La chica de la tienda

No hay duda que todas las etapas de la vida son lindas, sin embargo, para una gran mayoría la adolescencia es la más bella de todas porque es cuando se producen los cambios emocionales más sorprendentes
Esta es la edad de nuevas sensaciones y emociones mil y al mismo tiempo de grandes incertidumbres y temores, de las primeras relaciones amorosas, del primer beso y de ese “inolvidable y único gran amor”.
Es la edad en que empezamos a asistir a las fiestas para conocer a las chicas y nos convertimos en protagonistas de las más inesperadas aventuras.
En esta bella etapa de nuestra vida nos damos cuenta que, de pronto, nuestro corazón late a más velocidad, no solo cuando corremos, saltamos, bailamos o subimos una montaña sino, sobre todo, cuando conocemos a alguien que nos atrae y creemos que es la chica de nuestros sueños.
También es la etapa de nuestras solitarias luchas contra las adversidades porque, casi siempre, en algunos casos, nuestros padres jamás tienen tiempo para hablar con nosotros y hasta nos dan las espaldas cada vez que acudimos a ellos en busca de ayuda o de un consejo y nos vemos obligados a recurrir al amigo o al compañero de estudios quienes, generalmente, no están preparados para brindarnos una respuesta correcta y en lugar de tendernos la mano terminan burlándose de nosotros y hasta nos ridiculizan contando los secretos que les confiamos para que todos se rían en nuestra cara.
Esa fue una poderosa razón para que Rafael, mi amigo y compañero de clase, no confiara en nadie.
Ya cursábamos el Quinto de Secundaria y aún no había descubierto lo que era el amor, mucho menos había tenido una experiencia sexual.
Era tan tímido que a veces me daba ganas de zarandearlo porque muchas de mis amigas se morían por él, pero él nada de nada, cero balas, cero puntos.
Hasta que un día ocurrió el milagro. Mientras salíamos del colegio me buscó y a boca de jarro me dijo…
–Te quiero confesar un secreto. Estoy enamorado de una chica, pero ella no lo sabe ¿Qué hago?
–Ah, ¿Con que por fin cupido dio en el blanco? Mira hermano, la cosa es muy sencilla: Lo primero que tienes que hacer es que ella lo sepa, de lo contrario solo perderás el tiempo. Le respondí, como si fuera un experto conquistador de corazones.
Por el gesto que hizo noté que le estaba pidiendo peras al olmo porque mi amigo era tímido de nacimiento, incapaz de lanzarle un piropo a una chica, a tal punto que a muchos de nosotros ya nos parecía un poco raro, al extremo que algunos comenzaron a burlarse de él tratándolo de afeminado. Pero, un día, en medio del fragor de una discusión sobre qué equipo era el mejor ¿Alianza o la U? uno de ellos le dijo que era un maricón. En respuesta, Rafael se le fue encima como un tigre y casi lo muele a trompadas. Y claro, el más feliz con esta reacción fui yo, porque necesitaba que me de alguna muestra de su indiscutible hombría. Lo bueno fue que, desde aquel instante, nadie se atrevió a insultarlo.
Luego de escucharlo, y como quien quiere gastarle una broma, le toqué la frente para comprobar si realmente estaba afectado con la fiebre del amor y él me respondió con un profundo y sonoro suspiro. Esto me convenció que realmente estaba más templado que una cuerda de violín. Solo que había un pequeño problema: no la conocía personalmente a la muchacha de quien se había enamorado.
–Te juro hermano que es la rubia más linda que he visto en mi vida. Trabaja en una tienda de modas en el centro de Lima. Desde que la vi por primera vez me impresionó- Me dijo emocionado, al momento que se le salía otro suspiro, esta vez de manera espontánea y sincera.
–Huevón, eso se llama amor a primera vista- Le expliqué, siguiendo con el juego de aparentar ser todo un erudito en el amor. Y luego, ya más tranquilo, me contó que siempre la veía, pero solo de lejos, y casi todas las veces parada en la puerta de una tienda ubicada en pleno centro de Lima, donde supuestamente trabajaba, y otras veces la veía en el interior.
– ¡Qué linda que es! Cuando la miré por primera vez, desde el bus que me llevaba al colegio, lucía un precioso traje azul que hacía juego con un pañuelo blanco que cubría su cuello. Y lo que más me encantó fue su sonrisa. Y cuando se cruzaron nuestras miradas ella ni se inmutó, en cambio yo me puse nervioso, hecho un idiota. Estaba rojo de vergüenza. Te juro que no sabía qué hacer pensando que me seguía con la mirada, hasta que el ómnibus volteó la esquina- Me decía Rafael, dejando de lado por un momento su timidez crónica con las mujeres. Por sus expresiones, no había duda que estaba loco de amor. Y como yo era uno de sus pocos amigos me sentí comprometido con esta aventura, convirtiéndome en su confidente.
A partir de ese momento, Rafael llegaba puntual al paradero del bus para conseguir el mismo asiento, junto a la ventana, para verla mejor. Hasta que un día…
-¡Qué suerte! el asiento está libre- Pensó, mientras subía al vehículo. Pero, ni bien el bus recorrió unas cuantas cuadras, subió una anciana que se paró a su costado y Rafael, demostrando que estaba educado a la antigua, no dudó en cedérselo. La viejita, en agradecimiento, le dijo que podía ayudarle con la mochila. Claro, de haber adivinado que pesaba una barbaridad, como si estuviera llena de piedras en lugar de libros, no se hubiera ofrecido, porque se le quebraban las rodillas.
De rato en rato, Rafael bajaba la cabeza para chequear la calle y evitar que se le pase la cuadra donde estaba ubicada la tienda. La viejita, al notar su nerviosismo, mirando la insignia del colegio, le dijo:
–Para el Guadalupe todavía falta mucho. No te preocupes hijito, yo te paso la voz. En ese plan vas a llegar con tortícolis.
–No se preocupe señora. Estoy bien.
–Ah, tú no sabes cómo es eso. No debes abusar de tu edad, puedes quedar con el cuello para un lado. A propósito, ¿De dónde eres hijo? porque parece que no conoces bien Lima.
–Señora, soy bien limeño, y estas calles me las conozco de memoria, solo que estoy chequeando una dirección.
–Ya se, seguro que quieres ver dónde queda el Embasy. A tu edad, todos los muchachos sueñan con ver a esas calatas que traen de Cuba y Argentina. Dicen que esa tal Betty Di Roma es de Ica pero se la quiere pasar de extranjera con su pelo teñido y bailando chachachá. El Alcalde Bedoya, ese que le dicen Tucán, debería prohibir el show de estas bailarinas que no tienen ningún pudor de mostrar el ombligo.
Cerca al Jirón de La Unión el bus hizo una parada para dejar algunos pasajeros. Rafael se inclinó más de lo debido por mirar la tienda donde trabajaba la chica y, para su mala suerte, rozó con su cabeza los senos de la anciana.
–Ay, como se nota que de niño no te han dado el pecho. ¿Todavía extrañas verdad?
–Disculpe, señora.
–No te preocupes, te comprendo muchacho.
Rafael, sin hacerle caso bajó la cabeza una vez más. Y, allí estaba la rubia que le quitaba el sueño, luciendo un hermoso traje amarillo. Le molestó ver que un caballero la estuviera mirando por sus cuatro costados, como revisándole el vestido. Sin embargo, se tranquilizó al notar que la muchacha no dejaba de observar la calle, lo que le hizo pensar que lo estaba buscando con la mirada, Rafael se inclinó más de lo debido y perdió el equilibrio.
– ¡Qué barbaridad! Eres un mocoso atrevido ¡Me has agarrado las piernas. No respetas ni a las abuelas!
–Señora, por favor, perdí el equilibrio. Disculpe.
–Eso hazle creer a tu abuela. Toma tus cosas y lárgate.
Según pasaban los días, crecía la pasión de Rafael por la chica de la tienda. Y como dice el poeta “no comía, no dormía y el amor lo consumía”. Pero tampoco se animaba a ir a declararle su amor. Cada vez que quería asomarse por la tienda, le temblaban las piernas por la timidez.
Un día me dijo que quería escribirle una carta pero que no sabía por dónde empezar. Y como en el colegio yo tenía fama de tener mejor redacción que muchos de mis compañeros y además me gustaba la poesía, me pidió que lo ayudara. Lo hice de buena gana por tratarse de un amigo y porque estaba seguro que eso lo haría feliz. Cuando terminé de redactar la misiva, le pregunté…
– ¿Estás seguro del nombre de la chica?
– Claro, lo averigüe por teléfono y la dirección me la sé de memoria porque todos los días paso por allí.
– ¿Qué te parece si repasamos el texto una vez más antes de ir al correo?
–Tienes razón. Vamos a la cafetería Dominó de galerías Boza.
Me pareció una idea genial porque era una de las cafeterías más elegantes de Lima, a donde iban políticos, artistas, periodistas y poetas. Recuerdo que allí se exhibían cuatro bellos dibujos a lápiz hechos por Sérvulo Gutiérrez, pintados en el mismo local. Era frecuente verlo al artista allí tomando un café.
En otra mesa, conversaban Luis Alberto Sánchez, Armando Villanueva y León de Vivero. Otros asiduos clientes eran el periodista Sofocleto, la dueña de la revista Caretas Doris Gibson, el futbolista Mario Gonzales Benites, apodado “La Foca” por su parecido a Dámaso Pérez Prado, jugador de las selecciones nacionales del 57,59 y 64, a quien lo volví a ver luego de muchos años a su vuelta del Paraguay donde estuvo 25 años como entrenador.
Apenas Rafael y yo entramos, se acercó el mozo Aquiles Mejía, que ya nos conocía porque no era la primera vez que íbamos a esa cafetería. Y antes que nos traiga la cartilla del menú, nos adelantamos pidiéndole dos coca colas. No insistió porque sabía de nuestra condición económica de estudiantes. Detrás del mostrador el barman Rómulo Romaní agitaba la coctelera preparando el trago que acostumbraba tomar don Sofo.
Deliberadamente nos demoramos en tomar las gaseosas para revisar la misiva varias veces hasta que quedó más o menos así…
“Soy el muchacho que todos los días pasa por la puerta de tu trabajo y te contempla emocionado hasta que el bus se pierde, al voltear la esquina. A través de estas letras quiero decirte que deseo conocerte y confesarte que estoy enamorado de ti. No es una exageración si te digo que todas las noches sueño contigo y desde el primer día que te vi no puedo apartarte de mi mente. Me siento como una avecilla que quiere saciar su sed de amor en la fuente de tu corazón”
–¡Carajo! Creo que está bien, me gusta – Me aseguró Rafael.
–Espero que sea la última vez que te ayudo porque no quiero ser tu Cyrano de Bergerac.
–Confío en ti porque eres mi amigo. Cuando pasen los años mis nietos te lo agradecerán. Ja ja ja.
-Si huevón.
Después de varios días de haber franqueado la carta en el correo, Rafael volvió a pasar por la calle donde estaba ubicada la tienda. Como de costumbre, ella estaba allí. Rafael me contó que le hizo adiós con la mano y le pareció que la muchacha le respondió con una sonrisa.
No había duda, Rafael estaba loco de amor. La figura de la muchacha se le venía hasta en las clases. Muchas veces tuve que sacarlo de su letargo dándole una palmada en el hombro, antes que el profesor se diera cuenta y lo castigue.
–Esto es un martirio. No puedo dejar de pensar en ella. Tienes que ayudarme.
– ¿Y cómo? Tú eres quien debe tomar al toro por las astas.
–Pero, amigo ¿Qué debo hacer?
–Humm, ya sé, envíale un ramo de rosas y una tarjeta pidiéndole que se ponga una de las rosas en sus cabellos para hacerte saber si leyó la carta. Yo me encargo de redactar la tarjeta.
Esta vez nos fuimos a la antigua bodega Antonio Carbone ubicada en la esquina del Jr. Huancavelica, conocido más como la antigua calle Ortiz y el Jr. Caylloma, ex calle Colonge. Escogimos este lugar por estar más cerca al correo. Era otro tradicional local limeño fundado en 1923, que se caracterizaba por la venta de salame, quesos y licores importados, así como los famosos sándwiches de pejerrey y jamón del norte. Actualmente es conducido por los primos hermanos Jorge Arboccó Cordano y Antonio Briatore Cordano y señora Átala de Briatore.
Ya allí, después de darle varias vueltas al borrador, por fin salió el texto de la tarjeta que se la enviamos con un pequeño ramo de flores que lo compramos en las puertas de la Iglesia del Señor de Los Milagros, por supuesto que a un precio que nos pareció exorbitante, porque no teníamos mucho tiempo para ir a las cercanías del estadio Nacional donde lo hubiéramos conseguido a un precio más barato. La tarjeta tenía este texto…
“Cada día que pasa, el amor que siento por ti se acrecienta. Y como una muestra de ese gran afecto te envío estas flores. Perdona que no encuentre las frases adecuadas para decirte lo mucho que te quiero. Todo me gusta de ti, tu sonrisa, el buen gusto que tienes para vestir, tus cabellos que se baten con la brisa de la tarde. Quiero confesarte que cada vez que te miro, cuando paso en el bus por la puerta de la tienda, mi corazón late a más velocidad y es el momento más feliz de mi vida. Si decides darme una oportunidad, te ruego que me lo hagas saber luciendo en tus cabellos una de estas rosas que te envío con mucho cariño. Rafael”.
Al día siguiente, grande fue su sorpresa: La muchacha lucía una rosa en sus cabellos. Rafael, quiso bajarse del bus pero, más grande fue su timidez.
Lo único que pudo hacer fue levantar su mano para saludarla. Y, ella, siempre con la sonrisa a flor de labios, no dejó de mirarlo hasta que el bus desapareció al final de la calle.
Fue cuando el corazón de mi amigo Rafael empezó a latir a más velocidad. Por eso, apenas terminó de almorzar, salió volando a buscarme. Su felicidad era tan grande que hasta yo me contagié y como locos empezamos a saltar como si el nene Cubillas hubiera metido un gol de media cancha en la portería de Universitario de Deportes.
–Ahora tienes que calmarte porque entramos en exámenes y si sigues con la cabeza volada te aseguro que pierdes el año. Esta semana es la más tranca. Si realmente la amas tienes que demostrarle que no eres un pobre diablo. Eso les gusta a las chicas.
–Está bien, está bien, no me sermonees, te pareces a mi viejo. Para olvidarme un poquito de ella voy a cambiar de ruta por lo menos esta semana.
–Creo que es una buena idea. Además, al sentir tu ausencia, te añorará más y cuando vuelvas se te lanzará a los brazos como una paloma herida.
En diciembre se dormía poco y se estudiaba mucho, porque la mayoría de alumnos estudiábamos solo para los exámenes. Rafael, no solo dormía mal sino que tampoco tenía apetito ni ganas para estudiar.
El problema era a la hora de dar el examen. En esos fatales 45 minutos que duraba la prueba muchos nos comíamos las uñas mientras los profesores se frotaban las manos. Para ellos esta era su mejor oportunidad de desquitarse de todas nuestras mataperradas. Era el único momento que nos tenían rendidos, con la cabeza gacha y clamando ayuda a los cielos, mientras ellos se paseaban orondos entre las carpetas.
¡Adoraban esta hora! porque era el momento de la paz y el silencio absoluto, donde nadie pegaba un grito destemplado, ni hacía volar almohadillas o papeles arrugados. Todos estábamos atrapados en nuestra propia telaraña, unos mirando al cielo y otros la prueba del compañero. Los únicos que hacían correr el lapicero eran los chancones, los que se trasnochaban todos los días y no solo los días de examen, los que hacían sus tareas todas las tardes después de las clases, mientras nosotros jugábamos en la calle. Ellos si terminaban su examen rápido y salían antes de la hora, mientras que nosotros ¡maldición! Estábamos con el tiempo en contra, jugando los descuentos, se nos achicaba el tiempo tratando de recordar lo poco que captamos en clases.
Sin embargo… no sé cómo, pero Rafael y yo salimos invictos. La verdad es que estudiamos duro.
En los diez días que duró el agotador período de exámenes, Rafael no había vuelto a pasar por la tienda. Por eso, apenas terminó esta etapa de tortura, lo primero que hizo fue tomar el bus que iba al centro de Lima. Pero, oh sorpresa, la muchacha que le quitaba el sueño no estaba. Regresó al día siguiente y tampoco estaba. Durante varios días hizo lo mismo, sin poder verla nunca más.
–Estoy desesperado, no sé qué hacer – Me dijo.
–La única forma de averiguarlo es yendo a la tienda. Tienes que salir de dudas.
– ¿Qué te parece si me acompañas?
– ¿Estás loco? Tienes que ir solo. ¿No esperarás que también me declare por ti?
–Por favor, averigua qué fue de ella. A mí me tiemblan las piernas. Si realmente eres mi amigo…
–Está bien. Espérame en la cafetería Dominó.
Apenas ingresé a la tienda, las vendedoras que estaban muy ocupadas atendiendo a un grupo de damas, ni me miraron. Disimuladamente empecé a buscar con la mirada a la chica que me la describió Rafael, pero no estaba en ningún lado. Hasta que una de ellas, por fin se acercó y me preguntó:
– ¿Le puedo servir en algo, joven?
–No, no. Bueno sí. Vengo a buscar a una señorita…la misma que acostumbra pararse por aquí.
–No me diga, ¿Es usted el muchacho que le envió las flores? Espere un momento por favor, voy a avisarle a la administradora.
Sin darme tiempo de decirle que no era necesario, la vendedora se fue apurada a la trastienda y al volver me dijo…
–Pase, por favor.
Sin que aún haya salido de mi sorpresa observé que, en una de las paredes de la oficina, a donde me invitó a pasar la empleada, se exhibía la fotografía de la misma persona que se hallaba sentada en el amplio sillón del escritorio. Se trataba de una fotografía tomada en un desfile de modas y alrededor se veía los exhibidores de ropas.
Luego de desnudarme con la mirada, la dama elegante que estaba a mi frente por fin habló…
–Con que tú eres Rafael…
– ¿Yo?…¡No!… Bueno, sí. Solo quería averiguar por la señorita que atendía en la puerta.
–Te felicito, por tus excelentes condiciones para escribir. Se nota que eres un muchacho galante y de buenos sentimientos. Las flores que le enviaste estaban preciosas. Yo misma coloqué una rosa en sus cabellos, tal como lo pediste. Estoy segura que cualquier muchacha estaría feliz de tenerte como enamorado. Lamentablemente, ya no podrás verla nunca más porque hace unos días estuvo por acá un caballero de edad avanzada acompañando a su esposa y, como era un poco miope, enredó su bastón en el vestido de quien te quita el sueño y la arrojó por los suelos. No sabes…¡Se hizo añicos! Porque era solo un maniquí. ¿Qué te parece? Jajaja.
-¿Un aminiquí? ¡Oh, nooo!
No sabía si reír o ponerme a llorar por la vergüenza.
Lo único que quería era salir corriendo de la tienda. Así lo hice. Y cuando ya me hallaba a una cuadra del local, me paré en seco y eché una sonora carcajada. Nunca entendí si fue por los nervios, de ira o por el chasco. Pero por dentro me dolía en el alma lo que le había pasado a Rafael. Y mientras caminaba por el Jirón de la Unión, me puse a pensar en la respuesta que tenía que darle a mi amigo para no causarle una decepción.
Al llegar a la cafetería Dominó me senté a su lado y vi que ya se había tomado la coca cola que pidió. En cambio, los dos sándwiches, supuestamente uno para él y el otro para mí, estaban intactos. Los había tenido que pedir para que no le traigan la cuenta de inmediato y lo saquen antes de mi llegada.
Apenas me vio y sin esperar que me sentara, me preguntó:
– ¿Qué tal te fue?
– Rafael, ¡Olvídate de esa chica! Ya no está. Se regresó a la Argentina- Tuve que mentirle- Me dijeron que vino solo de vacaciones. La dueña del local me informó que allá la espera su novio, con quien piensa casarse en febrero. No vale la pena que la recuerdes. Tienes que echarle tierra a este amor platónico. A propósito, este sábado tengo una fiesta, allí te presentaré a una chica que siempre pregunta por ti.
– ¡No puede ser!… Y yo que pensé…Bueno, tienes razón, como tú dices, no vale la pena seguir pensando en ella.
– Ok. Nos vemos el sábado

3 comentarios to “La chica de la tienda”

  1. isidora Says:

    Mira, siceramente creo que no le debiste haber hecho eso a tu amigo, ¿por que lo hiciste?… bueno lo mejor (porque soy mujer) es que se le hubiera acercado antes a ella. y no le debiste mentir porque la amistad se basa en la confianza. Isidora

    • herberthcastroinfantas Says:

      Hola Isidora:

      Me alegra mucho que hayas leído esta historia. Las cosas se dieron así, creo que peor hubiera sido para el protagonista de este cuento saber que se había enamorado de un maniquí y no de una chica de carne y hueso, como tú.

  2. Alberto Ramos de la O Says:

    Hola. Soy maestro de piano. Me gustó mucho el cuento. Felicidades por tan hermosa historia. Me sentí el protagonista. Estuvo de maravilla.

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