La Cata

Ya era medio día y los peones de la hacienda seguían dándole duro a la pala y el pico sin embargo de tener todo el derecho de hacer un alto para descansar y distraer el estómago con un cocabí. A pesar que ninguno tenía reloj, se daban cuenta que eran más de las doce por la desaparición de sus sombras, cada vez que se ponían de pié y los rayos del sol caían sobre sus cabezas en forma vertical.

Hasta que de pronto se escuchó el sonido de un pito y simultáneamente todos dejaron sus herramientas y se dirigieron al patio principal de la casona para consumir sus alimentos, la chicha y el upi que les había ofrecido el patrón como premio por las buenas cosechas que habían logrado.

Ruperto y Demetrio, no solamente eran los peones más jóvenes sino muy amigos. Y mientras esperaban se morían de sed y de aburrimiento, seguramente más por la espera que por tener la garganta seca. Hasta que a uno de ellos se le ocurrió jugar al tejo para matar el tiempo.En ese preciso momento se apareció en el patio una adolescente de trenzas, linda y sensual, que atrajo la mirada de los jóvenes.

–Es la hija del capataz. Pero, ni la mires carajo porque puedes chocar con el dueño de la hacienda – Le aconsejaba Ruperto a su amigo y compañero de trabajo.

Hasta que por fin llegó el capataz acompañado de dos peones que cargaban las botellas de trago y las tinajas de chicha y, de inmediato, ordenó que empiecen a llenar los vasos. Apenas los caporales y los quintos llegaban a las manos de los trabajadores se lo vaciaban a sus gargantas y se lo bebían en un santiamén. Al final de la merienda les daban el upi.

–Patroncito, no nos caería mal una copita más de aguardiente para limpiar la miel.

–Esta bien Demetrio, recuerda que el primer trago fue gratis pero la yapa te costará un sol y tu cuenta está subiendo – Le advirtió, mientras miraba su vieja libreta de apuntes.

–Si patroncito. Por favor una copa más, como dice el bolero de Los Panchos. No importa lo que cueste.

Los peones no solamente pagaban por el trago extra, sino también por todo lo que consumían en la hacienda. Y, claro, por la cancelación de esas cuentas sus remuneraciones se reducían a centavos. Por eso algunos tenían que trabajar en doble turno para contar con algunos soles de más que les permita comprarse ropa, ojotas y otros artículos que los huasaq’epes que llegaban de Puno los vendían en los alrededores del mercado de Abancay, haciéndoles una competencia desleal a los mercachifles del lugar.

Por las deudas, la mayoría de trabajadores casi nunca recibías sus jornales en duro sino en papeles, donde estaban anotadas sus cuentas que, para colmo, no las entendían ni pío porque muchos de ellos no sabían leer. Por eso, cada fin de semana sentían una gran frustración y miraban con desdén al encargado de hacer los descuentos.

– ¡Carajo! cómo me gusta la Cata. Todas las noches sueño con ella. Gritó el joven jornalero mientras exalaba un sonoro y profundo suspiro.

–Tendrás que aguantarte porque dicen que esta reservada para el patrón.

– ¡Ese hijo de…! Todo lo quiere para él.

Hacía bien en advertirle su amigo Ruperto porque el hacendado era un hombre de armas tomar y no aguantaba pulgas. Sin su venia nadie podía pretender a las mozas que vivían en su hacienda, mucho menos a sus preferidas. Tenía tal dominio sobre sus colonos que no se les permitía hacer nada sin su conocimiento.

Uno de sus mayores placeres del hacendado, además de la buena comida, era pararse sobre un altillo de la vivienda acompañado de su pareja ocasional, que nunca le faltaba, para tomar sol y contemplar la inmensidad de sus propiedades. Eran tan grandes que sus límites no se podían divisar a simple vista.

Cuando no estaba con su esposa, convivía con la hija mayor del capataz o con cualquier otra moza, con tal que tenga buenas piernas, bustos bien formados y cara bonita, tal como se jactaba hablando con sus amigos de mayor confianza. Así era la Cata y, más que eso, era leída, refinada y distinguida y tenía un carácter irreductible. No era nada tonta a pesar de su corta edad. Se resistía a los requerimientos del hacendado.

Como a toda adolescante le encantaba jugar en el campo. Corría descalza sobre la hierba fresca y entre las plantaciones de caña, algunas veces sola y otras veces acompañada de otras chicas de su misma edad. Subía y bajaba por las laderas como una gacela, sorteando las piedras y pencas. Y cuando se cansaba se entretenía cazando las mariposas que se posaban en los pétalos de los amancaes. Así fue moldeando su cuerpo de Venus y su cintura de avispa.

Demetrio, era conciente que no podía competir con el patrón pero tampoco le tenía miedo. Por eso cada vez que se aparecía la Cata no dejaba de mirarla con ardor. No había duda, estaba perdidamente enamorado y era capaz de cualquier cosa por hacerla suya.

Precisamente, una de esas mañanas frescas y brillantes, tal como eran los amaneceres en Abancay, Demetrio se hallaba regando los cañaverales cuando de pronto se apareció la Cata saltando entre los surcos y empezó a coquetear con él. No solo eso, como quien lo reta a competir en una carrera de velocidad, empezó a alejarse raudamente voltando la mirada burlonamente. Tentado por el mismo diablo y sin pensarlo dos veces, Demetrio salió tras ella como un tigre tras su presa. La muchacha, al darse cuenta que el pez había picado el anzuelo, reía de felicidad sin dejar de correr hasta ocultarse detrás de unos matorrales.

Demetrio, a apunto de desfallecer por el cansancio, la alcanzó y la cogió de la cintura para luego tenderla sobre una alfombra de hojas secas donde ambos dieron rienda suelta a sus más ardientes y apasionados apetitos. Ella, con el candor de sus 15 abriles y él con la fogocidad de sus 16 primaveras se entregaron el uno al otro al extremo que hasta las plantaciones de caña parecían delirar de placer y el molle que les acogía bajo su sombra se retorcía de lujuria.

Pero, bastó que un trabajador los viera para que el chisme llegara a los oídos del dueño de la hacienda. Y antes que los rumores se conviertan en un escándalo, el hacendado le puso a Demetrio entre la espada y la pared, dándole a escoger la cárcel o el despido.

El aprendiz de galán, escogió la segunda opción y se fue a trabajar a los lavaderos de oro de Madre de Dios, de donde nunca más volvió.

La Cata al enterarse del viaje del hombre que la había convertido en mujer, se sumió en una profunda pena aunque, con el correr de los días, sus heridas fueron cicatrizando y poco a poco se fue olvidando de su primera aventura de amor.

Habían ranscurrido casi dos años de la ausencia de Demetrio cuando, una tarde, al retornar de uno de sus acostumbrados paseos al campo, encontró encima de su cama un hermoso traje de mestiza. Y, sin preguntar cómo había llegado hasta allí, se lo probó. Al mirarse en el espejo recién comprendió que ya no era una niña y sospechó que su padre se lo había comprado para la fiesta de cumpleaños del patrón. No estaba equivocada, porque el capataz era el más interesado en que la Cata luzca como nunca ese día, para impresionar al dueño de la hacienda.

Como no podía ser de otra manera, su presencia en la reunión fue deslumbrante. Y el primero en quedarse lelo por la belleza de la joven fue el hacendado que no dejaba de mirarla con sus ojos libidinosos. Ella también estaba feliz porque aquel día había ingresado por fin al mundo de los mayores, y por la puerta grande.

El dueño de la hacienda tenía por costumbre celebrar su cumpleaños por partida doble, el mismo día con sus amigos y familiares, donde se comía opíparamente, se bebía whisky, champán y cerveza y durante tres días se bailaba valses y rumbas con una orquesta traída del Cusco. Y naturalmente que aquí la reina de la fiesta era su esposa, una distinguida dama educada de acuerdo a las costumbres morales y religiosas de la época.

Una semana después, cuando sus amigos y familiares ya no estaban, lo celebraba con los comuneros y trabajadores. En esta reunión, conocida como “la octaba”, se bailaba huaynos y carnavales y se bebía abundante chicha y aguardiente de caña. Un día antes se hacía la tradicional matanza de varias clases de animales como toriles, corderos, chanchos, así como gallinas y perdices para preparar una serie de platos típicos.

Y ,como en esta reunión la novedad era la presencia de la Cata, el hacendado estaba que se le caían las babas de lujuria. Pero, al darse cuenta que ella se resistía de caer en sus redes, no solamente porque estaba casado y bien casado, sino por la diferencia de edad, casi se vuelve loco. Y, a medida que iban pasando los días, su pasión se acrecentaba y estaba dispuesto a dejarlo todo con tal de tenerla a su lado.

La esposa quien, al parecer, ya sospechaba que le estaban sacando los cuernos porque, como sucede con todas las mujeres del mundo, tenía un sexto sentido, llamó a sus amigas de Abancay para que le saquen de la duda, pero ninguna de ellas se atrevió a decirle la verdad por temor a perder la amistad del hacendado. La esposa se moría de la cólera pensando que ya no era la catedral donde el hacendado le rendía pleitesía, sino una iglesia más del pueblo. Y cuando comprobó que su marido definitivamente había sacado los pies del plato, echó chispas, pataleó y empezó a llenarle de insultos, pero él ya lo tenía todo definido: La Cata o nadie.

Sin embargo, para evitar las habladurías de la gente, la esposa y sus hijos se vieron obligados a guardar el secreto bajo siete llaves. A cambio, el marido se comprometió a darles de todo. Cumpliendo con su promesa les enviaba lo mejor que producía la hacienda, además de dinero en efectivo para que vivan cómodamente en Cusco.

A la Cata tampoco le hacía faltar nada, porque le atormentaba la idea que, como toda amante, en cualquier momento lo podía dejar. Lo que nunca se supo fue por qué la Cata se involucró con el hacendado. Definitivamente que no fue por dinero porque ella no era nunguna pobretona, sus padres y abuelos eran propietarios de grandes extensiones de tierras y su familia siempre gozó de una vida holgada.

Quizás fue por una cuestión de revancha social, por su deseo de escalar a una clase a la que ella miraba de abajo para arriba, o a lo mejor a un desmesurado apetito de poder. La cosa es que lo tenía embobado al hacendado.

La cata era una mujer de estirpe campesina pero de gustos refinados. Le gustaba vestir bien y siempre a la usanza de las mestizas de su tierra: sombrero blanco con cinta de seda negra, polleras de terciopelo y pana, botines de taco que le cubrían los tobillos. Y nunca dejaba de usar aretes de oro con incrustaciones de piedras preciosas que hacían juego con sus chamarras. Vivía realmente orgullosa de ser así. Y era, además, muy atractiva, de caderas bien formadas, trenzas cuidadas y sonrisa discreta y, es probable, que le daba al hacendado lo que la esposa le negaba por pudor y vergüenza.

Quienes se sentían más afectados con la infidelidad del hacendado eran los familiares de la esposa. A la Cata la choleaban a su regalado gusto, pero tampoco querían el divorcio por temor a perder las gollerías que les daba ya que, todos, de manera directa o indirecta, dependían económicamente de sus arcas.

Por eso el día en que él se enteró de los insultos a la mujer que amaba entrañablemente, se dedicó a llenarle de regalos y dinero. La vistió con los mejores trajes y hasta la envió al extranjero para que conozca Francia, Italia, España, la India y el Medio Oriente, acompañada de dos de sus empleadas y una intérprete personal.

–Hace tiempo que no la veo a la Cata – Le preguntó en una ocasión uno de sus amigos más cercanos. Y él le respondió…

–Está de viaje – Y mientras miraba el calendario que colgaba en la pared del comedor, siguió –Hoy debe estar conociendo los mismos lugares que de niña leyó en los Cuentos de Las Mil y Una Noches.

El hacendado le daba pues todo lo que ella quería, incluido su automóvil de lujo, en el que se iba de compras a la ciudad, sin embargo, nunca quiso pasar de ostentosa, prefería dejar el carro en las afueras y caminar hasta el centro, acompañada por un séquito de empleados.

Empezaba visitando la antigua Casa Félix Triveño, donde adquiría telas, artículos de pasamanería y discos de 33 RPM de sus artistas folclóricos preferidos. Y luego se dirigía al bazar de Atala, un ciudadano árabe de finos modales y exquisitas costumbres culinarias quien, personalmente le ofrecía una gama de perfumes franceses y otros artículos de tocador. Allí también compraba juguetes americanos y japoneses para sus ahijados. Y todas sus compras las pagaba sin chistar con billetes generalmente de alta denominación que los sacaba por fajos de un pequeño bolso oculto entre sus polleras.

De este local pasaba a la tienda de la señora Blanquita Ocampo, donde adquiría joyas de oro y plata, así como chocolates suizos. Terminaba su shoping en la tienda de los esposos Luis y Felícitas Aguilar adquiriendo productos de primera necesidad, al por mayor.

Y tal como llegaba, regresaba al auto del hacendado estacionado en las afueras de la ciudad y siempre acompañada de su séquito de empleados.

Cuando los familiares de la esposa se enteraron que la Cata había hecho un viaje a Europa y al Medio Oriente, se les revolvió el hígado y prometieron que no descansarían hasta hacerle pagar con creces su infidelidad. Pero la amenaza quedó ahí, porque el infiel nunca llegó a tener hijos con la Cata y como en esa época la justicia era más ciega que la de hoy, y el adulterio era un delito muy común, nunca fue sancionado.

Hasta que por esas cosas de la vida, y la plata, el dueño de la hacienda fue elegido Senador de la República y todos olvidaron de su infidelidad. Cuando se produjo el golpe de estado de Velasco que injustamente arrasó con todas las haciendas del país a través de una absurda reforma agraria, los herederos que se disputaban las propiedades quedaron sin soga y sin cabra.

Sin embargo, se supo que, días antes de la dación de la ley de reforma agraria, el hacendado había logrado sacar algunas de sus pertenencias, especialmente maquinarias, porque alguien le pasó el soplo. Y cuando se las llevaba al Cusco, el camión en que viajaba se volcó y como consecuencia de este accidente sufrió una grave lesión cerebral y al poco tiempo falleció en Lima.

Seguramente más por la pena que por el cáncer, años después, la Cata también dejó de existir. Y cuando su cuerpo se velaba en la capilla ardiente se apareció un hombre desconocido quien, luego de arrodillarse delante del féretro con los ojos humedecidos por las lágrimas, se acercó al cuerpo inerte, le dio un besó en la mejilla y le colocó un prendedor de oro en la chamarra. Y así como ingresó, de manera discreta, se retiró sin que nadie se diera cuenta.

Ya después se supo que era Demetrio convertido en un próspero empresario minero.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: