El tapado

En el pasado y, parece que ahora también, mucha gente creía más en los curanderos que en un médico, en la lotería más que en el trabajo, en las bolas más que en lo que decía la radio y en los adivinos más que en la palabra de un cura. No faltaban aquellos que confiaban más en el colchón que en el banco, por eso preferían guardar sus ahorros debajo de este saco que, entre otras cosas, también sirve para dormir.

La verdad es que los caballeros de antaño tenían muchas dudas antes de decidirse a guardar su plata en las bóvedas de las entidades bancarias porque pensaban que, con el tiempo, lo iban a perder todo. No estaban del todo equivocados porque el negocio de las entidades bancarias consiste precisamente en eso, hacer que el dinero de los clientes, tarde o temprano, pase a engrosar sus arcas.

– ¿Y cómo lo hacen?

Fácil, pagando los intereses más bajos por los depósitos y cobrando los más altos por los préstamos. Así de sencillo.

Por eso, hay quienes le tienen mucho temor a los préstamos, sobre todo a los hipotecarios, no solo por los altos intereses sino por la exigencia de poner como garantía la casa, el carro o cualquier otra propiedad. Y no dejan de tener razón porque con este tipo de préstamo el cliente se convierte en un deudor “hasta la muerte” porque no hay que olvidar que “hipoteca” viene del latin “mortus”. Igualmente, para los antiguos griegos significaba “hasta la muerte”.

Pero, si usted ha logrado amasar una buena cantidad de dinero, para guardarlo, no hay lugar más seguro que un banco porque los ladrones, que al parecer huelen donde está el dinero, lo pueden visitar en cualquier momento y eso sería una tragedia. En el banco por lo menos estará bien guardado porque dicen que sus bóbedas están protegidas por los más sofisticados instrumentos electrónicos de seguridad y, si lo asaltan, tampoco tiene por qué preocuparse porque el seguro de todas maneras se encargará de pagarle hasta el último centavo.

Y, si usted sabe hacer una buena negociación, no le cobrarán ninguna comisión por sus depósitos y hasta le ofrecerán un pequeño interés. Bueno, algo es algo, siquiera para amortiguar la merma por efecto de la inflación. Lo importante es que su dinero estará como dicen “protegido”.

Hasta aquí todo parece una maravilla, ¿Verdad?, porque no hay nada mejor que dormir tranquilo, a pierna suelta y soñando con los angelitos.

Pero, la cosa no termina así. El día menos pensado, lo llamarán por teléfono, del mismo banco o quizá de otro, (no sé cómo lo hacen para enterarse que uno tiene plata) y decirle que ha calificado para ser poseedor de una tarjeta de crédito. ¡Que gesto tan lindo! ¡Qué delicadeza! Que fina atención de la entidad financiera, no?. A eso le dicen “atención personalizada” ¡Que tal reconocimiento a su honorabilidad y solvencia económica! ¿No lo cree?

–Para proceder con los trámites de solicitud (¿Solicitud?) señor Martínez solo tiene que acercarse a nuestras oficinas y firmar un pequeño documento.

Y cuando usted llegue a la dependencia bancaria, una señorita, de cara linda y voz tierna y convincente, le entregará el documento que tiene que firmar. Pero como usted jamás pensó en el tamaño de las letras del contrato, casi se tira de espaldas porque, son tan pequeñitas que no puede ver ni la “o”, siendo la letra más fácil de identificar. Y, para colmo, justo hoy olvidó sus lentes de lectura ¡Qué vergüenza! Y no le quedará otra cosa que firmar nomás. Claro ¿por qué desconfiar de un banco serio con tantos años operando en el país?

Al día siguiente, un motociclista le llevará a su domicilio su reluciente tarjeta de crédito, eso se llama delíbery. ¡Qué rapidez y eficiencia! A partir de ese momento vivirá usted una gran luna de miel con el banco. Comprará todo lo que quiera y comerá todo lo que se le antoje sin importarle los precios, los intereses, portes, comisiones y otros cargos ¡Esas son ridiculeces!, lo importante es que usted ya es usuario de aquello que los yupies llaman “dinero plástico”. ¿Y sabe por qué le dicen de plástico? Porque se estira hasta donde usted quiere y se contrae a medida que crece su deuda.

Y pobre de usted si no cancela el monto total del mes porque no solamente se irá acumulando la deuda, sino también los intereses que crecerán hasta la estratosfera igual que los otros costos que aparecerán como granos en la cara de un adolescente.

Recuerde, los bancos nunca pierden, el que pierde es usted.

¿Acaso no los salvan cada vez que entran en bancarrota? En cambio a los clientes no hay quién los salve y por eso tienen que seguir remando hasta la muerte. Y después que se muera, el saldo de la deuda lo pagará el seguro que obligatoriamente usted compró al firmar su sentencia, mejor dicho su crédito. ¿No lo ven?, el banco nunca pierde.

Y eso no sucede solamente aquí, sino también en los Estados Unidos, el país más poderoso y liberal del mundo, donde el gobierno del benébolo presidente Barack Obama les entregó millones de millones de dólares para rescatarlos de la quiebra. ¿Y acaso se conoció de algún funcionario que haya sido puesto entre rejas por sus malos manejos? Al contrario, apenas supieron que los iban a rescatar financieramente, se fueron a celebrar la noticia en un restaurante de lujo y otros hasta viajaron a Hawai. En cambio, a los clientes los dejaron que se ahoguen en sus deudas.

Antiguamente, los ancianos que desconfiaban hasta de su sombra, eran reacios a acudir a los bancos para depositar sus ahorros. Preferían guardarlos en pequeños escondrijos que hacían en las paredes de sus dormitorios, generalmente detrás de la fotografía del abuelo, tomada a propósito con la cara de pocos amigos, o debajo de sus camas, en huecos que hacían levantando una de las losetas del piso.

Pero, muchos de ellos, por efecto del alzheimer a veces olvidaban el lugar dónde habían construido su peculiar caja de caudales y tenían que verse obligados a golpear las losetas del piso con el bastón, que siempre lo tenían a la mano. Si alguna sonaba a vacío ahí estaba escondido su dinero. Para levantar la tapa tampoco se hacían problema, lo hacían con la ayuda de una navaja, que tampoco nunca les faltaba en uno de los bolsillos del chaleco.

Y como en ese tiempo más era lo que metían que lo que sacaban, tenían buenos ahorros. ¿Y saben ustedes cómo mataban el tiempo? No precisamente frente a la computadora, como hoy, porque aún no se había inventado, sino contando su plata. Y lo peor que les podía ocurrir era que no les cuadre las cuentas o se mueran sin revelar su secreto.

Y cuando esto último les ocurría, sus ahorros se convertían en “tapados”.

La gente que sabía de estas costumbres de los muchachones de la tercera edad, vivía obsesionada por encontrar uno de esos tapados, igual que hoy sueña con sacarse la tinka, que la sigue comprando y seguramente la seguirá comprando hasta que se muera de viejo, si es que antes no lo sorprende un infarto cuando se le ocurra sumar todo lo que ha gastado desde que empezó a adquirir el primer billete y se de cuenta que fue una millonada.

Los más ricoss tapados provenían todavía de la época de los incas. Algunos súbditos de Atahuallpa, al enterarse que había caído en manos de los conquistadores no fueron nada tontos, enviaron solo una parte del oro y plata para su rescate y se cree que el resto lo ocultaron en los lugares más inaccesibles del imperio, como Choquequirao, Machupicchu, en las profundidades de las lagunas de Langui, Layo, Urcos, Pacucha y en las montañas más inaccesibles de los andes.

Lo que nunca imaginaron es que los conquistadores tenían la consigna de matar a todos los que no se sometían a la corona y a su religión y entre ellos cayeron los únicos que sabían donde se habían enterrado esos tesoros que, con el tiempo, se convirtieron en tapados.

A partir de ese momento los buscadores de tapados comenzaron a arrojar azogue y excavar en los lugares donde veían una luz brillante. Claro, algunos tuvieron éxito, pero otros se llevaron verdaderos chascos porque en lugar de encontrar tesoros hallaron osamentas de muertos que también producen los mismos efectos luminosos. Y, según la creencia popular, cuando esto le ocurre al buscador, era una fija que se le venga una racha de calamidades.

Un día, un caballero muy conocido en Abancay falleció súbitamente como consecuencia de un paro cardíaco. Nadie se explicaba como diablos un hombre próspero, a quien no le faltaba nada, había terminado sus días de esa manera. Sus familiares, luego de guardar duelo estricto durante ocho días, decidieron salir a otra localidad cercana para disipar las penas.

Entretanto, una pareja de esposos que vivía en la misma calle y se caracterizaba por su desmedida avaricia, observó una de esas noches lóbregas y tenebrosas que la habitación del difunto estaba iluminada. Al principio pensaron que alguien había encendido un foco pero eso no podía ser posible porque la casa estaba vacía. Tampoco podía ser el destello de un rayo porque el cielo estaba despejado.

– ¿No será un incendio? – Se preguntó el marido.

– Pero no veo ni huelo humo. Olvídalo, deben ser solo visiones. Intervino su mujer.

– ¿Si es un tapado? – Insistió el hombre.

Y antes que la duda los mate, decidieron ingresar rompiendo las chapas de las puertas y de inmediato se pusieron a excavar el piso de la habitación donde dormía el caballero. Hasta que al filo de la madrugada encontraron una olla de barro llena de joyas y libras de oro peruanas. Eran los ahorros del anciano que no tuvo tiempo de entregárselos en herencia a sus hijos porque la muerte lo había sorprendido súbitamente.

Luego de extraer el tesoro volvieron a tapar el hueco para no dejar ningún rastro. Y, cuando salían con la olla a cuestas, sintieron murmullos. Eran los dueños de la casa que retornaban de su viaje. La mujer, para no verse sorprendida con las manos en la masa, se sentó sobre la olla con el propósito de ocultarla con sus polleras. No se levantó ni para saludar a sus vecinos, mientras que el esposo, atacado de los nervios, trató de explicarles la razón de su presencia.

–Al escuchar unos ruidos extraños, salimos a ver qué es lo que pasaba y vimos que un ladrón rompía las cerraduras de la puerta… pero, al notar nuestra presencia, fugó.

La explicación les pareció convincente a los vecinos. Y luego de constatar que no habían robado nada, hasta les agradecieron por su intervención.

Pasaban los días y los familiares del difunto seguían rompiéndose los lomos trabajando día y noche para pagar las deudas que habían contraído para enterrar al anciano mientras sus vecinos disfrutaban de la vida, derrochando a diestra y siniestra el dinero hallado. Lo primero que hicieron fue comprarse un radio de la mejor marca y el más grande.

Lo tenían todo, menos hijos. Se morían por tener por lo menos uno para dejarle la gran fortuna que poseían. Y es así que, luego de consultar con unos amigos, viajaron a Lima para someterse a un tratamiento de fertilidad. Hasta que luego de un prolongado y costoso tratamiento con hormonas, la esposa logró concebir.

El día del parto, el medicó que la atendía no podía salir de su asombro al ver que la mujer había traído al mundo un bebé deforme quien, lamentablemente, a los tres días de nacido falleció. El marido casi se vuelve loco, igualmente la madre se atacó de los nervios y se enfermó gravemente, sin poder recuperarse pese a la esmerada atención de los galenos.

Con el paso de los días, su mal se agravaba. Sufría de terribles dolores de cabeza, no podía dormir y hasta quería suicidarse. Todo el tiempo se la pasaba en cama y su única distracción era escuchar radio.

Al marido no le quedó otra cosa que retornar a Abancay y solicitar una junta de médicos para tratar el extraño mal de su mujer. Los doctores Díaz, Jarufe y Flores, luego de exhaustivos exámenes clínicos diagnosticaron una severa crisis depresiva con complicaciones sicosomáticas y stress. Le recetaron ansiolíticos y un estimulante para abrirle el apetito.

El esposo que no entendía ni jota del lenguaje médico, ni tenía paciencia para esperar que el tratamiento rinda sus efectos, se puso a escuchar los programas de los charlatanes de la radio, quienes vociferaban que la única forma de curar los males del cuerpo y del espíritu era acudiendo a un curandero. En otra radio hablaban sobre la imposición de manos como un método eficaz para sanar los males imposibles. Y así, todos los embaucadores del micrófono creían tener la solución para cada caso.

Hasta que un día se fue a ver a uno de esos charlatanes en las inmediaciones del mercado, donde le recomendaron que su mujer se haga “una limpieza con quirquincho vivo”, otros les decían que necesitaba baños de florecimiento contra el daño, la envidia, la maldad y el susto. No faltaron aquellos que le sacaron plata leyéndole la suerte en hojas de coca, imán y plomo.

A pesar de haber probado todos los métodos y fórmulas, su mujer no solamente seguía igual, sino peor. Sin embargo, cada vez que iba a las consultas, los embaucadores le carcomían el cerebro con sus “sabios consejos”. No se daba cuenta que le decían tontería y media solo con la finalidad de sacarle plata. La pareja ya había gastado dinero hasta la saciedad pero ninguno de estos embaucadores les había arrojado el salvavidas que clamaban. Al contrario, los males de la mujer se complicaban debilitando su cuerpo. Al no encontrar una solución en Abancay, el afligido marido decidió viajar a Huasao un pequeño poblado ubicado en las afueras del Cusco donde, según le dijeron, estaba el mejor de todos los brujos.

–Don Julián, solo atiende en las tardes. Tiene usted que volver – Le respondió el ayudante del brujo en Huasao, un pequeño poblado camino al centro arqueológico de Tipón.

No era muy fácil conseguir una cita con el brujo Julián, por la gran cantidad de clientes que solicitaban sus servicios. Sin embargo el desesperado marido, previo un pago extra, logró conseguir una cita para ese mismo día.

–De acuerdo mi amigo pero, por lo que usted me cuenta, este es un caso difícil y delicado que no podré solucionarlo en una sola sesión. Calculo que será por los menos en dos semanas. Y esto tiene un precio especial porque,además, tengo que viajar hasta Abancay y por consiguiente ausentarme todo ese tiempo – Le explicó el curandero, que no tenía ni un pelo de tonto porque se dio cuenta que el marido estaba dispuesto a todo con tal de salvar a su mujer. Y como parece que todos ellos huelen dónde está el dinero, como los perros el hueso, estaba seguro que su cliente tenía plata de sobra.

Efectivamente, el marido aceptó sin regateos las condiciones económicas que le planteo el brujo y emprendió el viaje de retorno llevándolo al curandero quien no dijo a dónde iba, ni siquiera a su ayudante.

Apenas llegaron a Abancay, el misterioso hombre comenzó con sus ritos de sanación, arrojando por los aires hojas de coca y chamico. Luego le pasó a la enferma un cuy vivo por todo el cuerpo, repitiendo la operación durante diez días, hasta que el roedor quedó muerto.

–Esto es buen augurio, porque quiere decir que la enfermedad ya esta cediendo – Explicó el curandero muy entusiasmado.

–Ojalá, porque ya van diez sesiones y mi mujer no sana.

Al día siguiente la hizo poner en cuclillas para bañarla con agua de ruda sin importarle que, de tanto estar en esa posición, la pobre mujer comenzó a entumecerse. Luego, sorbió una copa de aguardiente, una parte se lo tragó y el resto se lo roció a la cabeza de la enferma. Y mientras rezaba en quechua, mirándola fijamente en los ojos, le dijo…

–Repite conmigo: ¡Mis males ya han desaparecido! ¡Estoy sana, ya no tengo nada!

Al cabo de quince días…

–Mi amigo, parece que lo logramos. Esta fue una maldición muy difícil de curar. Su mujer tiene que seguir el tratamiento tomando los brebajes que le he preparado.

Lo que el marido no sabía era que la pócima que debía tomar su mujer no era otra cosa que las mismas pastillas que le habían recetado los médicos, con la diferencia que estaban disueltas en mate de valeriana y toronjil.

–Otra cosa, como todo esto ocurrió por haberse sentado en la olla que encontraron, antes de irme haremos una “mesada”. Usted sabe, para todo mal siempre hay remedio..

–Cualquier cosa por favor con tal que se salve mi mujer.

El brujo recomendó que devuelvan el dinero sustraído de la casa de sus vecinos y hacer una velación en el dormitorio del muerto. Inmediatamente el marido se dirigió a la casa de sus vecinos para pedirles perdón y devolverles el dinero. Finalmente les solicitó autorización para hacer una velación en el dormitorio del anciano, ceremonial que se cumplió derramando pétalos de rosas, encendiendo velas y quemando incienso.

A las pocas horas, increíblemente la mujer comenzó a mejorar como si se hubiera sacado un peso de encima. La reconciliación con sus vecinos le habían dado tranquilidad y paz espiritual. Con lo único que se quedó la pareja, porque así lo determinaron sus vecinos, fue con el radio.

Pero esto no acabó allí. Cuando el brujo estaba por tomar el ómnibus para regresar al Cusco, uno de los doctores que había participado en la junta de médicos, lo reconoció y…

– ¡Dr. Fernández, qué gusto de verlo! No lo veía desde que estudiamos en la facultad de medicina de San Fernando en Lima.

– ¿Dr. Flores? Es un placer.

– ¿Y qué vientos lo han traído por Abancay, coleguita?

–Vine desde Cusco para atender a una paciente con un grave proceso depresivo.

– ¿No será la señora de Sarmiento? Hace un mes que la tratamos, incluso hicimos una junta de médicos donde le diagnosticamos un severo proceso de stress. Le recetamos Valium, y un jarabe para estimularle el apetito. Lamentablemente no sabemos nada de ella, lo que quiere decir que ya se curó.

–Si claro. El tratamiento estuvo correcto.

Y se fue.

Ya de retorno en Cusco, el Doctor Fernández se reincorporó a su trabajo en el hospital Regional donde tenía el turno de la mañana y en la tarde, como de costumbre se fue a Huasao para convertirse en el brujo Julián.

 

2 comentarios to “El tapado”

  1. herberthcastroinfantas Says:

    Llegado a mi E-Mail

    Los Bancos privados, son esclavos de la codicia y la usura, y no tienen límites, solo satisfacen su insaciable gula económica. El dinero es su manjar, cual adicto, solo dependen de él, y cada vez quieren más y más, hasta que colapsan, como la historia lo ha demostrado, ya antes, y la actual crisis del mundo capitalista altamente sistematizado lo demuestra una vez más, pero hasta hoy siempre salen triunfantes, porque le pasan la factura al Estado, con Grandes Rescates Financieros (porque los Banqueros son los verdaderos gobernantes del Mundo), a todos los contribuyentes, quienes somos los que cargamos con el pasivo, a costa de la pérdida de nuestros empleos, de nuestras hipotecas y de onerosas deudas nacionales sin tener responsabilidad alguna.
    Y solo es producto de la Naturaleza Humana, de su egoísmo natural, donde solo aquellos que tienen poder, como las pequeñas élites de poder económico global, corrompen autoridades de todo color ideológico y político, para que les permita desarrollar sus actividades sin control y sin un marco regulatorio, que establezca límites a sus apetitos de acumular más y más riquezas.
    En conclusión, el ser humano, no está preparado ni es capaz, de auto controlar sus ambiciones, y se comporta solo como un animal irracional y salvaje, para satisfacer sus bajos instintos. Por tanto el ser humano, tiene que estar siempre sujeto a límites racionales, en defensa del bien común y de la preservación de la especie humana. Lo triste, es que estas pequeñas élites de poder (0,00001% de la población mundial), tienen el control de la economía global (FMI/BM), amparados en el control de todo el poderío nuclear mundial, bajo siete llaves, que al final esclavizará a todo ser humano, sobre nuestro amado planeta.
    Saludos.
    ________________________________________
    De: Jose C. Pomalaza

  2. rosa Says:

    Quede gratamente impresionada con la intervencion del senor Jose C.Pomalaza me resulta tremendamente extraordinario mi correo es rosalinda3777@hotmail

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