El amor en la época del tocadiscos

EL AMOR EN LA ÉPOCA DEL TOCADISCOS.

A los 15 años cumplidos, con el radio en su dormitorio y el tocadiscos en la sala de su casa, la vida de Matías había cambiado radicalmente, a tal punto de colocar en segundo plano sus habituales juegos como el trompo, el tejo y el palito chino. Ahora tenía puestso sus ojos en las chicas y sus oídos en la nueva ola. Los únicos placeres que no cambió fue jugar dominó y leer comics.

Ahora sí sus fines de semana parecían de fiesta y no de miércoles, porque los chicos y chicas siempre tenían alguna reunión. Y, precisamente el sábado que se venía, Matías tenía una fiesta por el cumpleaños de uno de sus mejores amigos y compañeros de la primaria.

El sábado, se levantó más feliz que una lombriz porque estaba seguro que en la fiesta estarían sus excompañeros del jardín de la infancia, a muchos de los cuales no los veía desde hacía tiempo ya que algunos estudiaban en otros colegios.

Mientras miraba la tarjeta de invitación, pensaba en el resbalón que se había dado y su aparatosa caída en un pozo del Jardín de la Infancia por ocultarse de sus compañeros cuando jugaba  a las escondidas. Recordaba que en la clase compartía la misma carpeta con Tula, la niña más linda del salón que le había prestado su mandil para cubrir su desnudez, luego del chapuzón. Por eso su curiosidad de saber si ella estaría.

– ¿Estará más bonita, más fea, más alta que yo? ¿Se acordará de mí? Eran las preguntas que se hacía al momento de leer y releer la tarjeta.

En el kinder todas sus compañeras parecían iguales, con sus mandiles color rosa, algunas cambiando de dientes y sus peinados de cola, porque era lo más fácil para sus mamás. Lo único que las diferenciaba era el grado de viveza. Unas eran más agrandadas y otras más recatadas.

A la hora del recreo, las niñas pocas veces se juntaban con los chicos. Los chicos tampoco querían estar mucho con ellas, igualito que en el club de Toby. Sin embargo, por dentro se morían de ganas de estar junto a ellas. Todo los separaba, los juegos, el color de sus mandiles, rosado para ellas y celeste para ellos, la forma de vestir, ellas con faldas largas y ellos de pantalones cortos. A Matías particularmente no le gustaba mucho vestir de corto porque se lastimaba las rodillas cuando jugaba a las canicas, y lo que más le amargaba la vida era parecer más niño de lo que realmente era, sobre todo cuando tenía que asistir a una fiesta, como ahora.

Y a esta reunión inevitablemente tenía que ir de corto porque su madre había decidido lavar sus jeans y aún se estaban secando en el cordel.

– ¡Qué piña! – Exclamó.

Refunfuñando como el gato ron-ron salió de la casa para ir a la fiesta, de corto, como un árbitro de fútbol. Y allí también estaba Tula, la primera chiquilla que había logrado remover su corazón. Sin embargo, al entrar no la reconoció. Estaba totalmente cambiada, vestía elegantemente y lucía un peinado hecho seguramente en un salón de belleza, porque si la hubiera peinado su mamá, estaría de cola. Pensó.

Apenas ingresó, todas las niñas empezaron a mirarlo de pies a cabeza y a cuchichear. Rojo de vergüenza, imaginó que seguramente estaban comentando de sus pantalones cortos o a lo mejor de su caída al pozo, quizás del beso que un día le dio a una niña para agradecerle por el borrador que le prestó, provocando el grito de sorpresa de todo el salón.

Por los nervios movía las piernas entre sus pantalones cortos sin saber qué diablos hacer.

Hasta que Tula se acercó.

–Hola Matías. ¡A los años! ¿Qué fue de tu vida? Estás más alto.

–Tula, tú también estás…

–Dilo, no te chupes, dilo…

Con semejante insinuación se atarantó. Felizmente que en ese instante sus amigos, entre ellos el dueño del santo, se acercaron cortando la conversación. Y claro, ya en grupo se le vino el diablo al cuerpo. A los 15, los niños parecen más tímidos que las niñas. Y en esta reunión el dominio era notorio en género y número, hasta en picardía. Cuando todos  entraron en confianza empezaron las bromas. De pronto, recordando sus años infantiles, las niñas empezaron a mencionar el nombre de un niño asociándolo con el de una niña.

Tula, al escuchar su nombre vinculándolo con el de otro niño, pegó un grito.

– ¡No!

Y lo miró a Matías moviendo sus manos como diciéndome que eso no era verdad. Le  entendió perfectamente el mensaje y le sonrió. Al darse cuenta que su inconsciente la había traicionado Tula se puso más roja que un tomate.

No tardaron en llegar las gaseosas, los bocaditos, la torta, la canción de cumpleaños y los juegos. Y precisamente uno de estos consistía en responder a una palabra con un sinónimo. Quien fallaba recibía un castigo, como tomarse una botella de gaseosa ininterrumpidamente, sacarle los pasadores de los zapatos a un adulto, pedirle prestado el pañuelo al caballero más serio ó darle la mano a alguna dama gruñona. Cuando Tula no pudo continuar con la cadena de sinónimos, una de sus amigas sugirió como castigo que le de un beso a Matías, !si a eso se puede llamar castigo! Esa sanción ya se había dado anteriormente, la misma que fue cumplida de diversas maneras, con un beso volado, en la mejilla, o poniendo la palma de la mano en los labios del muchacho para que el ósculo no sea tan directo.

Tula, sin titubeos le ordenó a Matías que cerrara los ojos.

Se produjo un silencio sepulcral porque entre los chicos había una gran expectativa por saber cómo Tula iba a cumplir su castigo. En medio del silencio se acercó muy suelta de huesos y le estampó un apasionado beso en la boca, dejando boquiabiertos a todos. Y claro, a Matías también porque jamás hubiera imaginado hasta dónde podía llegar la osadía de Tula.

Fue cuando el tocadiscos comenzó a sonar más fuerte porque la dueña de casa, al ver aquel ósculo cinematográfico, aumentó el volumen, a propósito, para que todos salgan a bailar y así cortar el  juego, antes que llegue al rojo vivo.

Desde aquel día Matías no dejó de pensar en el beso de Tula. Buscaba con ansias una repetición porque el primero le había parecido solo una pizca de miel en sus labios. Por esa razón en la primera oportunidad que tuvo fui él quien tuvo la iniciativa y ella no hizo nada para impedírselo.

Seguramente que esos besos se hubieran repetido muchas veces y por un tiempo más prolongado pero el destino les jugó una mala pasada. De manera sorpresiva, el papá de Tula, quien se desempeñaba como funcionario de una entidad pública, fue trasladado a otra ciudad, con lo que aquella historia terminó como terminaban casi siempre las historias de amor de los chicos de 15 en la época del tocadiscos.

NOTA AL FINAL DE LA HISTORIA

NOTA:

A las nuevas generaciones, vale la pena señalarles que, mucho antes que aparecieran el USB, el MP3 y el CD, existía un aparato conocido como fonógrafo, uno de los fabulosos inventos de Tomas Alva Edison en 1978, para reproducir el sonido. Luego vino la vitrola, conocida también como gramófono, cuyo nombre viene del griego Grama: escritura y fono: Sonido. Fue por muchos años el aparato que reinó en los hogares y el primer sistema de grabación y reproducción de sonido que utilizó un disco plano, a diferencia del fonógrafo que grababa y reproducía el sonido sobre un cilindro.

La más popular de las marcas de esta vitrola fue, sin duda, RCA Víctor, identificada por la figura de un perrito y una bocina. Servía para reproducir las primeras grabaciones hechas en discos de aluminio que giraban sobre un plato a una velocidad de 78 revoluciones por minuto.

El sonido en la vitrola se producía por el roce de una aguja de acero que recorría los surcos del disco y se captaba a través de un brazo articulado. El embrollo era que se tenía que cambiar la aguja a cada rato, por su rápido desgaste, menuda tarea que junto con darle vueltas a la manivela era parte del placentero ceremonial para hacer funcionar este interesante aparato.

Luego de la vitrola, vino el tocadiscos o pickup. A diferencia de la primera, que tenía una aguja de acero, el tocadiscos vino con una pastilla que, según decían, era de diamante y muchos lo creían, con la que se logró, es verdad, una mejor calidad de sonido y una mayor duración. Algunos fabricantes, para abaratar los costos le colocaban agujas de cualquier cristal, incluso de baquelita, y los compradores las aceptaban por los bajos precios. “Con tal que suene, en buena hora” decían.. A esta aguja que solo tenía la apariencia del diamante, los comerciantes, siempre ingeniosos, la bautizaron como “diamantada” para decir que tenía semejanza al diamante. Naturalmente que esta aguja no garantizaba su duración, ni la calidad del sonido, pero al menos funcionaba. Finalmente aparecieron las pastillas magnéticas con las que se mejoró el sonido de los tornamesas.

Actualmente los modernos reproductores de sonido ya no usan agujas. El CD, por ejemplo, posee un lector óptico que reemplaza a la vetusta aguja. En el caso del toca cassettes, el sonido se producía por el contacto de la cinta con un cabezal que también se gastaba por la fricción y había que cambiarlo, pero no con la frecuencia de la aguja. Generalmente, el aparato se malograba antes que el cabezal. Todo dependía de la marca y del uso que se le daba.

Después de la vitrola y el pickup, aparecieron de manera sucesiva la radiola, que no era otra cosa que la combinación de un tocadiscos con un radio incorporados en un mueble de madera y una serie de compartimientos para guardar los discos y otros accesorios. Luego vino el equipo de sonido, el componente y el minicomponente (tocadiscos, amplificador, parlantes y un reproductor de cassettes en un solo artefacto, pero más pequeño).

Casi inmediatamente llegó el CD (disco compacto) y finalmente el MP3 (sonido comprimido) y MP4 (sonido e imagen). Ahora están de moda el USB dispositivo en el que se puede almacenar miles de canciones, los Ipods, el Ipad 2, las tablets, el blu ray para repreducir video y toda una interminable lista de aparatos multimedia.

Quienes tuvimos la suerte de seguir este extraordinario desarrollo tecnológico somos afortunados porque disfrutamos de su vertiginosa evolución, desde la vitrola, que reproducían discos de 78 RPM y luego el tocadiscos donde tuvimos el placer de escuchar por muchos años los discos de vinilo de 45 RPM y los LP de 33 RPM, el toca casetes, el CD, hasta el reproductor digital de hoy, sorprendentes cambios que revolucionaron el maravilloso mundo del sonido.

La invención de estos aparatos es lo mejor que le pudo ocurrir a la humanidad porque la música siempre ocupó uno de los primeros lugares en la escala de las preferencias del hombre. Particularmente a los chicos de la generación de de los sesenta y setenta del pasado siglo XX, la nueva ola nos volvía locos. Y estos aparatos contribuyeron a hacernos sentir los seres más felices porque, además de deleitarnos con su melodía y letras sencillas pero fascinantes, nos hicieron bailar los nuevos ritmos como el rock and roll y el twist.

Y quién iba a pensar que, en aquella época, el tocadiscos iba a revolucionar las fiestas, porque antes de la aparición de este maravilloso aparato, las fiestas familiares eran amenizadas por grupos de músicos aficionados, cantantes y guitarristas que interpretaban de todo, o grupos que a fuerza de ritmos movidos hacían mover a las parejas. La mayoría de las reuniones sociales eran amenizadas por una “competente” orquesta. Hasta que con el con el avance de la electrónica las fiestas empezaron a celebrarse con un tocadiscos y luego con “un potente equipo de sonido” com o decía la publicidad.

Lo lamentable de estas fiestas era que solo eran para los mayores. Los chicos eramos ignorados por completo. En los cumpleaños teníamos que contentarnos con una propina, una matiné en el cine más cercano y solo si el onomástico coincidía con un sábado, domingo o feriado. Y luego, todos nos íbamos a casa para disfrutar de la torta, cantar el Happy Birthday y soplar de velitas.

Con la aparición del tocadiscos la costumbre cambió totalmente porque ahora sí los chicos podíamos organizar fiestas. Lo único que no se alteró fue el ceremonial de la torta, la canción de cumpleaños siempre en dos idiomas, la primera parte en español y la segunda en inglés, como si todos fuéramos bilingues y, finalmente, el soplido de las velitas. Con el paso de los años, en lugar de chocolate en taza, se empezó a servir gaseosas y bocaditos, porque esa era la onda.

Con el correr de los años, además del baile, amenizado por un potente tocadiscos, aparecieron las piñatas, los globos, pitos, cornetines y hasta animadores que llegaban con payazos y chicos y chicas con disfraces.

Y claro, la aparición del tocadiscos nos obligó también a aprender a mover el esqueleto al compás de los nuevos ritmos que solo los escuchábamos por radio. Para colmo, hasta el manejo del receptor de radio era exclusividad de los mayores, quienes no permitían escuchar los nuevos ritmos porque eran considerados como destemplados y desenfrenados, incluso decían que esa música loca atentaba contra la moral y las buenas costumbres.

Los adultos urgaban el dial para buscar su música y soñar despiertos, así como para bailar bien aparrados los viejos tangos de Gardel, los boleros románticos de Los Panchos y las canciones lloronas de la tía Libertad Lamarque. Las parejas se pegaban tanto que parecían estar soldadas.

Con la aparición del tocadiscos, por fin llegó la hora de la liberación!.Y, coincidentemente no tardaron en ponerse de moda las acuarelas brasileñas, las warachas, el mambo y el chachachá. Apenas oíamos el Cumbanchero, chicas y chicos nos lanzábamos al ruedo. Eso mismo hacíamos cuando escuchábamos la Pachanga, Barrilito de Cerveza y otros inolvidables temas que decían…

Total para qué, te vas ha preocupar, las cosas como vienen se tienen que tomar…Ay, mamá Inés. Ay, mamá Inés, todos los negros tomamos café…(con leche). Tres cosas hay en la vida, salud dinero y amor…La mar estaba serena, serena estaba la mar, Luego con A: la mar astaba saraba, saraba astaba la mar, Con E: Le mer estebe serebe, serebe estebe le mer, Con I: Li mir istibi siribi, siribi istibi li mir …Y así sucesivamente…

La jarana continuaba con…Cachito, cachito, cachito mío, pedazo de cielo que dios me dio…Para bailar la bamba, para bailar la bamba se necesita un poquito de gracia, un poquito de gracia y otra cosita. En mi casa me dicen el inocente, porque tengo muchachas, porque tengo muchachas de quince a veinte y arriba y arriba. Por ti seré, por ti seré…La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar, porque no tiene, porque le falta las dos patitas de atrás…Bailar, bailar, bailar, la raspa popular…

Y cuando llegó la nueva ola, ¡fue una locura! que hasta San Pedro seguramente movía las caderas en el cielo al estilo de Elvis Presley. Y con la nueva ola hizo su aparición la rockola o sinfonola, como la quieran llamar, maravillosa máquina musical tragamonedas que estaba dentro de un mueble metálico que tenía la parte superior redondeada, con luces de colores que  Tomás Alva Edison se ingenió para convertirlo en un gigantesco tocadiscos con fines exclusivamente comerciales porque para elegir la canción que se quería escuchar necesariamente se tenía que colocar una moneda en una ranura y luego se presionaba un botón para que empiece a sonar la música. Rockola era la marca comercial del artefacto, la marca se hizo tan conocida que todos los aparatos de este tipo, aunque fueran de otra marca, se conocían como “rocola”, tal como sucedió con la hojita de afeitar marca Guillette o la pasta dental Kolynos. El término rock and roll se inspiró en “rockola”.

3 comentarios to “El amor en la época del tocadiscos”

  1. Xandrésalfarov Says:

    Me gusto mucho

  2. Xandrésalfarov Says:

    Sería muy bueno colocarle algunas fotos de referencia.
    saludos

  3. joaquin Says:

    !Está exelente!, yo le agregaría algunas imágenes.. saludos!!

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