El diablo y la escofina

Madrid era una noche, el estadio Santiago Bernabéu un cementerio y los hinchas del Real Madrid parecían muertos vivientes que caminaban con sus cabezas gachas por la pérdida de su equipo, en su propia cancha, por tres tantos a cero y nada menos que ante el Barcelona FC, su tradicional rival.

En medio de esa masa humana, Manolo salía en silencio con el rostro desencajado, a diferencia de Javier y Esteban, que caminaban felices por el triunfo del Barza. Y bien que lo sabían disimular, para no agravar el alicaído ánimo de su compañero y, también, para no complicarse la vida porque todavía se hallaban en terreno minado, es decir dentro del perímetro del estadio, donde una sola mueca de alegría podía herir el orgullo de los hinchas albos que salían como si lo hicieran de un velorio. Unos se iban a sus casas y otros a la calle de Echegaray, la tradicional vía de los tablaos y el flamenco, con un solo propósito: ahogar sus penas en vino y cerveza.

Los bares de la plaza de Santa Ana y San Jerónimo estaban repletos y quienes llegaban tarde ya no encontraban sitio y se veían obligados a irse al ladito, es decir a la calle de la Cruz. Allí sí que nunca faltaba espacio porque, en esta calle no muy concurrida, creían en eso de “el duende aparece cuando menos te lo esperas”.

Finalmente, los tres amigos decidieron entrar a Los Gabrieles, sin importarles hacer tiempo en la barra hasta que los mozos les habiliten una mesa adicional a un costado de la pasarela central que, por suerte, resultó siendo el mejor lugar para ver de cerca la actuación de Leo Maya, la artista que tenía la misma categoría de Marina Heredia, El Cigala, Ramón Porrina, El Bandolero, El Morito, Lolita, Paco de Lucía, es decir la crema y nata de la cartelera española.

Los tres amigos ya se encontraban sentados y se aprestaban a beber sus primeras copas de vino acompañadas de chacinas. Y antes de levantar sus copas se miraron unos a otros como preguntándose quién sería el osado de hacer el primer brindis. Hasta que Manolo levantó su copa diciendo…

–Brindo por la virgen de Zaragoza. El que no bebe…no la goza.

Esteban, que ya tenía la lengua desatada, no tardó en responder…

–Brindo por ella, la más bella…la botella.

Como cogiendo el guante, Manolo nuevamente se paró y dijo:

–Salud y peseta, que linda es la mujer que no se pinta la jeta.

Entusiasmado por el verbo florido de sus amigos, Javier también se puso de pie y con un estilo ceremonioso levantó lentamente su copa, como el sacerdote el cáliz, y dijo:

–El que bebe se emborracha, el que se emborracha duerme, el que duerme no peca y el que no peca se va al cielo. Puesto que al cielo vamos, ¡Bebamos!

Al escucharlos, un borrachito de la mesa vecina se les acercó con disimulo y bajando la voz, y la cabeza, les pidió respetuosamente le permitan hacer un brindis a lo macho, como se hacía en México, su tierra natal. Todos asintieron con la cabeza.

–El peor enemigo del hombre es el trago, pero el que le huye, ¡es un cobarde! Salud muchachos.

Los tres le respondieron…

– ¡Salud, dinero y amor…Y tiempo para gastarlo!

En ese momento un turista chileno que los escuchaba, tampoco pudo resistir la tentación y levantando su copa de vino se acercó a la mesa de los muchachos y pidió permiso para decir lo suyo…

– Voy a brindar por un gato que corría por las tejas en pos de una gata vieja con la que tenía tratos. Después de correr un rato el pobre ya muy cansado se resbaló del tejado cayendo al suelo de guata.

¿Cómo estay? dijo la gata, y el gato respondió ¡miao!

Pero este empinar de codos no era ni por el triunfo del Barza, ni por la pérdida del Real, los tres amigos bebían por haber ganado un concurso promovido por la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la universidad Complutense de Madrid para realizar un viaje de investigación al Perú, con todos los gastos pagados.

– ¡Esta será la mejor oportunidad para conocer la tierra de mis ancestros! – Decía Javier, un joven madrileño de madre peruana y padre español.

Esteban, tampoco ocultaba su felicidad porque, de paso, podría darse un salto a Buenos Aires para visitar a sus familiares, a quienes no los veía desde hace años.

Manolo era el único español nato. Pertenecía a una familia de abolengo que había perdido su fortuna por causa de la dictadura de Franco, pero estaba ávido por viajar al Perú, país que decía conocerlo al dedillo, por sus lecturas.

Las botellas iban llenas y regresaban vacías y los rostros de los mozos se perdían entre el humo de los cigarrillos. Los tres no paraban de hablar. El local estaba a media luz y una de las grandes estrellas del flamenco estaba a punto de iniciar su actuación. Bastó que apareciera en las tablas para que todo el salón estallara en aplausos.

Después de algunas piezas románticas, la gitana empalmó con un pasodoble y, haciendo gala de su gran dominio de escena, invitó al más valiente a subir a las tablas. Había que ser muy osado para aceptar el reto, por eso nadie se paró.

Fue cuando Esteban, el más burlón de los amigos, con disimulo le hizo una seña a la diva para que lo saque a bailar  Manolo, Ella, entendió perfectamente el mensaje y bajando al llano le extendió la mano al sorprendido Manolo quien, al verse atrapado como un insecto en una botella de vino, no sabía qué hacer. La sangre de sus venas hervía. Miró a sus amigos como diciéndoles que la pagarían. Ellos le respondieron poniendo sus caras de inocentes, juntando las palmas de sus manos como si estuvieran rezando.

– ¡Coño, me cago en la leche! – Gritó Manolo.

Y como no era nada tonto, se le acercó a la bailarina y le dijo al oído que no podía salir porque estaba de duelo por el fallecimiento de su abuelita. Por supuesto que la artista no le creyó. Probó otra treta diciéndole que tenía uñeros y que estaba estrenando zapatos. Tampoco esto le funcionó.

Fue muy tarde para las excusas porque con sus aplausos, los parroquianos ya lo habían sentenciado a subir a las tablas. Y mientras subía, se acordó que por sus venas corría sangre flamenca y que su abuelo siempre le decía que en el ruedo era donde se conocía a los hombres.

Alentado por los aplausos, no le quedó otra cosa que intentar dar algunos pasos y, poco a poco, a dibujar algunas figuras. A los pocos segundos Manolo ya estaba moviéndose como un trompo y zapateando, con tantas ganas, como queriendo hundir todos los clavos de sus complejos en los maderos del escenario. Al final, hasta se dio el lujo de tomar a su pareja por la cintura, haciéndola sucumbir.

Manolo había cumplido. La artista reconoció sus esfuerzos y pidió un aplauso para él.

El día del viaje, muchos de sus compañeros de la universidad fueron hasta el aeropuerto de Barajas para despedirlos y entre bromas y risas les dijeron que ojala les vaya tan bien como a Pizarro, Almagro y Luque, “Los tres socios de la conquista”.

– ¡Joder! Un momentito sufridos, ellos fueron a someter a todo un imperio, nosotros vamos a estudiar las causas del descontento de ese pueblo, que aún no puede salir de la pobreza.

Para que el viaje sea una aventura inolvidable, lo hicieron por Manaos, ciudad ubicada en plena selva brasileña. Allí abordaron una lancha para navegar por el Amazonas, el río más caudaloso del mundo, hasta llegar a Iquitos, ya en territorio peruano.

Estaban locos de felicidad, sin relojes que les marquen su tiempo, sin coches atascados en los semáforos y sin nadie que los apure, porque en medio de la jungla, parecía que el tiempo retozaba sobre una hamaca.

Pero como el viaje tenía que continuar, al día siguiente se subieron a un deslizador. Y luego de desembarcar en un punto de la selva central, tomaron un destartalado bus que a las pocas horas de pronto el vehículo se paró en seco.

Por la frenada, los pasajeros que se hallaban durmiendo despertaron sobresaltados. Ya al salir de su letargo, se dieron cuenta que dos troncos atravesaban la pista y el bus fue rodeado por un grupo de encapuchados vestidos de uniformes verde-olivo, armados hasta los dientes. Dos de ellos subieron al vehículo y luego de hacer una minuciosa inspección les exigieron a los pasajeros que se identificaran. En vista que los tres amigos habían guardado sus pasaportes en sus mochilas no pudieron entregarles y, solo por ese detalle y sus fachas, les ordenaron que bajaran con las manos en alto.

Luego de lanzar arengas y repartir panfletos, los asaltantes retiraron los troncos de la pista para permitir que el carro continúe su viaje, mientras los obligaron a rehenes a caminar junto a ellos con los ojos vendados.

El bus siguió su marcha y no paró hasta llegar al primer control policial, donde el primero en bajar fue un hombre de unos 30 años que hasta ese momento había pasado inadvertido entre los pasajeros y raudamente se desplazó hacia la dependencia policial llevándose las mochilas de los estudiantes.

Sin pérdida de tiempo, se presentó ante el comisario y se identificó como agente del Servicio de Inteligencia Nacional y pidió un teléfono.

-Aló, señora Pinchi Pinchi, le habla el suboficial Villegas, Puedo hablar con el Doctor?

-Un momentito, ya le comunico.

Y luego de ponerle al tanto del caso a su interlocutor, el suboficial afirmó…

–Doctor, los tres son extranjeros y estoyr seguro que son miembros del MRTA. Tengo sus pasaportes con sus fotografías.

-OK, oficial envíeme las fotos lo más rápido posible. Mañana el Congreso debate las facultades para que los ministerios cedan fondos al SIN y esta noticia caerá a pelo. Villegas, cuando venga búsqueme, ya tiene su ascenso.

Entretanto, los guerrilleros y sus rehenes llegaban a un lugar escondido en la selva donde para ingresar, uno de ellos se identificó con un santo y seña. Luego de unos minutos, los estudiantes fueron despojados de sus vendas y lo primero que vieron fue una gran catarata de agua que caía desde lo alto de una montaña para formar una hermosa laguna en cuya orilla se había instalado el campamento.

La columna fue recibida con vítores, no solo porque retornaba sin bajas que lamentar sino porque además traían prisioneros. Y ni bien se despojaron de sus prendas, se arrojaron al agua para refrescarse. Lo propio hicieron los estudiantes, luego de recibir el consentimiento del jefe. Y olvidando su condición de rehenes, se pusieron a jugar con sus captores que en su mayoría eran también jóvenes como ellos. Ya en la noche fueron llamados para ser interrogados a la luz de la luna.

– Ahora nos pueden explicar qué mierda hacen tres estudiantes de una universidad española en territorio peruano? ¿Son espías de la CIA o del SIN?

–Vinimos a realizar un trabajo de investigación para sustentar nuestra tesis.

– Carajo, Ese es un cuento chino. ¡Si quieren vivir digan la verdad!

–Esa es la verdad. Venimos a estudiar las causas sociales de la violencia.

El interrogatorio duró varios días. Y a medida que los iban conociendo, el trato de sus captores fue más cordial. Finalmente, luego de las averiguaciones y convencidos que no eran agentes encubiertos de la CIA ni del SIN, los guerrilleros se mostraron más condescendientes y abiertos al diálogo. Hasta que en la madrugada fueron despertados por sorpresa y les ordenaron levantarse porque serían liberados. Y así fue. Apenas terminaron el desayuno les volvieron a vendar los ojos y se los llevaron para dejarlos en la carretera.

Cuando se descubrieron las vendas, los muchachos se dieron cuenta que se hallaban en el mismo lugar donde el bus había sido interceptado. Todavía sorprendidos por la experiencia y mucho más porque nos les habían arrebatado su dinero, empezaron a caminar por un costado de la vía esperando que alguien los transportara pero ninguno de los conductores quería parar por temor a ser asaltado. No les quedó otra cosa que seguir caminando durante dos días hasta llegar a un pequeño poblado donde lo primero que vieron fue un restaurante de mala muerte.

Los pasajeros de los buses que iban llegando se disputaban las pocas mesas vacías y reclamaban a gritos la presencia del único mozo que no se abastecía, por la gran cantidad de comensales.

Los tres coincidieron en ingresar a este local creyendo que allí también se cumplía aquella regla infalible que dice: “si el local está lleno es porque es bueno”. A falta de mesas se ubicaron en el mostrador y lo primero que hicieron fue solicitar una gaseosa, mientras revisaban el listado.

–Tres sándwiches de jamón por favor.

En ese instante, Manolo le codeó a Javier para que dirija su mirada hacia la luna de la caja donde se exhibía un afiche con sus fotos y un titular que decía: “Buscados por terrorismo”. Rápidamente se dieron cuenta que las fotos eran una ampliación de las que tenían en sus pasaportes por lo que disimuladamente bajaron sus gorros casi hasta la altura de sus narices para evitar que alguien los reconozca. Y, luego de pedir la cuenta, se fueron.

El mismo afiche se había distribuido en todas las dependencias públicas y controles policiales y sus fotos aparecían hasta en las primeras planas de los diarios chicha controlados por el SIN. Y como ninguno de ellos tenía sus documentos de identificación, temían que los capturen y los tengan incomunicados por meses, incluso años, como sucedía a menudo cuando se producía estas detenciones. Por eso, en lugar de continuar viaje a Lima, optaron por tomar la ruta opuesta hacia la sierra.

No fue muy fácil convencer al conductor del camión para que los llevara, por la orden de captura que pendía sobre ellos. Finalmente aceptó por una buena paga, pero con la condición que se oculten entre la carga que transportaba el pesado vehículo. Valió la pena que tomaran precauciones porque ni bien llegaron al primer control policial uno de los efectivos que tenía la cara de pocos amigos, se acercó y le ordenó al chofer que estacionara el camión a un costado de la carretera para inspeccionar la carga. Lo hizo con ojo de lince y luego se paró al costado de la caseta.

– Buenas tardes ¡Sus documentos! – Pidió.

–Buenas tardes jefe. Aquí están.

– ¿A dónde se dirigen?

–¿Qué llevan?

–Harina, fideos, leche y algunas cajitas de cerveza, jefe.

–Bueno, bueno, la placa del vehículo está borrosa. Como usted sabe, de acuerdo al reglamento esto es una falta grave y…la papeleta…si mal no me acuerdo…asciende a 150 soles.

–Pero…jefecito, es por el barro. Mire, le doy una limpiadita y ya está. Por favor no me haga esto, usted sabe lo poco que se gana en transporte.

–Bueno, pero tienen que caerse con algo, nosotros también ganamos poco.

– ¿Le parece bien diez luquitas jefe?

–Sí, y unas cuantas chelas más, pero démelas disimuladamente porque aquí hay muchos sapos.

–Está bien jefe

Desde el primer momento los tres muchachos quedaron encantados con el clima y el paisaje de la ciudad a la que habían arribado finalmente.

– ¿A qué se dedica la gente además de la agricultura? – Preguntó Manolo. Y el ayudante le respondió:

–A la artesanía y a la zapatería porque lo que más se gastan aquí son los zapatos.

El ayudante no dejaba de tener razón porque, los zapatos que provenían de las dos únicas fábricas nacionales, costaban un ojo de la cara y no duraban mucho. Tenían buena apariencia pero no resistían al uso que se les daba, sobre todo en la época de lluvias. Los estudiantes decían que no servían ni para marchar.

Luego de buscar varios días, lograron ubicar una casa adecuada donde también decidieron instalar un pequeño negocio que les permita obtener algunos ingresos para solventar sus gastos y, lo más importante, para relacionarse con los habitantes y recabar la información que necesitaban para hacer su tesis. Y como no tenían sus pasaportes, acordaron mantener su identidad en secreto, hasta que puedan regularizar su situación.

Después de estudiar varias alternativas, decidieron instalar una zapatería porque el abuelo de Manolo les había enseñado los secretos de este oficio, en Madrid.

Para empezar, tuvieron que adquirir algunas herramientas tradicionales como el diablo, la escofina, alicates, martillos de cabeza plana, correas de cuero para afilar navajas, mandiles de badana y mesas.

Por sus conversaciones con algunos vecinos, se enteraron que lo que más les fastidiaba era la pésima calidad de la mano de obra y la impuntualidad de los zapateros. Esta era la característica de todos los “teros”: Carpinteros, gasfiteros, hojalateros y naturalmente de los zapateros. Para no incurrir en esos mismos errores se propusieron trabajar bien y utilizar los mejores materiales.

Una mañana, en momentos que abrían las puertas del local, Javier vio un lujoso automóvil estacionado en la calle, era un Cadillac antiguo, color negro, con sus cromos relucientes. El chofer, al notar que abrían las puertas, bajó y se dirigió hacia ellos portando un par de zapatos de charol.

– Buenos días, los estuve esperando. Necesito que le cambien los tacos a estos zapatos.

Y luego de recomendarles que lo tengan listo a más tardar para el jueves, se fue sin preguntar cuánto le cobrarían por el servicio, ni siquiera les pidió un comprobante.

Javier, sorprendido por la actitud del chofer, se quedó mirando el carro. En ese momento, alguien bajó las lunas posteriores del auto y apareció el rostro de una muchacha de ojos negros que se clavaron en los de él.

Manolo, que había notado el detalle en todo de burla le advirtió…

–Mejor no te metas con los clientes, porque…

Pero al escucharlo, Esteban tiró el diablo que tenía sobre sus rodillas y escofina en mano salió para ver a la misteriosa muchacha y bromeó…

–Yo pienso lo contrario, si la conquistas a lo mejor cambia la suerte de todos nosotros.

En horas de la tarde, en el interior de un salón de belleza conducido por un peinador amanerado y donde todo podía faltar menos el chisme, se hallaban dos damas que tenían sus cabezas metidas en las secadoras, platicando en voz alta.

– ¿Sabías que la fiesta del prefecto será con una orquesta de Lima?

–Dicen que también las bebidas las han mandado traer de allá.

–Ay hija, con la plata que tienen, qué sorpresas más nos darán.

En ese instante se escuchó el claxon de un vehículo. Llovía a cántaros y, el estilista, con diploma otorgado por la Academia Sabel de Lima, que lo tenía colgado a propósito en un lugar visible para que todo el mundo lo viera, saltó como impelido por un resorte y paraguas en mano se dirigió hacia la puerta para recibir a una encopetada dama, que entraba acompañada de su hija.

Por los nervios, el peinador parecía una gelatina en un plato. Y mientras las invitaba a pasar, sin importarle que había dejado de atender a las otras damas, puso toda su atención a disposición de las recién llegadas. Las señoras que tenían sus cabezas metidas en las secadoras las saludaron batiendo sus manos y con una sonrisa de oreja a oreja. Hasta las clientas que estaban remojando sus pies para hacerse la pedicure, se deshacían en halagos. No era para menos, se trataba de doña Rosita, la esposa del prefecto, y su hija Valeria.

En medio del barullo, doña Rosita se sentó frente a un gran espejo donde estaba colocada la fotografía del peinador al lado del conocido estilista Silvio, “El peinador de las reinas de belleza”.

– ¿Y cómo van los preparativos para la fiesta, Doña Rosita?

-Ay hija, perdón, hijo, felizmente los problemas se van solucionando. Lo único que nos preocupa es la lluvia que no deja de caer desde hace tres días y los terroristas.

La hija de doña Rosita, sin darle mucha importancia a la conversación de su madre con el estilista, se fue a sentar cerca de la mesita donde estaban las revistas que, de puro amarillentas, desfallecían por el flagelo del tiempo. Entretanto, las otras damas seguían cotorreando.

– Y, ¿ya conocen la nueva zapatería? – Preguntó una señora que tenía tantos ruleros en la cabeza, como espinas la piña.

– Ay Hija, dirás renovadora. Parece que es buena.

–Todavía no he solicitado sus servicios. Por lo menos los jóvenes que atienden parecen más respetuosos que los empleados de la zapatería “La ojota”– Intervino otra señora, mientras remojaba los dedos de sus manos en dos pequeños recipientes para ablandar sus uñas y se las puedan recortar con más facilidad.

–Ya hacía falta un local como ese. Y no saben, ¡Qué apuestos que son!– Le respondió la señora que tenía el rostro embadurnado para un tratamiento facial.

–Lo tenemos todo listo. Lo único que nos preocupa es la lluvia y los terroristas. Mi esposo ha recibido un informe de la policía donde se señala que los han visto merodeando por los alrededores.

Tres días antes del cumpleaños del prefecto, Javier ya estaba levantado antes de seis de la mañana para hacer como todos los días su acostumbrado footing, mientras sus compañeros seguían entre sábanas.

Empezó a trotar suavemente por las primeras cuadras de una calle cercana al local. Y de pronto vio que delante de él iba una deportista a ritmo sostenido, lo que le animó a apretar la velocidad para alcanzarla. Ella, al notar que alguien se le acercaba, aceleró la marcha a propósito.

Javier no se quedó atrás y la siguió, a pesar que el corazón se le salía por la boca. Ella sonrió y aminoró el paso para que no piense que quería medir fuerzas con él.

–Hola, te felicito, estás en buen estado físico – Le dijo Javier, sin poder ocultar su jadeo porque aún no se había adaptado a la altura.

En cambio, la muchacha se mantenía fresca como si recién hubiera empezado su rutina de ejercicios.

–Gracias, veo que tú también tienes buen ritmo.

Al ver sus ojos, negros y vivases, Javier la reconoció. Era la misma muchacha que días antes la había visto dentro del Cadillac negro. Por un momento se quedó mudo, como si la lengua se le hubiera trabado. Ella también lo reconoció pero no hizo ningún comentario. Y cuando Javier quiso continuar la conversación…

– Bueno, yo me quedo aquí. Hasta la vista…

– ¿Esta es tu casa?

– Sí, vivo aquí.

– ¿Nos volveremos a ver?

La muchacha, no le respondió pero le regaló una sonrisa y traspuso raudamente el umbral de la puerta. Casi inmediatamente, los miembros de la policía que custodiaban el lugar, cerraron el portón con fuerza y miraron a Javier como advirtiéndole que no se podía quedar allí por ser zona de seguridad.

En ese momento, sus amigos, que llegaban con retraso, se sorprendieron al ver que Javier no estuviera corriendo.

–Qué raro, alcanzamos a Javier.

–A lo mejor ha sufrido un desgarro o una luxación.

Por supuesto que no era nada de lo que ellos imaginaban, sino todo lo contrario, Javier estaba mejor que nunca y, apenas llegaron, saltó en un solo pie de puro contento, como si hubiera ganado la Maratón de San Silvestre.

–Y ahora, ¿Qué mosquito te ha picado?

– ¡El bichito del amor! ¿Saben quién era la muchacha de los ojos negros?

– No

– Se llama Valeria y es ¡hija del prefecto!

Valeria, estudiaba Economía en una universidad de Lima y había llegado para disfrutar de sus vacaciones en compañía de sus padres y de sus entrañables amigas Carmela, profesora de educación inicial y Teresa, que seguía la carrera de Derecho. Las tres se divertían saliendo de paseo en sus bicicletas. Y, precisamente, aquella tarde cuando daban vueltas en la plaza de Armas…

– ¿Qué te parece si vamos a dar unas vueltas otros lugares? Sugirió Teresa.

–No es mala la idea.

Y, por esas cosas del destino, mientras pasaban por la puerta de la renovadora, se zafó la cadena de la bicicleta de Teresa y tuvieron que detenerse. Manolo, que siempre tenía un ojo puesto en la calle, al darse cuenta del percance tiró las cosas que tenía entre manos y salió para auxiliarla.

–Déjame ayudarte. Hay que ajustar la catalina para tensar la cadena.

Después de solucionar el problema, le dijo que estaba a su disposición todas las veces que ella quisiera. Y se despidió con una venia al estilo taurino, como buen andaluz que era.

Apenas ellas se retiraron, Javier bromeó.

– ¡Qué buena faena Manolo ! Te mereces una oreja.

– ¿Oreja nomás?. Ja ja ja. Me hubiera gustado que Esteban viera mi actuación con las chicas, para que aprenda. A propósito, ya debe estar por llegar.

Mientras las muchachas se alejaban, también se pusieron a cuchichear sobre la actitud de Manolo.

– ¿Te diste cuenta? Dejó todo para ayudarte. ¡Qué simpáticos que son! No parecen ser lo que son.

– Valeria, sería bueno que los invites a la fiesta – Le pidió Teresa.

–Pero, ¿Cómo, si ni siquiera los conocemos, qué van a pensar?

Entretanto, sin saber nada de lo ocurrido, Esteban hacía compras en el centro. Una de las cosas que no podía ocultar era su inconfundible dejo argentino. Formaba parte de su personalidad, no obstante de haber estado varios años en España. Por eso el dueño del establecimiento donde frecuentaba, se había encariñado con él porque le hacía recordar también sus años de estudiante en la universidad de Mar del Plata, donde conoció a quien fue su esposa. Precisamente de esa unión había nacido Carmela, amiga de Valeria. Tenía un carácter muy suave que, a veces, ya parecía timidez, seguramente por el trauma de haber sido abandona por su madre cuando apenas tenía seis años.

Al verlos conversar animadamente, se sentía muy feliz porque era una de las pocas veces que su padre disfrutaba de la compañía de un cliente. Ambos la pasaban bien, riendo y hablando de fútbol, del Boca Junior, de las canciones de Palito Ortega, Leonardo Favio, Leo Dan y hasta de las parrilladas argentinas.

En un  momento, mientras el dueño de la tienda se retiró para atender a unos clientes, Esteban, se le acercó a Carmela y casi al oído le dijo que le gustaría salir con ella. Fue todo tan inesperado que la muchacha  se ruborizó y no supo qué responder, pero fueron interrumpidos por su padre.

–Che Esteban, quedáte a tomar un mate, que yo mismo lo preparo- Le dijo el dueño de la tienda con burlón dejo argentino.

–No, don José, por favor no se moleste, los pibes deben estar echando chispas por la demora. Otro día me quedo, se lo prometo.

Las horas pasaban y los preparativos para la fiesta de cumpleaños del prefecto se ultimaban. Valeria no dejaba de pensar en la sugerencia de su amiga de invitar a los muchachos. Ella también lo deseaba porque no había visto a Javier desde la vez que se conocieron corriendo.

El viernes en la mañana, un día antes del cumpleaños, el Cadillac negro se apareció nuevamente en las puertas de la zapatería. Y cuando el chofer se aprestaba a bajar, Valeria le dijo que no se preocupara porque ella y su amiga Teresa se encargarían de recoger los zapatos de su padre.

Javier, al ver el carro, se puso a envolver los zapatos del prefecto para no hacerle perder tiempo al chofer. Pero al darse cuenta que quien se acercaba no era él sino la chica de los ojos negros, acompañada de Teresa, casi le da un patatús.

Por sus fachas, quería que se lo trague la tierra, porque justo en ese momento se hallaba con el mandil de badana amarrado a su cintura y sus manos teñidas de betún. Al notar su rubor, Manolo se adelantó al encuentro de las chicas.

–Qué gusto de verlas.

–Venimos a recoger los zapatos de mi padre y de paso Teresa quiere dejarles sus zapatos para que les cambien las tapas de los tacos.

– De eso me encargaré yo. Y te aseguro que quedarán como nuevos.

En el tocadiscos se oía la canción “Paint it black” de los Rolling Stones. Y al notar que Teresa empezó a tararearla…

– ¿Te gusta? Si deseas te presto el disco.

– ¡No me digas! gracias, tú no sabes cómo me encantan “estas piedras rodantes”. Para mí son mejores que The Beatles.

–Ni tanto, ni tanto, no exageres. Vas a parecer más fanática que una hincha del Real Madrid, pero me alegra que tengamos los mismos gustos. ¿Escuchaste El sonido del Silencio de Paul Simon? También tengo ese disco.

–Cómo se nota que están al día con la nueva ola – Intervino Valeria, que hasta ese momento se mantenía al margen de la conversación. A propósito ¿Qué planes tienen para este sábado? Preguntó.

Manolo, luego de mirar a su amigo, le respondió.

– ¡Nada!

En ese momento, el chofer, que se hallaba impaciente por la demora de Valeria, se acercó hasta la puerta del local y los interrumpió.

–Disculpe señorita Veleria. Su papá me recomendó volver rápido porque tiene que asistir a una inauguración y necesita el carro.

–Tiene razón, se me olvidó por completo. Vamos Teresa. Chao chicos. Aquí les dejo la invitación –Y salieron apuradas.

El sábado, a las 9 de la noche, los primeros invitados en llegar fueron Don José y su hija Carmela. El caballero, elegantemente vestido de terno y corbata, portaba en una mano la invitación y en la otra una botella de vino. El encuentro con el dueño del santo fue cordial y de sinceras muestras de afecto porque, además de las excelentes relaciones que ambos mantenían, también los unía la amistad de sus hijas.

Los asistentes, ingresaban al local previo chequeo de sus nombres en la puerta principoal. En la entrada del gran salón, el prefecto y doña Rosita recibían personalmente a sus invitados. El alcalde, su esposa y su hijo Germán, tuvieron una de las llegadas más ostentosas porque no solamente estaban acompañados por miembros de su propia seguridad, sino por un empleado que portaba los regalos y otro que sostenía el paraguas, para protegerlos de las primeras gotas de lluvia que empezaban a caer.

En el interior de la residencia, los músicos de la orquesta afinaban sus instrumentos, mientras los mozos pasaban las copas de champán para hacer el primer brindis.

Lo primero que hizo el hijo del alcalde, al entrar al salón, fue buscar a Valeria, a quien la pretendía, a pesar que sabía que ella no sentía nada por él. No tardó en ubicarla en el balcón que daba a la calle principal, desde donde se podía ver la llegada de los invitados. La muchacha estaba acompañada de sus inseparables amigas Teresa y Carmela quienes, al notar que Germán se acercaba, se retiraron para no pasar de impertinentes.

A Germán no le importaba un bledo la indiferencia de Valeria porque sabía que los padres de ambos ya se habían puesto de acuerdo para formalizar esa relación.

– Hola Valeria ¿Cómo estás? La fiesta está linda, igual que tú – Le dijo mientras la saludaba dándole un beso en la mejilla.

–Hola Germán, espero que todos se diviertan – Le respondió sin dejar de mirar su reloj y la calle, hecho que le llamó la atención a Germán.

– ¿Esperas a alguien en especial? Te noto impaciente.

– ¿Te parece? Es solo tu imaginación. Bueno, creo que ya es hora que mis padres empiecen el baile – Y se retiró al interior de la sala.

Teresa y Carmela, tampoco dejaban de mirar sus relojes, y la puerta.

De pronto, se escuchó una fanfarria ejecutada por la orquesta y Doña Rosita, entre nerviosa y vanidosa, se paró de su asiento y se dirigió al centro del salón, donde emocionada pidió a la concurrencia hacer un brindis por la felicidad de su esposo. Y, acercándose a él lo invitó a cruzar sus copas, diciéndole…

–Salud amor y…que seas muy feliz.

–¡¡Salud!! Respondieron todos.

Inmediatamente, la orquesta comenzó a tocar el tradicional Vals de Aniversario para que la pareja inicie el baile. Los invitados los animaban con palmas. A mitad de la pieza, doña Rosita llamó a Valeria para que le tome la posta y se fue a sacar al alcalde. Igualmente, el prefecto invitó a la esposa de este, dejando libre a Valeria, lo que aprovechó Germán para bailar con ella.

– Valeria, ¿Escuchaste las noticias de las ocho?

–No. Estuve muy ocupada con los preparativos de la fiesta.

–Dijeron que una columna de terroristas del MRTA se dirige hacia el sur.

–No me digas.

Valeria nunca había deseado tanto que la pieza terminara para ir a buscar a sus amigas. Por eso cuando la orquesta dejó de tocar lo primero que hizo fue unirse a Teresa.

–Parece que tus amiguitos no vienen. Deben estar riéndose de nosotras – Le comentó.

 

En ese momento, se acercó uno de los policías que estaba a cargo de la vigilancia de la puerta…

–Disculpe señorita Valeria, afuera están tres jóvenes que preguntan por usted. No les hice pasar porque solo traían una invitación y sin nombre. Además cuando les pedí sus documentos de identidad, dijeron que no los tenían.

Sin esperar que termine de hablar el policía, Teresa se ofreció salir a la puerta. Efectivamente, ahí estaban los tres amigos, elegantemente vestidos. Al verlos, no pudo ocultar su asombro por el cambio. No parecían los jóvenes sencillos que los había conocido unos días atrás, sino los pajes de una reina. Ellos, a su vez, al verla a Teresa recién se sintieron aliviados, porque con tanto problema en la puerta, ya estaban a punto de retirarse.

–Teniente, los jóvenes son invitados de la señorita Valeria – Le explicó al jefe de los encargados de la puerta.

–Disculpe señorita, usted sabe, solo cumplimos con nuestro deber…¡Jóvenes ya pueden pasar! pero sería bueno que en otra oportunidad traigan sus documentos.

–Está bien, tendremos en cuanta su recomendación.

Apenas ingresaron al salón, los tres se convirtieron en el centro de las miradas. Las damas se codeaban unas a otras preguntándose quienes eran aquellos desconocidos. Algunas señoras que ya habían visitado la renovadora, los miraban de pies a cabeza y comentaban:

–Te juro que los he visto en alguna parte.

–A lo mejor, porque tienen caras conocidas.

–De lo que sí estoy segura, es que estos jovencitos, no son de aquí. Tienen toda la pinta de ser foráneos.

Otra de las sorprendidas fue Carmela porque que no sabía nada de la invitación a los tres muchachos. Al verlos, no lo podía creer porque uno de ellos era Esteban, el muchacho del dejo argentino, el cliente del almacén de su padre, el chico que se había atrevido a invitarla a salir.

– ¡Dios mío! – Exclamó.

– ¿Lo conoces?– Le preguntó Valeria.

–No, no, bueno, sí. No estoy muy segura.

En el bar, Germán bebía con un grupo de amigos. Se jactaba que tarde o temprano Valeria caería rendida en sus brazos. Pero apenas vio ingresar a los extraños, cambió de cara y preguntó:

– ¿Y quiénes son esos tipos? Que ni se acerquen a Valeria, porque …

Como si lo hubiera escuchado, la hija del prefecto cruzó todo el salón para darles la bienvenida. Y luego de saludarlos, los condujo hasta el lugar donde se hallaban sus padres, para presentárselos.

– ¿Y a qué se dedican jóvenes? Preguntó la primera autoridad, más por hacer conversación que por curiosidad.

–A la pequeña empresa. Estamos iniciando un pequeño negocio – Contestó Javier.

–Tenemos una renovadora de calzado. Bueno, una zapatería. Pero, como usted sabe no podemos utilizar ese término, para no chocar con los miembros del sindicato – Explicó Esteban.

–Si hubiera sabido que eran amigos de Valeria les hubiera recomendado. Soy muy amigo del secretario.

Al ver el entusiasmo de Valeria, Germán estaba que echaba chispas. Y como reclamando su lugar, aprovechó que la orquesta comenzó a tocar una conocida pieza para sacarla a bailar. En vista que ella no podía evadir la invitación delante de sus padres porque sabía que le tenían una especial deferencia al hijo del alcalde, tuvo que acceder, aunque de mala gana.

Esteban, que tampoco sabía que Carmela estaría en la reunión, se le acercó y…

– ¿Me permites bailar con la chica más linda de la fiesta?

El rostro de Carmela se puso más rojo que un tomate. Y no le quedó otra cosa que aceptar la invitación. En cambio, Manolo y Teresa, mucho más relajados, se tomaron de las manos y salieron a la pista de baile y no se desprendieron porque tenían mucho de qué hablar.

El único que se quedó solo fue Javier pero sin dejar de mirar a Valeria que en ese momento bailaba con Germán. La vio muy mortificada, tratando de zafarse de la presión que su pareja ejercía en su cintura y sobre todo del rose de sus mejillas.

La fiesta ya estaba en su pico más alto. Quienes se hallaban en el bar eran sacados a la fuerza por sus esposas para evitar que se ahoguen en alcohol, sin haber bailado una sola pieza. Y como para ponerle más gasolina al incendio, el director de la orquesta ordenó a sus músicos que toquen un popurrí. Los tres amigos que se hallaban enfrascados en una amena conversación con Teresa y Carmela, no se daban cuenta de la fiebre que reinaba en la sala.

De pronto, la orquesta hizo un pequeño alto. Y en medio del silencio, el director anunció que iban a tocar el pasodoble “el gato montés”, a pedido del dueño del santo.

Germán, que siempre estaba a la pesca de cualquier oportunidad para bailar con Valeria, estiró su mano con la seguridad que no se iba a negar porque sabía que le encantaban los pasodobles, ritmo que ella dominaba muy bien por haber seguido un curso en una academia de baile español. Sin embargo, ante la sorpresa de Germán, le dijo que esa pieza ya la tenía comprometida. Y miró a Javier quien, entendiendo perfectamente el mensaje, se puso al lado de ella. A Germán no le quedó otra cosa que hacerse a un costado, mirando con desdén al desconocido.

La sala vibraba con este ritmo español. De rato en rato, se oía un sonoro olé, cuando algún caballero le hacía dar una vuelta a su pareja. Javier, tomando de la cintura a su pareja, la condujo al centro del salón. Ardía de pasión, más aún cuando sus manos se posaron en la cintura de Valeria. Ella también estaba muy emocionada porque era su mejor oportunidad para demostrar todo lo que había aprendido en sus clases de baile.

Con sus manos en lo alto, como mariposas jugueteando en el aire, se soltó de Javier y se desplazó al centro del ruedo. Él, intuyendo que aquello estaba destinado a convertirse en un duelo aparte, sonrió, mientras las demás parejas dejaban de bailar para formar un ruedo. Al notar el interés de los invitados por verlos bailar solos, Javier recién se dio cuenta en el gran lío que se había metido. Disimuladamente se puso a un costado para dejar que Valeria se explaye sola pero, ya era tarde, porque los ojos de todos estaban sobre él. Y como clamando ayuda, miró a sus amigos. Manolo se le acercó y al oído le recordó de sus inolvidables noches en los tablaos madrileños.

Valeria bailaba insinuante, mostrando todos sus encantos. Javier la dejó en libertad porque, como decía su abuelo, para hacerlas sucumbir a las damas en el baile, había que dejarlas que hagan lo que quieran al principio. Lo demás solo era cuestión de tiempo. Y apenas la tuvo cerca, la tomó de la cintura y se puso a dibujar en el piso las mejores figuras y pasos que aprendió en la tierra de la paella y el carpacho.

Los aplausos de los invitados no se dejaron esperar y también los olés. Hasta los caballeros que se hallaban empinando el codo en el bar, dejaron sus copas para contemplar aquella bella demostración de baile andaluz, excepto Germán, quien no quiso ni moverse de la barra para no morir de cólera. Embriagado de alcohol y celos, miraba cómo las manos de Javier recorrían delicadamente el cuerpo de Valeria. Y cada vez que ambos juntaban sus mejillas, tragaba saliva y apuraba un sorbo de whisky.

El director de la orquesta al notar que la pieza había quedado corta, le guiñó a su saxofonista para que empalme con el tema “España Cañí”, mientras se escuchó a medio salón gritar: ¡que sigan bailando! Porque sabía que entre Javier y Valeria había una mezcla de deseo y rivalidad.

Se comprendían a las mil maravillas. Hasta que se acabó la música y tuvieron que parar. Por un instante, ambos se quedaron con sus cuerpos unidos y mirándose a los ojos. Parecía un sueño, hasta que la concurrencia los hizo volver a la realidad con sus aplausos.

Germán seguía libando tragos en el bar, sin dejar de mirarlos de reojo. Mientras que el prefecto, orgulloso de la faena de su hija, empezó a recorrer las mesas para brindar con sus invitados.

–Amor no bebas mucho. Ten cuidado con tu gota. Recuerda las recomendaciones del médico – Le advirtió doña Rosita a su marido.

En ese instante, el secretario de la prefectura se acercó para decirle que tenía una llamada urgente de Lima.

– ¡Esa es la llamada que esperaba! seguramente es el Ministro que quiere saludarme – Gritó lo suficientemente fuerte como para que todos lo escuchen, mientras apuraba el paso para dirigirse a la cabina de radio, ubicada al costado del bar, donde Germán bebía con sus amigos.

–Si Doctor Montesinos, le responde el prefecto. ¡A sus órdenes! Cambio.

–Lo estoy llamando para comunicarle que nuestros agentes de inteligencia han detectado una columna de terroristas del MRTA camino a su jurisdicción. Dicen que hay extranjeros, por tanto le sugiero declare la zona en alerta roja. Cambio. Le harán una entrevista para el diario La Razón. No minimice la situación, esto es algo muy grave. Sino perderemos los aportes de los ministerios.

–Sí, Doctor. Inmediatamente ordenaré el estado de alerta, pierda el cuidado. También dispondré el cierre de todas las entradas y salidas. Cambio.

–Le recuerdo que cualquier hecho sospechoso debe ser reportado ¡a mi despacho!, Olvídese del ministro del Interior, incluso del propio presidente ¿Entendido? Cambio y fuera.

–Si…doctor.

Y se retiró decepcionado porque no era el Ministro sino el jefe máximo del SIN, quien ni siquiera se había acordado de saludarlo por su cumpleaños.

Germán, quien se mantenía atento, al escuchar la conversación que se filtró de la cabina sonrío maliciosamente como quien había descubierto algo.

En la sala, Carmela y Esteban bailaban animados. Ella, nunca había estado tan contenta como aquella noche. Del mismo modo lo estaba su padre porque al fin alguien había logrado inquietar el corazón de su querida hija.

Manolo, en cambio, sin pérdida de tiempo, en la primera ocasión que tuvo le declaró su amor a Teresa porque, como aprendiz de torero que era, quería terminar con la faena lo más rápido posible, sin importarle que podía irse de narices contra el burladero. Y así fue. Aquella muchacha que parecía rendirse al primer lance, le salió todo lo contrario. Cada vez que Manolo buscaba sus labios, en el baile, Teresa retiraba los suyos por orgullo y por decencia, porque era consciente que no podía ceder al primer intento, a pesar que lo deseaba con ardor.

Hasta que llegó aquel supremo momento, aquel instante divino donde sobran las palabras. Apenas salieron a la terraza, bastó una mirada dulce de Manolo para que Teresa quedara como hipnotizada. Nunca le había pasado eso con ningún otro muchacho. Y apenas cerró los ojos Manolo la besó apasionadamente para sellar lo que sería el inicio de un gran amor.

En la madrugada, cuando la mayoría de invitados se retiraba, Javier tuvo que verse obligado a hacer imponer su liderazgo para sacar a sus amigos de la reunión. Valeria los acompañó hasta la puerta.

–Gracias por todo. La fiesta estuvo linda. Coincidieron en afirmar los tres amigos.

–Espero la hayan pasado muy bien.

Al notar que Javier y Valeriera no estaban muy conformes con esa forma de despedida, Esteban le dijo a Manolo…

– ¿No crees que ambos estamos de sobra? Mejor nos vamos porque aquí hay fuego y nosotros no somos bomberos.

Al quedarse solos, Javier se acercó a Valeria y la besó en la mejilla. Y como ambos sintieron que eso no era suficiente, se unieron en un ardoroso beso, hasta que fueron interrumpidos por los gritos de uno de los invitados.

–Están asaltando a los muchachos. Los van a matar a golpes. ¡Auxilio!

Javier, sin pensarlo dos veces, salió a la carrera en la dirección que señalaba la asustada dama y vio que efectivamente cinco fornidos hombres golpeaban salvajemente a sus amigos. Tirado en el piso, Esteban, recibía una terrible pateadura y Manolo sangraba como consecuencia de los puñetes que Germán le propinaba en el rostro, sin que pudiera defenderse porque lo tenían agarrado dos de sus compinches.

Al ver aquel desgarrador cuadro, Javier se lanzó como una fiera sobre los atacantes y sacando a relucir todos sus conocimientos de artes marciales, los golpeó hasta dejarlos fuera de combate. A Germán no le quedó otra cosa que huir con el rabo entre las piernas.

Ya más calmados, los tres amigos se dirigieron a su domicilio para curar sus moretones. Pero en momentos que se disponían a entrar, un vehículo policial con seis efectivos, acompañados por Germán y sus secuaces, los interceptaron.

– ¡Esos son Sargento! Son los que nos asaltaron, amenazándonos con sus navajas – Gritaba Germán, mientras los señalaba con su dedo acusador

Lo primero que hizo la policía fue pedirles sus documentos de identificación y como no los tenían, el Capitán ordenó su detención.

– ¡Al calabozo!

Ordenó el comisario. Y al poco rato llegó el Alcalde…

–Sargento, por la forma cómo actuaron estos facinerosos, al extremo de infiltrarse en la fiesta del prefecto, no queda la menor duda que son los terroristas buscados. Lo mejor será tenerlos incomunicados hasta que se los lleven a Lima.

–Si señor Alcalde, tiene usted razón.

Pasaban los días y nadie sabía nada de ellos, excepto quienes estaban involucrados con la detención. Valeria y sus amigas incluso pensaron que se habían burlado de ellas. Hasta que una amiga les comentó que se hallaba muy preocupada porque no podía sacar sus zapatos de la renovadora ya que las puertas se hallaban cerradas desde último fin de semana.

–Es raro. No creo que los chicos que atendían hayan desaparecido como por arte de magia – Les comentó.

Y Para salir de dudas, las tres amigas decidieron ir al local y constataron que efectivamente estaba cerrada. Teresa, no conforme con eso, se acercó para ver por la rendija el interior, constatando que todo estaba en orden. Observó que las herramientas y materiales se hallaban en su lugar y hasta pudo reconocer la casaca de Manolo colocada en el respaldo de su silla, lo que demostraba que no se habían ido.

Entretanto, en la comisaría los tres estudiantes se encontraban aislados en distintas celdas para evitar que se comuniquen entre ellos y menos con el exterior. Esa misma noche, el comisario acompañado de dos policías ordenó que los llevaran al sótano para interrogarlos. No les bastó con aplicarles descargas eléctricas, sino también sumergieron sus cabezas en cubetas llenas de agua.

– ¡Tú eres el cabecilla! Tienes que confesar si quieres salvar tu vida y la de tus secuaces – Gritaba el comisario, dirigiéndose a Javier.

–Somos estudiantes. Aquí no hay ningún cabecilla.

– ¡Carajo!, confiesa a qué han venido. ¿Cuáles son vuestros planes? ¿Dónde está la lista de vuestras víctimas?

A más preguntas, sólo obtenía más silencio. Lo único que logró sacarle esa noche fue sangre de sus narices, por los golpes que le propinó.

Luego de interminables horas de interrogatorio, los dejaron de molestar. Los detenidos permanecían aislados en distintas celdas cuando aquella noche se produjo el cambio de guardia. Esta vez el custodio era un policía joven, quien luego de hacer su inspección de rutina se sentó en su escritorio para cumplir con los engorrosos trámites de la oficina. Para mantenerse despierto seguía a viva voz las canciones de la radio. Las conocía casi todas. Y cuando dejó de transmitir la emisora, siguió cantando a capela.

“…Un muchacho como yo…”

Esteban, al escucharlo cantar con tanto entusiasmo no pudo resistir la tentación y, en la primera oportunidad que tuvo, le siguió desde su celda, haciéndole el dúo…

“Bajo un monte lleno de ambiciones,

Siempre debe haber ese algo que no muere.

Si al mirar la vida lo hacemos con optimismo,

Veremos que en ella hay tantos amores.

El mundo está cambiando

y cambiará más”.

Al escucharlos, los demás se les unieron desde sus celdas…

Cantaban tan bien que el policía se entusiasmó y hasta les invitó café y les confesó que le caían bien. Casi siempre el joven policía se demoraba en sentar las denuncias en el libro, no solamente por los numerosos casos que tenía que atender, sino por sus dudas en la redacción. Y como ya había hecho amistad con los muchachos, les consultaba algunas cosas para no cometer errores.

Cuando él no estaba, y como los detenidos estaban impedidos de hablar entre ellos, se ingeniaron silbar partes de las canciones más conocidas para poder comunicarse.

Un día hasta les contó cómo conoció a su esposa.

–Estudiaba en la universidad cuando la conocí. Quedó embarazada y tuve que dejar mis estudios para ingresar a la policía-Les contó.

Les dijo que no estaba muy contento con ese trabajo por los bajos sueldos y el mal trato de sus superiores.

–El sueldo que nos pagan, no nos alcanza ni para cubrir nuestras necesidades más urgentes. Este fin de semana, por ejemplo, mi hijo tiene un desfile con motivo del Día de los Jardines de Infancias y no tengo dinero ni para comprarle zapatos.

–Tuquito, de los zapatos, no te preocupes. Nosotros podemos solucionar ese problema. Lo único que tienes que hacer es ir a nuestro taller y sacar el material y las herramientas que necesitamos para confeccionarlos.

–Gracias. Estoy en deuda con ustedes.

– No te preocupes. Si quieres ayudarnos, solo tienes que llevar este mensaje a la hija del prefecto pero, por favor, que nadie se entere – Le pidió Javier.

Por esos días, Germán empezó a visitar con más frecuencia la casa de Valeria sin importarle que la mayoría de las veces a ella no le diera la gana de bajar de su habitación. Le bastaba con ser recibido por sus padres, a quienes los encandilaba hablándoles de una sarta de mentiras.

Una de esas tardes, cuando el prefecto tomaba el té en compañía de su familia, se apareció Germán en forma sorpresiva sin darle tiempo a Valeria de irse a su dormitorio.

–Vengo a advertirles que tengan mucho cuidado con los desconocidos porque los que me asaltaron la noche de la fiesta resultaron ser guerrilleros del MRTA. Felizmente que logré reducirlos y llevarlos a la comisaría, donde están siendo interrogados.

Valeria, se quedó desconcertada sin saber qué responder. Su corazón empezó a latir con fuerza porque sospechaba que se trataba de Javier y sus amigos, pero prefirió no hacer ningún comentario porque estaba segura que Germán buscaba algo más, sin embargo no dejó de preocuparse. Y esta vez sí, de manera deliberada se quedó hasta después del té para conversar con él.

–Hablemos sin rodeos, ¿Qué es lo que te propones? – Lo increpó, dejándolo sorprendido.

–Quiero que sepas que solo yo puedo hacer que tus amiguitos salgan libres.

– ¡Eres un farsante!

–Piensa lo que quieras, pero recuerda que solo con retirar mi denuncia y hacer una llamada a Lima, tus amiguitos estarían libres.

– ¿Y a qué precio?, porque tú no das hilo sin puntada.

–Tienes razón. Con la condición, que me des el sí. He esperado mucho tiempo. Tienes que decidirte ahora.

Valeria, al darse cuenta del chantaje, optó por actuar con inteligencia más que con el corazón. Por dentro sentía ira, pero prefirió comportarse de manera prudente.

–Dame unos días más para pensarlo. Te prometo, que esta vez la respuesta será definitiva.

Germán, luego de mirarla con una sonrisa burlona, se retiró estirando el cuello, como si hubiera reducido a una fiera después de un encarnizado combate.

Entretanto, el policía después de cumplir su turno en la comisaría, se dirigió a la renovadora donde, por su natural curiosidad policial, se dio tiempo para revisar todo, incluso algunos apuntes y documentos y constató que los tres muchachos no eran terroristas sino estudiantes universitarios que preparaban una tesis sobre los problemas socioeconómicos del país para graduarse en la universidad Complutense de Madrid.

Convencido de la inocencia de los muchachos, salió del local llevando las herramientas y materiales que le habían solicitado y se dirigió a su casa para pensar cómo entregar la papeleta que le había dado Javier.Y de tanto darle vueltas al asunto, recordó que su amigo y vecino, un vendedor de frutas, le había comentado que la esposa del prefecto tenía predilección por la chirimoya, la fruta originaria de los valles interandinos que abundaba en ese lugar.Esto le dio una idea…

–Jacinto, quiero confiarte un secreto. Mis jefes me han ordenado hacer una investigación y necesito que me prestes tu carreta. Te aseguro que saldrás ganando porque, además del pago por el alquiler, te entregaré el total de la venta de fruta que haga, pero por favor guarda el secreto.

–Si es así, encantado vecino. No te preocupes, de esta boca no saldrá nada.

Esa misma tarde, disfrazado de vendedor, se dirigió a la puerta de la prefectura y empezó a pregonar…

– ¡Chirimoya, ricas chirimoyas! ¡A tres soles el kilo!

Apenas escuchó el pregón, doña Rosita sacó la cabeza por la ventana de su dormitorio y ordenó a los vigilantes que llamen al frutero y lo dejen pasar. Cuando este ya se encontraba en el patio principal de la residencia, se puso a silbar “El Gato montés”, canción que Valeria y Javier habían bailado con tanto ardor en la fiesta del prefecto. Al escuchar el silbido, la hija del prefecto se dirigió a la ventana por curiosidad. Y el efectivo, al verla le hizo señas y le mostró el papel que tenía entre sus manos y luego de asegurarse que nadie lo vigilaba lo arrojó debajo del asiento donde ella acostumbraba leer.

Entretanto, doña Rosita, luego de cubrirse los ruleros con un pañuelo bajó apurada para seleccionar personalmente la fruta como era su costumbre. Escogió las chirimoyas más grandes y luego de exigirle al vendedor una yapa, además de la rebaja que ya le había sacado, le pagó con sencillo y se retiró con la canasta llena.

–Ahora me doy cuenta por qué esta gente es rica. Cuanto más tienen, más rebaja piden. Seguramente por eso los fruteros están cada día más pobres – Pensó, y se fue.

Valeria, con un libro entre sus manos, bajó de inmediato al jardín y se sentó en el banco donde acostumbraba leer. Y mientras se hacía la que hojeaba su libro, miraba de reojo el piso buscando el papel. Lamentablemente a primera vista no pudo divisarlo. Revisó minuciosamente debajo del asiento, alrededor de las plantas, detrás de las macetas, sin suerte. En ese momento, uno de los guardianes al verla en esos afanes se acercó y le preguntó…

– ¿Se le perdió algo, señorita?

–Ah sí. Ayer tiré un papel con unos apuntes pensando que ya no me servirían, pero ahora que estoy leyendo un nuevo capítulo, los necesito.

Y para no despertar suspicacias se retiró a su dormitorio. El vigilante, en cambio, siguió buscando el papel hasta que lo halló. El viento lo había trasladado hasta una esquina del jardín, donde era muy difícil ubicarlo.

– ¡Ampay!– Gritó lleno de felicidad.Y empezó a leerlo una y otra vez. No podía salir de su asombro por el valioso testimonio que tenía entre sus manos. Sin pensarlo dos veces, le sacó una copia y se dirigió al despacho del prefecto para entregárselo. El mensaje escrito decía…

“Querida Escofina: No pudimos comunicarnos con ustedes porque estamos detenidos en la comisaría, acusados de terroristas. La denuncia la hizo un angelito que dice estar enamorado de ti, aprovechándose de la influencia de su padre. Todo lo que se dice de nosotros es falso. Solo hay una verdad: No somos terroristas. Todo esto es una patraña. Te quiero mucho. El Diablo”.

Nunca antes el prefecto había dado tantas vueltas en derredor de su escritorio tratando de descifrar los seudónimos, “El diablo y La escofina” hasta que lo vinculó con la actividad de los zapateros.

-Claro, son las dos herramientas más utilizadas por ellos. Pensó.

Al principio, se llenó de ira y también de dudas…

– ¡No puede ser!

Inmediatamente llamó a su lugarteniente para que averigüe quienes eran los detenidos por terrorismo, pero como los custodios de la prefectura, estaban coludidos con el hijo del alcalde, le dieron una versión sesgada de los hechos, para que el prefecto se enredara más en sus dudas. Estrellaba sus puños sobre su escritorio, maldiciendo la hora de haber permitido que los invitaran e esos desconocidos a su fiesta

– ¡La gente se reirá de mí si se entera que acusados por terrorismo estuvieron en mi fiesta de cumpleaños!

Con el rostro enrojecido por la ira, se tiraba de los pocos pelos que le quedaban, por su acentuada calvicie. Llamó a su esposa y doña Rosita, luego de repasar varias veces el mensaje, sugirió que lo mejor sería que Valeria sea quien resuelva su problema.

–Vamos a devolver el papel al jardín. Así nos daremos cuenta qué piensa de todo esto.

Tal como sus padres lo planearon, Valeria volvió una vez más al jardín y, esta vez, no buscó mucho para descubrir el papel. Disimuladamente lo levantó y se dirigió a su dormitorio para leerlo. Al terminar, lo estrechó en su pecho y se echó a llorar.

Entretanto, el vigilante que rato antes había hallado la papeleta, ni corto ni perezoso, le sacó una copia antes de entregárselo al Prefecto. Y como este no le dio ni siquiera las gracias, decidió llevarle la copia a Germán porque él sí sabía darle buenas propinas cada vez que recibía un chisme. Efectivamente, Germán le dio una generosa propina y le ofreció entregarle una recompensa más jugosa si lo mantenía informado de todos los movimientos de Valeria.

El vigilante no tuvo que esperar mucho para cumplir con su primer soplo. Apenas vio que la muchacha salió en su bicicleta para dirigirse al domicilio de Nancy, envió a un emisario para ponerle al tanto a Germán.

Valeria, que ya había recorrido varias cuadras, se dio cuenta que la camioneta de Germán la seguía y se lo hizo saber a su amiga. Ambas, en lugar de amedrentarse, se dirigieron a la casa de Teresa, donde esbozaron un plan para engañar a sus perseguidores.

Para hacerles pisar el palito a los hombres de Germán, se  dirigieron en sus bicicletas a las afueras de la ciudad. Allí, en medio de un bosque de eucaliptos, comenzaron a hablar en voz alta, como para dejarse escuchar.

–Carmela, dime ¿cómo andan los preparativos para el desfile de carros alegóricos por el día de los Jardines de Infancia?

–Tú no sabes lo complicado que es confeccionar los disfraces de mis enanos.

– ¿Qué tal si Teresa y yo te ayudamos? Tú sabes, me alocan esas cosas.

–Gracias, vuestra ayuda será valiosa. Así olvidaremos lo que nos hicieron esos zapateros.

– A propósito ¿A dónde se habrán ido?

–No me interesa averiguarlo. Son unos aventureros como los marineros que un día están acá y al otro desaparecen. Nuestro desprecio será olvidarlos.

Tal como lo planearon, el chisme llegó a los oídos de Germán, causándole una felicidad inmensa al saber que Valeria ya no tenía ningún interés en Javier. Y con su ego al tope se fue a hablar con el comisario.

– Por encargo de mi padre vengo a decirle que habló con el doctor Montesinos y me ha pedido decirle que antes intervenga el juez, sería recomendable que los detenidos sean enviados de inmediato a Lima para que Seguridad del Estado se encargue de ellos. Ah, otra cosa, deben seguir incomunicados hasta el día de su traslado. Mi padre también me encargó decirle que ya habló sobre su ascenso.

–Se lo agradezco. Con respecto a los detenidos, dígale que no se preocupe, apenas terminemos con el atestado de sus declaraciones los enviaremos a Lima.

Ajenos a esta patraña, los tres amigos se dedicaban a confeccionar los zapatos del hijo del policía. Esa misma noche, entre canción y canción, lograron acabarlos. El policía recibió el regalo con mucha emoción y les agradeció con un abrazo.

–Quiero que sepan que jamás dudé de vuestra inocencia. Se está cometiendo una gran injusticia con ustedes pero confío que la verdad saldrá a la luz. Jamás olvidaré vuestro gesto. Otra cosa, parece que se los llevan a Lima porque en todos los diarios chicha ha salido la noticia que se ha capturado a tres peligrosos terroristas extranjeros.

El comisario, por su parte, fortalecido por la conversación con el hijo del Alcalde, endureció su trato a los detenidos para presionarlos a que firmen las declaraciones falsas que se habían redactado de antemano de acuerdo a las órdenes del “Doc”. Esa misma noche ordenó una minuciosa inspección de las celdas. Y al ver las herramientas reaccionó como un energúmeno…

– ¿Cómo han llegado estas herramientas hasta aquí? – Preguntó lleno de rabia.

Ninguno respondió para no comprometer a su amigo policía. Fue cuando se la emprendió con Javier propinándole fuertes golpes en la cara y el estómago. A pesar del inclemente castigo, este no dijo esta boca es mía. El comisario, molesto, ordenó que lo torturaran introduciendo su cabeza en una cubeta con agua. En ese instante Tuquito que presenciaba el castigo gritó:

– ¡Basta, fui yo, mi Capitán! El detenido no tiene la culpa. Las herramientas las traje yo para que me hagan el favor de confeccionar los zapatos que mi hijo necesita para el desfile de los jardines de Infancia.

Al escucharlo, el oficial se enfureció y ordenó que lo sacaran y también lo confinaran en un calabozo. Dirigiéndose a Javier, le dijo que si quería salvar al policía de su inminente expulsión de la institución y lo manden a la cárcel, tenía que firmar la confesión inculpándose como cabecilla de la columna terrorista.

Era vital esa declaración para justificar la evacuación de los detenidos a Lima. Pero, como Javier no la firmó y ya había amanecido, al oficial no le quedó otra cosa que salir de la celda para planear otra argucia.

Entretanto, Valeria, Carmela y Teresa, decidieron ir a la casa del policía para averiguar por su hijo quien, por coincidencia, había faltado a clases el día anterior aunque, claro, el motivo principal de esa visita era averiguar por la situación de los muchachos. Para sorpresa de las tres amigas la esposa les contó que también su marido había sido detenido por haber llevado las herramientas al calabozo.

–No puede ser ¡Esto es un abuso! – Gritó indignada Valeria y les convenció a sus amigas para que, de una vez por todas, tomen el toro por las astas.

El desfile de carros alegóricos por el día de los jardines de infancia, había puesto en movimiento a toda la población, sobre todo a las autoridades y jefes de instituciones. La policía también estaba en las calles para cumplir con su deber de velar por el orden público. El único custodio que se quedó en la comisaría, salía de rato en rato a la puerta para curiosear, atraído por el bullicio de la gente. Las bandas de músicos afinaban sus instrumentos para acompañar el paso de las delegaciones. Al escuchar los primeros compases de las bandas, los tres amigos que se hallaban recluidos aguzaron el oído. Esteban lanzó un suspiro que le salió desde lo más hondo del alma.

–Parece que empezó el desfile. Ahí debe estar Carmela con sus alumnos. ¡Si pudiera verla aunque sea de lejos!-Pensó.

Manolo también pensó igual. Deseaba verla Teresa.

Los carros alegóricos marchaban lentamente. El Jardín de la infancia donde laboraba Carmela estaba programado para pasar casi al final. La mayoría de planteles esperaba su turno en las calles laterales. Al ver que el calor aumentaba, Carmela le sugirió a la directora que se desplazaran por la calle donde estaba ubicada la comisaría para que, de paso, los niños pudieran descansar y beber algo de agua. El único policía que custodiaba la puerta, disfrutaba con las morisquetas de los niños disfrazados de personajes de Walt Disney. Algunos le pidieron permiso para entrar a refrescarse en el pilón del patio del puesto policial. El custodio accedió de buena gana porque el sol era realmente insoportable.

A los pocos minutos, los niños disfrazados de muñecos que habían ingresado a las instalaciones para calmar su sed salieron bailando sin dejar de hacerle morisquetas al policía. Este, con una sonrisa de oreja a oreja, los despidió haciéndoles adiós con la mano. Bromeaba diciéndoles que con tanta agua, algunos hasta habían engordado y crecido. Finalmente los instó para que vayan corriendo a sus desplazamientos, porque ya les tocaba desfilar.

Al término del desfile, profesoras y alumnos no cabían de felicidad por el éxito de su participación, más aún al escuchar por los parlantes el resultado de la calificación del jurado: el jardín de Carmela había logrado el primer puesto por la belleza del carro alegórico y la gracia de los muñecos. En medio de la algarabía los miles de asistentes pidieron que el Pato Donald y Mimi se den un beso.

¡Beso, beso, beso!… Gritaban.

A ambos no les quedó otra cosa que complacerlos porque no cesaban los aplausos.

Al final de la larga avenida donde se desarrolló el espectáculo, se vio que algunos muñecos, la profesora Carmela y sus ayudantes subían a una camioneta que los esperaba con los motores encendidos, mientras los demás niños ya sin sus disfraces disfrutaban de las golosinas y refrescos que sus padres les habían comprado.

– ¿Y, ahora, por dónde vamos? Preguntó el chofer.

–Voltee por la callecita angosta de la derecha. Y, al final, ingresa a la carretera. Pero, ahora mejor nos despojamos de los disfraces.

Los estudiantes universitarios que hasta hace rato antes habían estado recluidos en la comisaría, empezaron a despojarse de sus disfraces porque el calor los estaba asfixiando.

Al enterarse de aquella fuga perfecta, el comisario no lo podía creer, la noticia le llegó justo cuando conversaba en las tribunas con el Prefecto y el Alcalde, pero no les dijo nada para no caer en el ridículo. Prefirió dirigirse a la comisaría.

Por supuesto que en la dependencia no entendió ni jota la versión que le dio el policía de servicio, porque ni él mismo sabía qué es lo que había pasado. Las cerraduras de las puertas no estaban fracturadas y los barrotes de las celdas tampoco estaban cortados.

– ¿Y dónde estaban las llaves? Preguntó el comisario.

–En el tablero.

Indignado, el comisario profirió insultos y ordenó que todas las salidas de la ciudad se cierren.

-Ahora sí que “el doc” nos saca los huevos, murmuró. ¡Carajo, que salga de inmediato una patrulla para buscarlos, casa por casa! Gritó.

Cuando el prefecto y Doña Rosita retornaron a su vivienda después del desfile, hallaron una carta de Valeria encima de la mesa de noche, donde les confesaba que amaba a Javier y que él no era la persona que imaginaban, sino un estudiante de la universidad Complutense de Madrid y muy pronto a convertirse en un profesional. Les dijo también que toda esa patraña había sido tramada por Germán.

Les pedía perdón y su comprensión por la forma cómo había salido de la casa, pero que apenas esto se aclare regresaría. Dirigiéndose a su padre, le pidió que, como no podía darle mayores explicaciones, que sepa que “estaban yendo por la misma ruta que él había escogido en su primer viaje de aventura”.

El afligido padre, se puso a meditar en las últimas palabras de su hija y creyó entender el mensaje. Y sin decir una sola palabra, se echó a llorar. En cambio doña Rosita, armada de valor, quiso ir en busca de Germán y darle su merecido, pero el prefecto se lo impidió.

El prefecto, inmediatamente convocó a una reunión de emergencia donde el comisario, con la cabeza gacha por la humillación, pidió autorización para ir tras los fugitivos y traerlos vivos o muertos. El alcalde lo respaldó y solicitó se ponga a su disposición todas las unidades móviles del sector público, para emprender la cacería.

–Mi hijo Germán está dispuesto a integrar una de las patrullas. Anunció.

Pensando en la misiva de su hija, el prefecto escuchaba a su amigo con estupor y se limitó a agradecerle por su colaboración. Y cuando alguien sugirió que una patrulla se dirija por la carretera al sur, el prefecto recordó la última parte de la carta de su hija y opinó que era una pérdida de tiempo porque…

–Los terroristas, buscarán acercarse a la selva.

Al escuchar la afirmación, todos lo respaldaron y cambiaron de planes. La patrulla se fue en sentido contrario.

Entretanto, los tres universitarios, Valeria y el policía que los ayudó, viajaban por la ruta que los únicos que sabían eran Valeria y su padre, el prefecto. Y ya cuando se hallaron fuera de peligro, los tres amigos se bromearon por la forma cómo habían sido liberados, disfrazados de muñecos.

–Ahora que recuerdo, Esteban jamás vuelvas a darme un beso como lo hiciste en el desfile, porque te parto la cabeza.

–Tú sabes que yo no fui, fue el Pato Donald. Tampoco fuiste tú quien recibió el beso sino Mimí.

Y todos rieron a carcajadas.

Un año después, Valeria y Javier contrajeron matrimonio en Madrid, hasta donde viajaron el prefecto y su esposa. Esteban convenció a Carmela para ir a Mar del Plata en busca de su madre y lograr la reconciliación con su padre para que estén juntos en su boda en Perú. Teresa y Manolo, luego de viajar por varios países de Europa, decidieron fijar su residencia en Sevilla, hasta donde los llevaron a sus padres. Y el policía cumplió su deseo de conseguir un empleo de vigilante en el estadio Camp Nou del club Barcelona, donde se quedó a vivir con su familia.

 

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