era un misterio porque no pudieron ni siquiera moverla por su excesivo peso.

Para colmo de males, según iban pasando los días, la falta de agua y alimentos ya causaba estragos en la tripulación. Las enfermedades empezaron a cobrar víctimas. De pronto, una de esas soleadas tardes, desde el puesto de vigilancia se oyó un grito:

– ¡Piratas a babor!

Al ver que sus hombres estaban agotados y enfermos, al capitán no le quedó otra cosa que ordenar arriar las banderas en señal de rendición. Los piratas, eufóricos hasta el paroxismo, se acercaron a la embarcación blandiendo sus espadas y, los que habían perdido sus manos en combate, sus garfios, dándose así inicio al abordaje. A pesar de su derrota y su pésimo estado de ánimo, el Capitán se sobrepuso y sacando lo último de la fuerza moral que le quedaba intento hacer una negociación pidiéndole al capitán de los piratas que podían llevarse todo lo que quisieran a cambio de que respeten la vida de sus hombres.

–Y si quieren ver sangre, estoy dispuesto a ofrecerles la mía.

Los piratas soltaron una carcajada.

–Está bien Capitán, pero con una condición: que todos sus hombres nos ayuden con el trasbordo, para hacerlo más rápido.

De esa manera, todas las cajas que contenían armas y otros objetos de valor fueron trasladados al barco pirata utilizando un puente que improvisaron con los tablones del barco que horas antes había zozobrado. Se llevaron hasta las pertenencias y utensilios del capitán y sus tripulantes.

– ¿Y esa caja? ¡Por qué no la suben! ¿Qué esperan infelices?

–Pesa demasiado, ojos bonitos – Así se hacía llamar el pirata bizco que fungía de capitán.

–Si pesa tanto es porque debe contener un gran tesoro. Aunque lo dudo porque el barco va hacia América. A su retorno, cuando traiga el oro de los incas, lo asaltaremos de nuevo, Jo, Jo, Jo.

–Es imposible moverla y se hace tarde, mejor nos vamos porque pueden llegar los corsarios.

–Está bien ¡Retirada!…¡Salgamos todos!

Aliviada de la carga y los problemas, la embarcación llegó a duras penas al Nuevo Mundo.

Los navegantes, hambrientos y sedientos, apenas pusieron los pies en el puerto del Callao, tuvieron que ser atendidos por un piquete de emergencia. Sin embargo, las personas que fueron a recibirlos, especialmente los comerciantes, no podían creer la historia que contaban.

–Los piratas se llevaron todo excepto esta pesada caja porque no pudieron moverla.

–¡Gracias a Dios! – Se escuchó decir al fondo, detrás de los curiosos que se habían arremolinado para escuchar la historia que contaban los tripulantes. Era un sacerdote franciscano de mediana estatura, vestido con una sotana raída y remendada.

En medio del murmullo, avanzó lentamente. Y abriéndose paso entre los curiosos, llegó hasta donde se encontraban los exaltados comerciantes que reclamaban su mercadería. Uno de ellos, luego de mirarlo de pies a cabeza, le increpó…

–Reverendo, ¿cómo le vamos a agradecer a Dios, si los comerciantes lo hemos perdido todo?

–A Dios nunca hay que dejar de agradecerle, hijo.

– ¿Y quién es usted para esos darnos consejos?

–Solo un humilde servidor del Señor. Debemos agradecerle por los sobrevivientes y elevar nuestras oraciones por aquellos hermanos que perdieron la vida.

El sacerdote, con las sandalias gastadas de tanto trajinar por los caminos de la pobreza, retiró la pesada caja con ayuda de dos hombres que cubrían sus cabezas con sombreros de ala ancha, para protegerse del candente sol del medio día, y la colocaron sobre una carreta tirada por dos asnos. Y mientras se iban con dirección al sur, los comerciantes y curiosos les seguían con la mirada atónita.

Durante varias horas iban caminando por el desierto sin alejarse mucho de la playa para refrescar de cuando en cuando sus adoloridos y ampollados pies en las aguas saladas del mar.

Hicieron varias paradas antes de llegar a la Huacachina donde pernoctaron y se reabastecieron de alimentos. Eso mismo hicieron en Nazca, para poder resistir el ascenso a los andes y bajar a los valles de Abancay y luego seguir su viaje al Cusco.

Sin embargo, después de cruzar el río Apurímac, hombres y bestias estaban extenuados por el sofocante calor del cañón más profundo del Perú, que a duras penas habían logrado sortear.

–Buen hombre ¿Podría decirme qué lugar es este?

–Mollepata, padrecito.

–Muchas gracias hijo.

–Los veo muy cansados ¿Por qué no se quedan unas horas para descansar? Pero les advierto que lo único que les podemos ofrecer aquí es un poco de caña y tunas. No tenemos mucho, por la sequía.

–Eres muy amable hijo, que Dios te bendiga.

Obligados por el agotamiento, aceptaron la sugerencia de pernoctar en aquel lugar, sin saber que habían llegado en el peor momento porque una terrible sequía que se prolongaba por varios meses, estaba causando estragos en la agricultura y en la propia vida de sus habitantes. Y, sin embargo de estar pasando por esa difícil situación, los mollepatinos no dejaban de ser amables con los peregrinos quienes, luego de haber comido tunas y pacaes y haber bebido sendas tazas de mates de hierbaluisa, se echaron a dormir.

Por coincidencia, esa misma noche llovió torrencialmente, provocando una gran algarabía en el pueblo. No era para menos porque, después de varios meses de sufrir la peor sequía de los últimos treinta años, estaba lloviendo. Decían que era una bendición de Dios porque hasta los tunales y las plantaciones de caña de azúcar que pueden soportar las temperaturas más elevadas, se estaban secando. Y, para colmo, agravando más la situación, la población sufría una terrible invasión de zancudos, transmisores del terrible mal del paludismo, que ya había causado la muerte de varios niños.

Al día siguiente, por la lluvia, los pobladores se levantaron felices. En cambio, los visitantes seguían exhaustos.

–Ustedes nos han traído suerte – Les dijo el señor Chacón, vecino notable y jefe de la comunidad, al momento de servirles el desayuno a los visitantes– Ha llovido toda la noche, por eso estamos muy complacidos. Pueden quedarse el tiempo que quieran para renovar energías.

Así lo hicieron. Al tercer día, ya repuestos de su quebrantada salud, el cura y sus acompañantes se levantaron muy temprano para continuar su viaje. Pero cuando quisieron subir la caja a la carreta no pudieron ni moverla. Pesaba tanto como si fuera de plomo.

–No se preocupen padre, después del desayuno nosotros los ayudaremos. Por curiosidad ¿A dónde llevan tan pesada caja?

–Al Cusco señor Chacón. Pero solo Dios sabe si llegaremos…

–Por su quebrantada salud será muy difícil. Deberían quedarse unos días más. Nos comprometemos a acompañarlos por lo menos hasta la pampa de Anta, porque desde allí el camino es plano.

– Gracias por sus buenas intenciones.

–Ustedes nos han dado buena suerte y nos han traído las lluvias, al contrario, estamos en deuda.

A los dos días, decenas de hombres reunidos en la plaza comenzaron a empujar la caja hasta lograr colocarla en un altillo con la intención de subirla a la carreta. Pero, increíblemente, de este lugar no pudieron avanzar ni un milímetro más.

–Padrecito, no podemos más. Lo hemos intentado por todos los medios. Estamos muy cansados, mañana pediremos ayuda a los vecinos de Limatambo.

–Está bien, no se preocupen. Ya dieron suficientes muestras de amor al prójimo. Ahora váyanse a dormir tranquilos.

Al día siguiente los pobladores se levantaron muy temprano como era su costumbre y se solazaban viendo cómo empezaban a revitalizarse sus campos de cultivo por la presencia de las lluvias. De pronto, se desato una tormenta y vieron con los ojos desorbitados cómo un rayo destrozó la caja. Asustados, corrieron al interior de sus viviendas en busca de refugio y los que no pudieron hacerlo se arrojaron al piso, ocultando sus cabezas bajo sus manos.

Cuando amainó el temporal, quienes se hallaban tirados en el piso empezaron a levantar sus cabeza y vieron que el cielo estaba despejado y el sol brillaba intensamente y encima de la roca, donde la caja había sido partida en mil pedazos, se erguía la imagen de Cristo.

Algunos se arrodillaron y gritaron…

– ¡Milagro! ¡Es un milagro! Miren, es el taitacha Jesuscristo, nuestro Dios.

–Llamen al franciscano y a sus acompañantes para que nos expliquen qué pasó, aún deben estar descansando – Sugirió el señor Chacón.

– ¡Padre! ¡Padre! ¿Dónde está el padre? Tampoco están sus acompañantes.

–No hay señal de ellos. Es una pena, no sabemos ni siquiera sus nombres, ni de dónde han venido y a dónde se han ido.

Las autoridades eclesiásticas del Cusco, al enterarse del hecho, aclararon que nunca habían solicitado al Arzobispado de Lima ninguna imagen. Tampoco sabían si algún franciscano hubiera solicitado permiso para llevar una escultura al Cusco. Y, finalmente, España, tampoco sabía nada sobre el envío de una caja al Perú.

Total, nadie sabía nada.

Pero, eso no cambió en nada la felicidad de los habitantes de Mollepata. A partir de ese día, las lluvias se regularizaron, los campos de cultivo volvieron a reverdecer, los tunales a dar frutos, la caña de azúcar a producir más savia y los enfermos de paludismo a recuperar su salud. Y, lo más importante, los mollepatinos se hicieron de un santo patrón.

(Agradezco a mis amigos Dany Holguín y Gladys Luyo de Holguín por haberme proporcionado los datos para escribir esta historia)

Una respuesta to “El Señor de Mollepata”

  1. luis g carpio chacon Says:

    LINDA NARRACION DE MI TIERRA Y DE MIS POSIBLES ANCESTROS….GRACIAS HERBERT TU SIEMPRE TAN ESPECIAL COMO AMIGO…..LUCHO CARPIO CHACON

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