La Reina de los carnavales

LA REINA DE LOS CARNAVALES

Este cuento está dedicado a los hombres y mujeres que en los albores de Abancay, iniciaron la fiesta de los carnavales. A esa brillante juventud que a principios del pasado Siglo XX, empezó a cantar y bailar alrededor de la yunza.

A los jóvenes de los años cuarenta, cincuenta y sesenta que salían a salir a las calles en comparsas para cantar las pícaras letras de sus propias composiciones, hechas a propósito, para burlarse de sí mismos y de todo el mundo.

Este cuento está dedicado a todos los muchachos y muchachas de ayer y hoy que le rinden culto al agua y se la arrojan unos a otros para expiar sus penas. A los abanquinos y abanquinas que expresan su afecto envolviéndoles serpentinas alrededor del cuello de sus amigos.

A quienes sin tener muchos recursos económicos se convierten en los hombres más ricos y felices del mundo cuando tienen entre sus manos una tinya, una quena y una guitarra y se pintan los rostros con talco y harina. A las nuevas generaciones que se esfuerzan por conservar estas maravillosas tradiciones y haber logrado que el gobierno declare al Carnaval Abanquino como Patrimonio Cultural de la nación…

LA REINA DE LOS CARNAVALES

María Jesús, tenía dieciséis años cumplidos y una singular belleza que brillaba como sol, en medio de aquel paisaje verde-amarillo de retamas y buganvillas, como es Aymas, lugar donde nació.

La casa donde vivía con sus padres, no era grande ni pequeña, pero sí muy acogedora. Estaba ubicada a la ribera del río que tenía el mismo nombre del lugar, justo debajo de un frondoso pisonay, el árbol emblemático de la flora abanquina.

No sé si el río inspiró el nombre del lugar o el lugar el nombre del río, pero me encantaba que se llame Aymas.

Allí, el parloteo de los loros que acudían al pisonay para guarecerse de la lluvia era como una sinfonía para los oídos de María Jesús, pero también un canto de sirenas que atraía a los chicos que llegaban sigilosos para cazarlos con sus hondas.

Desde este hermoso lugar, María Jesús se iba caminando por un estrecho camino flanqueado por cabuyas y pataquichcas para asistir a su colegio porque la carretera llegaba solo hasta Condebamba y el plantel regentado por monjas dominicas estaba en el centro de la ciudad, a una cuadra de la plaza de Armas. Con semejante ejercicio no necesitaba ir a los gimnasios ni someterse a dietas extremas para mantenerse en forma.

Su padre, que ya pintaba algunas canas y se le ensanchaba la frente por la calvicie, se dedicaba al cultivo de hortalizas y yerbas aromáticas y, su madre, a vender estos productos en el único mercado formal que tenía la ciudad. Algunos fines de semana María Jesús la acompañaba para ayudarla. Por esa razón raras veces salía con sus compañeras de estudio a las matinés del cine Nilo o a los paseos que organizaban sus amigas, unas veces a La Granja para contemplar el paisaje desde el puente Capelo y otras al Pachachaca, el viejo puente tendido sobre el río del mismo nombre, construido todavía en la época de la colonia, hasta donde acostumbraban ir las muchachas solteras para pedir novio escribiendo en un papel el nombre del chico que les gustaba y luego de arrugarlo y convertirlo en una pelota lo arrojaban a las turbulentas aguas. Deseo que, según decían, casi siempre se cumplía. Pero, la mayoría de visitantes aprovechaba la ocasión para tomarse una fotografía sobre aquella admirable estructura de cal y piedra sostenida entre dos cerros, donde parecía dormir la siesta.

Después de sus tareas escolares, María Jesús se entretenía leyendo y escuchando radio. Podía pasar, horas y horas, pegada al viejo aparato marca Nord Mende que su madrina Petronila de Torres Aybar le había obsequiado el día que cumplió quince años. En este vetusto receptor que funcionaba a tubos oía los estupendos programas que se transmitían a través de la onda corta, especialmente los concursos y los espacios de música de la nueva ola. Le encantaba copiar las letras de las canciones y los nombres de los intérpretes y compositores.

Un día, como siempre María Jesús llegó temprano a su colegio y, mientras terminaba de hacer una tarea, por casualidad escuchó cuchichear a un grupo de sus compañeras, aprovechando que la profesora aún no se encontraba en el salón…

–Yo iré con mi vestido verde y zapatos de taco- Le decía una de ellas a la otra.

–Con ese vestidito vas a volver loco a Toño.

–Lo que es yo, iré con mi vestido azul.

– ¿El mismo que te pusiste para la fiesta de Betty?

–Sí, el mismo. Total, a esa fiesta no fue Darcy.

Las chicas hablaban de la fiesta de cumpleaños de Antonieta, una de sus compañeras de clase, hija de uno de los hacendados más acaudalados de la ciudad. Estaban felices porque todas habían recibido sus tarjetas de invitación, menos ella. Esto le hizo sentir mal, pero ni siquiera lo comentó en su casa para que sus padres no se sientan afectados por el desplante. Sin embargo, las trabajadoras del mercado central, a quienes no se les escapaba nada, al enterarse del desaire lo primero que hicieron al llegar a su centro de trabajo, fue comentárselo a su madre, más por solidarias que por chismosas, porque sentían que ellas también habían sido tocadas en las más delicadas fibras de su orgullo.

– ¡Eso se llama discriminación!– Gritó una de ellas.

–¡Qué tal descaro! Deja nomás que venga la esposa del hacendado, le daremos gato por liebre.

–La culpa la tenemos nosotras por atenderla como si fuera la reina de España.

–Se fregó. Ahora no tendrá ninguna consideración.

María Jesús, era un chica sencilla que sabía de sus limitaciones económicas y de la marginación a la que era sometida, pero su férrea personalidad moldeada en ese difícil mundo del negocio en el mercado, sus lecturas y su apego a la radio, la mantenían con la frente siempre en alto. Volcaba toda su frustración dedicándose íntegramente a sus estudios. Y como todas las muchachas de su edad, ella también ocultaba su belleza debajo del rígido uniforme de su colegio. Vestidas así, todas las estudiantes parecían iguales. Y eso era precisamente lo querían las monjas que regentaban el plantel. Lo único que las distinguía era el rasgo de sus caras porque hasta sus peinados eran parecidos, siempre cortos y sueltos, al mismo estilo francés. Sin embargo, en ella había algo más que la hacía diferente, su esbelta figura y su garbo al caminar. Por eso se había convertido en la atracción de los chicos, a quienes se les salía los ojos cada vez que la veían pasar. A veces, hasta se les escapaba un suspiro, pero ella se hacía la sueca para evitar interpretaciones equivocadas.

Los muchachos sabían que la mejor oportunidad que tendrían para estar junto a ella sería en la fiesta de cumpleaños de Antonieta, sin saber que no estaba invitada. Y el encargado de darles esa mala noticia fue Jorge, el hermano de una de las compañeras de clase de María Jesús, quien recién se unía al grupo. Fue cuando la mayoría pegó el grito al cielo, especialmente Javier.

– ¡Son unos miserables!

–Cuidado Javier, no choques con el dueño del tono porque, si se entera, tampoco te invita a ti. Y por culpa tuya nosotros también podemos quedar fuera.

–Me importa un pepino que me invite. Lo que está haciendo está muy mal. Tanto habla de igualdad, democracia y no sé qué mierda más y a la hora de los loros la cosa es diferente.

Al notar la seriedad de sus expresiones, Carlos trató de llevar la discusión al terreno de la broma, con la intención de bajar la tensión.

–Cómo se nota que estás enamorado de ella. Necesitas un poco de hielo. Vamos, te invito una raspadilla. ¿O prefieres un helado de esos que vende Prosopio.

-Prefiero el queso helado de la Angelita.

Y, sin importarle los comentarios de las chicas y las burlas de sus amigos, Javier no asistió a la fiesta.

Con el paso del tiempo, ya muchos habían olvidado aquel incidente. Entretanto, los preparativos para la celebración de los carnavales entraban a su fase final. La comisión de Festejos ya había cursado las invitaciones a las instituciones de siempre para que inscriban sus candidatas al reinado.

De acuerdo a las bases, la elegida sería la jovencita que logre acumular la mayor cantidad de boletos que sus simpatizantes tenían que comprar al precio de un sol, cada uno. Y como lo único que importaba era una buena recaudación, todos los años se repetía el triunfo de las candidatas de las instituciones adineradas como el club de los Hacendados, los Rotarios, los Leones y de los Empleados Bancarios. Las demás candidatas tenían que resignarse a quedarse como damas de compañía.

Sin embargo, ahora las cosas serían diferentes porque la comisión de Festejos, que estaba presidida por un vocal de la corte Superior de Justicia, conocido por su honestidad y espíritu democrático, decidió invitar a la sociedad de Artesanos y al sindicato de trabajadores del Mercado Central para que inscriban a sus candidatas. Naturalmente que esto provocó la algarabía de estas instituciones, pero también el malestar de algunas damas encopetadas que presionaron a sus maridos para que estas invitaciones queden sin efecto. Y con semejante presión, los esposos empezaron a mover mar y cielo y hasta amenazaron con retirarse del reinado. Pero gracias a la intervención del alcalde, la sangre no llego al río y las cosas quedaron tal como lo había decidido la Comisión de Festejos

Entusiasmadas, los trabajadores del Mercado, por unanimidad acordaron lanzar como candidata a María Jesús, a quien no fue muy fácil convencerla, tampoco a sus padres, porque estos temían que las monjas del colegio, donde ella estudiaba, no le darían permiso, como sí lo habían hecho con otras alumnas de Quinto. Claro, después de recibir una buena donación para mejorar las instalaciones del plantel.

Para convencer a las religiosas, las trabajadoras del mercado las visitaron llevándoles canastas de fruta, flores y panes. Las dominicas, agradecidas por los regalos y más por evitar que sus principales proveedoras de alimentos se resientan, tuvieron que otorgar la autorización sin chistar. Y al enterarse que las monjas no habían puesto reparos, los padres de María Jesús también aceptaron.

Cerradas las inscripciones, Radio Municipal, la única emisora de la ciudad, prácticamente había sido copada por los clubes más adinerados donde empezaron a hacer la más bulliciosa publicidad a favor de sus candidatas. Gastaban más dinero en la propaganda que en la adquisición de boletos. Todos los espacios habían sido contratados y hasta los conductores de programas habían sido comprometidos para que respalden a sus candidatas. Y naturalmente que el nombre de Antonieta era el que más sonaba en toda la programación.

Y a medida que se acercaba la fecha para la elección, los boletos se agotaban. Esto no era de extrañar porque, con el fin de asegurarse del triunfo, el padre de Antonieta había ordenado comprar todos los talones que quedaban.

Al enterarse de esta maniobra, el presidente de la Comisión, que seguía con atención el proceso, ordenó la impresión de una mayor cantidad de boletos para que todas las candidatas tuvieran las mismas oportunidades.

Al sentir que esta puja era insostenible, muchas de las trabajadoras del mercado ya se habían resignado a perder. Decían que era muy difícil competir contra el dinero y la influencia de los hacendados. Solo un grupo de la sección hortalizas pensaba que había posibilidades de alcanzar el triunfo y solicitó una reunión en la madrugada, porque era la hora en que habitualmente ingresaban a trabajar. Coincidentemente, también era la hora en que los hacendados se retiraban a dormir luego de sus acostumbradas noches de bohemia en el club.

– ¡Qué tal raza!, creen que con el dinero lo pueden comprar todo, pero no nos vamos a rendir.

–Claro hermana, unidas venceremos.

– ¡Palmas compañeras! ¡El pueblo unido, jamás será vencido!

En la reunión se acordó realizar una verbena para recaudar más fondos y además ceder las ganancias de un día de todas las ventas. Y de inmediato se formó una comisión encargada de comprar todos los boletos que pudieran.

Hasta que por fin llegó La noche de la fiesta. La plaza de Armas estaba repleta. Una nutrida concurrencia pugnaba por ocupar los mejores sitios para ver el ingreso de las candidatas acompañadas de sus pajes y también a los invitados porque, como era ya una costumbre, para esta ocasión se esmeraban en lucir sus mejores galas, especialmente las esposas de los socios de los diferentes clubes que no escatimaban ni un solo sol con tal de estrenar las mejores prendas.

Tan importante era esta fiesta que, con varios días de anticipación, llegaban conocidos agentes vendedores de Cusco y Arequipa, trayendo el último grito de la moda, entre ellos Boanerges Aguilar, Rafael Polar y un caballero a quien se le conocía como “el viejito” Rivera.

Algunas damas, se iban al Cusco para adquirir finas telas en la tienda de las turcas Shade de la calle Santa clara, cerca al arco, telas con las que se mandaban coser sus vestidos a la medida en la casa Vestilux de la señora Carmen de Choque, esposa de Numa Pompilio, o en la sastrería del modistón Manuel Ballón, de la calle Plateros. Las viajeras también aprovechaban la ocasión para visitar los establecimientos Inca de la Av. Sol y los bazares Ohmura y Kawamura, donde compraban chisguetes marca Colombina, pica pica, talcos importados, serpentinas y globos. Como siempre el último grito de la moda estaba en las Tiendas Muñíz de la plaza San Francisco. Los zapatos de taco los adquirían en la zapatería Paredes de La calle Mantas. Y de paso, los hijos de las damas aprovechaban la ocasión para guiñarles el ojo y piropearlas a las hijas del propietario.

Las señoras que no viajaban al Cusco, no porque les faltaba plata sino porque les aterraba pasar por Quebrada Honda y Q’elloccacca, los tramos más peligrosos de la carretera Abancay-Cusco, solicitaban los servicios del modistón Pancho Cárdenas, propietario de la casa de modas “Christian Dior” especializado en trajes de estilo. No faltaban aquellas señoritas solteronas que hacían confeccionar sus vestidos en la sastrería “El Mago”.

En cambio los caballeros no se hacían de problemas porque la mayoría mandaba hacer sus ternos en la sastrería Gonzáles de la calle Arequipa, local ubicado al costado del diario La Patria o en la sastrería de don Manuel Ocampo. Sus sombreros los mandaban pedir a la Casa Sotomayor del Cusco.

Algunos, mandaban confeccionar sus ternos en la sastrería Paredes ubicada en Mantas del Cusco, en la sastrería López de la esquina de Marqués o en la sastrería Morales de la Av. Sol. Ellos también aprovechaban la ocasión para comprar artefactos eléctricos en las tiendas de Alberto Ochoa Delgado, Feliciano Figueroa y de Hugo Malpartida.

La noche de la fiesta, el reloj de la Iglesia marcaba las diez en punto cuando empezaron a llegar las primeras candidatas en los pocos automóviles que había en la ciudad. Apenas hicieron su aparición las candidatas de los clubes, los aplausos en la plaza fueron ralos, pero en el interior del local fueron ovacionadas. Antonieta, llegó acompañada de todo un séquito de damas y pajes, en clara demostración de opulencia. Fue recibida por el mismo presidente del club Unión, quien se deshacía en halagos y lisonjas.

Minutos después se apareció María Jesús, en una camioneta Chevrolet color verde de propiedad del Dr. Guillermo Díaz De la Vega, la que estaba bellamente decorada con flores y frutas. A su paso por la plaza recibió una gran ovación. La sorpresa más grande fue la presencia de Javier, haciendo de paje. Al reconocerlo, sus amigos no lo podían creer porque jamás hubieran imaginado verlo al lado de la chica que les quitaba el sueño. Detrás de la pareja iban los personeros portando los boletos adquiridos.

María Jesús lucía un traje blanco que contrastaba bellamente con el color de su piel tostada por el sol. Estaba realmente hermosa, como salida de un cuento de hadas. Y su paje, radiante como un cadete de la Marina en un desfile de Fiestas Patrias.

– ¡Qué bien se los ve! – Exclamó una señora.

–Están irreconocibles – afirmó otra de las espectadoras.

Después de bajar del vehículo, caminaron lentamente hacia las puertas del club con una sonrisa a flor de labios, batiendo sus manos para saludar a la multitud.

– ¡No lo puedo creer! ¿Es Javier? Parece un príncipe salido de Las Mil y Una Noches – Comentaba una de las pocas muchachas que todavía no había entrado al salón.

– Sí, es él. Y qué guapo que está. Keta, mira lo que te perdiste por orgullosa.

–María Jesús, también parece una princesa – Le respondió como quien cambia de conversación para que no la siga martirizando por su error.

Ambas muchachas tenían razón. La pareja lucía estupendamente bien, parecían dos novios ingresando a la iglesia. Y los más sorprendidos fueron los amigos de Javier, por su valiente decisión, porque varios de ellos habían rechazado la invitación de la candidata. Ahora se arrepentían y se avergonzaban de sus complejos. Sin embargo no les quedó otra cosa que aplaudirlos. Y no dejaron de vitorearlos hasta su ingreso al club donde, contrariamente, tuvieron un recibimiento frío, en medio de un cuchicheo general.

Ya en el gran salón, los invitados, se codeaban unos a otros sin dejar de mirarlos de pies a cabeza. Al notar que los desnudaban con la mirada, María Jesús y Javier se pusieron nerviosos, pero la rápida intervención del Alcalde los ayudó a tranquilizarse. Tomando el micrófono, la autoridad agradeció a la concurrencia por su asistencia y sobre todo por la adquisición de boletos, cuyos fondos aseguraban la culminación de las obras en bien de los niños de la ciudad. Finalmente, felicitó a todas las candidatas, resaltando su belleza y su espíritu de colaboración.

En momentos que el alcalde estaba por anunciar el cierre de la votación, para iniciar el escrutinio, el padre de Antonieta, se acercó al micrófono y solicitó que la venta de boletos se prorrogue hasta la media noche.

–Lamentablemente debo informarle que ya se agotaron los boletos impresos – Le advirtió tímidamente el burgomaestre.

–Señor Alcalde, eso no es ningún problema, se puede extender recibos provisionales. Esto permitirá una mejor recaudación y la culminación de las obras sociales que usted las está promoviendo.

Y ante la sorpresa de todos, el astuto hacendado, sacó su billetera y giró un cheque por cinco mil soles, sin darle tiempo a que el alcalde reaccionara, quien se quedó más mudo que un poste de alumbrado público. Al sentirse acorralado, empezó a sudar copiosamente y un silencio sepulcral se apoderó de la sala. Unos a otros se miraban sin saber qué diablos hacer. Con esta jugada de última hora, el hacendado había puesto en jaque al alcalde.

En medio de la tensión, el presidente de la comisión pidió la palabra y habló pausada y serenamente.

– Disculpe que lo interrumpa, señor Alcalde. Es solo para aclarar que la comisión que presido es autónoma y sus acuerdos son inapelables. Reconozco que usted es la máxima autoridad de la ciudad, pero nosotros hemos sido nombrados para hacer cumplir las reglas de estas celebraciones. Y así lo haremos hasta el término de nuestras funciones. Por tanto, les quiero recordar a todos que la votación ya fue cerrada.

El atolondrado alcalde recién pudo respirar tranquilo como si le quitaran un peso de encima y con voz temblorosa, casi al oído, le dijo al presidente de la comisión…

–Gracias doctor Juan Pablo. No sabe usted de la que me libró – Y, luego, apresurado se acercó a la reina de los carnavales del año anterior y extendiéndole la mano balbuceó…

– ¿Tendría usted la gentileza de bailar conmigo?

–Con mucho gusto señor Alcalde.

La fiesta se animó rápidamente, pero a medida que pasaban las horas se acrecentaba la inquietud por saber quién sería elegida como la nueva reina de los carnavales.

La mayoría de parejas bailaba animadamente al ritmo de merengues, chachachás, guarachas y corridos ejecutados por la orquesta de Andrés Murillo, mientras los demás invitados esperaban impacientes el resultado del escrutinio, bebiendo abundante cerveza y consumiendo montañas de bocaditos.

En un aparte, ante la mirada atenta de los personeros, se realizaba el conteo de votos y dinero. Las cifras iban casi a la par entre la candidata de los hacendados y la representante de los trabajadores del mercado. Y cuando apenas faltaban unos segundos para la media noche, una fanfarria de clarines y tambores obligo a la concurrencia a guardar silencio y el presidente de la comisión, se acercó a los micrófonos para anunciar el resultado.

–Señoras y señores, quiero anunciarles que luego de un minucioso escrutinio se produjo un empate entre la candidata del círculo de los hacendados y la representante de las trabajadoras del mercado de abastos, por lo que les pedimos a las señoritas Antonieta y María Jesús se acerquen a fin someterse a un cuestionario de preguntas sobre cultura general, de acuerdo al reglamento, para definir a la ganadora.

El anuncio no hizo más que prolongar la tensión en la sala. Casi inmediatamente, una secretaria de la municipalidad ingresó portando una fuente con los dos sobres lacrados que contenían las preguntas y cada una de las candidatas cogió el suyo. Eran dos preguntas por postulante.

De acuerdo al sorteo, Antonieta, fue la primera en intervenir y de inmediato se le hizo una pregunta sobre la cultura inca, saliendo airosa. Luego le tocó responder a María Jesús sobre literatura, que también contestó correctamente. Antonieta ahora tenía que absolver su segunda y última pregunta.

–Señorita Antonieta, tiene usted treinta segundos para responder: Diga usted ¿Dónde nació Jorge Luis Borges y cuál es el título de su primer libro de poemas?

Un silencio casi absoluto se apoderó de la sala. Antonieta se quedó pensativa, mirando con disimulo a sus padres, amigos y familiares, como pidiéndoles apoyo, mientras pasaban inexorablemente los segundos.

–Lo sentimos, su tiempo ha transcurrido, Jorge Luis Borges, nació en Buenos Aires, el 24 de agosto de 1899 y su primer libro de poemas fue “Fervor de Buenos Aires”, donde escribe:

“Esta ciudad que yo creí mi pasado,

es mi porvenir, mi presente;

los años que he vivido en Europa

son ilusorios,

yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires”

Los ojos de los invitados se centraban ahora en María Jesús. Una gran parte de la sala deseaba que falle, para que siga el empate, otros querían que acierte para que de una vez termine la incertidumbre y se reanude el baile.

–Señoras y señores ahora le toca responder la segunda y última pregunta a la señorita María Jesús.

–Señorita candidata ¿En qué país se encuentra el río Támesis y que ciudad importante la atraviesa? Tiene treinta segundos para responder.

María Jesús, al principio se puso nerviosa, pero a medida que transcurrían los segundos recordó que en sus transmisiones, la BBC de Londres hacía referencia al Támesis y sonrió porque no podía creer que su apego a la radio podía darle una mano en un momento tan importante.

–El río Támesis se encuentra en Gran Bretaña y atraviesa la ciudad de Londres.

Un estallido de aplausos resonó en la sala mientras un silencio sepulcral se apoderó de las mesas de los hacendados, quienes no podían salir de su asombro. Hasta que alguien, dándose cuenta que ellos eran los únicos paralizados por el resultado, comenzó a aplaudir, aunque de mala gana, pero fue suficiente para romper el hielo que los había petrificado. A los demás no les quedó otra cosa que seguirlo.

De esa manera, María Jesús fue coronada y el Alcalde, mucho más relajado, le pidió bailar la primera pieza. Fue cuando recién la concurrencia notó de su extraordinaria belleza. Era una auténtica reina de los carnavales. El segundo baile fue con Javier y también fue él quien le dio el primer beso de su vida. A partir de ese momento los muchachos hacían cola para sacarla a bailar.

Al enterarse de los resultados, el público que esperaba en la plaza vibró de emoción y empezó a cantar y bailar al son de la banda del maestro Angelino Villar, la misma que sonaba tan fuerte que prácticamente opacó a la orquesta del club. Y al ver el entusiasmo que reinaba en la plaza, algunas parejas empezaron a dejar el salón para bailar el auténtico carnaval abanquino.

En la madrugada, la fiesta era una sola. Los invitados del club y los asistentes a la plaza, todos juntos bailaron y cantaron hasta la hora del albazo. Al parecer, recién se entendió que los carnavales son para todos, para los que usan saco y corbata y para los que visten de poncho y ojota, para los que juegan con talco y para los que se blanquean el rostro con harina, para lo que pueden comprar chisguetes Colombina y para que se hacen chisguetes de carrizos. Porque, en Abancay los carnavales no conocen de clases sociales, sino de unión, alegría y amor.

(Nota: la foto de la reina que aparece en el post es solo referencial,  las otras dos son auténticas del lugar)

2 comentarios to “La Reina de los carnavales”

  1. sergio quispitupa salinas Says:

    Hermoso cuento,pensaría que es real. Coincide en algunos pasajes de mi vida,,,,Como quiera, es hermoso, gracias por que me dieron la oportunidad de leerlo. Una vez más GRACIAS!!!

    • herberthcastroinfantas Says:

      Hola Sergio:
      Todos tenemos una historia que contar. Me gustaría conocer la tuya para perennizarla en mi blog. Si tú lo deseas podríamos ponernos de acuerdo para cambiar los nombes y mantener el anonimato. Un abrazo.

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