El día que se congeló la Tierra

– ¡Mamá, mamá, mira una cucaracha en la cocina!

–Qué asco hijita, llamaré al celular de tu papá para que compre un insecticida. Ahora, por favor déjame ver mi telenovela.

El esposo, que retorna a su casa en su 4×4 escuchando por radio las noticias de Wall Street, luego de la llamada de su esposa,  tiene que verse obligado a girar en U para regresar al supermercado y comprar el insecticida más potente porque…

–Para matar a las asquerosas cucarachas, tiene que ser el mejor insecticida, señorita.

-Le aseguro que este es el mejor producto, señor.

-Gracias, me lo llevo.

Al retornar a su carro, el marido nuevamente enciende el receptor…

–Usted está escuchando Radionoticias. A continuación les damos a conocer el estado del tiempo en algunas capitales: Washington 35 grados, Londres 33 grados, Madrid 36 grados, Montreal 38 grados, México 37 grados – ¡Qué calor! Comenta para sí…Y ahora las noticias…

–Esta es la cadena Caracol de Colombia. La agencia EFE informa que los países de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), integrada por Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú, tendrán pérdidas anuales de 30 mil millones de dólares en el 2025, debido al cambio climático, revela un informe publicado, Los sectores afectados serán salud, agricultura y energía. Y el problema más grave, la falta de agua.

 

El marido, frunce el ceño, mueve el dial y escucha otra noticia sobre el calentamiento global con la misma indiferencia que oyó aquellas que provenían de Irak donde en la madrugada habían muerto decenas de niños en una incursión equivocada de las fuerzas norteamericanas a una aldea Chiita o la masacre a los monjes tibetanos por el ejército chino.

Para este empresario yuppie, la noticia estaba en Wall Street y en el Departamento del Tesoro.

Para él, más importante era la crisis hipotecaria y el aumento en los precios del petróleo que el desprendimiento de un bloque de hielo de la Antártica o el deshielo y la destrucción de los glaciares andinos.

Eso mismo pasaba con la mayoría de ejecutivos de las naciones desarrolladas de Europa y la China, les importaba un comino el fenómeno climático o la destrucción de la naturaleza.

Coincidentemente, en Niza, la Costa Azul, los más altos ejecutivos de la transnacional Loyer Internacional Corporation, la fabricante de insecticidas más grande del mundo, están a punto de reunirse en uno de los salones privados del hotel Negresco.

El Presidente del directorio, que había pasado una noche de perros por el insomnio, revisaba los últimos cuadros estadísticos, cuyas flechas apuntaban al suelo. Lo propio hacía el Gerente General. Ubicado en la terraza de su suite. Con los ojos desorbitados miraba en la pantalla de su laptop las cifras en rojo de la compañía. Pero, no obstante de su pésimo estado de ánimo, ambos esperaban la salida del sol, uno de los espectáculos naturales más hermosos de la Costa Azul.

En ese instante el astro rey empezó a salir de las entrañas del mar para ascender como una gigantesca moneda de oro en un cielo igualmente azul, como decía el viejo bolero de Los Panchos que coincidentemente transmitía radio Nacional de España en su onda corta…

El mar y el cielo

se ven igual de azules,

a la distancia,

parece que se unen…

Mejor es que recuerdes

que el cielo es siempre cielo

Que nunca…nunca…nunca el mar lo alcanzará…

Lo único que no estaba azul era la curva de las cuentas de la empresa…todas estaban en rojo. En un arrebato de cólera, el presidente de la corporación golpeó la mesa con tal fuerza que hasta la taza de café se derramó y algunas tostadas saltaron por los aires. Y, sin probar nada, bajó apurado a la sala de conferencias para no deteriorar su reputación de hombre puntual.

– ¡Las ventas están cayendo! Exclamó luego de abrir la sesión.

–Esto tiene una explicación, señor presidente, nuestros productos son cada vez menos inocuos contra los insectos –Trató de justificar el gerente.

–Sí señor presidente, yo, como jefe del laboratorio de la central de Wupertal, le puedo asegurar que los insectos se hacen cada vez más resistentes a nuestros insecticidas. La demanda ha bajado porque las amas de casa están comprando otras marcas de insecticidas.

–Eso ya lo sé. Hay que aumentar las dosis de DDT.

–No podemos. Eso aumentaría los niveles de contaminación.

–Al diablo con la contaminación. Tenemos que salvar esta crisis. !No quiero disculpas sino soluciones! Quiero saber cómo logramos aumentar los ingresos-Gritó sumamente exaltado.

– ¡Matando cucarachas! Son las que más abundan en el mundo. Y son las que más detestan las amas de casa. Respondió uno de los asesores de marketing.

–Pues, manos a la obra. Estudien y experimenten nuevas fórmulas para aumentar la dosis de DDT, solo hasta el punto que no pueda ser detectado por los controles sanitarios. Y no olviden de trabajar en la más absoluta reserva. No quiero tener problemas. ¡Tienen plazo de ocho días! Manténganme informado. Bueno, por ahora doy concluida la reunión.

En ese preciso momento, sin que nadie se percatara, tres cucarachas que estaban metidas entre las rejillas de los sistemas de aire acondicionado oían atónitas las conclusiones del directorio. Y ni bien terminó la reunión, levantaron sus antenas lo más que pudieron y transmitieron el mensaje a los insectos infiltrados en las computadoras de la compañía de teléfonos para enviar el mensaje a Madagascar, la cuarta isla más grande del mundo, después de Groenlandia, Guinea y Borneo, ubicada en el Océano Indico, frente a Mozambique, África, donde se encontraban las cucarachas que controlaban a toda su especie.

Eran las más grandes del planeta, muchas llegaban a medir hasta quince centímetros de largo y pesaban más de 20 gramos. Sin embargo, por efecto del calentamiento global, su tamaño y peso se habían duplicado. Eso mismo ocurría con los insectos de las otras especies.

Desde el Estado de Tanala, las cucarachas podían comunicarse con todos sus congéneres de todo el mundo porque habían logrado desarrollar antenas más largas y potentes debido a su alimentación con arroz natural y miel silvestre extraída de los bosques malgaches, libres de contaminación.

Su jefe supremo era Ramansoa, la más temida por su horrible aspecto y ferocidad quien, al enterarse del informe enviado por las cucarachas espías, convocó a su estado mayor para estudiar una estrategia que permita contrarrestar los planes de los humanos.

En la reunión de emergencia, nombró como jefe de operaciones a Ratsimandrova, mucho más feroz que su lideresa. Y como jefe de operaciones y destrucción masiva fue nombrada la voraz Ranavalona. Las tres, sin pérdida de tiempo, pusieron en marcha un operativo de infiltración en las computadoras de los medios de comunicación de todo el planeta, porque sabían que teniendo el manejo de los medios, tenían en sus manos el poder del mundo.

Entretanto, en la sede central de la Loyer Internacional, en Leverkusen, a orillas del Rin, avanzaban los experimentos para crear el nuevo insecticida.

Las cucarachas que nunca habían sentido temor a los insecticidas por su gran resistencia a la acción del veneno y porque las proteínas de su sistema nervioso tenían la capacidad de mutarse, esta vez sentían que estaban en inminente peligro.

A pesar que eran capaces de soportar grandes dosis de radiactividad y estaban entrenadas para soportar temperaturas extremas porque, a lo largo de toda la evolución de la tierra, habían pasado por los cambios climáticos más severos, esta vez se hallaban aterrorizadas.

Tenían razón porque, siendo las cucarachas los únicos insectos que pudieron sobrevivir al bombardeo atómico en Hiroshima y Nagasaki, a todos los experimentos nucleares en los desiertos de Mojave y Sonora (USA), a las temperaturas más bajas de las tundras de Siberia y a los cambios climáticos durante miles de años, nunca habían cambiado de aspecto. Pero un aumento extremo de DDT y los derivados de Cloro, sí podía aniquilarlas. Y con ellas podían desaparecer también todos los insectos del planeta, aves silvestres y todo tipo de vida salvaje.

Había preocupación. Los efectos cancerígenos de este potente insecticida también ponían en peligro a los humanos, a través del consumo de los productos vegetales, porque está comprobado que el DDT que se acumula en el tejido adiposo de las personas, es causa de enfermedades irreparables, pero como sus efectos son lentos, muchas veces estas dolencias no son relacionadas con este producto y por eso a las autoridades de salud tampoco les preocupa mayormente. Y lo más grave es que el DDT, para degradarse, requiere de varias décadas.

Las cucarachas sabían de este peligro y por eso no se quedaron de patas cruzadas.

Utilizando la red de comunicaciones de los humanos, pusieron en alerta a todos los insectos del planeta. Y como ya se habían infiltrado en los transmisores de las principales cadenas de televisión, equipos de radio, teléfonos fijos y celulares, podían emitir señales de muy baja frecuencia, imperceptibles al oído del hombre, que solo eran captadas por sus antenas.

Después de las cucarachas de avanzada, ingresaron las devoradoras, de gran poder de devastación, con la misión de comerse los chips de los sofisticados aparatos de comunicación para enmudecerlos en el momento oportuno. Y allí, metidas en los CPUs y laptops, esperaron pacientemente las órdenes de Madagascar.

Las más temidas eran las cucarachas provenientes de la China, por su ferocidad y porque atacaban en masa, sin temor a perder la vida. Precisamente estas fueron instruidas para infiltrarse en las computadoras del Pentágono, la Casa Blanca, los Ministerios de Defensa de Rusia, del Reino Unido, Francia, Israel, Corea del Norte y Canadá, así como en los teléfonos y los sistemas satelitales de comunicación de la Otan. No dejaron ningún aparato electrónico fuera de su control.

Entretanto, en Canadá, funcionarios del Departamento de Control fitosanitario, habían logrado detectar una elevación de DDT en los cargamentos enviados por la Loyer.

El producto nocivo fue requisado en la aduana y de inmediato la autoridad sanitaria se comunicó con su similar de los EEUU para ponerle al tanto del peligroso hallazgo. Los funcionarios norteamericanos derivaron el informe a la Casa Blanca donde los consejeros del Presidente Barack Obama, que tenían vinculaciones con la empresa Loyer en Alemania, lo ocultaron y no le informaron al mandatario.

–Señor Secretario de Estado, solo esperamos su decisión para hacerla conocer a la prensa.

– ¡De ninguna manera! Perderíamos las contribuciones de la Loyer. Ese dinero sirve para costear las operaciones encubiertas en Irak y Afganistán.

– ¿Y qué hacemos con el cargamento requisado por los canadienses?

–Envíenlo a Centro América.

A las pocas semanas se empezó a sentir los primeros efectos del potente insecticida en esta parte del planeta. Millones de cucarachas, moscas, mariposas, saltamontes, escarabajos y otros insectos morían con la panza arriba y batiendo sus patas en el aire. Las amas de casa, al enterarse de la eficiencia del producto a través de la publicidad, hacían cola en los supermercados para comprar los rociadores de la muerte.

Se había puesto en marcha el exterminio de insectos jamás visto en la historia de la tierra.

Las cucarachas, que eran capaces de vivir hasta 9 días sin cabeza y, si morían, era por inanición, con este potente insecticida volteaban la panza casi de inmediato. Las hormigas que se devoraban a las cucarachas muertas también expiraban.

Entre tanto en la Loyer, por los resultados exitosos del producto, sus ventas se extendieron rápidamente a otras naciones del mundo, provocando el exterminio masivo de insectos, al extremo que se empezó a alterar de manera dramática el equilibrio ecológico de la tierra.

Y no solo eso, como resultado del uso excesivo de estos químicos se afectó también la salud de los humanos. Por el uso de herbicidas en el cultivo de verduras y en las plantaciones de fruta empezaron a sufrir alergias. Se les adormecían los labios y la lengua. Igualmente, los animales silvestres que consumían el agua contaminada de las acequias morían intoxicados.

Por supuesto que esto no le importaba un bledo a la Loyer. Al contrario sus ejecutivos se frotaban las manos por las ventas espectaculares que estaban logrando.

En Puerto Rico, las dos únicas cucarachas que lograron resistir a los terribles dolores en sus panzas por los estragos del insecticida, a duras penas llegaron a comunicarse con la central de Madagascar para advertir a sus jefes de los efectos letales del nuevo insecticida creado por la Loyer.

Indignado, Ramansoa, el jefe supremo de estos insectos, convocó a una reunión urgente de su consejo y encomendó a su lugarteniente Ratsimandrova, responder la agresión humana quien, muy molesto y sin  demora lanzó su primer chillido…

-Hay que darles un escarmiento a los malos humanos para que sepan que están atentando contra la existencia misma del planeta.

Las cucarachas que por naturaleza llevan en su cuerpo organismos causantes de diversas enfermedades, entre ellas la gastroenteritis, infectaron los alimentos de varios gerentes de la compañía, enviándolos a la clínica con una diarrea incontenible. Igualmente, el excremento y vómitos de las cucarachas, dejados en las cocinas de otros altos ejecutivos, les producían alergias.

Y, como aparentemente esta advertencia no fue suficiente porque la Loyer seguía con la producción masiva del potente insecticida, Ramansoa, decide entonces enviar a las cucarachas portadoras de la bacteria de la lepra, la temible enfermedad bíblica, para contagiar a los ingenieros químicos que habían participado en la elaboración del insecticida letal.

Apenas les salieron los primeros granos en el cuerpo, más rápido que inmediato, los ingenieros fueron reemplazados y enviados a un campo rural para leprosos donde terminaron sus últimos días con la piel que se les caía en pedazos.

Igualmente, los técnicos que habían sido visitados por las cucarachas portadoras de hepatitis, salmonela y tuberculosis, corrieron la misma suerte, fueron echados a la calle como si fueran piezas de recambio, porque la compañía, que no tenía otro interés sino ganar dinero, seguía produciendo más veneno y acumulando más ingresos, sin tomar en cuenta los irreparables daños a la ecología por la masiva muerte de insectos.

En algunas zonas del planeta ya se sentían los primeros efectos del calentamiento global. Los huracanes azotaban el trópico de manera devastadora. En Alaska, algunos edificios se caían por el deshielo. En la amazonia se aceleraba la extinción de especies animales y vegetales.

Y, en la medida que se calentaba la tierra, aumentaba también la evaporación causando torrenciales lluvias que inundaban poblaciones enteras, mientras que en otras zonas crecían los desiertos. Empezó a escasear el agua potable en las ciudades y se achicaba la frontera agrícola. El CO2, cada vez en aumento, estaba atrapando el calor dentro del globo terrestre.

Los científicos predecían que si se mantenían estos niveles de contaminación, era inminente el fin de la humanidad como consecuencia de la hambruna y la falta de agua potable. Y que las próximas guerras serían precisamente por el control del agua y la agricultura.

Ante esta catástrofe ecológica, a los humanos no les quedó otra cosa que migrar a las zonas más frescas del planeta. Igualmente lo hicieron los insectos y aves pero lamentablemente portando graves enfermedades, como a gripe aviar, la malaria, la fiebre amarilla y el dengue.

No obstante, una gran mayoría de los humanos no tomaba en cuanta esta calamidad. Por esa razón Ramanansoa ordenó a las cucarachas infiltradas en las computadoras de Rusia y Corea del Norte, para que activen los misiles de ojivas nucleares que apuntaban a los Estados Unidos. Los satélites espías americanos que detectaron la amenaza hicieron sonar la alarma en las oficinas de seguridad del pentágono. El jefe, de inmediato cogió el teléfono rojo para comunicarse con la Casa Blanca y solicitarle permiso al Presidente para activar el paraguas nuclear, pero, ¡oh sorpresa! Las computadoras no funcionaban porque las cucarachas, bajo las órdenes de Ranavalona, las habían inutilizado comiéndose los chips.

Fue cuando el gobierno de Irán, que tenía un espía en las oficinas de la CIA, no tardó en poner en alerta a su descomunal ejército. Lo que no entendían las autoridades iraníes era cómo diablos habían sido disparados sus misiles contra los EEUU si el Primer Ministro no había dado la orden. Apenas se enteró del error, el mandatario iraní pidió comunicarse con el Presidente norteamericano para decirle que se trataba de un accidente inexplicable. No pudo hacerlo porque sus sistemas de comunicación no funcionaban, las cucarachas las había inutilizado. El Primer Ministro ruso, al principio creyó que era un sicosocial de los EEUU, pero cuando fue informado que en la misma Rusia se había producido un desmadre, juraba que él tampoco había ordenado abrir las compuertas de su arsenal nuclear.

Utilizando el teléfono satelital para casos de extrema gravedad, Vladimir Putin llamó a Barack Obama para explicarle que no se trataba de un ataque deliberado, sino de un lamentable y extraño accidente. Obama que no sabía ni pío el ruso y lamentablemente su traductora no se encontraba en ese momento por la diferencia de horario, amenazó al jerarca ruso con borrarlo del mapa si no desviaba sus misiles teledirigidos. Como Putin tampoco entendía muy bien el inglés le respondió que “le agradecía por su colaboración”.

 

En Nueva York, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se declaró en sesión permanente. Y después de amplias deliberaciones, acordó emitir un comunicado pidiendo a la comunidad mundial se mantenga en calma mientras se buscaba una solución. Fue cuando las secretarias recién se dieron cuenta que sus comunicaciones también estaban cortadas. Eso mismo ocurría con las señales de las grandes cadenas de televisión. Luego de estar interrumpidas por algunos minutos, sorpresivamente apareció en las pantallas la transmisión directa de los satélites espías norteamericanos, que mostraban el avance de los misiles hacia las principales ciudades, provocado un caos generalizado. Cosa distinta sucedía con las comunicaciones de las cucarachas. Los insectos intercambiaban mensajes con suma facilidad porque solo podían ser captados por sus antenas.

De pronto, inesperadamente las computadoras del Pentágono empezaron a mostrar imágenes del paraguas antinuclear desviando los misiles hacia zonas desérticas del globo. Todos los empleados estallaron en aplausos, hasta que un operador aclaró que el desvío de las ojivas no era porque los paraguas los estaban dirigiendo sino que algo o alguien estaba manipulando las computadoras para que las cabeza nucleares estallen en los desiertos del Medio Oriente, África, Afganistán y América del Norte, es decir en las zonas más polvorientas del planeta, más no en las ciudades.

Lo que querían las cucarachas era provocar una descomunal polvareda para impedir el ingreso de los rayos solares sobre la faz de la tierra y se congele.

Efectivamente, por el súbito descenso de la temperatura los seres vivientes quedaron en estado cataléptico. Y las únicas que pudieron salvarse fueron las cucarachas porque con anticipación todas habían logrado refugiarse en el subsuelo donde las temperaturas no eran tan extremas por su cercanía al núcleo de la tierra.

Desde allí empezaron a dominar el mundo. Y lo celebraron con una farra de alimentos que saquearon de los grandes almacenes y centros de producción. Durante varios días se alimentaron opíparamente, hasta que comenzaron a escasear las reservas alimenticias. Lo primero que se agotó fue la carne, los embutidos y los productos elaborados a base de azúcar y miel.

Y como no guardaron pan para mayo, las cucarachas empezaron a tirarse de las antenas y rascarse la espalda, por la preocupación.

En medio de ese caos, Ranavalona, la cucaracha que no había tenido un ápice de misericordia con los humanos, estaba a punto de ser madre. Buscaba un lugar cálido para ovar, que por supuesto no era fácil hallar.

Desesperada se metió en un viejo CPU. De pronto, escuchó una señal muy débil. Alguien pedía comunicarse. Era un locutor de radio que había logrado escapar de la ola de frío porque justo en el momento que se producía la catástrofe, se hallaba en el sótano donde estaban los transmisores y los acumuladores de energía.

Hacía un desesperado llamado para saber si había algún otro sobreviviente en algún lugar de la tierra.

–Los humanos no podemos desaparecer. Tenemos que salvar nuestra especie, restaurando el efecto invernadero – Decía con una voz serena pero firme.

Al escucharlo, Ranavalona que en esos momentos sentía deseos de ovar pero que por los efectos del extremo frío y el hambre no podía, comenzó a mover sus antenas de un lado a otro tratando de escuchar nuevamente al único humano que había logrado salvarse del congelamiento global.

Ranavalona, podía vivir en climas extremos, pero a punto de ovar era casi imposible. Sus patas largas y espinosas se debilitaban por el esfuerzo que hacía para expulsar los huevos. Mordisqueaba todo lo que hallaba a su alrededor, pero le faltaba carne para recuperar sus energías. Hasta que felizmente halló restos de una lata de conserva y se la engulló. Apenas se restableció, se fue en busca de su jefe, el temible Ramasoa, para hacerle conocer de las dificultades que había pasado.

Le explicó que solo había podido expulsar media docena de huevos, cuando lo normal era entre 18 y 48 unidades. Y no solo eso, le comunicó que se había demorado más de cuarenta días para ovar cuando lo habitual era entre 19 y 20 días. Le aclaró que ella no era la única que sufría los estragos del clima y la falta de alimentos, sino todos los insectos que se hallaban en los refugios, y que urgentemente necesitaban de climas cálidos y húmedos, para su proceso de reproducción.

Entretanto, el locutor, seguía transmitiendo mensajes, utilizando las últimas reservas de energía de su laptop.

–Sea quien sea haya provocado esta catástrofe, debe tomar conciencia que todos estamos perdiendo. ¡Tenemos que restaurar el clima!

Ramasoa, tomando en cuenta que las cucarachas tenían un promedio de vida de solo un año y ya estaba por cumplirse su ciclo evolutivo, llamó a su estado mayor y luego de una prolongada y agria discusión, llegaron a la conclusión que, sin los humanos, las cucarachas no podían vivir, porque eran los únicos generadores de basura orgánica, base de su alimentación. Fue cuando decidió chatear con el locutor…

–¡Identifíquese! (Enter)

–Mi nombre es Matías. Me alegra tener esta esta comunicación con otro humano como yo(Enter)

–¡No somos humanos! Somos insectos. Queremos informarle que a usted no lo hemos congelado a propósito. (Enter)

– ¿Todo esto fue apropósito?¿Por qué?. (Enter).

–Porque alguien tenía que darles un escarmiento a los humanos. (Enter).

Las cucarachas le hicieron saber que frente al ataque masivo con insecticidas cada vez más potentes de la Loyer y la desidia de los humanos por evitar el calentamiento global, las cucarachas habían decidido darles una lección. Y si quería que se restaure el clima él tenía que comprometerse a luchar por la defensa de la ecología…

–Yo? no puedo responsabilizarme de la conducta de todos los hombres del planeta (Enter).

–A nosotras nos basta que alguien se comprometa para que otros lo sigan. (Enter)

–Bueno, sí es así, lo prometo, no solamente porque ustedes me lo piden sino porque yo también creo que debemos salvar el planeta. (Enter)

Fue cuando recién las cucarachas iniciaron el proceso de restauración climática de la Tierra desbloqueando los chips de las computadoras que operaban las parabólicas de energías no contaminantes, como hidroeléctricas, paneles solares y las aspas eólicas.

De pronto, nuevamente las máquinas del mundo comenzaron a moverse y las corrientes de agua de la cordillera de los Andes empezaron a hacer funcionar los motores de las hidroeléctricas. Al despejarse el polvo que cubría el globo, volvieron a ingresar los rayos solares descongelando a los seres vivientes, entre ellos a los humanos, que estaban en estado cataléptico.

Y apenas volvió la normalidad, los dueños de la Loyer fueron denunciados, sin embargo los jueces, sobornados por la empresa, bloquearon la demanda.

Los ejecutivos se frotaban las manos por su triunfo, pero no contaron con la actitud responsable de la población, especialmente de las amas de casa quienes, al enterarse de la amañada resolución a favor de la empresa, dejaron de adquirir estos productos y la hicieron quebrar.

Finalmente, por recomendación de las NNUU, se prohibió el uso de DDT.

Y quizás lo mejor que le pudo ocurrir a la Tierra fue la conciencia que adquirieron los habitantes para protegerla. Tenían razón, porque la Tierra es única casa grande que tenemos para vivir… al menos por ahora.

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