Nace un locutor

La extensa propiedad que tenían mis abuelos en las afueras de Abancay, conocida como la Quinta Infantas, limitaba por el norte con la carretera que iba al Cusco, por el Sur con una gran avenida, por el este con un río y por el Oeste con las propiedades de mi tío Liborio Cvastro, hermano de mi abuela Adelina. Y es allí donde pasé los días más felices de mi infancia y parte de mi adolescencia.

Aquí, era imposible sentirme sólo porque casi a diario venían mis primos, amigos y compañeros de estudio. Y claro, con ellos a mi lado, jamás me podía aburrir, ni siquiera estudiando, Hasta eso nos divertía porque lo hacíamos caminando a orillas del río, acompañados por el rumor de las aguas. Recuerdo que, de rato en rato, nos poníamos a cantar a voz en cuello los temas de moda, Granada, O solo mío y otros, popularizados por el Gran Caruso en discos de 78 RPM que los oíamos en la vieja vitrola RCA Víctor del abuelo y aquellos huapangos popularizados por Miguel Aceves Mejía, con gallos y falsetes incluido.

Los campesinos que se dirigían a la ciudad con los primeros rayos de luz para vender sus productos agrícolas, al escucharnos, comentaban en quechua nuestra ocurrencia pensando seguramente que no entendíamos ni jota su lengua, pero estaban equivocados…

–Estos niños cada día están más locos – Decían, mientras se morían de la risa.

Más que hablar fluidamente, yo entendía bien el quechua y les respondía diciéndoles…

– ¿No les parece que si no hubiera locos, el mundo sería aburrido? – Y me despedía haciéndoles adiós con la mano.

Desde La Quinta, todos los días me iba caminando a la escuela Pre Vocacional 66l donde estudié parte de la primaria porque, luego salir del jardín de la infancia no quise que mi madre me matriculara en el colegio Santa Rosa, por el hecho que era mixto. Aún recuerdo la pugna de varios días entre mi madre y yo, hasta que mi abuelo, que me apoyaba en todo, sugirió que estudie en la Escuela Pre Vocacional 66l donde estaba la mayoría de mis amigos.

Para mi buena suerte, justo en las vacaciones de ese año, se anunció que el Santa Rosa dejaría de ser mixto. A partir de ese momento fue solo para mujeres, con lo que terminó la discusión en mi casa. Para el cuarto grado pasé al Colegio Miguel Grau donde tuve la suerte de tener dos excelentes profesores Efraín Viladegut en los cursos de Ciencias y César Miranda, en Letras.

Sin embargo de vivir lejos de la ciudad, me gustaba ser uno de los primeros en llegar a la “Prevo”, como la llamábamos a mi centro educativo, para poder conversar con mis compañeros y jugar a los tiros (canicas, por sí acaso para los mal pensados).

Uno de los pocos días que llegué con retraso fue el día del Aniversario del plantel porque, coincidentemente, ese mismo día cumplía años mi abuelo y el desayuno se prolongó por unos minutos más. Para mi buena suerte, todavía no habían llamado a formación y mis amigos jugaban en el patio principal donde un grupo de técnicos hacía las pruebas de sonido para la actuación en homenaje al plantel.

– ¡Que lecheros! Mira, están levantando un proscenio justo frente a nuestro salón. La fija que hoy no habrá clases – Les dije a mis compañeros.

– ¡Que viva el Aniversario! – Gritaron todos.

Llenos de felicidad nos subimos al estrado y empezamos a zapatear como andaluces sobre un tablao. En ese momento, uno de los técnicos me pidió que dijera algo en el micrófono porque quería probar el nivel del volumen. Yo, ni corto ni perezoso, tomé aire y dije:

–Probando, probando – Señoras y señores, aquí radio hojalata transmitiendo para una señora calata, desde sus estudios ubicados en el patio de la Escuela Pre Vocacional 66l.

Los técnicos, al escucharme, empezaron a reír a carcajadas y me pidieron que lo haga una vez más.

–Probando, probando. Transmite radio camiseta a través de su manga corta y manga larga. Señoras y señores en breves instantes se presentará el director con un tremendo rollo que nos hará dormir a todos.

Siguieron riendo a carcajadas y una vez más me pidieron que siga hablando para una prueba final.

–Nos preocupa (imitando a un conocido locutor de radio Victoria) que los alumnos sean castigados injustamente y el recreo dure muy poco. Nos preocupa Señor Director que usted no haga nada al respecto ¿Qué espera para tomar cartas en el asunto? Sí amables oyentes, nos preocupa.

El director de la escuela, que llegaba en ese momento para revisar cómo estaba quedando el escenario porque tenía como invitado nada menos que al Inspector Regional de Educación, al escucharme con impecable claridad y fluidez, no sabía si castigarme por mi atrevimiento o celebrar la broma. Optó por hacer cumplir las reglas del plantel enviándome al final de la fila y le ordenó a mi profesora Tula me quite dos puntos en conducta por haberme burlado del director.

–Señorita, Ah, no olvide entregarle también una papeleta disciplinaria para que la firme su mamá.

Eso sí que me dolió porque lo que menos deseaba era causarle problemas a mi madre quien, no hacía mucho, había quedado viuda y se había convertido en la jefe de mi hogar. Y a pesar que tenía las faldas bien puestas, estas cosas no las podía manejar tan bien como mi padre.

Mientras pasaban los minutos y los invitados iban llegando, los técnicos de sonido ya tenían todo listo. Las autoridades eran conducidas a sus asientos en el estrado de honor. El director, nervioso como gelatina en un plato, miraba su reloj una y otra vez.

– ¿Dónde diablos se habrá metido el profesor de lengua y literatura? ¿Acaso habrá olvidado que es el encargado de hacer la presentación? Se preguntó.

–Está en el baño, señor Director – le dijo un auxiliar.

Y seguidamente le explicó que por los nervios había sufrido un ataque de colitis aguda. El Director se tiraba de los pelos tratando de buscar una solución. Los padres de familia miraban sus relojes y al mismo tiempo a él, como increpándole por el retraso.

Los profesores prácticamente desaparecieron por temor a ser llamados para reemplazar al maestro de ceremonias.

En medio de la incertidumbre, el director abrió los ojos del tamaño de dos naranjas huando, como si se le hubiera encendido la lamparita de la inteligencia y disimuladamente empezó a batir sus manos para que la profesora Tula se acerque. Ella, al advertir que el director la llamaba, casi se desmaya pensando que la había elegido para conducir el programa. Se le vino el mundo encima. Y mientras se acercaba al estrado le temblaban las piernas y hasta sentía que se le chorreaban las medias de nylon, por los nervios. Su jefe, en cambio, se frotaba las manos como un escolar que se sabía la respuesta del examen, y le dijo casi al oído:

– ¡Su alumno!

– ¿Mi alumno? Ya está cumpliendo su castigo en la última fila.

– No me refiero al castigo…¡él es la solución!… llámelo para que lea el programa. Pero recomiéndele que no se salga del libreto, ni en una sola coma ¡eh!.

Yo, en esos momentos, me hallaba al final de la fila donde nadie me podía ver. Y desde allí tampoco podía mirar el estrado porque los alumnos de Quinto me quitaban la visibilidad. Y como no tenía nada qué hacer, me puse a jugar plic plac con un compañero.

Cuando me ubicó la profesora, no tenía puesta la corbata y mis cabellos estaban deshechos, es decir ¡toda una desgracia! Para colmo tenía la camisa remangada y mis zapatos sin lustrar.

Al verla a la señorita Tula me quedé frío como una raspadilla de cincuenta centavos hecha con hielo del Ampay, pensando que, después del castigo del director, no le quedaba otra cosa que expulsarme por haberme encontrado jugando en plena formación.

– ¡Gracias a Dios que te encuentro! – Me dijo – Pero, ¡Estás hecho una desgracia!

Sin darme mayores explicaciones me ayudó a arreglarme. Hasta me facilitó una corbata que se la pidió prestada a otro niño y en un santiamén hizo un nudo y me la puso. Como si esto fuera poco, extrajo de su cartera una toalla y me limpió la cara, luego me peinó y me acomodó los pantalones haciéndome recordar a mi madre por lo que hasta me dio ganas de darle un beso. Me acicaló tanto que parecía otro. Finalmente me dijo que vaya al estrado a presentar el programa.

–Pero por favor no te salgas del libreto ni en una sola coma…Recuerda ¡ni en una sola coma!

Recién entendí por qué se esmeró la profesora en arreglarme. Y en lugar de amilanarme le dije…

–Señorita, le prometo que no la defraudaré.

La verdad es que, al momento de subir al estrado me puse nervioso y recién me di cuenta que me había metido en una camisa de once varas. Sin embargo, forzando una sonrisa saludé a la concurrencia y me acerqué al micrófono, recordando que rato antes lo había probado a pedido de los técnicos.

Y tal como me lo recomendó la profesora entré con toda la buena intención de no salirme del libreto. Pero, al repasar el texto, me encontré con una serie de correcciones que a puño y letra las había hecho el profesor de lengua y literatura, seguramente antes de entrar al baño donde seguía luchando con su colitis aguda. Eran los peores garabatos que había visto en mi vida. La cosa es que no entendía ni jota.

Pero eso no fue todo. El libreto decía –Nosotros los profesores–. Y, al vuelo, tuve que cambiarlo por –Nosotros los alumnos y profesores.

En realidad todo me parecía un entripado. En un momento quise mandar todo al diablo y salir corriendo, sin embargo opté por quedarme para no estropear el programa.

Para darme tiempo de descifrar esos jeroglíficos, decidí improvisar un comentario recordando que mis profesores siempre se quejaban de sus bajos sueldos y los alumnos por la falta de carpetas y útiles escolares. ¡Ah!, y también por la falta de una losa deportiva.

–Antes de presentarlo señor Inspector, con el respeto que usted se merece, quisiera hacerle saber que en esta escuela se necesita más carpetas y una losa deportiva. Por tanto, le suplico a nombre mío y de todos mis compañeros, tomar en cuenta este pedido. Asimismo aprovecho su presencia para solicitarle, si fuera posible, un aumento de sueldos para nuestros profesores porque se quejan que lo que ganan no les alcanza ni para el té.

El director no sabía si meter la cabeza bajo la mesa o salir al micrófono a pedir perdón. Sudaba copiosamente y me hacía desesperadas señas para que me ciña al libreto. Se puso más pálido que una cera. Y no dejaba de tener razón porque en plena dictadura militar eso era un suicidio. Los estudiantes estábamos terminantemente prohibidos de reclamar, protestar, o siquiera hacer una mueca de descontento.

El director estaba desencajado porque ya se sentía un funcionario destituido, un desocupado más, otro jubilado pobre más en la cochina calle. Sin embargo, la sonrisa del Inspector y los aplausos del público le hicieron volver el alma al cuerpo. Y yo, alentado por los aplausos y recordando las presentaciones del locutor apurimeño Sisi Gonzáles Menacho en Palacio de Gobierno, empecé diciendo…

– ¡Señoras y señores, con ustedes el señor presidente!….Perdón, el señor Inspector Regional.

El funcionario, sonriente se acercó al micrófono y mirándome la cara inició su discurso.

–En primer lugar quiero felicitar al director por hacer participar a los alumnos en este tipo de actividades. Eso es lo que queremos, una educación multidisciplinaria donde estén presentes autoridades, profesores y alumnos.

Agradezco al alumno que conduce el programa por haberme hecho recordar que tenemos una tarea pendiente en este plantel. Efectivamente, esta escuela necesita una losa deportiva y mejores carpetas. Ahora mismo hablaré con el jefe de abastecimiento para ver cómo solucionamos estos problemas. Felizmente que contamos con un pequeño presupuesto que podemos utilizar en estas obras. En cuanto al aumento de sueldos, mi querido alumno, me comprometo a elevar la preocupación de los docentes al despacho del señor Ministro. Ya ven, como los tiempos han cambiado. Ahora no es necesario de huelgas o marchas callejeras para hacer un reclamo.

El funcionario, mirándome nuevamente, dijo:

–Y gracias por sus buenas intenciones de nombrarme como Presidente, pero mientras pueda servirlos en este cargo prefiero seguir como Inspector de esta floreciente zona educativa.

Luego de concluir su discurso, el inspector se dirigió a su asiento donde lo esperaba el director. Ambos se dieron un cordial abrazo. Al concluir la actuación, el director se me acercó y me dijo.

–No lo hiciste como queríamos, pero felizmente que todo salió bien. Con tu actuación has borrado la pésima nota que tenías en conducta. Puedes irte tranquilo. Ah, y no olvides de seguir practicando para las próximas actuaciones.

Del mismo modo mi profesora Tula, sin ocultar su satisfacción, me abrazó, me dio un beso en la mejilla, aunque yo hubiera querido que sea en la boca, y me dijo:

–Te felicito. Estoy segura que hoy nació un locutor.

2 comentarios to “Nace un locutor”

  1. JOSE PALOMINO CORTEZ Says:

    …el día en que escuchamos la voz personal y cristalina que decía RADIO UNION. LA RADIO, era aquel alumno que ponía bien en alto a su tierra natal y a su Cuzco querido que lo cobijó.

    José

  2. Rosa Lozano Says:

    Herberth, cómo me he reído con esta nota. He disfrutado cada frase y hasta he imaginado toda la historia.
    Felicitaciones!
    Rosa

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