El dólar: El cuasimodo cusqueño

Aquella mañana había llovido a cántaros, con rayos y truenos, como acostumbra llover en Cusco, pero ¡milagro! a los pocos minutos escampaba. Esto no era nada raro para los habitantes porque, en la época de lluvias, no había sábado que no caiga un chaparrón ni picantería que no se llene de parroquianos.
Aprovechando la tregua de ese cielo cargado de lágrimas y el sol empezaba a abrirse paso tímidamente entre las nubes, algunos niños empezaron a salir de sus casas para jugar al fútbol, el deporte que más los apasionaba.
En una de las calles de la periferia, aún sin empedrar, un grupo de ellos comenzó a hacer toques con la pelota, sin importarles ensuciar sus únicos zapatos de calle y su ropa de los fines de semana que aún los tenían puestos, luego de haber asistido al catecismo en el templo de La Compañía de Jesús.
Para estos niños de barrio, los sábados sí que eran muy especiales porque, los demás eran de estudio, y para algunos también de trabajo, ya que antes y después de sus clases, tenían que ayudar a sus padres en los quehaceres de la casa o en el negocio ambulatorio que muchos de ellos tenían en los alrededores de San Pedro, la calle donde estaba ubicado el mercado central.
De pronto, en medio del juego, se apareció una camioneta a gran velocidad y todos tuvieron que hacerse a un lado para evitar ser arrollados. Al verlos correr, el conductor, en lugar de aminorar la velocidad, empezó a reír a carcajadas y pisó el acelerador a fondo, una y otra vez, haciendo rugir el motor con más fuerza. Parecía un loco que disfrutaba asustando a la gente.
En ese instante, uno de los adolescentes gritó:

– ¡La pelota!
Y, Alberto, sin medir el peligro se lanzó al piso para evitar que el vehículo la haga añicos.
– ¡Cuidado! – Gritaron al unísono sus compañeros de juego.
Fue tarde, los niños, con el rostro desencajado, veían cómo el carro arrastraba por los suelos a Alberto, sin que ninguno de ellos pudiera hacer nada para evitar el accidente.
Y, así como apareció, la 4×4 desapareció raudamente sin que ninguno de ellos lograra anotar la matrícula. Algunos solo recordaban la marca y el color y, otros, la sarcástica carcajada del conductor.
Entretanto, Alberto se hallaba tendido en el piso, inconsciente y herido. Para reanimarlo tuvieron que darle aire batiendo sus casacas y pegándole unas palmaditas en la mejilla. Un vecino salió con un vaso de agua que se la dio, a sorbos. Por suerte, luego de unos minutos, se reanimó. Y, como aparentemente no tenía lesiones graves, les pidió a sus amigos que no les contaran nada a sus padres. Y lo acompañaron a su casa donde se quedó revisando sus cuadernos mientras esperaba la llegada de su madre que rato antes había salido a hacer unas compras en la bodega de la esquina. Pero, justo ese día, se había quedado unos minutos más, conversando con una vecina.
Además del fútbol, a Alberto le gustaba estudiar, particularmente el curso de inglés porque uno de sus sueños era trabajar en radio y no quería ser el hazmereír de los oyentes pronunciando mal los títulos de las canciones, tal como ocurría con algunos locutores. Podía dejar cualquier cosa menos dejar de lado sus tareas. Pero, esa noche, a pesar de su interés, no pudo leer ni una sola página por los terribles dolores de cabeza que empezó a sentir como consecuencia del accidente. Con el paso de las horas, también sintió un gran malestar en una de sus piernas. Tanto le dolía que, ni las frotaciones con Charcot, ni los masajes que le aplicó su madre, lo calmaron.
Al día siguiente, cuando intentó levantarse, no pudo. Su pierna no resistía ni su propio peso.

El padre de Alberto, que se caracterizaba por su rudeza y por ser poco comunicativo, casi nunca paraba en la casa porque tenía otro compromiso. Como todos los fines de semana, esta vez, también se había ido a beber con sus amigos. Precisamente, cuando se enteró del accidente, se hallaba en una picantería de mala muerte, de donde lo sacó uno de sus vecinos. Ya en la casa, en lugar de llevarlo al médico le obligó a Alberto a guardar reposo en su habitación hasta que se le pasen los dolores. Y, recién, cuando notó que, con el correr de las horas, su hijo no podía caminar y su lesión se agravaba, puso una cara de preocupado y le sugirió a su esposa que lo lleve al huesero Eláez y de paso vaya también al colegio para justificar su inasistencia.
– ¿No crees que lo mejor sería llevarlo al Hospital?
–Mujer, al hospital ni hablar. Allí lo único que harán será sacarnos plata. ¿Por qué al hospital, si todo el mundo va donde Eláez? ¿No te has dado cuenta que los médicos son unos pendejos?
Luego de regatear el precio con el primer taxista que se apareció, madre e hijo enrumbaron a la casa del huesero más famoso del Cusco. Ambos iban callados por temor a que el conductor se retracte de la rebaja que les había hecho porque estaba que echaba chispas por una congestión vehicular de los mil diablos que había en la avenida Sol por causa de una marcha de protesta del Frente de Defensa de los intereses del Cusco.-¡Cuando no! Se lamentó.
Apenas llegaron, el huesero examinó a Alberto y se quedó pensativo. Fue cuando recién la madre le pregunto:
– ¿Es algo grave?
–Señora, la fractura ya está soldando pero de manera incorrecta. Lamentablemente han dejado pasar muchos días.
– ¿Y usted no lo puede arreglar?
–No, esto ya requiere de una operación en el hospital. Usted sabe, yo no soy cirujano. Los médicos tienen que fracturar nuevamente el hueso para colocarlo en su sitio y sujetarlo con unos clavos. Y para eso el joven tiene que ser anestesiado.
– ¿Y algo se podría hacer por lo menos para bajar la hinchazón?
–Eso sí, póngale unas hojas de llantén. Es un buen remedio. Por sí acaso le colocaré una tablilla para ver si el hueso logra enderezar algo. Hay que darle también un anti inflamatorio. Humm, para eso creo que tengo unas yerbas. Mire, aquí están. Déle una taza de esta infusión en el desayuno y otra con la cena, durante ocho días. Pero, le advierto, el niño puede quedar cojito si no se somete a una operación.
Después de dos meses de descanso, Alberto recién pudo asentar el pie con ayuda de muletas y así tuvo que irse al colegio para no perder más clases. Pero, no solo era la fractura que lo atormentaba, sino también sus frecuentes dolores de cabeza. Cada vez que estudiaba sentía que todo le daba vueltas, sin embargo, en la clausura del año escolar recibió un diploma por aprovechamiento y una distinción especial por haber alcanzado la nota más alta en el curso de inglés.
Por coincidencia, ese mismo día le tocaba la última consulta con el huesero Elaez quien, después de sacarle la venda, le pidió que intente dar algunos pasos. Fue cuando se dio cuenta que Alberto cojeaba. Y moviendo su cabeza de un lado a otro dijo…
–Esto ya no lo puedo mejorar señora. Le advertí, el hueso ha soldado mal.
La madre se echó a llorar. Alberto, al verla sumida en una profunda tristeza, tuvo que sobreponerse a su propia angustia y tomándola del brazo se la llevó rumbo a su casa. Al momento de subir las gradas, para dirigirse a la calle Pampa del Castillo, sintió que su pierna lesionada le flaqueaba pero tuvo que disimular para no aumentar la angustia de su madre. Y cuando se hallaban a la altura de la calle Loreto, donde hasta las piedras de las paredes parecían estar compungidas, la abrazó y le dijo:
–Ya no llores madre. Cuando empiece a trabajar me haré operar y todo quedará bien.
–Si hijito. Por favor, antes de ir a la casa quiero entrar a la catedral para rezarle al Señor de Los Temblores
− Está bien, te esperaré sentado en las gradas del atrio.
La acongojada madre se arrodilló al pie del Patrón Jurado del Cusco, donde intentó elevar una plegaria, pero sus palabras se ahogaban en su garganta. Había tanta tristeza en su corazón que hasta el rostro del Señor de los Temblores, moldeado de origen con una expresión lacerante, parecía más conmovido.
–Taytacha de los temblores, te pido que ayudes a mi hijo…
Y no pudo seguir más. Parecía que su corazón le iba a estallar. Sin embargo, haciendo un esfuerzo supremo le habló a Dios como quien le habla a un padre o a un amigo. Y luego de unos minutos de permanecer en silencio y visiblemente repuesta, salió al encuentro de su hijo.
Tan grande fue su fe en el Señor de los Temblores que, a los pocos días, cuando retornaba del mercado, vio en la puerta de una agencia de turismo un cartel que decía: “Se necesita un guía que sepa inglés”.
–Alberto, tienes que presentarte. Tú sabes inglés.
–Pero mamá, ¿Y mi cojera? Tampoco estoy muy preparado en historia.
–No importa hijito, de tu cojera no creo que se den cuenta. Y de lo otro, te encerrarás desde mañana en la bioblioteca de la Municipalidad para aprender algo.
Lo que no sabía su madre, era que a Alberto no le preocupaba tanto su cojera ni la historia del Cusco porque como todo niño cusqueño algo sabía, sino sus terribles dolores de cabeza. Por eso la noche anterior al examen tuvo que tomar doble dosis de Mejoral para dormir tranquilo y poder presentarse con mayor lucidez al examen.
Desde muy temprano, su madre le tenía listo el terno y la corbata que le había pedido prestado a un familiar, para que pueda ir bien vestido. Los zapatos eran de su abuelo que nadie los había movido del ropero desde su fallecimiento. Le quedaban un poco grandes pero, total, si solo eran para un rato.
En la agencia le tomaron una prueba de inglés e historia, y además le pidieron hacer una descripción de los principales monumentos arqueológicos. Por supuesto que Alberto se explayó respondiendo todo de manera impecable.
–Ya le estaremos avisando. Por favor deje su teléfono.
–No tengo teléfono.
–Bueno, por lo menos deje su dirección.
Después de unos días de angustiosa espera, la feliz noticia llegó por carta. Su madre fue quien personalmente la recibió de manos del mensajero en momentos que estaba por salir para ir a la catedral a rezarle una vez más al Señor de los Temblores.
– ¡Esto es un milagro! Que el taitacha lo bendiga joven–Le decía al estupefacto conserje de la agencia de turismo, mientras besaba el sobre una y otra vez.
–El joven Alberto tiene que presentarse en la oficina mañana a las 8, para empezar su trabajo.
Así fue. Alberto llegó con puntualidad inglesa, disimulando muy bien su cojera y sus dolores. Luego de recibir instrucciones del gerente hizo su primer recorrido turístico guiando a un grupo del Reino Unido. A su retorno, los extranjeros le llenaron los bolsillos de propinas y las manos de felicitaciones. Los empleados de la agencia se sorprendieron cuando vieron que los turistas le agradecían por la forma correcta cómo Alberto los había tratado. Y así, durante varios meses el flamante guía atendió a cientos de visitantes y todos decían estar complacidos por su trato, su impecable inglés y sus conocimientos de la cultura inca.
A pesar del drama que vivía, estaba contento. Y en poco tiempo fue promovido para guiar turistas a Pisaq, Ollantaytambo y Machu Picchu. Precisamente en uno de esos viajes, es cuando conoce a Jazmín, una bella turista sueca, de ojos azules y cabellos rubios.
Fue un día, muy temprano, cuando el tren subía por el cerro de Picchu y la muchacha contemplaba sonriente la forma cómo ascendían los vagones haciendo zigzag, mientras observaba maravillada los techos rojizos de las casas que rodeaban la plaza, tratando de ubicar el hotel donde rato antes la habían despertado con un timbrazo para que pueda llegar a tiempo a la estación de San Pedro…
–Su hotel está en aquella larga avenida que empieza a la altura de la plaza de Armas – Le señaló Alberto mientras se le acercaba y extendía su dedo índice en dirección del lugar.
– ¿Y aquel edificio?
–Es el templo de San Cristóbal. Me gustaría que lo visite antes que retorne a su país.
Alberto se le acercó más. Y cuando ella quiso preguntar por otro edificio, el tren que ya estaba por la zona de El arco, volteó la cumbre y Cusco desapareció de sus ojos. El tren, atestado de turistas, siguió su marcha por la pampa de Anta.
–Estamos llegando a Huarocondo. Aquí se vende el mejor lechón del Cusco. Y aquí también están los perros más inteligentes – Le explicó Alberto que, en ese momento, había vuelto a acercarse.
– ¿What? Pero, no ver perros.
–Precisamente por eso son los más inteligentes. Todos están a tres kilómetros de aquí ¿Se dio cuenta que en la estación vendían lechones? – Le preguntó.
–Oh, yes, muchos comprar lechón.
–Mire, según va avanzando el tren, algunos pasajeros que van consumiendo sus lechones tienen la mala costumbre de arrojar los huesos por las ventanas y es allí donde esperan los perros.
–Ja, ja, ja, canes… muy sabidos.
Sin darse cuenta, ambos tenían sus rostros y sus cuerpos muy cerca. Alberto, en lugar de sonrojarse le dio un cariñoso apretón en la mano y Jazmín le respondió con una sonrisa.
La conversación terminó cuando Alberto se acordó que tenía que cumplir con sus obligaciones de guía. Mientras se retiraba empezó a informar en voz alta sobre las maravillas que se podía contemplar a lo largo del viaje. Jazmín, ya en su asiento lo escuchaba con mucha atención. A partir de ese momento no se separaron en ningún momento hasta retornar al Cusco.
Jazmín era una chica muy liberal, en cambio Alberto nunca había tenido enamorada. Ella estaba ávida por conocer los secretos más ocultos de los incas y él no podía ocultar sus deseos de complacerla en todo. Ella sabía que solo tenía una semana para disfrutar de sus vacaciones y él creía que la había conquistado para toda la vida. En las frías noches cusqueñas, ella era feliz caminando por San Blas o bebiendo pisco sour en las chinganas de Plateros, mientras que él adoraba todos los momentos, con tal de estar a su lado jurándole su amor eterno.
Hasta que llegó aquel odioso octavo día, tan odioso como el plazo que dan los bancos para pagar la letra vencida, y tan triste como aquel octavo día después de la muerte de un familiar o de un entrañable amigo. Había llegado ese maldito octavo día que haría cambiar la vida de Alberto. Y justo a los ocho días de haberla conocido…
–La señorita Jazmín ya no está. Tuvo que retornar a Lima para no perder el vuelo de conexión a Suecia – Fue la contundente respuesta del recepcionista del hotel.
–No puede ser ¿Me dejó alguna nota?
–No señor, lo único que ha dejado son las llaves de su habitación y la cuenta cancelada.
Alberto se quedó helado como un chupete de cincuenta centavos. Estaba destrozado a pesar que él sabía que en cualquier momento Jazmín se tendría que ir, porque no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague. Su cefalea se le acentuó y empezó a caminar como un sonámbulo por las desoladas calles de la ciudad. Y en el primer bar que encontró en Plateros pidió un trago fuerte en lugar de ir a una farmacia para comprar un analgésico. Sin moverse de allí, pidió otro trago más… y uno más, y cada vez más fuertes. Cuando ya los mozos no quisieron atenderlo por su estado de beodez, abatido y sin consuelo se puso a caminar, como queriendo hacer volar sus penas al viento.
Por la borrachera se le acentuó su cojera y empezó a llamar a Jazmín como un loco. Y, cada vez que se le cruzaba alguna muchacha, creía ver en ella la imagen de su amada y le sonreía en silencio pidiéndole una pizca de comprensión o por lo menos una mirada que mitigue su dolor. Pero ninguna le respondía. Al contrario, asustadas corrían buscando algún lugar donde esconderse.
Desde aquel día Alberto se echó al abandono. Perdió el trabajo y hasta a sus amigos porque ya ni ellos podían soportarlo. Y con el tiempo se le agravaron su cojera, su locura y su adicción a la bebida. A veces, en sus ratos de lucidez se ofrecía para guiar a los turistas libres, a los viajeros sin agencia como los hippies, es decir a todos aquellos que llegaban sin reservaciones ni itinerarios. Y cuando ya nadie le quiso solicitar sus servicios se convirtió en un pordiosero más…
–One dollar please – Pedía.
Y a partir de ese momento se quedó con el sobrenombre de “El Dólar”, no solo por pedir limosna en esa moneda sino porque su cotización permanentemente subía y bajaba y él también hacía lo mismo al caminar, por su cojera. Lamentablemente, todo lo que recibía lo gastaba en bebida y muy pocas veces en comida. Y lo peor es que ya no le importaba su apariencia, ni su vida. Se la pasaba caminando de un lado a otro buscando el rostro de Jazmín.
– ¡Chicas huyamos…viene el dólar!
Y él corría tras ellas, jugando con su cojera y su desgracia. Odiaba los carros y a sus conductores. A veces caminaba con una piedra o un palo, porque no le faltaban ganas de romper las lunas de cualquier camioneta porque, según su imaginación, podía ser el vehículo que lo atropelló. Claro que nunca cumplía con sus deseos porque realmente era tímido, incapaz de matar una mosca. Lo único que quería era asustarlos. Esa era su venganza y su mayor placer.
En sus momentos de lucidez, se sentaba en un banco de la plaza de Armas para escuchar radio en un pequeño aparato portátil que tenía uno de sus amigos lustrabotas. Esto lo ponía feliz porque le hacía recordar que alguna vez él también quiso ser un locutor.
– ¿Por qué ya no sale el programa del locutor que siempre viene a lustrarse los zapatos?
–Ha renunciado, pero dicen que muy pronto saldrá por radio Cusco.
Los lustrabotas estaban muy bien enterados de todo lo que ocurría en la ciudad. Eran los oídos del pueblo. No se les pasaba nada. Efectivamente, luego de mi salida de radio Salkantay fui contratado por radio Cusco que, por entonces, estaba administrada por la Srta. Doris Rossenthal, una dama muy respetable que se dedicaba con alma, vida y corazón a la empresa, al extremo de no haberse dado tiempo para pensar en el matrimonio.
Conocía su radio como una monja de clausura su convento y, después de Dios, amaba su trabajo por sobre todas las cosas porque desde muy niña había sido entrenada para asumir esa responsabilidad. Era una mujer amable, pero cuando se le venía el diablo era capaz de golpear el escritorio con sus manos empuñadas y hacer saltar las cosas por los aires. Los trabajadores la temían, por eso ningún locutor se atrevía a hacer más de lo que estaba escrito en el guión.
Me contrató para trabajar en las tardes. Según ella, ese era el horario adecuado para mi voz y, Además, porque el programa estrella que más cuidaba era un espacio de música clásica que se mantenía inalterable por más de veinte años
– ¿Es una broma? – Me pregunté en silencio porque yo ya estaba sumergido en la nueva ola.
Por eso, antes de empezar a trabajar, le pedí una cita para solicitarle me permita conducir un programa juvenil en las tardes y así lograr una mayor sintonía y, por consiguiente, más publicidad.
– ¿Usted cree? Ni hablar, eso sería salirnos del estilo de la radio.
–Pero, la empresa tendría más ingresos.
–Ya tenemos un espacio conducido por los hermanos Charles y Jorge Isaac Aragón, “El club de las ilusiones juveniles”. Tienen mucha experiencia. Son hijos del señor Gerardo Aragón quien, junto con su hermano Luis Angel, sacaron el primer informativo de la radio en 1936, con el nombre de “Radioperiódico Cusco”
– Uff, ¡qué bárbaro!, eso todavía fue a principios del siglo XX. Ahora vivimos en la época de la nueva ola. Bueno, volviendo a mi programa, creo que será algo novedoso, tengo algunos discos exclusivos que traje de Lima…
–Oiga, usted está menospreciando nuestra discoteca. Para su conocimiento le diré que es la más grande y la más completa del Cusco.
– La felicito. Me refiero a la música de la nueva ola.
–Eso es una porquería ¡Ni hablar! Pero…pensándolo bien, probemos con una media hora. Podría ser después del espacio de tangos que conduce el locutor Carlos Galarza, quien acaba de regresar de Argentina.
Y así fue. Al día siguiente, con puntualidad inglesa me presenté en la radio llevando una ruma de discos de mi colección. Y, como jugando, sin mucho aspaviento comencé a conducir mi programa.
– ¿Y quién es el nuevo locutor?–Preguntó uno de los más influyentes miembros de la familia propietaria de la radio, un prestigioso abogado y catedrático universitario
–Es un jovencito que recién ha llegado. Estudia en la facultad de Derecho de la Universidad San Antonio Abad.
–Ah, entonces, lo veré en mis clases. No lo hace mal. Me gusta su estilo. Su voz es nítida. Bueno, los dejo, me voy a Palacio de Justicia, porque tengo una audiencia.
La señorita Doris estaba feliz por la sintonía que estaba alcanzado mi espacio, y sobre todo por el interés de los patrocinadores para colocar su publicidad. Por eso, sin que yo se lo pida, antes de cumplirse el mes, me amplió el horario.
Todo marchaba a pedir de boca. Mi programa gozaba de buena sintonía y los oyentes, especialmente los jóvenes, empezaban a llamar por teléfono con más frecuencia para solicitarme los temas de moda.
Hasta que una tarde, cuando me hallaba en la plaza de Armas conversando con un grupo de chicas, se apareció el Dólar y empezó a hacernos morisquetas. Apenas ellas lo vieron se colocaron a mis espaldas para protegerse. No me quedó otra cosa que mostrarme como el más valiente de los gladiadores en defensa de un grupo de doncellas, aunque por dentro estaba que me moría de miedo. Sin embargo, sacando valor de no sé dónde, lo miré fijamente, con tanta concentración, que ni sentí los pellizcos que las asustadas muchachas me daban, de puro nerviosas…
–Tranquilo amigo, nadie quiere hacerte daño. Toma una propina y deja de asustar a mis amigas – Le dije, tratando de imitar a un domador de leones.
El Dólar, apenas recibió la propina soltó una carcajada. Hasta ahora no se si era por lo poco que le había dado o porque se dio cuenta que me moría de miedo. El asunto es que se retiró y se perdió por la calle Loreto, sin dejar de reír.
A pesar del gran estado de tensión que viví, advertí que su actitud no era tan agresiva como me lo habían pintado. Al contrario, en su rostro había una profunda pena, un dolor indescriptible. Por eso, a partir de ese momento, ya no me asustaba su presencia cada vez que me seguía hasta la puerta de la radio. Al contrario me afligía verlo correr y siempre riendo nerviosamente.
Con el paso de los días, mi programa iba creciendo en sintonía, pero mis relaciones con la administración se iban enfriando porque yo quería poner en práctica mis propias ideas para agilizar las tardes y la administración prefería no hacer mayores cambios en la programación. Hasta que un día, en que entrevistaba al locutor Henry Aragón, otro discjockey amante de la nueva ola como yo, pero de otra emisora, la señorita Doris me hizo llamar a su oficina en medio de la entrevista para decirme zamba canuta y me ordenó que mi invitado se vaya. Y yo le respondí: “Si él se va yo también me voy”.
Y luego de una larga pero civilizada conversación, resolví irme con mi música a otra parte. Mientras mi entrevistado se fue, seguramente arrepentido de su visita, yo volví a la cabina solo para despedirme de los oyentes y agradecerles a los propietarios de la empresa por la oportunidad que me habían dado. Al escucharme, el operador se quedó paralizado, no sabía si estaba soñando o yo me había vuelto loco. Y empezó a frotarse los ojos como queriendo ver mejor las cosas que estaban ocurriendo en ese momento.
Apenas terminé mi horario, salí volando de los estudios para tomar la calle. Por coincidencia, el Dólar se hallaba sentado en la puerta. A diferencia de otras veces, no se echó a correr, ni siquiera se movió. Me miró y siguió sentado en la acera. En su rostro curtido por el frío se reflejaba una profunda pena y en sus ojos caídos y soñolientos, por sus interminables noches durmiendo a la intemperie, se ocultaban algunas lágrimas.
Al verlo tiritando de frío, me despojé de mi casaca y se la alcancé…
–Toma, te la regalo, ¿Quieres que te invite algo de comer?
El cojo no sabía qué responderme. Yo insistí…
–Vamos. Con esta casaca te parecerás a mí. Total, a mí no me importa lo que digan, incluso que crean que ambos estamos locos.
Al vernos sentados alrededor de una mesa en el Salón Azul de la calle Plateros, carca a la plaza de Armas, algunos parroquianos nos miraban de reojo. Afuera, las alumnas del colegio María Auxiliadora y Santa Ana que pasaban para irse a sus casas, volvían a pasar y repasar por la puerta para estar seguras de lo que estaban viendo sus ojos.
– ¿Qué quieres que te invite?
El Dólar se quedó callado y con la cabeza gacha. Recién advertí que corrían dos gruesas lágrimas por sus mejillas.
– ¿De qué lloras? Quien debería estar llorando soy yo porque acabo de renunciar al trabajo. Pero, ya ves, me importa un comino.
Con la fama de agresivo que tenía el Dólar, ni el mozo se le quería acercar. Sin embargo al darse cuenta que estaba tranquilo y hasta sus fachas eran distintas con la casaca que le había regalado, cambió de cara.
–Lo mejor que preparan aquí es una milanesa montada. ¿Qué tal si pedimos dos? – Le pregunté.
El Dólar me respondió con su típica sonrisita nerviosa como diciendo: cualquier cosa con tal que lo traigan rápido.
–Por favor dos milanesas montadas. Y también un rocoto entero y una alcuza.
Al mozo no le quedó otra cosa que tomar nota del pedido. Y, antes que salga del apartado, le dije…
–Disculpe, también una Coca Cola familiar, bien helada por favor.
– ¿Helada? No tenemos señor, solo al tiempo, con este frío no acostumbramos helar las bebidas.
–Bueno, entonces nos trae unos cubitos de hielo.
El mozo se me quedó mirando como diciendo “estos tíos sí que están realmente locos”.
En vista que demoraba el pedido, aproveché para conversar con el Dólar que ya había entrado en confianza y me contó de sus dolores, sus penurias y el porqué de su abandono moral. Me dijo que estaba atrapado entre el alcohol y la miseria porque su mal era irreversible como consecuencia de las lesiones que había sufrido en su cerebro. Me dí cuenta que era un hombre culto, inteligente y de grandes sentimientos.
–Son muy pocos mis momentos lúcidos, como este – Alcanzó a decirme, con los ojos que le brillaban por las lágrimas. Sus problemas físicos eran su cruz desde la vez que fue atropellado por aquella maldita camioneta y sus problemas del corazón desde que conoció a Jazmín.
Y justo en el momento que se enjugaba las lágrimas, extrajo del interior de sus harapos la fotografía de la única mujer que amó. Yo seguía escuchándolo en silencio para no interrumpirlo. Se le hacía un nudo en la garganta mientras observaba la foto de su amada. Hasta que el mozo vino trayendo las dos sábanas de carne sobre una montaña de arroz, con dos huevos fritos encima. Las carnes eran tan grandes que se salían de los platos y, como si esto fuera poco, el pedido incluía también una buena porción de papas fritas.
Yo personalmente me encargué de cortar los rocotos y aderezarlos con sal, pimienta, aceite y unas gotas de limón y, sin más ni menos, dimos rienda suelta al festín. La conversación fue tan larga como la historia que me contó.
–Todavía eres muy joven para arruinarte la vida. Tienes que olvidar a Jazmín y dejar la bebida. No olvides que las heridas del corazón se cicatrizan con el tiempo y se curan con un nuevo amor.
Alberto, me escuchaba en silencio. A ratos me daba la impresión que mis palabras se las llevaba el viento, que le entraban por una oreja y le salían por la otra. De pronto, nuevamente extrajo de sus harapos la foto de Jazmín, la miró una vez más y sin decir palabra alguna la rompió en mil pedazos y la metió en una de las botellas vacías que el mozo terminó llevándosela. Me dio un abrazo no sé si para agradecerme por la milanesa o por el consejo y luego se paró con la intención de irse pero, de pronto se quedó paralizado al escuchar a un hombre reír a carcajadas. Se le sobresaltaron los ojos y su rostro se enfureció. Y sin decir nada se fue a averiguar de dónde provenía la risa tan destemplada y, apenas descubrió al sujeto de la carcajada escandalosa, se le fue encima. Por el castigo, el hombre sangraba por la nariz y tenía un corte en uno de sus labios y seguramente que también tenía uno de sus brazos rotos porque cuando sus amigos lo llevaron a su camioneta no tenía fuerzas para conducirla y tuvo que ser reemplazado. En cambio el Dólar no tenía ni un rasguño y estaba más tranquilo, como si se hubiera quitado un peso de encima.
Es fácil imaginar que el hombre a quien golpeó era el mismo que lo atropello o por lo menos se le parecía. Y aquella risa sarcástica era la que el Dólar la tenía grabada en su cerebro.
Después de este incidente nos fuimos cada uno por nuestro lado, yo a mi departamento para echarme a dormir como un lirón porque realmente necesitaba descansar por tantas emociones juntas en un solo día. Y él a buscar a su madre.
–Bendito sea Dios. ¡Gracias señor de los temblores! – Exclamó la compungida madre, al verlo.
Ambos se estrecharon en un prolongado abrazo, sin importarles que fuera solo por un momento porque, al día siguiente, el Dólar regresó a los portales de la plaza para seguir deambulando y seguir allí con la esperanza que alguien tome sus servicios de guía o vuelva a ver el rostro de Jazmín, la única mujer que amó. Su madre tampoco hizo nada por retenerlo porque comprendió que aquel hijo nacido de sus entrañas no solo era de ella, le pertenecía al Cusco…como el Cuasimodo a París.

4 comentarios to “El dólar: El cuasimodo cusqueño”

  1. alfredo Says:

    Estimado Herberth, felicitaciones por el blog y tus historias, en particular por esta, cuando era niño conoci al Dolar, ahora gracias a ti conozco su historia. Sabes que será de él?.
    Un abrazo
    Alfredo

    • herberthcastroinfantas Says:

      Hola Alfredo: El dólar es otro de los misteriosos pesonajes cusqueños que ya descansa en paz, pero estoy seguro que su alma sigue deambulando por los viejos portales de la plaza de Armas, su último hogar. Y si lo conociste ya tienes un motivo más para contar su historia a las nuevas generaciones, especialmente a tus hijos y nietos cada vez que te pidan contarles algo del Cusco.

  2. GREGORIO FLOREZ DIAZ Says:

    Hola herberth, creo que alguna vez te conoci porque mis hermanos mayores y yo trabajamos en esa entrañable radio y al leer esta historia me trajo mucha nostalgia. Yo tambien tuve la oportunidad de conocer al Dólar porque en algunas ocaciones le jugábamos algunas bromas en la Plaza de Armas cuando yo era niño, allá por los años setenta, asimismo tuve el grato honor de trabajar con el periodista Efrain Paliza como su operador, hoy tengo cuarenticinco años y vivo en Lima. Te agradezco mucho por esta nota. Asimismo, que Dios bendiga a la señorita Doris y a su hermana Helena Lizárraga por haberme dado la oportunidad de trabajar en su radio. Un gran abrazo. Goyo

  3. Jaime F. Quino G. Says:

    Estimado Herberth. Te escribe Jaime F. Quino G., desde Lima, Perú..Bonita y penosa historia. Llegué por aquí buscando información sobre el Huesero Eláez. He ido a Cusco varias veces de visita y por trabajo, y en uno de esos viajes y estadías por allá, un amigo me contó historias de Eláez. En resumen, la idea es que era mejor huesero que los traumatólogos. También me comentaron que su hijo había heredado su conocimiento y a la vez había estudiado Traumatología. Entonces quería preguntarte, ¿sabes los nombres completos del huesero Eláez y su hijo?, ¿sabes dónde puedo ubicar al hijo?, entiendo que el huesero Eláez ya falleció. Muchas gracias de antemano.

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