El torero

 

Sin un ángel de la guarda que lo guíe, ni perro que le ladre, Mariano escuchaba una de las radios de la cadena SER recostado en su cama de la pequeña pieza que había alquilado en un edificio ubicado en una de las antiguas calles de Sevilla-España.
En el viejo receptor, que unas veces encendía y otras veces no, se oía la voz de Lola Flores cantando uno de sus viejos éxitos: “Bautizá con Manzanilla”, que lo había grabado cuando todavía la llamaban La niña de Fuego y no La Faraona, apodo con que la bautizaron años después.
Escuchar aquella famosa tonadilla le abrió las ganas de beber una taza de manzanilla y, mientras lo hacía, recordó que esa tarde jugaban el Sevilla con el Barcelona en el Camp Nou, partido que había despertado una gran expectativa porque todo el mundo comentaba por esos días de los amores de Lola con Gustavo Briosca, una de las estrellas del Barza.
No obstante, más que el futbol, a Mariano le encantaban las corridas de toros. Por eso se lamentaba de no poder asistir a la feria de La Maestranza que estaba a punto de empezar con la primera corrida del domingo de resurrección, después del recogimiento de la Semana Santa, porque no tenía ni una sola peseta que lo alumbre.
Todos sus ahorros los había gastado en el alquiler de la pieza donde se hallaba.
-No me queda otra cosa que trabajar duro para no perderme también la fiesta de San Fermín. Pensó.
Mariano tenía razón porque en esta fiesta que se realizaba en la ciudad de Pamplona, cada 6 de julio, ¡cómo gozaban los jóvenes! Desde las 12 del día, hora en que se daba inicio oficial a las celebraciones, con el tradicional lanzamiento del chupinazo desde el balcón del ayuntamiento, los muchachos vestidos de blanco y pañuelos rojos se transformaban y, olvidando todos sus problemas, daban rienda suelta a sus ansias de demostrar su hombría y, de paso, sacarle un milagro a San Fermín.
Daba gusto verlos cómo, apenas se abrían las puertas del corral de Santo Domingo, cientos de jóvenes corrían delante de los toros por las callecitas de la antigua y tradicional ciudad, hasta llegar a la plaza de toros.
Mariano, tomándose la barbilla sonrió recordando que el año anterior había sido el único entre sus amigos que llegó hasta el coso de toros luego de correr los ochocientos veinticinco metros que tenía el tramo, haciendo los mejores quites a los toriles, en los cuatro minutos que duraba la loca carrera. Una inolvidable aventura que este año quería repetir.
Otra de las fiestas que lo alocaba, como a todos los jóvenes de su edad, era la Tomatina, que se celebra en las calles de Bruñol, Valencia, el último miércoles del mes de agosto, donde los participantes acostumbran arrojarse tomates maduros. Costumbre que empezó en 1944 cuando jóvenes del lugar, a quienes no se les permitió participar de un desfile, armaron un lío de padre y señor mío y empezaron a lanzarles a los organizadores hortalizas y verduras que las sacaban de los huertos cercanos, o los cogían de los puestos de venta.
Mientras Mariano pensaba en estas fiestas, hurgaba el sintonizador de su radio, que andaba peor que la carabina de Ambrosio porque la cuerda que hacía girar el dial se atracaba. Hasta que a duras penas pudo captar una estación que, para su buena suerte, transmitía la corrida de toros de la real Maestranza de Sevilla donde, de acuerdo a la narración del locutor, en las graderías y palcos ya no cabía ni un alfiler. Y mientras sorbía pausadamente su manzanilla también pensaba en lo cruel que había sido el destino con él.
– ¡Maldita sea! – Requintó, lamentándose de ser solo un aprendiz del arte de la tauromaquia, por falta de dinero para matricularse en la academia de la real Maestranza.
No obstante, lo que le faltaba en estudios le sobraba en valor. Mariano, era un muchacho intrépido que no se amilanaba ante el peligro y solo esperaba una oportunidad para demostrarlo. Quería ser torero y nada ni nadie le harían cambiar de opinión.
Al caer la tarde, como era su costumbre, salió para ir a orar al templo, pie de la virgen Macarena y rogar por sus padres fallecidos y, claro, también por él mismo. Y como no le gustaba repetir las avemarías y otros rezos de clisé, le habló a la madre de Dios, a su manera…
“Virgen de la Macarena, María morena, sé que no soy más que uno de tus costaleros que siempre te trae más penas que flores.
Una vez más te pido que veles por mis padres que ya están a tu lado.
Y, si es mucho pedirte, también cuides de mí, para que nunca te falte un cirio encendido al pie de tu imagen, donde quiera que yo me encuentre.
Reconfortado por su visita al templo, Mariano regresó a su casa, donde siguió escuchando radio.
Y al parecer, la Macarena no tardó en dar muestras de su fama de milagrosa porque, al sintonizar la radio en la onda corta escuchó que el locutor de radio Nacional de Perú entrevistaba al empresario de la Feria del Señor de los Milagros, una de las fiestas taurinas más importantes de Latinoamérica.
Antes de despedirse, el empresario invitó “a todos los aficionados de la tauromaquia para que vayan a Acho”.
En la entrevista habló de Lima, la Ciudad de los Virreyes, de bellos parques y románticos jardines, de exquisitas comidas, turrones, pisco y marinera.
Esto le hizo recordar que tenía un amigo peruano en Sevilla, Faustino, a quien también le encantaba las corridas de toros. Nunca pudo volver a su patria porque no tenía visa de residente, sin embargo de ser un honesto y buen trabajador.
–Mariano, me alegra que hayas decidido viajar a mi país. Allá tengo muy buenos amigos. Bastará que les menciones mi nombre para que te reciban con los brazos abiertos. Por coincidencia, mi hermana está casada con un primo del Empresario que administra Acho.
Alentado por su amigo, Mariano decidió emprender el largo viaje a bordo de un barco carguero. Era consciente de los riesgos de su aventura, pero también sabía que nadie era profeta en su tierra.
Entretanto, al sur de los andes peruanos, en Abancay, una bella ciudad donde nunca se va la primavera, Maura, una bella muchacha que había terminado la secundaria, vivía aburrida de no hacer nada.
Una tarde, de un lunes o martes, al final qué le podía importar el día, si para ella todos eran iguales, luego de discutir con su madre salió de su casa para matar el tiempo caminando por las calles de la ciudad. Se paró cerca al paradero de buses, con la esperanza de ver a alguien que le traiga alguna buena noticia y la saque de su rutina.
Al pie de un pisonay, el árbol emblemático de Abancay, las vendedoras de panes, maicillos y chicha blanca, dormitaban esperando la llegada de los carros con la esperanza de vender “alguito”, como solían decir. Fue cuando Maura se enteró que los buses habían sufrido un retraso por la interrupción de las carreteras, como consecuencia de las torrenciales lluvias.
Para no aburrirse más de lo que ya estaba, decidió dirigirse a la plaza de Armas. En el trayecto pensaba en todas las desgracias juntas que se le habían venido. No podía explicarse por qué no había podido ingresar a la universidad si muchas de sus compañeras, menos preparadas que ella, sí lo habían hecho. Todavía le revoloteaban en la mente las palabras de su madre…
–Seguramente que no te preparaste bien o no te encomendaste a la virgen del Rosario.
–Mamá, te aseguro que la virgen nada tiene que ver con esto.
–Entonces debe ser por culpa del sinvergüenza de tu enamorado, pero algún día se arrepentirá de haberte engañado.
–Por favor, mamá. No quiero hablar de eso. Mejor salgo a dar una vuelta.
Pensando en la discusión con su madre, llegó hasta la plaza de Armas. Y como no halló a ninguna de sus amigas, decidió entrar a la iglesia. Allí, rendida a los pies de la patrona de la ciudad, le rezó un avemaría y luego dijo todo lo que se le ocurrió…
“Santísima Virgen Del Rosario, aquí estoy postrada a tus pies para pedir tu bendición.
Sé que no soy merecedora de ti, pero te ruego que ilumines mi camino para que encuentre paz y felicidad”.
A miles de kilómetros, Mariano, que ya había llegado a Lima, tampoco la pasaba muy bien. La plaza de Acho, al igual que La Maestranza de Sevilla, solo contrataba a diestros con cartel. El empresario que lo recibió le aclaró que cuando escuchó en la radio “Invito a todos los aficionados de la tauromaquia para que vayan a Acho”. El empresario se refería a los espectadores y no a los toreros.
–Hummm, pero después de haberte visto torear te diré que me gusta tu estilo, sobre todo tu arrojo, pero antes de pisar Acho debes foguearte en provincias. A propósito, me han pedido toreros para las fiestas de Cajamarca y Huancayo. También tengo un pedido de Abancay.
– ¿Abancay? ¿Y, dónde queda?
–Eso no debe preocuparte. Te repito, antes de pisar Acho tienes que adquirir mayor experiencia en plazas más pequeñas. Además, te conviene ir allá porque ahorrarás mucho dinero. Aquí la vida es muy cara. Para ayudarte, solo te cobraré el cincuenta por ciento de la comisión y no el setenta como lo hago con todos los aprendices que envío a provincias, solo por el hecho que eres recomendado de Faustino.
–Bueno, no me queda otra cosa que aceptar. De algo tengo que vivir, porque no se hacer otra cosa que torear.
Cuando Mariano llegaba a Abancay, lo primero que vio fue un gran cartel anunciando “La gran la corrida de toros, con la participación de diestros de Lima y España”. Sonrió pensando que era una exageración, sobre todo la manera como destacaban su nombre.
En el paradero de buses, no había nadie que lo reciba, por la demora. Maura estaba allí, esperando como siempre que algún conocido le traiga noticias de Lima. –Buenas tardes señorita, ¿Podría tener la gentileza de indicarme donde está la posada más próxima? – Preguntó Mariano.
– ¿La posada?
–Perdón, el alojamiento, el hotel.
–A tres cuadras, siga por la avenida Arequipa hasta el cruce con Dos de Mayo. Ahí verá usted un letrero que dice “Gran Hotel Apurímac”.
Bastó aquella muestra de amabilidad y la sonrisa de Maura, para que el diestro quedara gratamente impresionado de la jovencita. Después de agradecerle con su peculiar dejo español, le dijo…
–Mi nombre es Mariano. Vengo por primera vez por estos parajes. Son realmente muy hermosos. Ha sido usted muy gentil.
Después de una breve conversación, el forastero le obsequió entradas para la primera corrida de abono.
El día del debut, los aficionados colmaban las tribunas del coso. Vestido de luces, Mariano ingresó sonriente y con optimismo. Y mientras hacía su paseíllo saludando al respetable, buscaba el rostro de la muchacha que había conocido en el paradero de buses. Al reconocerla, sin titubear le arrojó su montera, dedicándole el primer toro. Ella, recién se dio cuenta en ese momento que era el mismo muchacho que había conocido en el paradero. Casi se cae de espaldas por la sorpresa. Su madre y hermanas que la acompañaban tampoco salían de su asombro cuando les contó que eran las invitadas de aquel apuesto torero, al mismo tiempo que se morían de la vergüenza porque se habían convertido en el foco de las miradas.
Mariano se lució en el ruedo como todo un maestro. Y cuando lidiaba al segundo toro, que en un principio parecía manso, sorprendió a todos por su bravura, como si de pronto el diablo se le hubiera metido en el cuerpo. Mariano, a diferencia del público, estaba feliz porque con un toro así podía lucirse y demostrar toda su destreza. Los vítores se sucedían. Las graderías de las tribunas vibraban. Y en medio de la gran algarabía que reinaba, bastó que se descuidara un solo instante, agradeciendo los aplausos, para que el animal, cumpliendo con lo suyo, le clavara uno de sus pitones a la altura del estómago. Sin embargo, el diestro siguió toreando hasta que no pudo más y cayó en la arena.
En medio de los sonoros aplausos Mariano fue sacado del coso para ser llevado de urgencia al hospital.
La operación a la que fue sometido duró cuatro horas y no salió del estado de coma hasta después de varios días en que fue pasado a cuidados intensivos, donde le tuvieron que hacer varias transfusiones de sangre para compensar los estragos de la hemorragia.
Los médicos temían por su vida porque, a pesar del tiempo transcurrido, seguía en estado crítico sin poder recuperar el conocimiento.
Para ayudarlo a salir del coma, los galenos recomendaron que le hablen al oído o le hagan escuchar música. Maura tuvo que llevar el radio de su casa para seguir la terapia recomendada. En un principio le hacía oír solo música suave. Pero un día notó que Mariano hizo un gesto de complacencia al escuchar en el receptor de un enfermo vecino los carnavales abanquinos. Cuando Maura se lo comentó al médico, este le dijo que era una muestra de su recuperación.
Después de un mes, el paciente recién pudo abrir los ojos y lo primero que reconoció fue el rostro de Maura y le apretó las manos. Ella, se puso nerviosa y a la vez feliz porque eso significaba que Mariano había vuelto a la vida. Y apenas volvió Mariano a dormirse, ella salió corriendo a la Iglesia para rezarle a la virgen del Rosario.
Cuando el enfermo salió del estado de coma, el médico le contó que se había salvado gracias a Maura, porque fue ella quien había hecho una colecta de sangre entre sus familiares y amigos.
Mauro estaba convencido que había encontrado al amor de su vida y a los pocos se unieron en el altar. Al principio todo era felicidad, pero según iban pasando los días, la depresión fue apoderándose de Mariano. Al notarlo, Maura que sabía que la pasión de Mariano era el toreo, y su inactividad era la causa de su mal, empezó a animarlo para volver al ruedo. No fue fácil convencerlo porque había perdido la confianza y no quería causarle más problemas a su esposa.
Apoyada por un amigo, que se dedicaba a la crianza de ganado en una finca en las afueras de la ciudad, donde los invitados se distraían tereando toretes mansos, Maura le pide que vuelva a torear para complacer a sus amigos que hablaban de las corridas de toros.
Para animarlo, el dueño de la finca soltó un becerro y les entregó capas a algunos de los jóvenes asistentes y Mariano, más por enseñarles el arte de la tauromaquia que por volver al ruedo, se animó, tomó la capa y comenzó a dibujar las mejores figuras, siendo muy aplaudido.
Fue su primer reencuentro con un toro luego de su accidente. A partir de esa demostración, cada semana el dueño de la granja le preparaba un todo para que Mariano pueda entrenar, hasta que en una de esas reuniones el alcalde, que también había sido invitado, al ver su elegancia, estilo y movimientos le pidió animar una corrida en beneficio de los niños del orfelinato. Mariano aceptó por tratarse de una obra benéfica. Fue cuando Maura con mucha emoción desempolvó el traje de luces del torero que lo tenía guardado desde que sufrió el accidente, acomodó algunas lentejuelas , limpio la chaqueta y la taleguilla , planchó cuidadosamente el corbatín y escogió las medias color rosa y no el blanco, por cábala, y limpio el capote de brega que Mariano se había traído de España.
Entusiasmado por aquella tarde de verónicas y chicuelinas inolvidables, el alcalde le pidió que sea la principal figura de la tradicional corrida de Fiestas Patrias, pero Mariano se negó porque no estaba muy seguro de afrontar el reto.
Maura tampoco insistió porque no quería perder al hombre que amaba.
Pasaban los días y la situación económica de la pareja se iba deteriorando. Maura tuvo que solicitar trabajo en el hospital donde había conocido a médicos y enfermeras la vez que estuvo interno Mariano. Pero esos ingresos no eran suficientes. Y mientras ella se iba a trabajar, Mariano, se rebanaba los sesos pensando qué hacer para salir de ese foso y para olvidar sus pesares se iba a entrenar.
Hasta que un día fue él quien le pidió al alcalde lo incluyera en el programa de Fiestas Patrias, con la condición que nadie se entere hasta el día de su presentación para que sea una sorpresa. Respetando su deseo, se hizo la publicidad anunciando con bombos y platillos la presencia de toreros de Lima y “una sorpresa”.
El día de la corrida, mientras la pareja disfrutaba del desayuno, Mariano le dijo a Maura que el alcalde le había obsequiado entradas para la primera corrida de Fiestas, pero que él no quería ir para no sentirse mal viendo a otros torear y se quedaría a ver el futbol en la televisión. Maura no aceptó si no iba él.
Al marido no le quedó otra cosa que acceder y acompañarla. Y cuando ya estaban sentados en las graderías saludando a sus amigos, Mariano les pidió que lo disculparan un momento porque quería ir a conversar con los toreros que habían llegado de Lima y salió.
A los pocos minutos se anunció el inicio de la corrida y la primera faena a cargo de un diestro de Lima. Maura miraba más al lugar por donde había salido Mariano.
Estaba nerviosa por la demora de su esposo, pero ninguno de sus amigos se daba cuenta de su estado porque estaban muy atentos a la corrida y dando aplausos y vivas al torero de turno por su impecable faena.
Mientras ella seguía con la mirada en otro lado, se escuchó un estruendoso aplauso y una montera de dos puntas le cayó en las faldas. Superando su sorpresa, reconoció la gorra de dos puntas y bajó la mirada al ruedo y vio a Mariano que aún tenía la mano levantada e inclinando su frente para hacerle una venia.
Nunca antes Mariano había toreado tan bien como lo hizo aquella tarde. Fue aplaudido de pie y todos coincidían que había sido el mejor entre todos, especialmente el empresario de Acho que había ido acompañando a sus toreros. No lo podía creer ver a Mariano lidiando con tal maestría.
El empresario, no tardó en contratarlo para que haga su debut en la Feria del Señor de los Milagros en la plaza de toros de Acho.
El día del debut, Mariano al escuchar el toque del clarín se puso algo nervioso, pero mientras daba el paseíllo junto a sus compañeros se fue serenando. Y cuando entró el primer toro fue él quien lo probó con una serie de pases con el capote para estudiar sus embestidas y bravura.
Se lució como los grandes y ganó no solo los aplausos del respetable, sino el escapulario, máximo galardón de la Feria del Señor de los Milagros.
Y como en octubre siempre hay milagros, enterados de sus éxitos, los empresarios de la plaza de toros de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, querían conocer al español que triunfaba en Perú y no tardaron en invitarlo.
Aquel domingo, antes de su debut, Maura y Mariano lo primero que hicieron fue ir a la Iglesia para rezarle a la virgen de la Macarena…

Virgen de la Macarena,
Madre de los humildes, salvación de los enfermos.
Tú que nos juntaste en el camino,
tú que sanaste nuestras heridas
recibe esta humilde oración
para agradecerte con amor
por los dones recibidos.

Tú que eres la madre de la esperanza
ilumina nuestras vidas
y no permitas que la adversidad se interponga
en nuestro camino.
Y mantén siempre tus brazos abiertos
para acoger nuestras almas.

Virgen de la Macarena
bendice a Sevilla y a Abancay
para que nunca les falte el brillo del sol,
a todas las naciones para siempre haya paz
y a los niños del mundo para jamás pasen hambre ni frío.

En la tarde, luego de un almuerzo muy ligero, fueron los primeros en llegar a La Real Maestranza. La plaza era un lleno completo.A la hora señalada, sonaron los clarines y empezó el paseíllo de los toreros en la arena. Mariano no podía ocultar su felicidad y sonreía saludando a todos. Sabía que el solo hecho de estar allí ya era un triunfo. Entró el toro, luego los picadores quienes no tardaron en hacer su tarea incrustando las puntas de sus lanzas largas detrás del morrillo del animal para que pierda sangre y embista de una manera menos peligrosa y el matador, en esta caso Mariano, pueda trabajar mejor.

Los banderilleros también hicieron lo suyo clavando las filudas puntas con el propósito de debilitar al astado y a la vez enfurecerlo.
Mariano se lució sujetando con sus dos manos firmemente el capote en sus verónicas o levantándolo hasta la altura del pecho para citar al toro en perfectas chicuelinas.
El diestro, sujetó su capote por la espalda, giró y lo levantó para deslizarlo por el lomo del toro haciendo los quites más arriesgados y hasta se dio el lujo de ponerse de rodillas con su capote extendido en el suelo para hacer un pase que fue muy aplaudido.
Sabía que tenía solo 15 minutos para lucirse y terminar su faena. Llevó al astado hasta el centro del ruedo y lo puso en posición. Y de una certera estocada terminó con su existencia.
Un sonoro ¡Olé! hizo retumbar la Maestranza. Mariano fue aclamado por el público sevillano, quizás el más exigente y conocedor de España. Se le premió con dos orejas y fue sacado en hombros.
De esa manera sus sueños de torear en aquella plaza privilegiada se habían cumplido.
Hoy, a sus setenta y dos años, disfruta en Sevilla del calor familiar, acompañado de Maura, sus hijos y nietos.

Foto de Herberth Castro Infantas.
Foto de Herberth Castro Infantas.
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