La Historia que no se contó

Cusco, setiembre 1971, un sol pálido se esfuerza por abrirse paso entre las densas nubes que cubren la ciudad. El reloj de la catedral indica que son las 11.30 de la mañana y la calle Marqués como siempre se encuentra congestionada de vehículos conducidos por desesperados propietarios que hacen sonar el claxon con cólera, mientras cientos de peatones caminan por las estrechas aceras, unos apurando el paso y otros a ritmo de paseo, unos bajando y otros subiendo.

-¿Cuando diablos esta calle será solo para peatones?-Me pregunto mientras avanzo a trancos para no llegar tarde a los estudios de radio La Hora donde me espera el director para hablar sobre la permanencia de mi programa, cuestionado por algunas autoridades inconformes con mis críticas.

De pronto, un hombre vestido de terno oscuro y corbata roja sale presuroso de un vehículo oficial que, al igual que otras decenas de carros, se hallaba atascado en el infernal tráfico. Sudoroso y sin perder el paso, ingresa al local del Sinamos (Sistema Nacional de Movilización Social), portando un sobre de manila.

Los soldados que prestan servicio en la puerta se le cuadran y le facilitan el ingreso a las oficinas del jefe. La secretaria, al verlo, le regala una sonrisa forzada pero, apenas le da la espalda, lo mira con desdén porque es el único entre todos los oficiales que no necesita audiencia para hablar con el General.

Ya en el interior, el privilegiado visitante se cuadra y saluda militarmente al máximo jefe de aquel organismo gubernamental y, sin pérdida de tiempo, le entrega el sobre lacrado que contiene una nota reservada. El Jefe del Sinamos, que ostentaba también el cargo de Comandante General de la Región Militar, abre el sobre, se queda callado por unos instantes y sonríe como diciendo “esto es lo que esperaba”.

No dejaba de tener razón porque en el documento se anunciaba la llegada del General Juan Velasco Alvarado, Presidente de la República y Jefe Supremo del Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada.

Sin embargo de la reserva con que se manejó el asunto, la noticia se filtró a las calles y empezó a correr como riachuelos después de una torrencial lluvia, hecho que obligó al Comandante General a convocar a una rueda de prensa, para oficializarla.

Como era de suponer, los empleados de las oficinas estatales, donde lo consideraban al Chino como un dios, armaron una gran fiesta, mientras sus jefes se frotaban las manos porque les habían autorizado tirar la casa por la ventana con tal que se haga la más ruidosa propaganda y la movilización campesina jamás vista.

Y como en Lima se había determinado que la gira debía ser lo más espectacular posible, se encomendó al periodista cusqueño Efraín Ruiz Caro, director del diario Expreso, hombre clave en el periodismo y con gran influencia en el Sinamos, la organización y coordinación de esta trascendental visita porque, coincidentemente, el máximo jefe del Sinamos a nivel nacional era también otro cusqueño, el General Leonidas Rodríguez Figueroa, de gran peso político en el Gobierno Revolucionario.

El día 27, la ciudad amaneció embanderada por disposición municipal y fue el Sinamos la entidad encargada de inundar las calles de pancartas y afiches revolucionarios donde se leía “Como un solo puño llenaremos la plaza de Armas”.

Aquel día, el informativo que tenía a mi cargo en radio Tawantinsuyo se tuvo que prolongar media hora más por el inusual número de entrevistas que tuve que hacer a dirigentes y funcionarios locales, así como a las personalidades que habían llegado de Lima y departamentos vecinos. Como nunca, todos querían prestar declaraciones para lanzarle loas al Chino, a diferencia de otras oportunidades que sufría para jalarles la lengua y sacarles una declaración.

Cuando concluyó el noticiero y ya estaba por dirigirme al aeropuerto, me di cuenta que había olvidado mi corbata, ¡Carajo! me dije entre dientes mientras me agarraba la frente.

No tenía otra alternativa que regresar a mi casa porque el director del diario El Sol nos había recomendado a todos los redactores estar bien presentados y eso quería decir de terno y corbata. A mí, que siempre me gustaba andar vestido de manera informal, aquella sugerencia en tono de orden me descuadró un poco porque francamente odiaba la corbata cuando tenía que cubrir un trabajo de campo porque no solo me impedía desplazarme como pez en el agua sino que, en situaciones en las que había que lidiar con el tumulto como seguramente ocurriría con la llegada de Velasco, me incomodaba.

El gobierno había decretado feriado para permitir que la gente se vuelque a las calles con la consigna de darle una cálida bienvenida al “General de los pobres” (Eso mismo le decían a Odría en Perú, a Perón en Argentina y a Franco en España). Los empleados públicos ya estaban desde temprano ocupando las aceras de la avenida Sol dispuestos a vitorearlo. Su puntualidad se debía no tanto a la veneración que le tenían al chino sino al temor de ser despedidos por los informes de los soplones que andaban chequeando todo.

El tránsito vehicular estaba hecho un pandemonio. Y como en Cusco no había feriado ni domingo en que no brillara el sol, aquella mañana, sin ser feriado de calendario y haber amanecido nublado, empezó a quemar como nunca. Seguramente que el astro rey, o se enteró muy tarde de la medida que decretaba el feriado o sencillamente se equivocó porque quemaba con tal fuerza que me calcinaba el rostro.

Para colmo no había paso en todo el centro de la ciudad porque los miles y miles de campesinos prácticamente lo tenían sitiado, portando banderolas y gritando…

– ¡Causachun Cusco!

– ¡Causachun!

Y claro, no se veía un solo taxi. Todos habían desaparecido como por arte de magia.

A duras penas logré salir del tumulto y empecé a caminar con dirección a mi casa para buscar la bendita corbata. Pero, cuanto más apuraba el paso, más distante me parecía la calle donde estaba ubicado mi domicilio. Hasta que, de milagro, se apareció un vehículo…

–Taxi, taxi. ¿A dónde lo llevo amigo?

– Por favor a la calle Belén, esquina con la calle Matará.

-¿Cómo, ya no vive en Matará 215?

-Ya no, apenas me casé me mudé. ¿Y cómo sabe que vivía allí? Le pregunté.

–A usted lo conozco Jefe. Anteriormente ya le hice algunas carreras ¿No es el locutor de radio Tawantinsuyo?. Lo felicito el noticiero estuvo bueno. Escuche…(mostrándome el radio del coche) …todavía sigo en la sintonía – Me dijo entusiasmado, mientras aumentaba el volumen del receptor.

–Si no hubiera olvidado la corbata ya estaría en el aeropuerto. Hoy llega Velasco y tengo que cubrir esa noticia.

– No se preocupe jefe, eso lo arreglamos. Mire, aquí tengo una corbata- Me dijo mientras me la mostraba-Es un poco huachafa pero es fina. Parece que algún gringo la dejó olvidada en el asiento de atrás. No hace juego con su terno pero con tanto barullo nadie se dará cuenta. Otra cosa, como las calles al aeropuerto están cerradas, lo llevaré por Santa Mónica. Conozco una ruta por allí.

Eran las 10 y 30 AM cuando llegamos al aeropuerto de Quispiquilla, así se le conocía al nuevo terminal Velasco Astete. Y, coincidentemente, la unidad Nº 1 de la FAP, un Hércules último modelo (Para ese tiempo), aterrizaba.

– Gracias ¿Cuánto le debo?

– Diez solcitos jefe, incluida la corbata.

– ¿Tanto? Bueno, tome los diez. Y nuevamente gracias.

En la explanada del aeropuerto ya estaba apostada la comitiva oficial encabezada por el Ministro del Interior Gral. Pedro Richter Prada y el jefe del Sinamos Gral. Leonidas Rodríguez Figueroa, quienes habían llegado un día antes. A ambos les rodeaban las autoridades regionales y jefes de instituciones estatales y privadas. En la rampa y, a un costado de la explanada, miles de campesinos gritaban:

–Causachun Velasco

– ¡Causachun!

Apenas se apareció Velasco, una salva de 21 cañonazos estremeció las instalaciones del aeropuerto. Nunca se había visto tanto fervor. Y cuando levantó su mano para saludar a la multitud fue respondido con un estremecedor ulular de pututos y el griterío de la gente.

Cuando trataba de abrirme paso entre la multitud, observé que Edgardo Díaz Pezo, uno de los corresponsales de El Comercio de Lima (el otro era Efraín Paliza Nava), hacía lo mismo que yo. Edgardo estaba con el enviado especial del diario más antiguo de la prensa nacional. Todos buscábamos la forma de estar lo más cerca posible del mandatario. Entre empujones y codazos de los miembros de seguridad del estado logré mi cometido. Fue cuando escuché a un ministro decir…

–Qué bien…que bien, esto superó nuestras expectativas.

–Efraín Ruiz Caro y los chicos del Sinamos se han anotado un porotazo con esta recepción – Le respondió otro.

Velasco salió del aeropuerto en el carro presidencial descubierto que había sido traído en avión desde Lima. A lo largo de la avenida Sol, miles de campesinos y público en general lo esperaban para verlo. En sus rostros se notaba las ansias que tenían. Batían banderitas, levantaban sus pancartas y mostraban afiches con el rostro del presidente y siempre en medio de un griterío ensordecedor. Y cuando faltaban apenas dos cuadras para llegar al hotel, sorpresivamente se apagó el motor del carro que lo transportaba porque a nadie se le había ocurrido en Lima adelantar la chispa para que funcione adecuadamente en la sierra. Los miembros de la escolta presidencial, que jadeaban por el cansancio y los efectos de la altura, se pusieron saltones pero a la vez sintieron alivio porque esta parada les permitió descansar y tomar aire, que es lo que más les hacía falta.

El Chino ni se inmutó con el incidente porque se sentía seguro en medio de la multitud que lo aclamaba. Bajó tranquilo del carro y caminó hasta el hotel de turistas conocido como El Cuadro y se subió a la suite que le habían preparado. Pero los gritos de la gente, cada vez más insistentes, lo obligaron a salir dos veces a los balcones para agradecer esas muestras de simpatía y de paso darse ese baño de popularidad que le regateaba la capital.

Al medio día, presidió un Consejo de Ministros, que por primera vez se llevaba a cabo en Cusco, donde se aprobó, entre otras medidas, otorgar una partida de 33 millones para la explotación de las minas de Tintaya y las modificaciones al código penal y al código de justicia militar. En horas de la tarde asistió al mitin en la plaza de armas donde miles de campesinos y empleados públicos lo esperaban. Por razones obvias, los periodistas que manteníamos nuestra independencia y la gente de la clase media, que la revolución la atacaba permanentemente, no fuimos invitados. Sin embargo, gracias a la acogida que me brindó un amigo que tenía su casa en la misma plaza logré estar presente en el mitin para informar objetivamente a mis lectores del diario El Sol y a mis oyentes de radio Tawantinsuyo de las incidencias de esta importante manifestación.

A pesar de la descomunal propaganda que se hizo, la plaza no se llenó, había algunos claros, sin embargo el ruido era descomunal.

El hotel de turistas fue convertido en el bunker del Chino, a donde nadie podía ingresar sin autorización. Solo algunos periodistas locales considerados como “los de confianza” tuvieron el privilegio de ser acreditados por la Secretaría de Prensa de la Presidencia de la República para asistir a determinados actos porque la gira estaba siendo cubierta por los hombres de prensa oficiales y algunos enviados especiales de los diarios de circulación nacional.

Todas las habitaciones del hotel fueron ocupadas y no hubo un solo rincón que se salvara de la minuciosa inspección de los sabuesos de Seguridad del Estado, quienes prácticamente lo sitiaron con varios días de anticipación. La población estaba sobresaltada por el excesivo ruido político, la presencia de agentes llevados desde Lima y sobre todo por la movilización de miles de campesinos que llegaban a pie, en camiones y por tren, desde los distritos más alejados.

El sonido de sus pututos hacía estremecer Cusco. Y, claro, la clase media, el segmento social más atacado por la revolución, tenía los nervios en punta.

Contrariamente, Cansado de las críticas provenientes del extranjero y las protestas de la gente que vivía en los distritos limeños reacios a entrar por el aro de la revolución, como Miraflores y San Isidro, Velasco se sentía en Cusco como en su propia casa. Parecía que le hizo bien darse ese baño de popularidad en la misma cuna de Túpac Amaru II, inspirador de su movimiento porque inició su discurso diciendo…

“Pueblo cusqueño: Llegar al Cusco, tierra de Túpac Amaru es llegar al corazón de nuestra historia. Por eso hemos venido aquí, para decirles a los cusqueños que esta es su revolución”.

Y como no podía ser de otra manera, fue interrumpido por un sonoro y prolongado aplauso, así como el ulular de pututos y arengas a la revolución.

Habló por cerca de una hora y terminó diciendo…

“…estamos construyendo el futuro del Perú, labrando el porvenir de nuestros hijos y devolviendo a nuestro pueblo su sentido de orgullo nacional, su dignidad, su fe en sí mismo, la certeza de que es capaz de ser el propio conductor de su destino”.

Y la plaza nuevamente estalló en aplausos.

Terminada la concentración Velasco se fue a su bunker para celebrar con pisco lo que calificó como uno de los mítines más importantes del proceso revolucionario. Al día siguiente sostuvo reuniones con algunas delegaciones de las organizaciones populares y jefes de las instituciones públicas, entre ellas el Poder Judicial. Precisamente, cuando me enteré de esta reunión, hablé con el Dr. Héctor Saldívar, un gran señor, presidente de la Corte Superior de Justicia, aprovechando de la amistad de varios años que me unían a él desde Abancay, donde fue vocal de la Corte Superior de Justicia, para que me incluyera en la lista de acompañantes.

– ¡Eso es imposible! Nadie podrá ingresar sin credencial. Iremos solamente los magistrados y una delegación del Colegio de Abogados.

–Doctor, pero usted como presidente de la corte puede decir que soy su Asesor de Prensa.

–Si descubren el engaño me destituyen. Eso sería un suicidio. Pero si te pones a un costado del grupo y logras pasar los controles, allá tú, porque yo…no te conozco, eh. Ja Ja Ja.

Al día siguiente me presenté temprano en la corte, portando mi grabadora tipo James Bond y me ubiqué disimuladamente entre los magistrados. El presidente de la corte me miraba de reojo, sin ocultar su preocupación. Claro, yo tampoco estaba tranquilo, porque sabía que si algún miembro de seguridad del estado me descubría, tendría serios problemas.

Integrando el mismo grupo también estaba la delegación del Colegio de Abogados, presidida por el Dr. Edgar Chuquimia.

–Hola campeón. Te noto nervioso ¿Te pasa algo?– Me preguntó,

–No, no, lo que ocurre es que quiero hacerle una entrevista a Velasco y no sé si podré entrar al hotel porque no tengo credencial.

–Tenías que ser tú para meterte en este lío. ¿No te das cuenta que estás en la boca del lobo? Ahora, lo único que te queda es seguir caminando y rezar para que no te descubran los angelitos del presidente.

El Dr. Chuquimia, era un brillante abogado y catedrático de la facultad de Derecho de la universidad San Antonio Abad, donde fue mi profesor. Gozaba del respeto de sus colegas y alumnos. Como decano del Colegio de Abogados era un acérrimo defensor de la ley y de la independencia de poderes y como político un demócrata a carta cabal. Desde muy joven fue un destacado dirigente aprista que no se arredraba ante el poder de turno.

La comitiva llegó al hotel con algunos minutos de anticipación de la hora señalada. Seguramente por eso los encargados del protocolo no estaban aún en sus puestos. Cuando les avisaron, recién se aparecieron apurados, arreglándose las corbatas y abotonándose los sacos. Se disculparon reconociendo su falta y nos hicieron pasar sin exigirnos la presentación de las credenciales.

Ya en el interior del hotel, respiré con más tranquilidad y extraje de mis bolsillos un pequeño micrófono para enchufarlo a la grabadora que parecía un simple maletín. Y luego apreté el botón de “Record” sin que nadie se diera cuenta. Los periodistas del entorno de Zimmerman, amo y señor de la prensa, recibían indicaciones a un costado de las escalinatas por donde iba a bajar el presidente. El salón principal del hotel poco a poco se llenó de invitados. El susurro de voces, que se expandía en todo el ambiente disimulaba la tensión reinante.

De pronto, el mandatario, con aires de quien lo tenía todo controlado y reconfortado por el éxito del mitin de la noche anterior, comenzó a bajar pausadamente por las escalinatas, sobándose los bigotes. Y, como un autómata, el oficial encargado del protocolo hizo la señal para que el locutor José Gonzáles Menacho, mi paisano, anunciara el ingreso del “Excelentísimo señor presidente de la junta Militar del Gobierno Revolucionario, General de División Juan Velasco Alvarado”.

El Chino, sonrío para disimular la frialdad de su rostro.

Inmediatamente, se anunció las palabras de saludo del presidente de la Corte Superior de Justicia del Cusco quien, preso de los nervios, metió la mano a uno de los bolsillos del saco y extrajo su discurso, que minutos antes le habían entregado, revisado y corregido por los asesores del mandatario, tal como se estilaba en la época de la dictadura.

Pero, como eran tantos los renglones que habían sido alterados, el presidente de la corte y los magistrados que participaron en la redacción no lo reconocían. El texto corregido pecaba de excesivas loas, donde se le comparaba a Velasco con el libertador Ramón Castilla y el General Lázaro Cárdenas, presidente mexicano quien al igual que él había nacionalizado el petróleo, en su país.

Con semejante alabanza, el auditorio imaginaba una respuesta de satisfacción por parte del mandatario, pero no fue así. El presidente, levantando la voz rechazó la comparación que nadie supo quien diablos lo había incluido en el texto. Y luego, mirando a las cámaras de televisión, criticó duramente al poder judicial. Amenazó con echarlos a la calle si ponían trabas a la revolución y hasta se dio el lujo de hablar de fallas puntuales en la administración de justicia en la corte de Cusco.

En vista que el mandatario había echado por los suelos la imagen del poder judicial, el presidente de la corte no sabía qué hacer, parecía un niño después de haber roto el florero de la abuela. Igualmente el decano del colegio de abogados, se arrepentía de haber asistido a la reunión. Los invitados se agrupaban como queriendo consolarse mutuamente del duro castigo infligido por el Chino.

Después de aquel inesperado trato presidencial, los servicios de inteligencia creyeron que las cosas estaban totalmente controladas y que todos los invitados tenían el rabo entre las piernas. Fue cuando me deslicé hasta el lugar donde se hallaba el mandatario rodeado por un cordón de autoridades locales y su guardia personal. Y delante de todos le puse el micrófono cerca del rostro y le hice una pregunta…

– Disculpe General, soy periodista ¿convocará a alecciones?

– ¿Y por qué esa pregunta? ¿De dónde es usted?

–Soy periodista de Cusco.

Su ayudante, dejó la copa que tenía entre sus manos y saltó para ponerse al lado del mandatario. Encolerizado miró al jefe de los servicios de seguridad. Ya era tarde, en medio de un silencio sepulcral todos tenían puesta su atención en la respuesta y al presidente no le quedó otra cosa que hablar.

–Este es un proceso revolucionario que tiene un plan que hemos dado a conocer en un Manifiesto a la Nación. Por ahora no tenemos otra cosa en mente. A propósito ¿Lo ha leído usted?

–Sí. Otra pregunta señor presidente, se dice que la Reforma Agraria está destinada al fracaso porque se ejecutó sin una adecuada planificación. Sus opositores opinan que solo fue una confiscación ¿Qué nos puede decir al respecto?

– ¿Confiscación? Todos recibirán una justa compensación con los bonos de la Reforma Agraria. (Los pobres terratenientes hasta ahora esperan sentados) Quiénes lo dicen seguramente son los enemigos de la revolución, que no faltan.

–General, el Sur viene reclamando por muchos años el asfaltado de la carretera Nazca-Cusco-Desaguadero. ¿Está en los planes de su gobierno?

–Eso cuesta mucho dinero. Por ahora los estudios que se han hecho no recomiendan su construcción. Además, ¿Quiénes son los que tienen auto? ¿Los campesinos? ¿Los trabajadores?

La sala seguía en silencio. Los periodistas de la prensa oficialista, que habían sido llevados desde Lima, que hasta ese momento no habían intervenido, comenzaron a arremolinarse en derredor del mandatario para romper lo que estaba resultando una entrevista exclusiva para convertirla en una conferencia de prensa.

Mientras ellos le hacían más preguntas, con el rabillo del ojo observé que los miembros del servicio de inteligencia se hacían señas para sacarme a la fuerza. Claro que sus intenciones no eran solo sacarme del lugar, sino arrebatarme la grabadora. Y como tantos eran los que me rodeaban, nadie se daba cuenta que me estaban retirando casi en peso, salvo los sabuesos de la PIP del Cusco (ex Policía de Investigaciones), quienes me conocían muy bien. Heridos en su amor propio, por la rivalidad que existía con los hombres del presidente, se acercaron como una marea negra para confundirse con los invitados y formar una barrera de contención, como la que forman los futbolistas en el área chica cuando el árbitro sanciona un tiro libre.

Aprovechando la confusión, creada a propósito, logré zafarme de mis cancerberos y me dirigí al bar del hotel. Los mozos, a quienes no se les pasaba ningún detalle, sospechaban que la trifulca en la sala se debía a la entrevista.

–Carajo hay que ayudarlo – Gritó uno de ellos y les dijo que me abrieran la puerta que daba hacia la calle Heladeros. Y mientras corría en esa dirección el barman me alcanzó una copa diciéndome…

–Tómate un trago al vuelo para templar los nervios.

–Gracias.

Por la trifulca, no recuerdo si solo hice el ademán o me lo vacié a la garganta. Tras mí, cerraron la puerta y el barman ocultó la llave debajo de una botella de coñac Napoleón.

–Hace años que nadie pide este licor. Además, el Chino solo toma pisco. Aquí estará segura – les dijo en tono cachaciento a sus compañeros de trabajo.

En ese instante, los sabuesos de Seguridad del Estado se aparecieron en el lugar. Estaban furibundos y a punto de ahogarse, no solo por la altura sino porque sus corbatas color sangre que los ahorcaban. Sudorosos y sin aliento, ingresaron a toda carrera llevándose de encuentro todo lo que hallaban a su paso, sillas, mesas, cubiertos y hasta a los mozos que entraban y salían. De frente se dirigieron hacia la puerta que daba a la calle Heladeros. Uno de ellos casi arranca la perilla de tanto forzarla. Como un loco repetía la maniobra una y otra vez y al ver que no se abría montó en cólera y lanzó una gruesa interjección…

– ¡Hijos de…! ¿Quién mierda tiene la llave?

–No se señor, esa puerta se abre rara vez – Le respondió uno de los mozos, muerto de miedo.

– ¡Salgan por la puerta principal y vayan tras él! Tenemos que quitarle la grabadora a como de lugar antes que Zinmmerman nos saque los huevos.

Yo, en lugar de irme a mi casa, a la radio o al diario El Sol, apuré el paso hacia el convento San Francisco. A la entrada de la iglesia se escuchaban los acordes del gigantesco órgano, haciéndome recordar que había otro igual en la Iglesia de Notre Dame de París.

Al verme llegar apurado, con mi grabadora en la mano, el prior y dos curas que lo acompañaban, no tuvieron necesidad de preguntarme a qué se debía mi inesperada visita, porque seguramente sospechaban que estaba en apuros.

–Buenas tardes Padre, necesito su ayuda.

–Bienvenido hijo, justamente nos dirigimos al comedor. Ya es hora de almorzar. ¿Nos acompañas?

–Gracias Padre, la verdad es que no tengo mucho apetito, pero los acompañaré.

Los franciscanos que a diario escuchaban mi informativo, ingresaron al comedor, uno tras otro, con sus manos metidas entre las amplias mangas de sus remendadas sotanas color café y calzando sus características sandalias de cuero, raídas y descoloridas por el tiempo y el trajín de muchas leguas por ese largo camino de sacrificios y humildad que caracteriza a esta orden religiosa. Yo no sabía cómo diablos decirles que estaba siendo perseguido.

Observé que, alrededor de la mesa, tres de los asientos estaban vacíos, sin embargo tenían puestos los cubiertos, servilletas y vasos, de los ausentes. Con solo mirar en esa dirección generé una rápida respuesta del prior.

–El Hermano Damián está delicado, no vendrá. David y Benito están en misión pastoral en las provincias altas. Rezaremos también por ellos.

Respetuosamente yo lo seguí en aquel sagrado agradecimiento a Dios por el pan recibido. Observé que la mesa de madera, tan franciscana como la comida, no estaba del todo pulida ni tenía mantel, sin embargo, se veía muy bella, con ese rojo natural que solo el tiempo es capas de lograr en la caoba. El tallado de sus bordes, hecho a golpe de martillo y formón, por los primeros sacerdotes que llegaron al convento, era igual al que tenían las sillas y otros muebles.

Lo que más me llamó la atención, fue la variedad de panes y frutas que estaban cuidadosamente acomodados en canastas de carrizo. Y apenas terminó la oración, no tardó en llegar la sopa caliente con un aroma a yerbas, que fue traída en una bella sopera de loza por el hermano encargado de regentar la cocina. Al ver la sopera me acordé de mi abuela Adelina, quien tenía una muy parecida. Luego se sirvió el plato fuerte que consistía en un locro de zapallo con presas de carne de pecho. No faltó el vino, seguramente el mismo que los sacerdotes bebían en la misa, pensé. En la mesa también había una jarra de naranjada, que el prior personalmente vació en cada uno de los vasos de los comensales.

Finalmente llegaron los postres, destacando los deliciosos mazapanes preparados por las monjas de clausura del convento de Santa Clara, de la calle Concevidayoc. Fue cuando recién el prior me preguntó…

–Y ahora ¿Qué preocupaciones te han traído hasta aquí, hijo?

Sabía que el interrogatorio se iba a producir de todas maneras, pero nunca imaginé que fuese en ese momento. Y no me quedó otra cosa que ir al grano para ponerles al tanto de lo que me había ocurrido en el hotel de turistas y pedirles que me alberguen hasta que concluya la gira del General.

–Esta es la casa del Señor. Aquí siempre serán bienvenidos los que busquen albergue y protección.

La habitación que me dieron tampoco escapaba a la sencillez franciscana. En la pared, encima de la cabecera, había un pequeño crucifijo y debajo una mesita que servía de escritorio. Los sacerdotes habían colocado allí una pequeña escultura de San Francisco, patrón espiritual de la congregación y ¡Oh milagro! también una máquina de escribir y papeles en blanco.

Con semejantes facilidades, sin pérdida de tiempo comencé a escribir mis primeras crónicas para el diario y la radio. La máquina parecía una locomotora con el vapor a máxima presión y el traqueteo se oía en todo el convento, provocando sonrisas de los sacerdotes que en esos momentos descansaban en sus habitaciones, porque sabían que ese sonido era la música celestial que más me hacía feliz.

Escribí todo lo que había visto y oído en el hotel de Turistas cuidando que los textos, en el caso de la radio, tengan un espacio para que el operador empalme las grabaciones. Esa misma noche, un conserje del convento fue el encargado de llevar mis artículos al diario.

Al día siguiente a las cinco de la mañana yo ya estaba levantado, listo para salir a la radio. En el comedor me esperaban los sacerdotes con el desayuno servido porque a esa hora ellos también se alistaban para la primera misa. Las tazas de chocolate despedían un aroma delicioso y los panes calientes facilitaban el desplazamiento de la mantequilla, que por el frío se ponía como una piedra.

El padre Miguel le añadió una pizca de mantequilla a mi taza, según me dijo, para darle más sabor. Y después de aquel supremo desayuno salí corriendo…

–Me alegra que le haya gustado el desayuno a este muchacho loco.

–De eso puede estar seguro padre. ¿No lo ve irse contento?

–Y que vaya con Dios para que no se meta más en problemas.

A mi llegada a la radio observé que dos miembros de Seguridad del Estado, hacían guardia en la puerta. En el auditorio, el locutor de habla nativa presentaba a varios conjuntos folclóricos que habían llegado para el mitin de Velasco. Tuve que quedarme afuera porque era casi imposible evadir a los sabuesos del régimen de facto. En ese instante, me di cuenta que un grupo de folcloristas bajaba de un camión para presentarse en la radio. Uno de los integrantes me reconoció y se acercó a saludarme. Aproveché su amigable actitud para pedirle que me prestara un poncho y un chullo y confundirme con los músicos, como una manera de evitar que los policías vestidos de civil me reconocieran.

Apenas terminó el programa folclórico, el operador puso la característica musical que identificaba al informativo. Después de los titulares apuré la lectura de las noticias internacionales para continuar con el editorial escrito por Fernando Mujica, un profesional a carta cabal cuya pluma buscaba siempre la armonía social. Mi amigo Fernando, además del periodismo, ejercía la docencia en el colegio Ciencias, por eso, las únicas veces que rompía con su imparcialidad y objetividad periodística era cuando escribía sobre el club de sus amores, el Cienciano.

Al final del editorial, presenté la grabación de la visita del poder judicial al presidente de la república. Los oyentes no podían creer lo que escuchaban, por la forma cómo habían sido tratados los magistrados. Recibí varias llamadas telefónicas de abogados indignados y, una última, del propietario de la radio.

–Una vez más le tengo que decir que está poniendo en peligro la estabilidad de la empresa – Gritó.

–Lo entiendo Ingeniero. Solo quiero que sepa que no he añadido ni recortado nada que no haya declarado el presidente. Lo que no puedo es dejar de informar.

Cuando Velasco terminó su gira, pensé que todos mis problemas se acabarían, pero no fue así. Al parecer, recién empezaban.

Por las airadas llamadas telefónicas de los simpatizantes con la revolución me di cuenta que mis comentarios producían escozor en la piel de los funcionarios del aparato estatal. Pero, como no podían hacer nada porque yo siempre trataba de no meter la pata, instruyeron a sus huestes para gritar en los mítines “a más ataques, más revolución”.

Ya había transcurrido mucho tiempo de la visita de Velasco. Y una mañana del mes de noviembre de 1973, luego de entrevistar a un dirigente del SUTEP quien, a pesar de mis recomendaciones se despachó a su regalado gusto contra la reforma educativa y el nombramiento irregular de docentes, mi amigo Carlos Zegarra, que recién se había casado con María Antonieta y tenía su residencia casi al frente de la emisora, apenas me vio salir de los estudios, me pasó la voz…

–Te felicito, el noticiero estuvo interesante. Fue un acierto entrevistar a Gricevic.

–Tienes razón, Jorge es un buen dirigente pero, a veces, se manda con todo, olvidando que vivimos una dictadura. No sé en qué terminará todo esto.

–Vamos te doy un aventón

El padre de Carlos era propietario de varios negocios y él era su brazo derecho. Además de ser socio de Tiendas Muñiz, tenía varias estaciones de servicio de combustibles. Y mientras hacíamos un recorrido por estos locales, no parábamos de hablar sobre la actualidad política.

–Y ahora, ¿Qué te parece si vamos a comer un adobo en la calle Matará?

–Ni hablar, tengo clases en la universidad, otro día será .

Al llegar a la esquina donde estaba ubicado mi departamento, vimos a dos hombres de corte militar, uno de ellos vigilando discretamente la calle por donde yo acostumbraba regresar, generalmente en un taxi o a pie. El otro estaba en la acera del frente. Seguramente porque me hallaba en el carro de Carlos ni cuenta se dieron de mi presencia. Al reconocerlos los salude socarronamente…

– ¡Hola!, Ya deben estar cansados de esperarme. Gracias por cuidar mi casa –

–Si pues, tú sabes como es esto, nosotros solo cumplimos órdenes.

–Los comprendo. Más tarde nos vemos en la universidad. No falten porque tenemos examen. Ah, y no olviden darle mis saludos a vuestro jefe.

–No te pases. Ni se te ocurra comentar esto en la radio. Tú sabes, la pita se rompe por el lado más débil.

Coincidentemente, aquel día me llamó por teléfono el Secretario General de la federación de Campesinos, para hacerme conocer su malestar por la organización del INKARI un evento cultural organizado por el Sinamos, donde los campesinos concursaban para calificar a la gran final nacional que se desarrollaría en el Campo de Marte de Lima.

El Secretario me dijo que los participantes no estaban siendo tratados de acuerdo a los ofrecimientos de la entidad organizadora.

–Les ofrecieron transportarlos en buses y terminaron viajando en camiones y volquetes – Se quejó.

–Estas cosas, prefiero tratarlas en persona. Dígales que por favor me esperen en su oficina, tomaré un taxi – Le respondí.

Al llegar al local de la federación de trabajadores, los representantes de las distintas delegaciones de provincias me esperaban luciendo sus vestidos típicos multicolores. En sus rostros cobrizos, endurecidos por el frío dejaban traslucir su malestar. Estaban en silencio, un silencio que lo decía todo: rabia, impotencia, cansancio.

Para romper el hielo entré saludándolos en quechua…

–¿Allillanchu wayquey? (Cómo les va hermanos)

–Allillanmi papay (Estamos bien señor). Respondieron al unísono.

Parece que mis esfuerzos por pronunciar su lengua, les hizo cambiar de humor. Pero lo que más los alivió, según pude darme cuenta, fue pararse para saludarme y sacar sus nalgas de las sillas incómodas y estrechas donde se hallaban sentados porque, como trabajadores del campo, no estaban acostumbrados a descansar de esa manera.

Mientras, les estrechaba la mano uno por uno, leía en sus ojos las ansias que tenían por desahogarse…

–El joven es el periodista que nos da las noticias todas las mañanas por radio Tawantinsuyo – Les explicó el secretario general, a manera de presentación.

– ¡Palmas compañeros! – Gritó uno de los campesinos. Y disciplinadamente todos comenzaron a aplaudir. Fue cuando los interrumpí.

–Por favor. Nada de aplausos. Solo he venido a saludarlos y a conversar con ustedes. No se expresarme muy bien en vuestra lengua pero la entiendo.

–Señor periodista, los empleados del Sinamos nos ofrecieron hospedarnos en un hotel pero nos engañaron, estamos durmiendo en las aulas del Colegio Ciencias, sobre las colchonetas que usan los alumnos para hacer educación física – Estos cholos están acostumbrados a dormir sobre cueros. Esto les parecerá un hotel de cinco estrellas – Le escuchamos decir a uno de los encargados de la organización.

–También nos dijeron que iban a alimentarnos en restaurantes y resulta que ahora tenemos que preparar nuestra comida en una olla común, con productos traídos por los soldados.

–No puede ser. Hay un presupuesto para estos gastos – Grité indignado.

Durante más de una hora el diálogo con los campesinos fue revelador. Los dirigentes de las diversas comunidades, aprovecharon también la oportunidad para quejarse de otros problemas.

En ese momento, observé con el rabillo del ojo que uno de los asistentes que no parecía campesino, porque era el único que usaba zapatos y muy bien lustrados, se desplazaba sigilosamente en el salón tomando nota de todo lo que escuchaba y veía. Sin quitarle el ojo de encima y sin que se diera cuenta, le tomé algunas fotos…

–Bueno, me voy, trataré de ayudarlos haciendo un comentario en la radio sobre vuestras preocupaciones.

–Gracias papay… ¡Palmas compañeros!

Apenas puse los pies en la calle, me dirigí al estudio del fotógrafo Puelles para revelar el rollo. En el estudio no estaba mi amigo Edgar, sino su padre.

–Mi hijo no está. Pero, si deseas déjame el rollo para revelarlo ¿O tienes fotos de chicas calatas? ¡Cuidado ehh!

–No señor Puelles, ni en broma. Lo que pasa es que con Edgar tenemos un trato…

Sin darle más explicaciones me fuí al barrio de Q’oripata en busca de Arístides Col, (Su nombre fue cambiado a propósito) quien al verme se alegró y me atendió con amabilidad y celeridad. Apenas terminó de revelar el negativo, le pregunté…

–Arístides ¿Me puedes decir quién es este fulano que aparece entre los campesinos?

–Eres un jodido, no te lo puedo decir porque esto es “top secret”. Pero papá, como a ti no te puedo ocultar nada porque eres mi amigo…

– ¿Y por qué crees que he venido a buscarte? No te preocupes, esto es solo entre tú y yo.

–Lo conocen como “el topo” porque su trabajo es meterse en los rincones más difíciles. Es un Capitán, así como lo vez, con esa cara de huevón que tiene.

–Ya me lo imaginaba. Gracias, nos vemos.

–Me la debes una. Hasta la vista amigo.

Entretanto, a 30 kilómetros de allí, en San Miguel, donde estaban ubicadas las chacras de los papás de mi amigo Henry Aragón, él y los comuneros estaban a punto de dar cuenta del caldo de gallina y picantes que le habían servido antes de su retorno a la ciudad. En un radio a pilas que estaba sobre una repisa escuchaban el informativo de una radio de Cusco. El locutor leía las noticias de mala gana, como si lo hiciera solo por cumplir con su trabajo.

–Este es el micro informativo de las 12 horas de hoy 23 de noviembre de 1973. Un grupo de manifestantes universitarios inició hace unos minutos una marcha de protesta hacia el Paraninfo la misma que, según sus organizadores, concluirá con un mitin en las puertas del paraninfo donde participarán como oradores representantes de las distintas facultades de la primera casa de estudios. Nuestros reporteros estarán allí para informarles de todos estos detalles. Y ahora presentamos a Palito Ortega, con el éxito del momento Un Muchacho Como Yo.

En ese momento yo llegaba a las oficinas del diario El Sol para empezar a trabajar. Apenas ingresé a la sala de redacción, saludé a mis compañeros y empecé a bromear con algunos y lo primero que hice fue abrir mi casillero para sacar papel y la cinta de mi vieja Remington porque, al igual que todos mis colegas, yo también guardaba estos materiales bajo siete llaves porque en ese tiempo no era muy fácil conseguirlos, no por capricho del Sr. Juan Shedan, nuestro jefe administrativo sino por las condiciones franciscanas de la Empresa.

Una de las cosas que nos sacaba de las casillas a todos los redactores era que nos dejen las máquinas descuadradas, con una tabulación distinta a la que utilizábamos.

– ¡Carajo! alguien le metió la mano a mi máquina. Las teclas no responden – Se escuchó gritar precisamente a uno de ellos, en el fondo de la sala.

–Si las teclas no responden, consíguete una jovencita. Le respondió el quillicho Guillén, muerto de la risa.

–Pito, alguien forzó mi casillero. No está la cinta de mi máquina. Clamó el encargado de la página deportiva.

–A mí, que me registren. Yo no se nada, acabo de entrar.

– ¡Maldita sea! Otra vez rompieron el brazo de la “n” – Exclamó Alcides.

–No te amargues. Voltea la “u” y solucionado el problema – Le contestó el Chalo, nuestro jefe de redacción.

En esos momentos de apuro, a veces, también faltaba papel milimetrado para redactar las crónicas porque cada vez que cometíamos un error teníamos por costumbre arrancar las hojas de un solo tirón y luego de arrugarlas, hasta convertirlas en una pelota, las encestábamos en el tacho de basura. Algunos estaban tan salados que hasta en eso fallaban.

Estas cosas ocurrían generalmente al empezar el texto, cuando el cerebro se nos hacía puré pensando en la mejor frase para el gorro. Y cuando faltaba papel milimetrado éramos capaces de ofrecer el oro y el moro a quien nos facilite por lo menos una hoja. Y, como último recurso, bajàbamos a los talleres para suplicarles a los operarios que nos solucionen el problema porque ellos siempre se guardaban una pequeña cantidad de este material para los casos extremos. De esa manera nos tenían agarrados del cuello y podían negociar cualquier favor.

–Ya pues hijito, si no quieres equivocarte mete bien el dedo a las teclas, porque esta hoja te costará mínimo un cigarrillo, incluido el café.

–Lo que tú quieras hermano, pero rápido porque el tiempo vuela. Dos más, por sí a acaso los muñecos me traicionan.

–Toma nomás, ya nos arreglaremos luego.

El local donde estaba ubicado el diario El Sol, en Mesón de la Estrella, era tan antiguo como su misma historia que empezó aquel 10 de agosto de 1901. Sus paredes interiores generalmente estaban decoradas con manchas de tinta, apuntes de teléfonos, nombres, fechas y hasta mensajes. En el primer piso trabajaban los dos únicos linotipistas que tenía la empresa, sentados como sumos al ras del suelo y en medio del intenso olor a plomo derretido. Hasta este lugar llegaban las páginas diagramadas por Eduardo Moscoso, el jefe de Redacción, a quien se le conocía más como “Chalo”. De aquí salían convertidas en letras moldeadas al espejo, es decir al revés, en lingotes de plomo que los trasladaban aún calientes al taller de armado. A veces me quedaba esperando la primera prueba con la finalidad de darle un último chequeo a mis crónicas, porque sabía que después de este largo proceso de impresión, solo me quedaba rezar pidiendo al santo de los imposibles que no se me haya filtrado a mí o al corrector algún error que me haga avergonzar ante los ojos de los miles de lectores. Sin embargo me tranquilizaba el hecho de saber que el jefe de redacción, al igual que el corrector, tenían los ojos de lince y no se les escapaba nada.

El encargado de la corrección de las “tripas”, así las llamábamos a las primeras pruebas, era un personaje admirable a quien raras veces se le pasaba un error, así haya estado toda la tarde en “La Chola”, la picantería más concurrida por la gente de prensa, donde se acostumbraba beber chicha y frutillada, la mayoría de las veces mejorada con cerveza y una copa de pisco.

– ¿Sabías cuál es el secreto mejor guardado de La Chola? – Me preguntó.

–No, tú debes saber porque eres su asiduo cliente, ¿Cuál es?

–Ponerle en sus tinajas el dedo cercenado de un muerto para llamar a los clientes.

–Ja, ja, ja. Ya imagino ese dedo en tu vaso. Ahora recién comprendo por qué dicen “vamos a chupar”.

En los talleres de El Sol sí que se hacía un verdadero derroche de ingenio y buen gusto. Por eso me encantaba quedarme horas y horas viendo cómo se armaban los titulares, los textos y los clisés que Pito las procesaba en su pequeño laboratorio ubicado detrás de la casona. Sobre todo en las noches, esta era la zona más movida. Parecía un enjambre, con la diferencia que en este panal no había abejas obreras, porque todas eran reinas, o al menos parecían, porque sabían que este era el último paradero del largo camino a la gloria o a la vergüenza. Era la última estación de olvidadizos periodistas que querían hacer cambios de última hora, pero la mayoría de las veces chocaban con el encargado de la impresión un hombre reacio a cambiar los tiempos y el ritmo de sus máquinas. Ante un error o una noticia que llegaba a destiempo hacía la señal de la cruz y el ademán de echarle el último responso a las planchas diciendo…

–Esto ya está oleado y sacramentado. Y si han metido la pata, perdónalos señor.

Esto ocurría en las noches, mientras los lectores dormían plácidamente en sus hogares. En los talleres del diario se trabajaba en medio de tensiones, risas, fastidio, gritos, chismes, aburrimiento, cafés y cigarrillos, con el destartalado receptor de radio que sonaba a todo volumen…

Adiós chico de mi barrio
A donde de prisa vas así
Pasas en bicicleta
No te puedo alcanzar
Si andas por el barrio
Pregúntale a mi canción…

–Amiguito tu programa de radio debería durar más tiempo. Una hora se pasa volando. La Nueva Ola que pones está pegando fuerte. A propósito, no olvides saludar siempre a tus compañeros de la planta baja.

–Me alegra saber que también ustedes me escuchan. Pensé que…

–Claro, a los jóvenes nos gusta la Nueva Ola. Pero, acá al tío – señalándolo a uno de los más antiguos trabajadores – parece que solo le gustan los huaynitos de Radio Tawantinsuyo. ¿O no Don Félix?

–Anda, anda, no me crean tan pasado de moda. Me encanta el folclor, pero también la nueva ola. Aunque debo confesarles que algunas canciones me llegan al huevo, porque no entiendo el idioma de ese gringuito amanerado…creo que se llama Elvis, el bizco o no se qué… En mi casa mis hijos no se pierden un solo programa tuyo. Y yo de paso tengo que escucharte. Mira, hasta se me está pegando tu frasecita ¡Qué barbaridad! A propósito, el que sí me encanta es ese argentinito que canta…

Tengo el corazón contento
El corazón contento, lleno de alegría.
Tengo el corazón contento
Desde aquel momento en que llegaste a mí…

Todos los muchachos se quedaron con la boca abierta escuchando al jefe de talleres tararear la canción de Palito Ortega.

– ¿Por qué las radios transmiten solo hasta la media noche? Es una lástima. Para no quedarnos dormidos tenemos que estar buscando emisoras en la onda corta.

–Tienen razón, no solamente ustedes deben mantenerse despiertos, sino también los médicos, bomberos, enfermeras, vigilantes, policías y estudiantes. Es buena la idea de ampliar las horas de transmisión, se lo comentaré al dueño. Bueno chicos, a propósito tengo que irme a dormir porque, como saben, mi primer programa empieza a las seis de la mañana.

–Quien como tú. A esa hora nosotros recién nos iremos a acostar.

De pronto se escuchó la voz del corrector, quien bajaba de la segunda planta casi a la carrera.

– ¡Carajo! El director dice que no podrá venir porque está con agripina…

– ¿Cómo, no se llamaba Luz?

–No te hagas el huevón, agripina de gripe. ¡No te puedes ir! – Me sentenció – Tenemos que salvar la primera página a como de lugar. Busca un titular que jale.

–Llamen al Chalo. El, como jefe de redacción, tiene la obligación de reemplazarlo.

–Ya lo hice. Me ha mandado a la mierda. Dice que está bien culantro pero no tanto. Y colgó.

En los talleres, quien más protestó fue un linotipista que medía casi dos metros de estatura, porque ya se había hecho la idea de irse a acostar temprano.

–Bueno muchachos, no nos queda otra cosa sino trabajar – Terminó diciendo con voz de resignado.

La casona donde funcionaba el diario, de día era acogedora y llena de vida, pero de noche parecía la casa de Drácula. Hasta decían que las almas penaban. Por esa razón, hasta al más valiente se le ponía la piel de gallina. Y no dejaban de tener razón porque en medio del sepulcral silencio los durmientes del segundo piso chirriaban como si alguien estuviera desclavando la tapa de un cajón de muertos.

Tampoco yo dejaba de temblar de miedo, sobre todo cuando me quedaba solo en la sala de redacción porque de noche parecía más tétrica y grande. Y bien, luego de repasar una y otra vez las pruebas impresas de las páginas interiores de la edición del día siguiente, grité.

–¡Aquí no hay nada interesante para abrir página!

–No sé hijito, tienes que sacar una noticia aunque tengas que inventarla. Y tiene que ser algo que jale porque las ventas están cada vez más alicaídas.

Fue cuando decidí llamar a la oficina de Relaciones Públicas de la Policía. Entre sueños el chino Saavedra me respondió.

– ¿Eres el lechero? ¿Un alma en pena? ¿O el más fregado de mis amigos?

– ¡Soy Satanás! que quiere jalarte de los pies para que te mantengas despierto.

– ¡Dios mío! Esto ya no es vida, ¿Por qué me tocó esta clase de amigos que no respetan ni mis horas de sueño? Taitacha San Cristóbal ¿por qué no atropellas con tu caballo a estos periodistas?

–Tu trabajo es estar despierto, no dormido. No es que quiera fregarte, te llamo porque necesito una primicia para abrir el diario. El director nos ha dejado colgados.

– ¿Qué bien! Felizmente que no soy el único desgraciado. Tendrás que esperar hasta la madrugada, porque hasta ahora todo está tranquilo. Ni siquiera hay reportes sobre accidentes de tránsito. Pero si quieres una primicia, te cuento que hace unos minutos los trabajadores del Hospital Regional han suspendido la huelga.

–Eres un pendejo. Eso es falso. Acabo de hablar con los dirigentes. Lo que pasa es que quieres utilizar el diario para hacer fracasar la huelga. A mí no me agarras. Mejor suelta algo interesante de una vez si no quieres que te friegue toda la noche.

–Okey, el viernes cumple años el general. Tienes para sacar una bonita nota.

–Vete a… De todas maneras gracias por recordármelo.

–Bueno, no te amargues, aquí tienes la exclusiva. Hace una hora un hombre fue hallado sin vida en la calle Triunfo. Nuestro personal ya se está haciendo cargo de las investigaciones. Si me esperas unos segundos te doy todos los datos.

–Gracias. Te volveré a llamar.

En efecto, la noticia publicada al día siguiente, conmovió a la población, porque se trataba del fallecimiento de un personaje conocido en el mundo del arte. Su cuerpo había sido hallado a pocos metros de su casa. En su intento de arrebatarle su pampa-piano, dos malhechores lo habían golpeado salvajemente hasta dejarlo sin vida.

Y bien, volviendo a la marcha de los estudiantes de la universidad. Esta ya había llegado hasta la Plaza de Armas.

– ¡Abajo el CONUP!

– ¡Abajo!

– ¡Abajo los despidos arbitrarios!

– ¡Abajo!

– ¡Abajo los nombramientos a dedo!

– ¡Abajo!

Sobre un tabladillo levantado frente al Paraninfo, ya habían intervenido los primeros oradores cuando, de repente, algunos infiltrados comenzaron a gritar:

– ¡Al Sinamos…vamos al Sinamos!

Un organismo que nada tenía que hacer en las protestas universitarias estaba siendo involucrado sin ton ni son en la marcha de protesta contra el CONUP, solo por el hecho de ser el principal organismo del estado. Y en menos de lo que canta un gallo, los manifestantes llegaron a la calle Marqués.

– ¡Abajo el Sinamos! – Gritaban los agitadores.

La consigna se repetía insistentemente en las puertas y en un abrir y cerrar de ojos, una multitud incontrolable se apoderó de la única cuadra donde estaba ubicado el local más resguardado de la ciudad. Sin embargo, sin justificación alguna, a esa hora, el local se hallaba desguarnecido. Al notarlo, los manifestantes gritaron…

– ¡Las puertas están abiertas!

– ¡Entremos!

Y al ver el avance de la turba, a los pocos empleados no les quedó otra cosa que salir a la carrera para evitar ser agredidos.

El portón principal de madera maciza, que no era tan fácil derribarla ni con la fuerza de un tanque de guerra, se hallaba sin la barra de seguridad. Bastó un pequeño empujón de los primeros manifestantes para que cediera, permitiendo el ingreso de la masa de estudiantes. Ya en el interior, se oyó otra voz que provenía de la multitud.

– ¡Al costado derecho hay un barril de gasolina, hay que vaciarla y prenderle fuego!

Y bastó que alguien encendiera un fósforo para que se iniciara el siniestro. Lo primero que se quemó fue la oficina contable y la jefatura. Inmediatamente el fuego se extendió por las demás dependencias. Y en un santiamén se quemó gran parte del edificio. Los bomberos no llegaban. Lo hicieron casi a la media de hora y en medio de un escándalo de pitazos y sirenas, cuando las llamas ya llegaban a las instalaciones de las tiendas Muñiz, las oficinas de Radio El Sur y otros establecimientos comerciales.

Para colmo no había suficiente agua.

Entretanto, en las oficinas del diario El Sol, varios redactores nos encontrábamos escribiendo nuestras crónicas, de acuerdo al cuadro de comisiones. Este era un momento muy importante porque era una de las pocas oportunidades que teníamos para hablar, intercambiar opiniones y ponernos al día con los últimos chismes políticos, trascendidos y hechos que no se podían publicar por la censura impuesta por el gobierno revolucionario.

– ¿Qué saben de la marcha universitaria? – Preguntó uno de ellos.

–Ya debe estar acabando. Esto lo está cubriendo Alcides. Seguro que ya no tarda en llegar.

– ¿Cómo anda el entripado de Sinamos? – Preguntó otro, dirigiéndose a mí.

–Se está poniendo color hormiga. Además de las quejas de los participantes en el INKARI, estoy tras la pista de unas compras de postes de alumbrado público para los pueblos jóvenes. Parece que allí hay gato encerrado.

– ¿Gato? Allí hay un tigre encerrado.

–Y, tú JJ, además de muertos y heridos, qué tienes.

– ¿Y qué esperan, que coloque notas rosas en la página policial? A propósito de notas rosas, no saben la última, el Chalo está templado como un violín.

– ¡Noooo!

–Así es, nuestro jefe de redacción está enamorado hasta el tuétano. Lo descubrí con su pareja. Ambos estaban arrullándose como dos tórtolos en el cine Garcilaso.

–Eres un perro, a ti no se te escapa nada.

– ¿Y quién es la agraciada?

– Una profesora, que más o menos tiene la misma edad del jefe.

– ¿No me digas? Eso sí que es por amor, porque a esa edad…

–Mejor te callas. Además, el Chalo se lo merece. Hacía mucho tiempo que andaba solo. Vayamos pensando en las bromas que le jugaremos en su despedida de soltero. Esta será la mejor oportunidad para vengarnos de los tijeretazos a nuestros textos.

En medio de la algarabía, el empleado encargado de llevar a los talleres las carillas y las hojas de diagramación se hallaba en el balcón merodeando la calle y gritó:

– ¡Fuego! ¡Incendio en la calle Marqués!

–¡Carajo! Parece que es el Sinamos.

–Llamen al fotógrafo.

– ¡Vamos para allá!

Cuando salimos, las llamas ya estaban encima del edificio. Los bomberos pugnaban por dirigir sus mangueras hacia el fuego. La policía acordonaba la manzana prohibiendo el paso de vehículos y personas. Y a lo lejos, la gente aterrorizada veía cómo se desplomaban los techos.

La calle Marqués era un caos. Los propietarios de los locales comerciales corrían de un lado para otro, sin saber qué hacer, temiendo perderlo todo. Varios de ellos salían con bolsas supuestamente de dinero y otros objetos valiosos. El incendio devoraba todo lo que hallaba a su paso. Los locutores de Radio El Sur que habían lanzado la primicia, tuvieron que salir despavoridos porque el fuego se acercaba inexorablemente hasta sus propias instalaciones. No les dio tiempo ni para retirar el micrófono, menos la valiosa colección de su preciada discoteca. Y en un santiamén todo se quemó.

Igualmente, los empleados de la cadena de tiendas Muñíz, que en un principio miraban de lejos el incendio, sin imaginar que hasta allí podría llegar el siniestro, comenzaron a sacar toda la mercadería. El humo se veía desde varios kilómetros a la redonda, haciendo que miles de curiosos llegaran a los alrededores de las plazas de Armas y San Francisco.

Durante varias horas, los bomberos lucharon contra el fuego. Del mismo modo que miembros del ejército, fuerzas policiales, brigadas de civiles y periodistas, entre los que nos encontrábamos los redactores y personal de talleres del Diario El Sol, sudábamos la gota gorda ayudando a sofocar el fuego.

De rato en rato yo iba a los estudios de radio La Hora para informar de lo que estaba ocurriendo, hasta que se cortó la energía eléctrica.

Cuando se logró controlar el fuego, los redactores nos retiramos con los rostros afectados por el calor y las ropas sucias, mientras los reporteros gráficos disparaban sus últimos flashes. Ya era de noche y en medio del apagón tuvo que salir Pito, el responsable de los clisés, para comprar velas. A pesar de su cojera, regresó rápido, diciendo…

–Una más para vuestras crónicas, ¡Las velas están por la nubes! Se han triplicado de precio. Y no solo eso, las están escondiendo, seguramente para especular.

–Felizmente que la tendera te conoce y hasta te hace guiños, de lo contrario hubieras tenido que ir a buscar luciérnagas para alumbrarnos – Bromeé con la intención de bajar la tensión.

Apenas Pito terminó de embocar las velas en las botellas vacías de gaseosa, porque no teníamos candelabros, recién pudimos empezar nuestro trabajo, haciendo traquetear nuestras máquinas de escribir.

En ese momento, hizo su ingreso un teniente EP, acompañado de dos soldados avituallados como para ir a la guerra. Traía dos sobres, uno de ellos era un comunicado dando cuenta que el Gobierno había decretado la suspensión de las garantías constitucionales en la ciudad del Cusco y toque de queda entre las diez de la noche y las seis de la mañana. El otro sobre contenía una invitación para una conferencia de prensa que iba a ofrecer el Jefe Político Militar, a las siete de la noche.

– ¡Carajo, estamos casi en la hora!

–Disculpe señor, ¿qué dijo?

–Perdón, usted sabe jefe, con todo lo que ha pasado estamos un poco tensos. No se preocupe, estaremos en la conferencia.

Apenas se fue el teniente EP, volvimos a hacer correr las teclas de nuestras máquinas al mismo ritmo de las manecillas del reloj, sin embargo, a muchos no les alcanzó el tiempo para terminar su trabajo y prefirieron quedarse un rato más. Los que habíamos concluido salimos apurados, algunos sin revisar las carillas, confiados en que el Jefe de Redacción, que se caracterizaba por tener ojos de lince y manos de tijera, se encargaría de eliminar todos nuestros errores.

Por razones de seguridad salimos en grupo porque, en ese momento, se escuchó el ruido de disparos. Además de los tiroteos, había que cuidarse de otros peligros, como tropezar con algún adoquín que había sido levantado por los manifestantes o caer a un reservorio de algún desagüe sin tapa por la falta de luz como consecuencia del apagón y, lo más grave que nos podía ocurrir, era toparnos con los soldaditos que patrullaban la ciudad quienes, por la oscuridad reinante, no reconocían ni su sombra. Estaban tan nerviosos que apenas sentían un ruido hacían rastrillar sus armas sin distinguir si era la rama de un árbol la que se movía o una persona que caminaba en la calle.

– ¡Alto! ¿Quién vive?

–Somos periodistas, estamos yendo a la conferencia de prensa convocada por el General.

– ¡Sus documentos! –Gritaron, mientras nos iluminaban el rostro con sus linternas, bajando lentamente el haz de luz hasta nuestros pies.

Dos de los redactores, que habían olvidado sus identificaciones en el diario, estaban que se les caía los pantalones por el susto. Al notar su nerviosismo, intercedí…

–Jefe, nos gustaría que uno de ustedes nos acompañe para evitarnos problemas. El General ya debe estar por iniciar su conferencia.

– ¡Soldado! Acompañe a los señores a la comandancia y no olvide retornar de inmediato – Ordenó.

–Entendido mi teniente… Vayamos señores.

En el salón de conferencias había una gran tensión. Los hombres de prensa con sus grabadoras, cámaras fotográficas y lapiceros en mano, esperaban en silencio. Como había una demora de casi diez minutos, para no aburrirse, empezaron a conversar bajito, como si estuvieran en un velorio.

En una sala contigua, un mayor del servicio de inteligencia miró su reloj y preguntó…

– ¿Qué hay de los periodistas del diario El Sol?

La respuesta fue inmediata.

–Ya están en la sala mi comandante, acabo de recibir el informe por radio.

El Mayor esbozó una sonrisa y de inmediato se dirigió al despecho del General para comunicárselo.

Apenas ingresamos al salón me percaté que solo una minoría de los asistentes eran periodistas, el resto eran militares vestidos de civil. Era inconfundible su aspecto por el corte de cabello y sus zapatos muy bien lustrados, a pesar de la lluvia. Otra cosa que los distinguía era la correa con que ajustaban sus pantalones, de hilo trenzado y no de cuero y las hebillas corredizas.

–Por más que el mono se vista de seda…

–Carajo, baja la voz. Estos cojudos están tan nerviosos que si te escuchan, nos sacan la mierda.

–Tranquilo perro – Así lo llamábamos a Alfredo Febres por cariño. Tenía el sobrenombre bien puesto por su carácter amable y su inquebrantable lealtad a sus amigos. Como buen arequipeño hablaba masticando cada palabra y siempre tirando y aflojando la correa de la ponderación. Para mí que le faltaba pecho para albergar su inmenso corazón.

De pronto, el golpe seco de los tacos de uno de los soldados que se ponía en posición de atención, fue el único anuncio del ingreso del General y todo su estado mayor. Por sus rostros adustos se podía deducir que pasaban por una situación extrema.

–Buenas noches. Tomen asiento por favor.

Los únicos que le respondieron a viva voz y al unísono, fueron los militares camuflados.

– ¡Buenas noches, mi General!

Esta fue otra falla más de la estrategia montada porque los civiles no tenemos la costumbre de anteponer el pronombre posesivo “mi” para nombrar a las autoridades militares, tampoco respondemos en coro. El General, con el rostro desencajado, miró alrededor de la sala como si estuviera haciendo vista a la tropa, mientras acomodaba el file que su ayudante le alcanzó.

–Esta conferencia de prensa es para informarles sobre las medidas que se han adoptado, en relación a los luctuosos hechos ocurridos el día de hoy.

A continuación leyó los textos que la mayoría de periodistas ya conocíamos, referidos a la suspensión de las garantías constitucionales y el estado de sitio. Luego, acusó directamente a los dirigentes estudiantiles y a la prensa, por el incendio del Sinamos.

–Aquí hay autores directos, políticos instigadores y hasta periodistas que durante varios días se dedicaron a criticar a la institución.

Los hombres de prensa lo escuchábamos atónitos, en medio de un silencio conventual. Apenas terminó su perorata nos invitó a hacer preguntas. Yo fui el primero en intervenir…

–Disculpe General, ya se determinó quiénes provocaron el Incendio? ¿Cuál es el balance de los daños? Y, Finalmente, ¿Por qué había un cilindro de gasolina en el patio?

–No lo sabemos, a lo mejor usted sí.

– ¿Por qué yo?

–Porque es uno de los críticos más severos del Sinamos.

–Creo que no está bien que responsabilice al periodismo. Solo cumplimos con nuestra labor informativa. La opinión pública exige una profunda investigación para castigar a los culpables. Y con relación a mis críticas, le quiero informar que tengo las pruebas que las sustentan.

–Eso lo discutiremos otro día. Bueno, al fondo tenemos otra pregunta – Señalando a otro periodista…

A medida que escuchaban las respuestas evasivas, los hombres de prensa no salían de su asombro, porque ellos querían saber qué documentos importantes se habían destruido, si había dinero o no en las oficinas y si había detenidos. Pero nada de eso pudimos averiguar porque el general se retiró tan rápidamente como ingresó. En ese instante, la luz de emergencia, proveniente de un grupo electrógeno comenzó a debilitarse y los oficiales nos invitaron a salir de la sala. Yo salí junto con Ernesto Ramos y Alfredo Febres. No había luz en la calle y un olor a quemado invadía el ambiente. En ese momento, un militar alto, delgado y con cara de pocos amigos, acompañado de tres oficiales de menor graduación, se me acercó y me dijo:

– ¿Me puede acompañar? Tengo órdenes de llevarlo para que preste unas declaraciones.

– ¿Tiene usted alguna orden por escrito?

–No es necesario. No olvide que estamos en estado de emergencia. Solo sígame.

Ernesto, que escuchaba la orden, corrió a avisarles a los colegas que ya se retiraban. La mayoría volvió y empezó a rodear la camioneta, mientras los reporteros gráficos disparaban sus flashes.

–Disculpen señores, yo solo cumplo una orden del Jefe Político Militar.

–Dígale al General que si detienen a nuestro colega no publicaremos una sola nota de la conferencia de prensa y elevaremos nuestra protesta a la Federación Nacional de Periodistas –Advirtió uno de ellos.

– Y, no nos moveremos de aquí, hasta que se revoque la orden – Acotó otro colega.

Luego de consultar, seguramente con el jefe político militar, el oficial me dejó en libertad. Pero, mi problema no terminó allí porque cuando me desplazaba a mi casa, acompañado de Ernesto y Alfredo, fui interceptado hasta en dos oportunidades por las patrullas que aún no habían recibido la contraorden. La primera parada fue a pocas cuadras del cuartel militar, en la esquina de las avenidas Sol y Garcilaso. El toque de queda ya había entrado en vigencia y por las calles no transitaba ni un alma.

– ¡Alto! ¿Quién vive?

–Somos periodistas. Vinimos de la conferencia de prensa ofrecida por el General.

–Sus identificaciones por favor.

El soldado, vestido con su uniforme de combate y portando un fusil ametralladora, que lo rastrillaba de rato en rato para amedrentarnos, acercó los carnés hacia los faros del jeep y luego se volvió hacia mi.

–Usted está pedido. Me acompaña por favor.

–Un momentito, la orden ya fue levantada.

–No me venga con ese cuento. Suba al Jeep si no quiere que lo hagamos por la fuerza.

–Está bien…esta bien.

Ya en la puerta de la comandancia, un oficial se acercó al vehículo para confirmar a los soldados que efectivamente había quedado libre.

De lo que no me libré fue de caminar en medio de un gran apagón y con el toque de queda en vigencia. Como Ernesto tuvo que quedarse en la Av. Sol, Alfredo fue el único que me acompañó hasta las inmediaciones de la avenida de la Cultura. En ese momento se apareció un camión porta tropas…

– ¡Alto. Sus identificaciones!

–Aquí tienen.

– ¡Qué suerte, Ampay! Precisamente es a usted a quien estamos buscando. ¡Suban, suban!

– ¿Otra vez? Por favor, ya todo está solucionado.

–Qué solucionado, ni que niño muerto. ¡Al cuartel!

–Un momentito jefe, ¿por qué no preguntan por radio?

–OK…Aquí ojo de lince, llamando a base, cambio.

–Responde la base, ¿Diga el mensaje? Cambio.

–Operación Puma positivo. Tenemos al sujeto. Cambio.

–Puma libre. Repito, puma libre. Cambio.

–Comprendido…Cambio y fuera.

Lo increíble de este incendio fue que, a las pocas horas de haberlo perdido todo, equipos, discos, muebles y hasta su local, como consecuencia del siniestro, radio Sur salió al aire gracias al ingenio de mi amigo Henry quien, al regresar de las propiedades de sus padres en San Miguel, recordó que la línea de transmisión que iban de los estudios a la planta, pasaba por su casa. Y sin pensarlo dos veces empalmó el cable de audio a un amplificador que tenía en su dormitorio, logrando el milagro de sacar la radio nuevamente al aire.

Durante varios días siguió la tensión. Prácticamente la ciudad había sido sitiada por las fuerzas del orden y el ejército. Una tarde, cuando yo y mi familia retornábamos a mi domicilio de la casa de mis suegros, ubicada en Mariscal Gamarra, un oficial de la Guardia Civil acompañado de tres efectivos se nos cruzó en el camino…

–¡Alto! Tengo una orden de detención…

–Edison, ¿Qué tal? Todo podía imaginar menos que tú también me estés buscando. Eres amigo de la familia.

–Pero, no olvides que también soy policía.

–Disculpa, si es así, entonces cumple con tu deber.

–No te preocupes. Solo quería advertirte que te están buscando. Tu casa también está vigilada. Recuerda que estamos en estado de emergencia y cualquier cosa puede pasar. En estas condiciones no puedes salir. Te recomiendo que te mantengas lejos hasta que esto pase.

–Gracias, saluda a tus papás y a tus hermanos.

El hermano de Mireya tenía razón, en esas condiciones no se podía trabajar. Por eso, no me quedó otro camino que hacerme a un lado. Querían mi alineamiento a como de lugar. Y como yo no podía estar con dios y el diablo a la vez, me fui.

Claro, con fiscales y jueces timoratos, sometidos a la dictadura, con el derecho a la información conculcada y con serias amenazas a las empresas donde laboraba, mi renuncia fue irrevocable. Y mi viaje a Lima inevitable.

 

Una respuesta to “La Historia que no se contó”

  1. Ernesto Ramos Fanola Says:

    Recordar los momentos que vivimos en el gobierno de Velasco, es una experiencia emotiva. Mas aun cuando recorremos los escritos de Herberth Castro un gran amigo y un verdadero maestro del periodismo, no podemos dejar de sentir una emoción,que nos abre la oportunidad de reencontrarnos con el pasado. Hay muchas anecdotas que las hemos compartido con Herberth, Alfredo Febres y muchos periodistas , diremos de esa epoca. Por ejemplo el recordar como se creo el programa El Espectador de Radio El Sur. La reunión donde estuvimos los tres y la propuesta de herberth para que el programa deportivo se llame Inkari, son recuerdos muy interesantes. Gracias Herbert Castro el Cusco te recuerda y te reclama.

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