El trompo de ébano

Aquel diecisiete de mayo, ¡cómo olvidarlo!, desde muy temprano el sol empezaba a asomarse entre los cerros que circundaban la pequeña ciudad donde vivía, no obstante que durante toda la noche había caído una torrencial lluvia, aumentando el caudal de los ríos.

-Ahh, ¡qué sueño!- Mascullé mientras bostezaba y trataba de abrir los ojos.

Y claro, como todos los sábados, yo seguía tendido en mi cama, luchando contra la modorra, mientras mis abuelos, que ya estaban despiertos, ¡cuándo no!, hacían todos los ruidos posibles para anunciarme que ya era un nuevo día.

No obstante, lo único que yo deseaba era seguir en posición de cubito dorsal sobre mi lecho, como la mayoría de chicos normales del mundo, los fines de semana. Y por más que trataba de abrir los párpados, mis ojos se resistían a ver tan temprano la luz del día. Hasta que el sonido del radio, que mi abuelo lo encendió a propósito con el volumen al tope, me ayudó a desperezarme y dejar las sábanas. Palito Ortega, cantaba…

“La felicidadad  ja ja ja…”

¡Qué felicidad, ni qué felicidad, como si levantarse temprano un fin de semana pudiera ser felicidad.

Fue cuando recién me acordé que este no era un día cualquiera. ¡Era el cumpleaños de mi madre! Por eso, apenas me levanté lo primero que hice fue ir al jardín y arrancar una flor para dárselo, junto con un abrazo y un beso. Ya todos estaban en el comedor, mis abuelos, mis tíos y otros familiares que habían venido a saludarla y se aprestaban a empezar el día con un suculento desayuno que incluía la torta de cumpleaños

Luego de la opípara merienda, salimos al cementerio para depositar un ramo de flores en la tumba de mi padre quien, por coincidencia, también cumplía años el mismo día. Y, luego, ni bien regresamos del camposanto mi madre y mis abuelos volvieron a salir para hacer compras porque habían invitado a almorzar a medio mundo.

Mis primos y yo preferimos quedarnos a jugar. Y apenas sentimos que los mayores tomaban la calle, comenzamos a divertirnos a nuestras anchas, igual que los ratones cuando el gato no está.

Escogimos “las escondidas” y nadie objetó porque con tantos recovecos que tenía la casa no había ningún otro juego más apropiado. Y, después de regirla al Yan kem po, los ganadores salimos corriendo para escondernos.

Yo fui el primero en salir. Como un rayo me dirigí a una habitación que muy pocas veces los chicos nos atrevíamos a abrirla porque era el dormitorio de mis bisabuelos ya fallecidos. Escogí aquel lugar a sabiendas que nadie se atrevería a entrar por su aspecto tenebroso y también por no tropezarse con los cuadros y muebles viejos que por años permanecían guardados allí. Un lugar misterioso que, por su aspecto, parecía un refugio de fantasmas.

Al ver que la puerta del closet estaba entreabierta, no dudé en esconderme allí. Al principio la oscuridad reinante me puso los pelos en punta por lo que tuve que verme obligado a dejar una pequeña rendija para permitir el ingreso al menos de un rayito de luz.

Y allí permanecí en silencio, fue cuando observé que de una de las paredes salía un cordel de vivos colores. Por curiosidad, lo jalé y, ¡Oh sorpresa! con la cuerda también salió una bolsa conteniendo unas monedas de oro.

Más asustado que sorprendido, empecé a llamar a gritos a mis primos para comunicarles del valioso hallazgo. Pero justo en ese instante, se apareció un pariente de mis abuelos y, de un solo jalón me arrebató la bolsa. En el forcejeo me quedé con la cuerda.

Cuando se lo conté a mis abuelos, me respondieron que tratándose de un pariente, por más lejano que sea, se debería tomar las cosas con pinzas para no provocar un escándalo en la familia. Y que lo mejor era guardar silencio. Y así lo hice.

Con las monedas en sus bolsillos, aquel tío lejano empezó a llevar una vida dicharachera, gastando a manos llenas en todo lo que se le antojaba y, finalmente, decidió viajar. Lamentablemente, en el trayecto el vehículo que lo transportaba se precipitó a un barranco y falleció.

Con el paso del tiempo, mis abuelos y mis primos fueron olvidando la historia y no volvieron a tocar el tema, nunca más. En cambio yo sí me acordaba de esta ingrata experiencia cada vez que veía la cuerda que la guardada entre mis juguetes.

Hasta que un día que retornaba del colegio, me topé con un niño, más o menos de mi edad, quien se entretenía jugando con su trompo en la puerta de la carpintería de su padre, muy cerca de mi casa.

Bastó con mostrarle mi trompo que lo tenía escondido en mis bolsillos para hacernos amigos porque ambos nos moríamos de ganas de jugar. Y lo reté a batirnos de manera amigable, es decir sin llegar a la destrucción de nuestros trompos, como se estilaba.

La verdad es que subestimé a mi rival porque salí mal parado. Pero no obstante de haber perdido casi todas las jugadas, me fui a mi casa satisfecho porque había ganado un amigo.

Desde aquel día nos veíamos con cierta frecuencia para batirnos en interminables lances donde, confieso, casi siempre me ganaba. Hasta que un día, para que no se aburra de tanto ganarme decidí llevarlo a la plaza de Armas para que pueda competir con otros amigos que jugaban mejor que yo.

Ya en el lugar, uno de ellos, el mayor de todos, el más alto y fortachón, a quien le habíamos puesto el sobrenombre de Bebón por ser extremadamente engreído por sus padres, sobre todo por su madre, se opuso a que César, así se llamaba mi nuevo amigo, participe del juego, alegando que él no pertenecía al círculo de nuestros amigos. Y sin mediar motivo alguno, comenzó a fustigarlo. No me quedó otra cosa que salir en su defensa, decidido a trabarme a golpes con Bebón a sabiendas que tenía todas las de perder porque él era una mole de grasa y sus golpes tan potentes como los de Cassius Clay. Felizmente que en ese momento se apareció mi estrella de la buena suerte y con  ella la mamá de mi rival.

–Si no dejan de molestarle a mi hijito, les jalaré de las orejas. ¡Esta es una advertencia para todos¡ Gritó.

En lugar de asustarme la rabieta de la señora, me alegró porque con toda seguridad que yo iba a quedar mal parado frente al camión que tenía a mi frente. No obstante, saqué fuerzas no sé de dónde y aproveché la ocasión para aclarar las cosas diciéndoles a todos que si no querían jugar con César tampoco lo harían conmigo. Al principio, la mayoría se hizo de la vista gorda porque Bebón los miraba con cara de pocos amigos. Hasta que poco a poco la balanza se fue inclinando a mi favor y, finalmente, se impuso la razón, Julio César fue aceptado en el grupo.

Pero allí no terminó la cosa. Dolido por la falta de respaldo, Bebón quería sacarse el clavo a como dé lugar y nos retó a jugar al trompo.

–Si se creen muy hombrecitos juguemos pero, con una condición, que sea hasta las últimas consecuencias.

“Ultimas consecuencias” significaba que se debía jugar hasta que los trompos de los perdedores queden destrozados por las “tacadas” del rival.

–Y sin muchango. Así se le llamaba al trompo auxiliar para recibir las tacadas.

–Está bien ¡Aceptamos! Le dije con la frente alta pero mi mente llena de dudas.

Y como era de esperarse, César y yo perdimos, yo por falta de habilidad y César porque su trompo no era tan fuerte como el de Bebón.

–Chispas, perdimos – Me lamenté.

–Es por culpa de estos trompos chinos, son pura pinta – Me respondió César entre desilusionado y resignado pero con mucha seguridad de lo que estaba diciendo.

Y no dejaba de tener razón porque los trompos fabricados en la China eran pésimos. En su afán de bajar costos los fabricantes chinos utilizaban madera de mala calidad. En cambio los fabricados en Estados Unidos, Japón y Alemania eran más resistentes y de mejor acabado.

Claro que la calidad no dependía solo de la madera, sino también de la verticalidad y dureza de la púa. Una púa fuerte y bien puesta, aseguraba un mejor equilibrio del trompo y por consiguiente un mayor número de giros.

La dureza de la púa también era importante para evitar que se doble a la hora de las tacadas y deje en ridículo al jugador porque el juego consistía precisamente en causar el mayor daño al trompo del rival.

César y yo, ya habíamos perdido muchos trompos porque eran de pésima calidad. Y lo peor es que éramos objeto de burlas y todas nuestras propinas se habían escurrido como agua entre los dedos porque teníamos que reemplazarlos frecuentemente.

Por coincidencia, se acercaba la fecha para el más importante campeonato de trompos del año. Y, como era lógico, los jugadores nos esmerábamos por conseguir las mejores piezas para ir practicando hasta el día del certamen. César y yo, estábamos preocupados porque no teníamos buenos trompos para una competencia de tanta importancia.

Un tanto desilusionado por no haber conseguido con anticipación un buen trompo me fui a mi casa y me puse a escuchar radio. En ese instante se transmitía un programa de concursos y el locutor le preguntó al concursante: Dígame ¿Cuál es la madera más dura, eucalipto, pino o ébano? Este, se quedó callado, y al borde de los segundos de tolerancia, le respondió.

-Pino.

–Lo sentimos, la madera más dura es el ébano, que proviene del África y algunas zonas tropicales de América central.

Yo, sorprendido,  me quedé pensando en la respuesta. Anoté el nombre de la madera y en la primera oportunidad que tuve se lo comenté al papá de César quien, por sre carpintero de oficio estaba seguro que sabía de maderas.

De inmediato se dirigió a un rincón y empezó a hurgar en una ruma de desechos. Después de unos minutos dio un salto levantando un palo hasta donde pudo llegar la extensión de su brazo, mientras dibujaba en su rostro una sonrisa de satisfacción como si hubiera encontrado un tesoro.

–Esto es lo queda de un sillón que me dejó un empresario extranjero que se fue trasladado de la noche a la mañana, ¡Es de ébano!

Sin pérdida de tiempo, llevamos la pieza al taller de un tornero en fierro, único lugar donde se podía pulir un material tan duro. El tornero, apenas vio al padre de César, salió a recibirlo con un abrazo por la amistad que ambos cultivaban desde niños. Luego de casi dos horas de trabajo y una espera angustiosa, los dos trompos estaban listos, de tamaños iguales, macizos y de buen peso. Y de inmediato procedió a incrustarles las púas de acero.

– ¡Qué tal trabajito!  Tengo que reconocer que el ébano me ha hecho sudar la gota gorda. Afirmó.

El tornero nos sugirió además que compremos buenos cordeles y los untemos con grasa de culebra para que los trompos giren a más velocidad. Fue cuando me acordé del cordel que había encontrado en el closet abandonado de la casa de mis abuelos y salí corriendo a traerlo. El tornero, luego de revisarlo de extremo a extremo, lo cortó justo a la medida. Y luego metió sus manos en uno de los cajones de su mesa de trabajo y extrajo una pequeña lata.

–Esto es para los cordeles. Es sebo de culebra. Ya verán como correrán sus trompos-

Y solo así nos presentamos al campeonato. Luego de la fase eliminatoria quedaron dos equipos. Cada uno integrado por cinco participantes. César y yo estábamos al final de una de las listas, con muy poca opción de participar y resignados a actuar solo si eliminaban a los tres primeros de nuestro equipo. El favorito era el primer grupo, donde estaba Bebón, por la reconocida habilidad de sus jugadores y por contar con trompos importados de Japón.

Hasta que llegó la hora de la verdad. El primer jugador empezó la contienda contra el primero de nuestro grupo, quien lamentablemente perdió. Del mismo modo fue derrotado el segundo de los nuestros, lo que motivó una gran decepción entre los hinchas que nos apoyaban. El tercero, con las justas ganó, quedando el puntaje dos a uno a favor del equipo de Bebón. Los jugadores ya prácticamente celebraban el triunfo porque quedábamos César y yo.

− Estos novatos son una papayita. Los pondré en ridículo, para que nunca se olviden.

Decía en tono cachaciento Bebón, ganador de varios campeonatos por su habilidad y fuerza increíbles.

Nadie quería apostar por nosotros. No había nada que hacer, el favorito era Bebón. Cuando el presentador oficial anunció su nombre, sus seguidores lo aclamaron. Yo, consciente de mis limitaciones, no esperaba aplausos pero tampoco perdí las esperanzas de ganármelos.

Con el optimismo al tope solicité jugar la primera partida contra Bebón por la rivalidad que teníamos, pero este no aceptó porque quería verme haciendo el ridículo al final de la competencia.

¡Que sea al yan kem pó! Gritaron varios espectadores.

Y todos aplaudieron en señal de conformidad. El ganador escogería a su rival.

Levanté la mirada al cielo en busca de un milagro y saqué puño y Bebón tijera, y gané. Luego, mi contrincante, sin dejar de mirarme a los ojos, como queriendo adivinar mis intenciones sacó puño y yo papel. De esa manera le gané el derecho de escoger a mi rival. Y claro, Lo elegí a él.

Los espectadores comenzaron a lanzar sus apuestas, Todas eran a favor de Bebón. Había como 25 apostadores de dos soles cada uno. Hasta que a lo lejos se oyó las voces del padre de César y del maestro tornero, que habían llegado a la plaza y gritaron:

– ¡Doble y vamos al juego!

-Huyyy, se escuchó murmullar ¡Carajo, Cincuenta más cincuenta son cien!

Y los retadores, que ya se consideraban ganadores, respondieron al unísono:

– ¡Cerrado! Van los cien soles.

Al escuchar el cierre de las apuestas, con semejante monto en juego, casi caigo desmayado. Estaba seguro que los dos únicos apostadores a mi favor lo hacían más por solidaridad que por ganar.

Cuando vi que el carpintero y el tornero sacaban de sus bolsillos hasta el último centavo para completar la bolsa me entró una terrible pena en el alma. Un remordimiento de conciencia fatal. Recién me di cuenta de mi tremenda responsabilidad, no solamente porque estaban en juego todos los ahorros del carpintero y su amigo el maestro Villar, sino porque todos mis amigos estaban allí, y claro, también la mamá de Bebón, feliz como una lombriz, y muy segura del triunfo de su retoño, como lo llamaba.

Disimuladamente le dirigí la mirada a la señora y me sonrió con sarcasmo como anunciándome mi inminente derrota. Yo, en lugar de encoger los hombros, me agrandé y a manera de ensayo, sin dejar de mirarla, levanté el brazo lo más alto que pude y solté el cordel. Mi trompo salió disparado emitiendo un silbido y no dejó de dar vueltas por un buen rato llamando la atención de todos. Lo levanté con una mano y la pasé a la otra, y así sucesivamente, dejando sorprendida a la señora.

Volví a enrollar el cordel y apunté al trompo de Bebón que ya estaba colocado en el centro del círculo trazado con yeso.

Todas las miradas estaban centradas en el trompo de mi rival. Se veía impecable, como recién salido de fábrica. Pero cuando el mío se le fue como un misil y lo hizo trastabillar sacándolo del círculo, los boquiabiertos espectadores lanzaron un uyuyuyyy, tan largo, que me llenó de orgullo. Con asombro veían cómo le salían las primeras astillas al trompo de mi rival. Nadie lo podía creer. Una y otra vez mi trompo lo tocaba con su filuda púa de acero causándole estragos por todos los lados.

Por una falla mía, le tocó el turno a Bebón, quien sediento de venganza lanzó su trompo con la intención de destrozar al mío. Y para sorpresa de todos, ni mella que le hizo. Y a la hora de las tacadas la púa del trompo de Bebón se dobló. Lleno de ira lo enderezó golpeándola con una piedra contra la acera, hasta que de tanto golpearla se rompió. Y quedó eliminado.

Más por mi trompo que por mi habilidad, logramos empatar en el puntaje. Ahora, el turno era de Julio César quien debía jugar con el último de nuestros rivales. Y justo cuando mi amigo ensayaba fuera del ruedo, su trompo salió disparado hacia la pista por donde pasaba un pesado volquete con un cargamento de arena. A pesar del peso del vehículo el trompo quedó intacto. Sin embargo, los testigos que vieron este detalle les pasaron la voz a nuestros contrincantes quienes, ni cortos ni perezosos, presentaron un reclamo ante los jueces manifestando que estábamos utilizando trompos de hierro.

 

–Esto es antirreglamentario. ¡Debemos anular el campeonato! –Gritaban sus seguidores.

–No se alteren, vamos a revisar los trompos. Entre los espectadores se encuentra un respetable funcionario de Forestación y conocedor de maderas. Le pediremos que examine los trompos – Les respondió calmadamente el juez del torneo.

Luego de una minuciosa inspección y en medio de gran expectativa, el funcionario revisó los trompos por todos los costados y pidió silencio para dar su veredicto…

–Señores del jurado, jóvenes participantes, respetable concurrencia, luego de haber revisado los trompos puedo afirmarles que son de madera y no de hierro como se había especulado- Recién vino la calma.

En medio de un silencio sepulcral y el natural nerviosismo de los espectadores el lance final estaba por empezar. En ese momento el herrero le hizo una seña a César para que le ponga sebo de culebra a su cordel. Mi amigo sacó de su bolsillo la latita que contenía el ungüento y lubricó su cordel.

Le bastaron tres lances para dejar fuera de juego a su rival. Incluso se dio el lujo de invitarlo a cambiar de trompo para que pueda continuar, pero el jurado, ciñéndose al reglamento, no lo permitió.

César, logró el título de campeón y nuestro equipo ocupó el mejor lugar.

El carpintero y el maestro tornero, los dos únicos apostadores a favor de nuestro equipo también estaban felices porque habían ganado la apuesta y tenían los bolsillos llenos. Por eso lo primero que hicieron fue invitarnos a todos los integrantes a una heladería para celebrar el triunfo.

Ya en el local, en medio de la euforia, el tornero le preguntó a su amigo el carpintero…

– ¿Qué hubiera pasado si este jovencito no hubiera escuchado por radio que la madera más dura es el ébano?

–En lugar de saborear estos riquísimos helados, estaríamos bebiendo el trago amargo de la derrota-Le respondió. Y todos rieron.

– Ja ja ja ¡Que viva la radio!

2 comentarios to “El trompo de ébano”

  1. kevin Says:

    No sé cómo parar el trompo en mi mano. Enséñeme cómo hacerlo.

    • herberthcastroinfantas Says:

      Con mucho gusto Kevin. Voy a tener que remontarme a los días de mi infancia. Luego de hacer girar tu trompo con el cordel, en el suelo, formas una especie de tijeras con tus dedos índice y corazón, este último dedo llamado también mayor o cordial. Luego los colocas debajo del trompo que está girando y con pequeño golpe hacia arriba de uno de tus dedos, a manera de palanca, lo subes a tu palma. Ya encima puedes hacer las figuras que quieras pasándolo de una mano a otra, hasta que los giros se agoten. Suerte.

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