Viaje al ombligo del Mundo

En momentos que la tarde estaba a punto de morir y la ciudad se disponía a echarse a dormir sobre su lecho de piedra, el bus en el que viajé desde Abancay llegaba lentamente, casi a gatas, a la agencia ubicada a la plaza San Francisco del Cusco. Parecía más cansado que yo.

Lo primero que me llamó la atención fue ver, a través de las lunas del carro, cómo algunos transeúntes caminaban apurados por las aceras, cuidando de ir siempre por debajo de los halares de las casas para guarecerse de la lluvia que empezaba a caer. Algunas damas salían del templo con sus velos puestos y casi automáticamente abrían sus paraguas, mientras los caballeros se envolvían la chalina alrededor de sus cuellos y levantaban las solapas de sus abrigos.

El primero en salir del vehículo fui yo porque me moría de ganas de respirar aire puro y exponer mi rostro al cielo para refrescarme con las primeras gotas que caían, como una bendición. Al sentir aquel duchazo natural, mi piel, empolvada y reseca, parecía exhalar por los poros un ¡Ahh! profundo.

-¡Qué sensación tan agradable! ¡Qué regalo divino! Me dije-

Sin embargo, por la expresión de algunas personas que cruzaban la plaza, frente al Colegio Nacional de Ciencias, rumbo a la calle Meloc, me di cuenta que no todos pensaban igual que yo. Algunos me miraban como si estuviera loco, sobre todo al escucharme tararear la canción de los Iracundos “Es la lluvia que cae” que recién se estaba poniendo de moda. No les faltaba razón porque, mientras ellos escapaban de la lluvia, yo le rendía pleitesía. Claro, si se hubieran enterado de mi sopor luego de aquel viaje de varias horas y metido en aquella caja de sardinas, que equivocadamente la llamaban ómnibus, seguramente que otra hubiera sido su reacción.

Y solo cuando empezó a arreciar el chaparrón, me acordé del impermeable que me había comprado en Lima para las ocasiones como esta. Pero como las cosas nunca están en su lugar cuando más se las necesitan, mi sobretodo tampoco estaba conmigo, sino en el fondo de la maleta.

– ¿Taxi? Pregunté al primer conductor que sobreparaba su vehículo buscando pasajeros.

– Si, ¿A dónde lo llevo jefecito?

La pregunta del chofer me puso en apuros porque no recordaba dónde diablos había guardado el papelito con la dirección de la casa de mis amigos, donde debía alojarme. Hasta que lo hallé en uno de mis bolsillos.

–Disculpe ¿Conoce la calle Hospital?

– ¡Claro jefe! Esto le va a costar tres solcitos. ¿Está bien?

A diferencia de lo que se cobraba en Lima, me pareció una bicoca. Sin embargo, a los pocos días me enteré que la tarifa habitual no era tres, sino ¡dos soles!

Contrariamente a la sugerencia que me hizo mi madre, no quise llegar a la casa de ningún familiar, para no incomodarlos. Preferí alojarme donde mis amigos, los hermanos Miguel y Hernando Vegacenteno, con la seguridad que ellos me ayudarían a buscar una pieza, para alquilarla.

– ¿Siempre llueve así? – Le pregunté al chofer.

–Esto no es nada jefecito. Otras veces hasta hay inundaciones. Pero nosotros ya estamos acostumbrados. Apuesto que usted es de Lima.

– ¿Y por qué lo dice?

–Por su manera de hablar, al toque yo me doy cuenta.

–No hombre. Soy de Abancay.

–De abancaycito, como dice Tulio Loza.

– ¡Por favor! Ese diminutivo no le hace nada bien a mi tierra.

–Jefe, ya llegamos. Esta es la dirección que busca. Mejor yo bajo a tocar la puerta para que usted no se moje. Pero si insiste, en la maletera tengo un poncho de jebe. Sabe, es de los que usan los soldados alemanes. Me lo encontré en el asiento de atrás, seguramente que algún turista lo olvidó. Si usted quiere se lo vendo.

–No gracias. Tengo el mío dentro del equipaje.

El taxista se bajó y golpeó con fuerza el portón de la casa pero como tenía la cabeza gacha para protegerse de la lluvia no se percató que había un cartelito que decía “Vuelvo en una hora, firmado: Fernando”

–Ya me cansé de tocar jefe, parece que no hay nadie. Mientras tanto, ¿No quisiera conocer la ciudad? Por cinco solcitos más, le hago dar una vuelta.

–Está bien.

–Y para que no se aburra encenderé el radio. Lo tengo oculto debajo del asiento, es para que no lo vean los choros. Le recomiendo que usted también tenga cuidado, sobre todo con la billetera, porque debe estar bien cargada ¿no?

–No se preocupe. Mire, encontré el radio ¿Quiere que lo encienda?

–Por favor jefe, cuando guste. Espero me aumente alguito más porque, como usted sabe, otra cosa es taxi con radio. En cualquier parte la tarifa es más alta. ¿Y sabe por qué? Porque funcionan con pilas Ray O Vac …O, acaso no escuchó la propaganda que dice ¿Cuál es la pila? ¡Ray O Vac es la pila!

Al encenderlo, me di cuenta que estaba en la sintonía de Radio Tawantinsuyo porque apenas aumenté el volumen se oyó a la Pastorita Huarasina cantando…

Entregar mi vida quisiera
A los filos de un cuchillo
a ver si de esa menera
se acaba mi existencia…

Y cuando trataba de sintonizar otra emisora con la intención de escuchar música de la nueva ola, el taxista saltó como un tigre…

–Ya me fregaste jefe. En este radio no sé dónde quedan las emisoras. Como lo moviste ya no podré escuchar mis huaynitos. Pero no importa, con más tiempo recuperaré esa emisora.

–Eso es fácil. Yo le enseñaré. Mire, en el dial hay unos números… Aquí están ¿Los ve? Estos números indican la frecuencia de las radios. ¿Sabe qué frecuencia tiene Radio Tawantinsuyo?

–Los locutores siempre dicen “En los 1190 kilociclos, transmite… o algo así.

–Bueno vamos a correr el dial al número 1100. Un poquito más, 1190 ¡ahí está! ¿Ve que fácil?

– ¿A ver, ahora mueva al 1200?

Apenas moví la perilla, se escuchó…

–Está usted en la sintonía de Radio Cusco, la voz de la Capital Arqueológica de América. Les habla Charles Aragón. Y antes de continuar con nuestro programa de tangos damos paso al periodista Efraín Paliza Nava, quien ya se encuentra en nuestra cabina de transmisión para darnos a conocer un flash.

A diferencia del locutor Aragón, quien hablaba con una voz pastosa, como si estuviera narrando una novela de misterio, el periodista Paliza comenzó a emitir la noticia “de último minuto” con una voz aguda, inmediatamente después de la cortina musical que identificaba a su informativo Clarín:

– tu tu tu, tu tu tu, tu tu tu

– ¡Flash! Luis de la Puente Uceda, cabecilla de los guerrilleros extremistas, murió en una refriega con una patrulla del Ejército. El enfrentamiento ocurrió cuando los guerrilleros trataban de evadirse de Mesa Pelada huyendo hacia la zona de Madre de Dios. Los rangers les cortaron el paso por Choquillahuanca. Con De la Puente murieron también Rubén Tupayachi, Paulo Escobar y Edmundo Cuzquén, integrantes de una columna de guerrilleros. Mayor información mañana en el informativo de las siete. Asimismo les daremos cuenta de la muerte de siete miembros de la Guardia Civil en una emboscada subversiva en el Centro del País. Entre los muertos figura el Mayor Horacio Patiño Cusati. Habría además siete guardias heridos”

–Tu Tu Tu, Tu tu tu, tu tu tu

Nuevamente ingresó la voz grave de Charles Aragón leyendo un comercial:

–Inka Motors S.A. anuncia la llegada de un nuevo modelo Ford, el automóvil a su medida. De potente motor y cuatro puertas. Solicite su crédito y condiciones de pago a Inka Motors S.A. Y no olvide que en el cine Teatro Colón se sigue proyectando la película El Padrecito, con Mario Moreno Cantinflas en Eastmancolor y en tres funciones, Matinée, Vermouth y Noche. Apta para menores.

El taxista, al observarme que me había quedado pensativo rompió el silencio…

–Ya ve jefe, con tantas noticias trágicas prefiero escuchar mis huaynitos. Mejor páselo a radio Tawantinsuyo.

–De acuerdo, pero mejor regresamos a la calle Hospital, mis amigos ya deben estar de vuelta.

–Como usted diga jefe.

Mientras nos dirigíamos al lugar, volví a mover la perilla del radio y se escuchó la voz de Julio Jaramillo cantando: “No puedo verte triste, porque me mata…tu carita de pena, mi dulce amor. Me duele tanto el llanto que tú derramas, que se llena de angustia mi corazón…”

Nuevamente moví la perilla y Ana Melba, con su característica voz alta y aguda, gritaba a los cuatro vientos: “Aceptaré…la condena de saber que no me podrás querer, como estoy queriéndote…”

Como si todas las emisoras se hubieran puesto de acuerdo, a esa hora de la noche transmitían solo música romántica, seguramente contagiados por el clima, pensé, porque en toda la ciudad seguía lloviendo a cántaros.

Pero, al día siguiente, ¡increíble!, cuando me levanté, el cielo estaba despejado y un sol radiante iluminaba la ciudad. Desde la parte alta de la calle Hospital, donde se hallaba ubicada la vivienda de mis amigos, Miguel y Hernando Vegacenteno, las cúpulas de los templos, los techos de las casas y el empedrado de las calles se veían relucientes. Al ver que Hernando se alistaba para salir en compañía de Darwin, otro amigo y paisano mío, ambos ataviados con sendos impermeables, bromeé:

–Con esa ropa se cocinarán. Es como si en Lima quisieran ir a la playa con abrigo en pleno verano.

–Es a ti a quien creerán chiflado si sales en manga corta. Aquí el sol quema, pero cuando te pones a la sombra te congelas y no sabes en qué momento se te viene la lluvia.

Mientras yo me miraba una vez más en el espejo, sonreí y no les hice caso. Sin embargo, por precaución cogí mi impermeable y salí tras ellos.

Las oficinas de la radio que me habían recomendado para trabajar como locutor se hallaban en la Cuesta del Almirante, una de las tantas calles por donde los vehículos circulaban sólo de bajada, enganchados en segunda y quemando frenos. Y sorpresivamente otra vez comenzó a llover. Las cortinas de agua que se descolgaban de los halares de las casas formaban riachuelos obligando a las personas a dar saltos, como lo hacen los canguros, para poder cruzar la calle de una acera a otra.

Mis amigos prefirieron quedarse en los portales de la plaza, mientras yo empecé a subir por aquella empinada calle, cuidando de no resbalar en las baldosas de piedra que, por el paso del tiempo y las aguas, parecían pulidas. Metí la mano en uno de mis bolsillos para cerciorarme que llevaba la tarjeta de presentación firmada por el Dr. Guillermo Viladegut, padre de mi amigo Ramiro y uno de los periodistas más respetables de Abancay y, además, concuñado del propietario de la emisora.

–El doctor no está. Y no se a qué hora vendrá. A veces llega a las diez – Me respondió el operador de turno cuando le pregunté por el propietario de la radio. Parecía un tanto fastidiado, seguramente porque tenía mil oficios, desde portero hasta aperador, pasando por cuidante, portapliegos y locutor.

Mas demoró en abrir la puerta que en cerrarla, dejándome atrapado bajo una catarata de agua de lluvia que caía del techo.

Justo en ese momento se apareció un hombre de mediana estatura y contextura gruesa, portando un maletín y un paraguas y, con aires de gran señor, se apostó en la puerta. Y sin mirarme extrajo de sus bolsillos una sarta de llaves y comenzó a hurgar la cerradura, insistiendo una y otra vez, sin poder achuntarla.

Yo lo miraba de reojo mientras esperaba que amaine el temporal para irme en busca de mis amigos. El hombre empezó a mirarme de soslayo sin abrir la boca. Estaba confundido porque no podía dar con la llave correcta.

– ¿Me permite? – Le pregunté mientras le hacía el favor de levantar la sarta de llaves que se le cayó al piso.

Recién cambio de cara y no le quedó otra cosa que permitirme ayudarlo mientras hacía esfuerzos por acomodar las cosas que portaba.

–Gracias. ¿Espera a alguien? – Recién abrió la boca.

–Sí, estoy esperando al señor Ventura.(El nombre fue cambiado a propósito)

–Dirá usted al “doctor” Buenaventura. Yo soy el doctor Buenaventura.

–Que gusto doctor, le traigo esta tarjeta.

Luego de mirarla detenidamente, recién me trató con más amabilidad.

–Disculpe, Pase, pase.

Luego de despojarse de su impermeable, se acomodó en su escritorio y empezó a arreglar sus cosas. Yo, entretanto, para darle tiempo me asomé a la ventana desde donde se veía la plaza de armas.

– ¡Qué vista tan maravillosa! – Dije sorprendido.

–Me alegra que le guste. ¡Este es nuestro querido Cusco!

Volvió a mirar la tarjeta y empezó a frotarse las manos, no se si por el frío o por mi llegada, pero se le veía más contento.

–Me alegra que usted sea locutor porque, coincidentemente, necesito uno. El último trabajó hasta ayer porque lo suspendimos. Era un borrachín irresponsable que frecuentemente llegaba tarde y aquí la disciplina es lo primero. Bueno, me gustaría someterlo a una prueba ¡Vayamos a la cabina!

El examen consistía en la lectura de varios textos de publicidad y plantillas de presentaciones que se repetían dentro de un mismo formato. Mientras terminaba el LP que giraba en el tornamesas tuve tiempo para repasar los textos, lo que me dio más confianza.

Después de la prueba, observé que el dueño y el operador intercambiaban opiniones. No podía escucharlos, pero noté que se miraban como sorprendidos. Sin embargo, apenas salí de la cabina, el broadcaster, seguramente por estrategia, forzó una cara de desilusionado y me dijo:

–Bueno, creo que con el tiempo podrá usted adaptarse al trabajo. Ahora pase por favor a mi oficina.

Después de hurgar en una ruma de papeles sacó una hoja redactada de antemano. Tenía el membrete de “Contrato de locación de servicios” donde se había dejado espacios para ser llenados con el nombre, apellidos, dirección y documento de identidad del contratado. El texto ya estaba redactado a máquina, sin descuidar ningún detalle, incluido el monto de la remuneración, los horarios y hasta las penalidades en caso de incumplimiento del empleado, más no de la empresa.

–Bueno jovencito, si quiere trabajar tiene que firmar este contrato. Mire, yo soy abogado, por eso prefiero que todo se haga previo contrato.

– ¿Lo puedo revisar?

–Usted solo tiene que firmar. Todos los contratos son iguales. Ni siquiera tiene que mirarlo. Si le interesa el puesto lo firma y mañana empieza.

–Por lo menos déjeme leerlo.

–Está bien. Hágalo.

Mientras revisaba el texto a vuelo de pájaro me di cuenta que los términos del convenio no me favorecían en nada. Sin embargo, por respeto a quien me había recomendado, preferí guardarme mis opiniones. Aunque no me faltaban ganas de arrojar los papeles al tacho y bajar corriendo por la Cuesta del Almirante.

–Dr. quisiera pensarlo hasta mañana porque tengo que averiguar si este horario me permitirá estudiar en la universidad.

–Como usted quiera, pero no está demás recordarle que hay cientos de locutores que quieren venir a trabajar en nuestra radio y hasta gratis, por el prestigio que tenemos.

–Bueno, le quiero ser franco, el monto que figura en el contrato me parece muy bajo. Con tres soles la hora, no podría cubrir ni mis gastos personales. En Lima se paga 12 soles la hora, pensé que aquí por lo menos era la mitad.

– ¡Está loco! Lima es Lima. Allá también se cobra más por la publicidad, en cambio aquí los anunciadores pagan una miseria. Y, por otro lado, la curia me quiere subir los alquileres.

Sin ocultar su fastidio, el propietario salió de la habitación y se fue a conversar nuevamente con el operador. A la distancia se le veía gesticular y discutir con su hombre de confianza. Esto me dio tiempo para pensar mejor. Por eso, apenas retornó le dije:

–Doctor, le agradezco por haberme recibido. Pensándolo bien creo que es mejor que el contrato quede sin efecto. No quiero que usted se perjudique.

Y casi inmediatamente me levanté de mi asiento y le extendí la mano para despedirme.

– ¡Oiga! No lo tome a mal. Mire, le ofrezco seis soles la hora. Vamos a rehacer el contrato. Total los papeles son sólo papeles, lo importante es que ambos estemos de acuerdo. El documento lo firmamos en su debido momento, no hay apuro, pero usted tiene que empezar mañana mismo.

La lluvia seguía cayendo sin piedad, alimentando el caudal del riachuelo que bajaba por la Cuesta del Almirante. Yo que nunca había visto semejante chaparrón no sabía si salir o quedarme. Resolví por disfrutar de aquella maravillosa experiencia de contemplar a la gente correr de un lado a otro con el paraguas abierto sobre sus cabezas.

Con la seguridad que mis amigos seguían esperándome me dirigí a los portales. – Deben estar felices – Pensé, porque a esa hora salían las chicas del templo de la compañía de Jesús, no sé si después de escuchar misa o haberle dejado una vela a San Antonio para pedirle un enamorado guapo y con plata, pero su rutina era esa.

Yo, en cambio, me hallaba preocupado por la actitud del dueño de la radio, ya que no me había inspirado mucha confianza. Y como no conocía bien la ciudad, hasta confundí de portales y, en lugar de caminar hacia el de Carnes, me fui al de Panes. En vista que no los hallé a mis amigos por ningún lado pensé que ya se habían ido a la casa de puro aburridos.

Y cuando caminaba por la calle Garcilaso, observé a una muchacha que se esforzaba por pasar de una acera a otra por el riachuelo que allí también se había formado por la torrencial lluvia. Y claro, sin pensarlo dos veces, le estiré la mano. Ella, a pesar de su sorpresa, no tuvo otra alternativa que asirse para evitar un resbalón.

–Gracias, gracias.

Cuando la tuve cerca recién noté que se trataba de una muchacha de ojos chinitos. Estaba muy ruborizada, no tanto por los apuros que pasó, sino porque yo no le soltaba la mano.

– Que gusto de conocerte ¿Vives por aquí? – Le pregunté.

–No, este es el negocio de una tía. Es una peletería. Yo solo la ayudo en mis vacaciones.

Y, precisamente en ese instante salió la propietaria, vestida con un abrigo de astracán que le cubría casi todo el cuerpo, desde el cuello hasta la altura de los tobillos. Llevaba también guantes de cuero y un paraguas.

–Hola Lucy, te esperaba para que te quedes en el negocio. Tengo que ir al banco-Le dijo apenas la vio a la muchacha.

Su rostro se enrojeció más porque aún no le había soltado la mano.

–Tengo que irme – Me dijo presa de los nervios.

–Lucy ¿Puedo volver a verte?

– ¿Y cómo sabes mi nombre?

–Así te llamó la señora. Quiero que sepas que me alegró conocerte.

Y, sin que se le haya pasado el rubor, desapareció detrás de una gran vitrina donde se exhibían los abrigos de toda calse de pieles y otros atuendos de fina peletería, sin responderme.

En ese momento escuché un silbido que rápidamente identifiqué. Eran mis amigos que me estaban buscando. Al encontrarnos, lo primero que hicieron fue preguntarme por el resultado de la conversación con el dueño de la radio, que yo ya había olvidado por mi encuentro con Lucy. Y después de escuchar mi relato…

– ¡Esto merece una celebración! Sabía que los ibas a impresionar. Me dijo Fernando, mientras su hermano Miguel, entre burlón y serio, afirmó:

–Yo también estaba seguro. Aunque te mueras de risa, te cuento que al pasar por el templo de la Compañía de Jesús, me santigüé y dije “Dios mío, ayúdalo para que tengamos un amigo en la radio”

–Gracias, les prometo que no los defraudaré. Ahora vamos a celebrarlo. ¿Qué les parece en el Buenos Aires?

–Mozo, cuatro sándwiches y dos cervezas. Pedí.

– ¿Ya tienen libreta electoral? -nos preguntó el mozo, mirándonos a los más jóvenes, y luego continuó-El señor Barriga, dueño del local, me ha prohibido servir bebidas alcohólicas a menores de edad y ustedes tienen cara de niños, seguro que ni han terminado la secundaria.

–Bueno, entonces nos vamos a otro local.

–No, no, es una broma, les traigo las cervezas y también una Coca Cola familiar para disimular por sí acaso vengan los policías municipales. Por favor, las cervezas las ponen bajo la mesa. No queremos que nos claven una multa.

–Esta bien, pero apúrate porque tenemos un buen motivo para celebrar.

–Bueno, hagamos un brindis por tu ingreso a la radio. Y, hablando de ingresos, también hagamos votos por nuestro futuro ingreso a la universidad – Brindó Fernando.

Mi turno en la radio empezaba a las seis y terminaba a las diez de la mañana. Inmediatamente después se transmitían las grabaciones de Radioprogramas, que las enviaban desde Lima, por avión. Algunas veces las cintas se demoraban en llegar por el mal tiempo y el operador tenía que verse obligado a pasar las cintas de la semana anterior para que coincidan con los días de la semana que corría…

Lo que más les molestaba a las amas de casa era la repetición de las novelas porque, mientras en Lima ya se habían transmitido todos los capítulos, en Cusco recién estaban por la mitad. Tampoco les gustaba mucho que sus amigas, que retornaban de la capital, les contaran la trama de los últimos capítulos porque les arruinaban la emoción del final.

Después de unos días, le pedí al Gerente el cambio de mi horario para estar de diez a 12 de la noche y poder asistir a mis clases de la universidad durante el día.

Recuerdo que la primera vez que entré a la cabina de locución, en mi nuevo horario., al operador no le dio la gana de hacerme ninguna indicación. Me di cuenta que estaba en el aire cuando se encendió el foco rojo de la cabina y no sabía qué diablos hacer. Al verme como Adán perdido en el paraíso, recién empezó a hacerme señas, indicándome que debía revisar el cárdex que estaba sobre la mesa y me ponga a leer los avisos de publicidad.

–Bazar Kawamura, el bazar de la familia…le ofrece una gama de productos de las mejores marcas en lencería, telas finas, pasamanería y ropa de vestir…Bazar kawamura, en el corazón del Cusco…

Por supuesto que traté de no cometer ningún error. En un momento dado, el operador comenzó a picotear el aire con su dedo índice, señalándome que también revise la lista de discos para anunciarlos. Con el rabillo del ojo alcancé a ver la relación y adivinando el tema que tocaba dije…

–Hola amigos, a partir de esta noche los acompañaré en este nuevo horario para presentarles los éxitos de moda. Y precisamente aquí están Los Cinco Latinos interpretando una balada triste…Escuchemos:

Balada triste de trompeta…
Y en la noche de luna llena
que llorando recordaba
nuestra pena.
Con tanto llanto de trompeta
mi corazón desesperado
va llorando, va llorando
el pasado…
Balada triste de trompeta
de un corazón desesperado…

Luego de varias noches Lucy, que había escuchado mi nombre por la radio, no pudo resistir la tentación de llamarme por teléfono.

Fue así que con ella recién empecé a conocer mejor el Cusco, sus bellas y angostas calles, sus edificaciones de piedra, sus mañanas brillantes y tardes lluviosas, su cielo azul y noches estrelladas…sus subidas y bajadas.

Por supuesto que las llamadas telefónicas no eran solo de Lucy sino de otros oyentes, quienes unas veces querían oír algún tema y otras para preguntarme cualquier cosa con tal de conversar conmigo en el aire. Y claro, yo no cabía de felicidad porque era una demostración que mi programa iba por buen camino.

Hasta que ocurrió lo inevitable, mis estudios no me permitían seguir saliendo todas las veces que Lucy me lo pedía. Y cuando estábamos juntos me reprochaba porque no dejaba de ver mi reloj para no llegar tarde a mis compromisos. Esa fue una la única razón para que lo nuestro durara solo el tiempo que dura una burbuja que se sopla al aire.

–Qué manera de sonar el teléfono ¿Siempre hay esta cantidad de llamadas?– Le pregunté al operador, más por saber su opinión, con relación a la sintonía del programa.

–Esto no es nada, antes era peor, había noches en que ya no quería ni responder el teléfono.

Sabía que me mentía porque estaba herido en su amor propio, o a lo mejor para evitar que yo saque pecho. Su actitud era comprensible porque él ya no hacía locución y además se le había cortado su costumbre de poner esos viejos y largos popurrís para que pueda hablar libremente por teléfono con sus admiradoras que no le faltaban a pesar que programaba esa música pasada de moda que ya no escuchaban ni las musarañas.

–Están pidiendo más temas de la nueva ola. Lamentablemente al doctor no le gusta ese tipo de música y además esos discos están guardados en la oficina.

–No te preocupes, mañana traigo los míos.

Y así fue. Al día siguiente llegué con una ruma de discos para satisfacer a mis oyentes, que en su mayoría eran estudiantes universitarios y jóvenes de los colegios secundarios, tanto de varones como de mujeres. Sin embargo, no tenía una idea cabal de la sintonía de mi programa. Hasta que un domingo, mientras esperaba con mis amigos la salida de las chicas después de la misa en la Compañía de Jesús…

– Dalia, mira a tu derecha, el chico de casaca a cuadros es el nuevo locutor.

–No me digas. Vamos a pedirle que ponga un disco…

–Estás loca, se lo puede creer.

Y, a pesar de su orgullo, se acercaron para solicitarme una canción. En ese momento, recién me di cuenta que no estaba arando en el desierto porque al menos ellas me escuchaban. De manera coincidente, justo en ese momento, un muchacho vestido con una casaca de cuero color negro, guantes del mismo color y material, y gafas oscuras Rayban, llegaba a la plaza en su moto Honda 1300, roja, y empezó a saludar a las chicas que salían del templo. Darwin, al verlo le hizo un adiós con la mano y él, ni corto ni perezoso, se acercó al grupo.

–Hola muchachos.

–Qué tal Henry, te quiero presentar a un amigo.

–Hola. Mi nombre es Henry

–Que gusto de conocerte. Yo soy…

Por un instante nos quedamos mirándonos, como diciendo “yo a ti te conozco”. Claro, ambos teníamos referencia de nuestra existencia pero nunca nos habíamos visto las caras. Sin saberlo, hasta habíamos enamorado a la misma muchacha, felizmente en tiempos distintos. A partir de ese momento nos hicimos amigos y aprovechamos la ocasión para conversar de lo que más nos gustaba, la radio y la nueva ola. Y aquella trampa que seguramente nos quiso poner Darwin para enfrentarnos, se desbarató.

–Trabajo en la televisión y también tengo un programa en la radio. Me dijo.

–Sí, lo sabía. Te felicito.

Al cumplirse el primer mes de mi espacio en la radio, me propuse presentar algunas novedades haciendo participar a jóvenes vinculados a la nueva ola. Y como Henry tenía un amplio conocimiento sobre el tema, decidí invitarlo. Y para contar con más tiempo, le pedí a la secretaria que me haga el favor de reacomodar las tandas publicitarias en otros horarios. Por supuesto que lo hizo de buena gana, porque también ella se había convertido en mi asidua oyente y en mi mejor aliada. Y ese día, no solamente me dejó el espacio libre de comerciales, sino también los discos adecuados. Y, lo más importante, me dijo que…

– Antes, las únicas llamadas telefónicas que recibía eran de clientes regañones o del gerente, preguntando que si había algo de nuevo, pero ahora llaman a cada rato para solicitar los temas de moda – Me dijo.

El programa con mi invitado resultó muy entretenido. Conversamos de la nueva ola, los bailes modernos, los éxitos del momento. Al final, terminamos hablando de todo lo que se nos vino a la cabeza. Los oyentes estaban encantados. Lo cierto es que esa noche hicimos diablura y media para que el programa salga entretenido. Y lo fue, porque hasta el operador que en un principio no veía con buenos ojos esos cambios, sonreía y hacía empalmes perfectos con los discos. Parecía que él también recién empezaba a disfrutar con su trabajo, y el programa, que debía durar una hora, se prolongó hasta la media noche.

Al día siguiente, sin perder el tiempo empecé a buscar a otro invitado, tratando que sea algún personaje vinculado al mundo de la nueva ola. Mis compañeras de la universidad me sugirieron el nombre de Marco Bonino, un cantante aficionado seguidor de Paul Anka, Elvis Presley y Neil Sedaka. A pesar que me advirtieron que no sería fácil convencerlo, yo si estaba seguro que iría a mi programa. Pero cuando ya estaba por concertar una cita con él, la secretaria me llamó para decirme…

–El doctor Buenaventura dice que quiere hablar contigo.

Antes de entrar a la oficina del gerente no tenía ni idea de lo que se trataba. Lo encontré sentado en su escritorio con una cara de pocos amigos. Y luego de responder mi saludo, fue al grano…

– ¡Usted me ha cambiado la programación! Aquí tiene que hacerse lo que yo diga. Ya no se puede utilizar ni el teléfono, porque todas las llamadas son para pedir canciones. ¡Y qué canciones! Todas de la nueva ola. Además, sin mi autorización ha entrevistado usted a personas que trabajan en otras radios.

–Un momentito doctor Ventura, no se altere.

– Buenaventura, dirá usted.

– Como usted diga, pero le quiero recordar lo que le dije al momento de firmar el contrato, el día que no esté de acuerdo con mi trabajo, me iría.

–Oiga, Por ley, usted tiene que cumplir por lo menos los tres meses, si quiere que le pague.

–No se preocupe por el pago, ya lo decidí, me voy.

La actitud del broadcaster fue lamentable y, mi respuesta, peor. Pero no podía quedarme callado frente a una persona que creía que la radio era solo un cúmulo de máquinas y muebles, donde no se tomaba en cuenta el trabajo de los locutores, operadores y todos aquellos que poníamos nuestro talento al servicio de los oyentes. No entendía que los transmisores, antenas, consolas, micrófonos, reproductores de sonidos, grabadoras y computadoras, por más que sean de las marcas más famosas y estén dotadas de la más alta tecnología, instaladas en pequeños o en grandes locales, lujosos o modestos, no eran más que aparatos que no valían nada sin el talento de quienes los utilizaban.

Y luego de varios días de mi renuncia, el operador fue a buscarme…

–Te traigo algo que seguramente te va a alegrar. Mira, el Dr. te envía este cheque. Y me ha pedido que te haga firmar este papel.

Al leerlo me di cuenta que era la liquidación de mis honorarios.

–Lo he visto muy preocupado. Parece que te vio conversando con el Dr. Chuquimia, el abogado.

Me aclaró el operador, que ya se había hecho mi amigo.

–Ahora lo entiendo todo. Lo que no sabe el dueño de la radio es que el Dr. Edgar Chuquimia es mi profesor en la universidad y además, somos parientes, por eso nos quedamos a hablar frecuentemente.

– ¿No me digas? Ja ja ja ¡Qué tal chasco! – Y se fue.

De ese modo me quedé algunos días sin trabajo, hasta que se me abrieron las puertas de otras radios. Con el paso de los años, quizás vaya olvidando rostros, nombres y hasta fechas, pero lo que jamás olvidaré es aquella Cuesta del Almirante en el ombligo del Mundo.

2 comentarios to “Viaje al ombligo del Mundo”

  1. Reneé Says:

    Bonita narración de tu llegada a mi ciudad, yo tuve la suerte de conocerte siendo estudisnte del colegio Santa Rosa, con tu programa en Radio La Hora de la calle Marqués, creo 215, una época preciosa…, fuiste el amor platónico de casi todas las chicas de clase, tu preciosa voz, la música y toda la programación nos hacía disfrutar.
    Los concursos, premios en la noche de los domingos…, encontrarte ha sido y es una alegría infinita para mí, recordar mi feliz niñéz…, y el recuerdo de personas que nombras, amigos y familiares…, gracias por el recuerdo de mi hermoza ciudad, que la recuerdo cada día, y bueno es verdad que cuanto más mayor te haces la añoranza de la tierra se acrecenta día a día. Vivo en Barcelona, pero sigo y seguiré orgullosa de mis raíces y muy enamorada de mi tierra, en mi corazón y mente avivan recuerdos gratos también de Abancay donde por razones de trabajo, vivimos unos años.
    Gracias por estar ahí, y seguir con la radio, muchos éxitos en tu vida personal y profesional, un magnífico 2O11…, un abrazo grande.

    • herberthcastroinfantas Says:

      Reneé:

      Gracias por tus lindas palabras. Te cuento que hace dos años estuve por segunda vez de paso por Barcelona de regreso de París y coincidió con los carnavales, la pasé muy bien. Te felicito por estar en esa linda ciudad. Tienes razón, los recuerdos de nuestra juventud y de nuestra infancia son el mejor alimento de nuestro espíritu para seguir amando a la tierra donde nacimos. Me alegra que seas del Cusco. Hace muchos años que ya no estoy en la radio, sin embargo me alegra que sean muchos quienes recuerden esa parte de mi vida. En España mi blog tiene muchos lectores y casi todo coinciden que vivieron la mejor época de su vida en Cusco. Deseo que todos tus sueños se cumplan en este Año Nuevo. Un fuerte abrazo.

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