El hijo del General

En la madrugada de aquel domingo siete, ¡carajo, tenía que ser domingo siete! todavía se reflejaban algunas estrellas sobre el gran espejo de agua de la laguna de Urcos, titilando como si tuvieran frío. Hermenegildo y su hijo Rubén, que ya estaban levantados, le daban un último chequeo al viejo Ford del 58 que el día anterior lo habían cargado de hortalizas.

Querían salir lo más antes posible para ser los primeros en llegar al mercado de Ccasccaparo del Cusco porque no era muy fácil conseguir un espacio libre para estacionar el camión porque a esa misma hora descargaban los lechones de Huarocondo, la leche proveniente de la Pampa de Anta y los panes de Oropesa,

–Por favor, vayan con cuidado. Recuerden que hoy es domingo siete – Les recomendó Doña Rosita, esposa de Hermenegildo.

– Mamá, tú siempre con esas creencias, eres muy supersticiosa. Adiós.

– Adios hijo.

Hermenegildo era un viejo zorro de las pistas, que conocía la carretera como la palma de su mano y, sin embargo, no dejaba de tener los ojos bien abiertos porque, a veces, algunos irresponsables ayudantes de camiones dejaban piedras en plena pista después de utilizarlas como cuñas cada vez que paraban para cambiarle una llanta o tenían que aumentar agua al radiador del vehículo.

–Papá, tengo la impresión que algo le está fallando al carro.

–No creo hijo, nuestra carcocha todavía es fiel al castigo. Por el ronquido del motor me doy cuenta que está mejor que un avión.

–Ja, ja, ja. No me hagas reír.

–Más problemas me dan los zapatos nuevos de charol que me los puse por insistencia de tu madre. Las ampollas que me han sacado me están haciendo ver a Judas en calzoncillos. Por mí, hace tiempo que los hubiera arrojado al Vilcanota.

Y mientras el viejo Ford avanzaba lentamente por la carretera, Hermenegildo se puso a cantar Valicha, aquella hermosa composición de Miguel Angel Hurtado, inspirada en el tórrido romance del profesor de una escuelita fiscal de Acopía−Acomayo con una jovencita muy agraciada llamada Valeriana Huillca Condori que vivía en la calle Bolívar No 15, muy ecerca a una de las cuatro lagunas de este bello lugar.

Hermenegildo le contaba a su hijo que aquella relación, entre el profesor y Valeriana, no era bien vista por los padres de la adolescente por la diferencia de edad que había entre ellos. Hasta que, un día, para cortar de plano con ese amorío deciden enviarla al Cusco como empleada doméstica. El profesor, muy dolido, al poco tiempo se fue tras ella y luego de buscarla durante varios días, la encontró moliendo maíz en una chichería de mala muerte de donde la sacó para vivir con ella.

Pasó el tiempo y, esta canción, más que un canto de amor se convirtió en el segundo himno de los cusqueños, cantado por casi todos los folcloristas, seguramente no tan dulcemente como lo interpreta William Luna.

Valicha lisa pashñary, ninachay de veras
maypiras jurkanqui,
Qosqo uraycunapi ninachay de veras
maqtata suashan,
Qosqoman chayaruspari, Ninachay de veras
imata suancca,
samanta accawasipi, ninachay de veras
sarataq kutancca,
Qosqo uraycunapi, maqtata suashan.
Hermosa flor de la sierra, jilguero andino
flor de la pradera.
Por valles, montes, quebradas, cholita cusqueña
qué estarás haciendo …(Sigue)

Hermenegildo la cantaba con mucho sentimiento mientras conducía su viejo camión. Al pasar por Saylla, dejó por un instante el canto para contemplar las retamas que crecían a ambos lados de la carretera formando un hermoso callejón verde amarillo. Las flores resaltaban mucho más con las luces del carro. Y eso que los faros de la carcocha no eran muy potentes porque los años ya hacían sentir su peso, igual que en la visión del sexagenario.

–A la vuelta le llevaremos a tu madre un ramo de estas flores. No sabes cómo le encantan.

–Con razón le gusta cantar “La flor de retama”.

–Claro, le trae muchos recuerdos. Ella es de Huanta-Ayacucho y me contó que de niña jugaba en medio de los retamales porque en esa zona también abunda esta planta.

Cuando llegaron a San Jerónimo, todavía no habían salido los rayos del sol y la mañana seguía muy fría. Esto le recordó a Rubén que solo unos días atrás se había divertido mucho nadando con sus amigos en la piscina ubicada al lado de la casa sde la familia Villafuerte.

–Aquí el agua parece menos fría que en la laguna de Urcos – Comentó,

Seguían cantando para hacer menos aburrido el viaje o, como decía Hermenegildo, para ahuyentar los malos pensamientos y también a los malos espíritus que andan deambulando porque San Pedro les cerro lás puertas del cielo. Ya en San Sebastián, cambiaron de canción…

Adiós juventud, vida pasajera,
de tanto florecer te vas marchitando.
No te enamores de amores ajenos,
tarde que temprano se irá con el dueño…

Y también cambiaron de conversación porque esta canción le hizo recordar el perachapchi, la famosa fiesta que allí se realiza en el mes de enero, en homenaje a San Sebastían y a la fruta de la pera que dura tres días, desde el 19 que es la víspera, continúa con el día central el 20 y termina con el cacharpari o despedida el 23.

San Sebastián, o San Sebas como se le llama al santo, es sacado en procesión apoyado en un tronco que lo adornan con ramas de cedro serrano (Ruano), donde colocan uno o más loros vivos.

Además de los fieles, la mayoría con algunos tragos encima, acompañan la procesión los Capac Chunchos y sus rivales los Capac Collas, danzando incansablemente al compás de una banda de músicos. Y claro, la fiesta no es completa si no se saborea el famoso chupe de peras, plato que contiene además de esta exquisita fruta, papa, zanahoria, zapallo, cochayuyo (algas de lago), tarwi y habas, aderezado con huacatay, orégano, perejil y una pizca de ruda.

–En este lugar conocí a tu madre. Yo tenía dieciocho años y ella dieciséis – Le dijo Hermenegildo a su hijo.

–Papá, esa historia ya la conozco. Mi mamá me la contó miles de veces. Lo que no me dijo es cómo llegaste a conquistarla.

–Fue el 20 de enero, día central de esta tradicional fiesta. Éramos cuatro los amigos que llegamos a la plaza. Y cuando recorríamos los puestos de venta, a Roberto se le ocurrió jugar a los empujones y, Carlos, por esquivar una arremetida, perdió el equilibrio y se tropezó con una canasta de peras, haciéndola rodar por los suelos.

Por el susto, mis amigos se fueron corriendo y yo me quedé a levantar las peras que rodaban por el piso para evitar que los palomillas se las llevaran sin pagar. Después de acomodarlas en la canasta, recién me di cuenta que la jovencita que atendía temblaba por el susto, sin saber qué hacer.

–Y seguro que te dio un beso de agradecimiento.

–No, pero me regaló un pucto de peras. Tuvo que pasar meses para convencerla que salga conmigo. Te cuento que mis amigos también estaban interesados en ella. Por eso un día le dimos una serenata para cantarle…

Cuatro somos en tu puerta
y los cuatro te queremos.
Escoge pues a uno de ellos
para que el resto se vaya

–Y por supuesto que te escogió a ti.

–Si, tuve suerte que me eligiera. Nos casamos en este templo, pero resolvimos vivir en Urcos, donde ustedes nacieron.

Todavía en medio de la penumbra, el camión tomó la recta de la Av. De la Cultura. Al pasar frente a la universidad San Antonio Abad, Hermenegildo volteo la mirada, pensando en silencio: “ojala mi hijo pudiera ingresar a esta universidad para que pueda seguir una carrera y no tenga la misma suerte que yo”. Recordó que hasta tenía algunos ahorros para pagar el pensionado de Rubén porque no quería molestar a sus parientes. De pronto, Rubén pegó un grito, rompiendo con la tranquilidad de la madrugada.

– ¡Cuidado Papá!

Hermenegildo reaccionó haciendo girar el volante hacia la izquierda pero, fue tarde, el atado de forraje que se hallaba tirado en plena pista se hacía añicos con el impacto del vehículo y volaba por los aires. A pesar del tremendo susto se estacionó a un costado para que Rubén baje a revisar qué había pasado. Por las señales que le hizo se enteró que el carro no tenía ni un solo rasguño. En cambio el forraje estaba desparramado por todas partes.

– Mierda, ¿A quien diablos se le habrá ocurrido dejar este forraje en plena pista? Se preguntó.

Y, cuando Rubén estaba por subir al vehículo, pegó otro grito.

– ¡Papá!

Al escucharlo, Hermenegildo dejó el timón y bajó de un solo salto.

– ¿Qué pasa hijo?

– ¡Mira!

El cuerpo inerme de un hombre yacía sobre la acera. Entretanto, los conductores de los vehículos que circulaban a esa hora, aminoraban la marcha para averiguar qué estaba pasando, ocasionando un congestionamiento en el tránsito.

Los primeros transeúntes de la mañana también se arremolinaban tratando de identificar el cadáver. En ese momento llegó la policía, ¡qué milagro¡ porque casi siempre brilla por su ausencia cuando más se la necesita.

Tanto los uniformados como el fiscal de turno, coincidieron en señalarlo a Hermenegildo como presunto autor del accidente. De nada le valieron sus explicaciones porque nadie le creyó. Y mientras los peritos se quedaron haciendo mediciones y marcando la acera con una tiza, el fiscal procedió con el levantamiento del cadáver y ordenó la detención del conductor. Ni cortos ni perezosos, los policías le pusieron las esposas al chofer y se lo llevaron en un patrullero. El camión fue conducido al depósito., Rubén, por ser menor de edad, fue dejado en libertad, lo que aprovechó para retornar inmediatamente a Urcos llevando la mala noticia. Para su madre fue un duro golpe. Sin embargo, Rosita, sobreponiéndose a sus terribles dolores a las rodillas por una avanzada artrosis que padecía, convocó a sus parientes, vecinos y hasta al cura, para que la ayuden a conseguir la libertad de su esposo pero, lamentablemente, ninguna autoridad los escuchó. Y para colmo, el abogado que había contratado la familia lo único que hizo fue sacarle plata, haciéndole gastar hasta el último centavo de sus ahorros.

Los exámenes médicos y el peritaje, determinaron que el chofer adolecía de una leve miopía, hecho que agravó su situación por lo que el juez ordenó su encierro en la cárcel de La Almudena hasta el día del juicio.

Días antes…la historia era diferente…

Empezó cuando en medio de las densas nubes un avión de Faucett se abría paso en un vuelo de rutina al Cusco con más de cien pasajeros a bordo. La inmensa nave apareció en un claro que se había abierto encima de Saylla y giró a baja altura, casi besando los cerros, para luego entrar a la pista. Cuando la mole ingresaba a la zona de parqueo, los familiares de los pasajeros que se hallaban en los salones, sonrieron olvidando el fastidio de la espera. En la cabina de la nave, el Capitán también sonrío y comentó con su copiloto por el hecho que, felizmente, habían encontrado la pista libre y no como el día anterior que tuvieron que verse obligados a sobrevolar la ciudad hasta que los empleados del aeropuerto sacaran los vacunos que ocupaban la franja de asfalto.

El aterrizaje fue tan suave que algunos pasajeros hasta aplaudieron por la perfección de la maniobra. No era para menos porque, solo unos minutos antes, cuando se hallaban a la altura de la Pampa de Anta, habían pasado un gran susto por las turbulencias. Tanto se había zangoloteado el avión que muchos pasajeros pensaron que sería el último vuelo de sus vidas. Y, otros, por las arcadas que se les vino, no tuvieron ganas ni siquiera para disfrutar de la maravillosa vista que ofrecía el Salkantay.

Los primeros en bajar fueron los turistas extranjeros. Lo hacían con una cara de palo, sobre todo los alemanes y británicos, no tanto por el incidente sino porque en el “manual del viajero” no estaba escrito la advertencia de “posibles turbulencias”¡Qué tal flema!

Empezaron a bajar por la escalinata que daba a la cola del avión porque se habían sentado atrás siguiendo las recomendaciones de su agencia de viajes ya que, según las estadísticas, los pocos que habían logrado salvarse en los últimos accidentes de aviación, habían sido los que se sentaron en los últimos asientos. Lo cierto es que en un accidente aéreo nadie está seguro, ni el gato que, según muchos creen, tiene siete vidas, aseveración tan absurda como aquella que dice que “nadie muere en la víspera”. Lo único cierto es que al que le llega la hora, le llega.

En cambio, los pasajeros locales, bajaban por las escalinatas de adelante, para que todo el mundo los viera y no crean que habían llegado por vía terrestre. Otra cosa que los diferenciaba de los extranjeros era que, al pisar tierra, se santiguaban, no sabemos si para darle gracias a Dios por haberlos regresado sanos y salvos o para pedirle perdón por todos los pecados y excesos cometidos en Lima.

El fotógrafo Arístides Col, fue el primero en acercarse al avión, listo para hacer sus primeras tomas. Al parecer le interesaba solo una persona sin embargo que en ese mismo vuelo llegaban conocidas autoridades de la ciudad. Prefirió centrar su atención en aquel misterioso personaje, manteniéndose atento a las indicaciones de un oficial vestido de civil.

Así fue, tan pronto apareció en la escalinata un muchacho con pinta de militar, acompañado de otro jovencito, los oficiales los rodearon discretamente y el fotógrafo empezó a quemar toda la película de su cámara hasta el instante en que se los llevaron en una camioneta con lunas polarizadas.

Desde la sala de espera, donde yo me hallaba despidiendo a un amigo que se aprestaba a abordar esa misma nave, observaba los afanes del fotógrafo. Y apenas el avión despegó me dirigí hacia la salida…

–Hola coleguita, ¿Vas al centro? Si deseas puedo darte un aventón- Me preguntó Arístides.

–Hola. ¿Cómo te va? Gracias por tu ofrecimiento pero, ahora no voy al Paraninfo sino a la ciudad Universitaria, donde tengo clases.

– ¡Que coincidencia! Yo también voy por esa zona, si quieres te llevo.

Por su insistencia me pareció algo raro. No necesitaba ser adivino para darme cuenta que Arístides me mentía y seguramente lo que quería era sacarme alguna información. De eso estaba seguro porque yo sabía que el fotógrafo tenía una doble identidad: por un lado era reportero gráfico de un diario local y por otro actuaba como agente encubierto de la Región Militar. A cambio del segundo servicio recibía una pequeña paga y una dotación de gasolina para su escarabajo VW.

Entre otras tareas, Arístides estaba obligado a proporcionar testimonios fotográficos de todo aquello que les pudiera servir a los servicios de inteligencia, sobre todo de determinadas personas que llegaban o salían de viaje, así como de los dirigentes que participaban en manifestaciones públicas y marchas de protesta, generalmente vinculados a los movimientos de izquierda.

–Y, qué te trajo al aeropuerto? – Me preguntó a boca de jarro.

–Nada en especial. Vine a despedir a un amigo que se va a Lima. A propósito, te he visto muy ocupado, ¿Quiénes eran las dos personas que llegaron?

– ¿Qué personas? Seguramente turistas.

–Ja ja ja, No te hagas el huevón, A mí no me vas a venir con ese cuento. Tú no sacas fotos por gusto pero, si quieres guardar el secreto, está bien, tarde o temprano lo sabré.

–Eres un jodido, tienes un olfato de perro. Ha llegado el hijo del General con un amigo. Pero por favor no digas nada de esto. Los jefes no quieren que nadie se entere por razones de seguridad.

–Ya lo imaginaba. Con razón toda la artillería pesada estuvo en el aeropuerto. Son tan escandalosos que no hay que hacer mucho esfuerzo para descubrirlos.

–Pero, hermanito, de esto ni una sola palabra porque, como nos vieron salir juntos, van a pensar que yo te pasé el dato.

–Pierde el cuidado.

–Es que…siempre hay que tener cuidado. Tú no los conoces a estos cojudos, son unos malditos. Te cuento que ya estoy harto. Quiero salirme de esta vaina.

– ¿Como es eso que quieres salir? ¿Eres parte de ellos?

–Disculpa, me equivoqué, quise decir que quiero salir de esta profesión porque es muy peligrosa.

–Como reportero gráfico, tu trabajo es relajado. Mucho más riesgoso es el periodismo de investigación.

–Tienes razón. Mira hermanito, quiero decirte algo porque te tengo un aprecio especial. Mi encuentro contigo no fue una casualidad, yo lo propicié porque quiero revelarte un secreto, por sí acaso me pase algo.

–Arístides, tus elogios no me levantarán el ego. Lo único que has logrado es despertar mi curiosidad. ¿Qué diablos te pasa?

–Tú sabes, la calle está muy dura, la fotografía no da para mucho, a veces gasto en materiales más de lo que gano. Un día se apareció en mi estudio de Qoripata un oficial y me planteo el trabajito de proporcionar fotografías de algunos personajes que llegaban al aeropuerto. Me dijo que nadie se daría cuenta por mi condición de reportero gráfico. Pero, al poco tiempo llegó acompañado de un Mayor y me dijeron que querían fotos de mítines y marchas de protesta. En un principio me estaban pagando bien, pero después lo consideraban como una obligación. La verdad es que esta vaina se está complicando. Mira, me pagan con estos vales de gasolina. Cuando quise salirme, porque esto ya me llegó a la coronilla, me enviaron un mensaje que decía “El que entra solo sale muerto”. Lo dejaron en un sobre de manila debajo de la puerta de mi casa. Tú no sabes como me friega esto. Ninguno de los míos sabe, ni siquiera mi hermana. No se qué mierda hacer.

–Si pues, la cosa es complicada. Lo importante es que te mantengas sereno. Tienes que buscar una forma de zafar de este lío. Mejor si lo haces lo más antes posible.

–Gracias. Otro día te buscaré.

Apenas se despidió Arístides, me fui a la cafetería de la universidad para tomar desayuno y me puse a pensar en todo lo que me había revelado el fotógrafo. ¿Sus palabras eran sinceras o una trampa para sacarme alguna información? Me pregunté. Y de pronto escuché que alguien me hablaba…

– ¡Holaaa! Te paso el dato que la clase no se dictará aquí sino en el Paraninfo. ¡Tienes que apurarte porque se hace tarde!

–Hola Glenda, gracias por el dato. Tenemos tiempo de sobra ¿Por qué no te quedas? Te invito a tomar el desayuno y luego nos vamos en un taxi.

Glenda era una de mis compañeras en la facultad de Derecho. Por sus fachas y su manera de ser era muy fácil darse cuenta que era la más estudiosa de la clase. Usaba lentes para corregir una leve miopía y no le interesaba otra cosa que estar pegada a sus libros. Vestía con faldas escocesas, chompas tejidas a mano, zapatos de taco bajo y medias cubanas. La mayoría de las veces sus cabello estaban sueltos. Nunca había tenido enamorado y tampoco estaba en sus planes inmediatos. No solo era apegada a sus estudios sino también a la religión, porque la primaria y secundaria había estudiado en un colegio de monjas María Auxiliadora, donde le hacían rezar todos los días y le hacían comulgar en todas las misas.

– ¿Alguien te ha dicho que eres la chica más simpática de la clase?

–No lo creo, Lisbeth me dijo que también alguien le dijo lo mismo. Recuerda que somos las dos únicas mujeres en el salón.

–Bueno, eso no importa, para mi eres la chica más adorable de la universidad.

Por el rubor, los pómulos de Glenda enrojecieron como un tomate y se puso tan nerviosa que sus lentes se deslizaron por sus narices, por lo que tuvo que acomodárselos. No se si por su nerviosismo o porque realmente lo deseaba, la cosa es que mecánicamente se sentó en la silla que le acomodé.

¿Qué quieres servirte?

–Solo un jugo, por favor

La conversación se puso muy amena, seguramente porque hablamos de todo menos de los estudios. Y sin que nos diéramos cuenta, la arena del reloj se había escurrido hasta el último grano. Total ¡qué importaba el tiempo! si ambos estábamos enfrascados en una agradable plática. Sin embargo, apenas Glenda miró su reloj se levantó como impelida por un resorte y me obligó a salir volando para tomar un taxi. En el trayecto al Paraninfo traté de seguir con la conversación para alejarla de su terrible preocupación de llegar tarde. Glenda me escuchaba sin dejar de mirar su reloj.

Para calmarla la miré tiernamente en los ojos sin decirle una sola palabra. Ella volvió a enrojecer, pero tampoco hizo ningún esfuerzo para evitar el beso que por primera vez le daba un muchacho, según me dijo. ¿Me decía la verdad o era una mentira piadosa? Confieso que no me importó mucho averiguarlo.

–Señores, llegamos – Dijo el taxista.

– ¿Tan rápido? ¿Cuánto le debo?

–Dos soles. Si tuviera sencillo, por favor.

Al día siguiente, como de costumbre me levanté antes de las seis de la mañana para ir a conducir mi programa de radio. Los focos de los postes de alumbrado público de la calle Matará palidecían con la aparición de los primeros rayos solares. Hacía tanto frío que hasta los adoquines de las calles parecían de hielo y no de piedra. Y mientras iba silbando una canción, algunos transeiuntes madrugadores me saludaban y yo les respondía con la misma amabilidad, sin conocerlos. Ese gesto me hacía sentir bien.

Los que sí me conocían eran los canillitas del diario El Sol, donde ya había empezado a trabajar. Los chicos, como todas las madrugadas, ayudaban a compaginar el periódico en el pasadizo de su vetusto local de Mesón de la Estrella.

–Hola amiguito, esta vez no tendrás que esperar porque ya terminamos de armar todos los ejemplares – Mira, aquí está lo que escribiste. Ah, si vas a la radio no olvides enviarnos un saludo.

–Y también para la chelfa – Me pidió otro canillita que salía corriendo con un paquete de ejemplares bajo el brazo y comenzó a gritar…

–¡El Sol, El Sol, El Sol! Cienciano goleó al Melgar, en su propia cancha.

-¡El Sol, El Sol, El Sol! Millonaria anciana Romainville, se casó con estudiante universitario.

-¡El Sol, El Sol, El Sol! Se roban valioso cuadro de la iglesia de San Blas.

–Fabián, con ese último titular solo conseguirás poner más nerviosos a los curas, pero no venderás nada, porque estos robos son cosa de todos los días. Que ni te escuche el Guayabo, (sobrenombre de Don Pedro Morales Blondet, Director de Diarios Asociados y ex director de La Crónica de Lima) porque se dará cuenta que publicamos un refrito en primera plana.

Al revisar la página policial, me llamó la atención ver la fotografía del accidente ocurrido en la avenida de la Cultura. No podía explicarme cómo un carro tan pesado y viejo como el que conducía Hermenegildo pudo haberse subido a una acera tan alta – Ni volando – Pensé.

En la radio ya me esperaba Oscar Lechuga, “lechuguita”, listo para empezar el programa. Siempre se le veía feliz no solo porque trabajaba en la radio de mayor sintonía, sino porque disfrutaba de la vida, la música y al parecer también con mis ocurrencias. En mi programa comentaba las últimas noticias, les hablaba a los oyentes de las cosas simples de la vida, leía el horóscopo escrito a propósito para levantarles el ánimo y les daba a conocer el estado del tiempo aunque, a veces, no coincidía con la realidad porque no teníamos termómetro en la radio. Para salvar este apuro, entre broma y broma, le pedía al operador que saque la mano al patio para que calcule a cuántos grados estábamos.

Apenas terminé mi programa, me fui a mis clases en el Paraninfo Universitario. Y, como de costumbre, al final de la primera hora salí con un grupo de mis compañeros a tomar desayuno en la cafetería Savoy de propiedad del cachorro Herrera, porque era el local más cercano a la facultad de Derecho. Cuando de pronto…

–Buenos días señor, quisiera hablar con usted.

–Está bien, pero con la condición que no me vuelvas a llamar señor y menos delante de mis compañeros porque si te escuchan se burlarán de mí. Aquí todos nos tratamos de tú. Otra cosa, te pido que me acompañes a tomar el desayuno para hablar más tranquilos porque no dispongo de mucho tiempo. En quince minutos tengo que volver a clases.

Mis compañeros ya estaban ubicados en una de las mesas. El único asiento vacío era el que estaba al costado de Glenda, lo que me hizo pensar que fue ella quien lo reservó. Le agradecí el gesto con un guiño. Ella se sonrojó. Pero como yo no estaba solo, me tuve que ir a otra mesa.

– ¿Qué deseas servirte…? Hice un pequeño silencio a propósito para que me dijera su nombre. Y no me falló.

– Rubén, mi nombre es Rubén. Nada, gracias… ya tomé desayuno.

–No sabes lo que te pierdes. Aquí sirven un desayuno hummm…para qué te cuento. Por la cuenta no te preocupes, yo pago.

–Lo que usted diga.

–Escucha, si me sigues tratando de usted y yo de tú, jamás nos entenderemos. OK? – Y ahora… ¿dónde andará el mozo?… ¡Agripino!

–Ya voy, ya voy… ¿Lo de siempre?

–Si por favor, supongo que ya te habrás dado cuenta que somos dos, perdón, tres, porque el consumo de la señorita Glenda también lo incluyes en mi cuenta.

–Ya me lo imaginaba porque a la legua se nota que estás templado. Como tú lo ordenes jefe.

– ¿Oíste Rubén? Todos me tratan de tú. Esto no es solo contigo.

Y mientras esperábamos el desayuno, Rubén comenzó a contarme la historia del accidente en el que estaba involucrado su padre. En ese momento se acercó el mozo trayéndonos doble porción de nata, una canastilla con panes de Oropesa y dos tazones de chocolate caliente, justo lo que necesitábamos para mitigar el hambre y cortar el frío de la mañana.

– ¿Y por qué se te ocurrió hablar conmigo?

–Porque todas las mañanas te escucho en la radio. Tú fuiste el único que opinó en el sentido que debía hacerse una investigación más profunda para no cometer el error de condenar a un inocente.

–Está bien, dame unos días. Trataré de ayudarte.

En vista que no disponía de mucho tiempo para investigar el caso, tuve que faltar a algunas clases, por eso no me enteré que, a mitad de semana, mi salón había programado una visita de práctica al penal de La Almudena.

En la noche, el operador de mi programa que ya no era “lechuguita” sino Julio Villamil, quien se caracterizaba por su habilidad extraordinaria para empalmar los discos y seleccionar las primicias. Y no solo eso, también se daba tiempo para atender las visitas y contestar las llamadas telefónicas. A esa hora la sintonía de la radio estaba en su pico más alto y más aún aquella noche por la entrevista telefónica que le estaba haciendo a Gerardo Manuel, el vocalista de los Shain’s, uno de los mejores conjuntos de rock peruanos, a quien lo llamé para que ratifique su presentación en Cusco, primicia que rato antes la había dado Wilbert Pizarro, encargado de contratar al grupo.

Los oyentes llamaban insistentemente porque no podían creer que los Shain’s llegarían. Algunas chicas hasta fueron a los estudios de la radio creyendo que la entrevista a Gerardo Manuel era en vivo.

–Julio, por favor no más llamadas, porque el programa está llegando a su fin- Le pedí.

A pesar de mi indicación, Julio seguía haciéndome señas a través de las lunas de la cabina para que conteste el teléfono. Le respondí que no quería más llamadas, moviendo mi dedo índice de un lado a otro…

– ¡Dice que es urgente! – Gritó.

Sin escucharlo bien, por la bulla, le agité mis dos manos para que me entendiera que no iba a atender ninguna llamada más porque el programa se había sobrepasado cinco minutos y en radio eso era una barbaridad. Julio se encogió de hombros y luego de hacer una mueca como quien dice “problema tuyo” se puso al fono para darle seguramente mi respuesta definitiva a la persona que esperaba en la línea. Y en medio del bullicio de algunos curiosos y la última canción de los Shain’s que sonaba a todo volumen en el monitor, una vez más el operador me miró y se pasó el dedo índice por el cuello como diciéndome “parece que estás hecho”. Yo, pensando que era una oyente solicitando un disco, le mostré el reloj para que comprendiera una vez más que ya no había tiempo para atender más llamadas.

Al final del programa salí al patio para respirar aire fresco. Allí tampoco el ambiente estaba muy tranquilo por la presencia de algunos curiosos, que no faltaban. Los chicos que colaboraban en la radio empezaron a salir a la carrera, unos para evadir a los cobradores de revistas, cigarrillos, galletas, chocolates y hasta tamales que les dejaban al crédito y otros para evitar chocar con la mamá de alguna muchacha que iba a la emisora para decirle zamba canuta por haberle sido infiel a su hija. Julio, que también estaba con el tiempo ajustado, ordenó los discos en los anaqueles y salió volando para ir en busca de Sonia, su enamorada, que lo esperaba en la esquina de Marqués y San Andrés. Sin embargo, al vuelo logró decirme…

–La chica que llamó al final del programa dijo que era Glenda, tu compañera de estudios. Me respondió muy molesta, diciendo que no le interesaba un pepino el programa, sino hablar contigo y colgó.

– ¿Glenda? ¡¡No puede ser!!…Julito ya la cagaste.

Julio ni me escuchó porque salía a la carrera para ir en busca de Sonia.

Sin haber salido aún de la sorpresa, volví a los estudios en busca de una guía telefónica, pero el operador que lo reemplazaba a Julio me dijo que la bendita guía estaba en la administración y a esa hora las puertas de las oficinas estaban cerradas. En la cabina solo había un listado de teléfonos de emergencia. No me quedó otra cosa que llamar a la central para averiguar el número del teléfono de Glenda.

–Disculpe, me parece reconocerle la voz, ¿Usted no es el chico de la radio? Escuche, le quiero pedir un favor, en su programa de mañana…

–Todo lo que usted quiera, pero por favor, deme el teléfono del Dr…

–Lo siento, no está registrado con ese nombre. Seguramente con el de su esposa. ¿Me puede decir el nombre de su suegrita?

–Olvídese, gracias, gracias.

–No tienes por qué papi, llama cuando quieras porque me gusta tu voz.

Para colmo, comenzaba a llover. La gente corría de un lado a otro buscando dónde guarecerse. El agua discurría a torrentes por la calle Mantas. Fue cuando resolví ir personalmente hasta la casa de Glenda, porque consideré que era más fácil que conseguir una guía de teléfonos. Y así fue. Sorteando los charcos que se habían formado en las calles me puse a caminar por debajo de los halares de las casas para no mojarme más de lo que estaba. Inspirado en el chaparrón que caía y más con la intención de tranquilizarme un poco me puse a tararear la canción de Leonardo Favio…

Hoy corté una flor…y, llovía, llovía.
Esperando a mi amor…y, llovía, llovía.
Presurosa le gente, pasaba corría…
Y, desierta quedó la ciudad, pues llovía…

Al llegar a la altura de la piedra de los 12 ángulos me entró una duda: Seguir adelante o tirarme para atrás. Y cuando estuve a punto de retractarme, pensando que era una locura visitar a mi compañera de estudios a esa hora, me paré debajo del dintel de la puerta de la casa de mi amigo Carlos Del Pozo esperando que amaine el temporal. Y mientras miraba la piedra más fotografiada del Cusco me pregunté ¿Realmente tendrá doce ángulos? Había pasado muchas veces por ese lugar pero jamás se me había ocurrido contar el número de ángulos de la famosa piedra. ¡Tenía que ser ahora!

Y cuando ya estaba a punto de regresarme, me pregunté… ¿Por qué habrá llamado Glenda? ¿Habré logrado inquietar su corazón? La única forma de salir de dudas, tal como lo había hecho con la piedra de los doce ángulos, era yendo a su casa. Apenas llegué, un tanto agitado porque tuve que apurar el paso por la cuesta de San Blas, toqué la puerta al principio tímidamente y como nadie respondió, insistí, esta vez con fuerza.

–Un momentito. Ya salgo.

–Buenas noches, disculpe señora ¿Está Glenda? Soy su compañero de estudios.

–Si, pero ya está en cama. Se encuentra un un poco resfriada.

Por el tono de la voz de la señora sospeché que era la conocida disculpa de cliché, a la cual recurren todas las mamás del mundo cuando sus hijas no quieren ver al pretendiente, para castigarlos y hacerlos sufrir. Y como yo no me quería tragar esa píldora…

–No se preocupe señora, la llamaré mañana.

–Oiga, está empapado de pies a cabeza. Pase, pase, antes que usted también agarre un resfrío.

–Gracias señora, no puedo, estoy con el tiempo ajustado (otra mentira piadosa), solo vine a preguntarle a su hija sobre una tarea. Ya me voy.

–Espere por favor.

A tanta insistencia, no me quedó otra cosa que esperarla parado en la puerta, como un pollo mojado. A ratos, parecía un fumador de pipa inglés por las bocanadas de aire caliente que arrojaba por el frío. Hasta que nuevamente se apareció la mamá de Glenda.

–Mi hija me encarga decirle que mañana tienen una clase práctica en el penal de La Almudena y que no olvide llevar su carné de estudiante. Mire, a sugerencia de ella le he traído un paraguas.

–Señora, por favor, no se moleste. Con unas gotas más no creo que me ahogue. Además parece que el temporal está calmando.

–No creo, con este cielo serrano nunca se sabe.

–De todas maneras se lo agradezco y déle mis saludos a Glenda. Buenas noches.

Y me fui.

Al día siguiente, uno a uno ingresamos al penal, por supuesto que previo chequeo. Yo fui uno de los primeros. En un Principio seguí con mucha atención las explicaciones del catedrático y luego desaparecí para ir en busca de Hermenegildo, el padre de Rubén, quien se hallaba recluido en otro pabellón. La única que se dio cuenta de mi desaparición fue Glenda, quien no se explicaba a dónde diablos me había ido porque los casos que debíamos revisar para la tarea estaban en la zona de los reos menos peligrosos.

Había transcurrido casi una hora y yo seguía enfrascado en la conversación que me interesaba.

–Don Hermenegildo, haré todo lo posible por ayudarlo. Realmente su caso me conmueve. No me gusta prometer nada pero tenga la seguridad que trataré de averiguar la verdad.

El viejo chofer me abrazó emocionado dándome las gracias, seguramente porque creyó ver una luz al fondo del túnel. No era para menos porque hasta ese día todo le parecía lóbrego ya que las evidencias lo mostraban como culpable y nadie, salvo su familia, creía en su inocencia.

Glenda y Juan de Dios, otro de mis compañeros de derecho, me buscaban por todas partes, hasta que por fin me hallaron. Y como no podía ser de otra manera, ambos estaban con sus caras largas, pero quien se encargó de increparme fue Juan de Dios.

– ¿Qué diablo haces por aquí? ¿No te das cuenta que es la zona de los reclusos más peligrosos?

–Si, si, claro, estuve conversando con un preso.

– ¿De qué te servirá hablar con los presos de este pabellón si los casos que tenemos que estudiar están en el otro?

–Tienes razón, les pido mil disculpas.

Glenda, no abrió la boca para nada pero, por la expresión de su rostro, supe que ahora sí estaba molesta. Claro, después de haber sido negada por teléfono, mi actitud en el penal terminó por convencerla que me estaba burlando de ella. Y eso para una mujer enamorada era una falta imperdonable.

Al día siguiente, los integrantes de mi grupo de estudio habían resuelto hacer la tarea en la casa de Glenda a la misma hora en que salía mi programa de radio. No había duda que fue a propósito, como castigo por mi desaparición en la visita al penal. Ese día, diez minutos antes de la hora señalada, todos ya estaban reunidos, excepto yo. Y, uno de los muchachos, que también pretendía a Glenda, se paró de su asiento, miró su reloj y encendió el radio para demostrarles a todos que yo estaba muy feliz conduciendo mi programa.

–Bueno chicos ¿Que tal si comenzamos? – Sugirió.

–Pero, si todavía falta cinco minutos para las siete – Advirtió Glenda.

–Así falten treinta minutos tu amiguito no llegará. Escuchen, está en pleno programa – Gritó Adrián muerto de rabia, mientras subía el volumen del aparato. De pronto se abrió la puerta de la sala y se apareció la mamá de Glenda. Y, detrás de ella, yo.

–Hola. Me alegra que estén oyendo el mejor espacio de radio – Les dije bromeando al momento de saludarlos – Después de este disco viene una primicia de La Fórmula Quinta. Ah, he traído unas galletas y chocolates para mantenernos despiertos. Ya se habrán dado cuenta que tuve que grabar mi programa para no faltar a la reunión.

El más sorprendido fue Adrián, quien no salía de su asombro mientras me escuchaba y se mordía los labios por la cólera. En cambio Glenda sintió alivio, a pesar de sus esfuerzos para mostrarse indiferente. Su madre también estaba contenta y no tardó en invitarnos un café caliente acompañado de las galletas que les traje. Y, al final, cuando mis compañeros empezaron a despedirse, yo resolví quedarme un rato más. Eso mismo pretendió Adrián y no me quedó otra cosa que decirle…

– ¿No decías que estabas agotado? Creo que ya es hora que te vayas a dormir porque vives más lejos que yo.

– ¿Me estás echando de la casa?

–No seas tonto hombre. Mañana – mirando mi reloj – tienes que sacar las fotocopias para entregar el trabajo. Yo me quedaré un rato más con Glenda porque tiene que prestarme unos apuntes para nivelarme. Tú sabes, falté a la clase anterior.

–Está bien, está bien, me voy. Que tengan una…buena noche.

Apenas nos quedamos solos, me acerqué a Glenda y le expliqué que no pude responder su llamada telefónica porque no sabía que se trataba de ella. En cuanto a mi desaparición en La Almudena, le dije que era mi única oportunidad para conversar con un recluso procesado injustamente. Se quedó en silencio haciendo un supremo esfuerzo por creerme. Yo no insistí. Mirándola tiernamente en los ojos le levanté el mentón y mis labios buscaron los de ella.

Al día siguiente, al primer timbre del despertador, no sabía si lo que me había ocurrido la noche anterior era realidad o un sueño. Un tanto confundido, lo primero que hice fue lavarme la cara, como un gato porque el agua que salía del caño estaba heladísima, y salí apurado como correcaminos (bip-bip). Y me fui a la radio para hacer un comentario…

–Es poco creíble que un camión de esas características pueda subirse a una acera tal alta y luego de atropellar a un hombre volver a la pista sin sufrir ningún percance. Ni volando – Recalqué.

Y luego les pedí a mis oyentes que me hagan llegar algún indicio que pueda contribuir a esclarecer el caso. En los días siguientes volví a hacer la misma invocación, hasta que el propietario de la radio, me llamó a su oficina.

– ¿No cree usted, que está exagerando con eso del accidente? Me han llamado para decirme que esto ya parece una campaña. Le pido que se olvide del asunto, no quiero tener problemas con nadie, menos con el General, quien fue el que llamó.

Sin hacer ningún comentario me retiré y me fui a trabajar al diario El Sol. Allí me la pasé un buen rato meditando en la advertencia del director de la radio – ¿Por qué el General tenía que meterse en el tema? –Me pregunté. En ese momento ingreso JJ Jiménez, el jefe de la página policial quien retornaba a su trabajo luego de unas cortas vacaciones en Puno, su ciudad natal. Tenía una actitud renovada seguramente por el descanso porque empezó a saludarnos a todos y sonriendo. Parecía otro hombre ya que, por lo general, era parco, poco comunicativo y hasta roñoso. No hizo caso ni a las bromas de “Quillicho” Guillén, un buen amigo y excelente compañero de trabajo.

– ¿Ya viste el cuadro de comisiones? – Me preguntó con cachita – Te irás a cubrir una ceremonia en el Poder Judicial.

– Ya te fregaron, porque el almuerzo que invitará el cura Uscamayta es a la misma hora. Y dicen que ha mandado traer un lechón de Huarocondo- Lo ayudó JJ al Quillicho.

–Es una lástima. ¿Sabes qué? estoy dispuesto a cederte mi parte como un regalo por tu retorno de vacaciones. Ah, pero no olvides matar el chancho con un buen anís de Curahuasi para que mañana no faltes al trabajo.

– Ja, ja, ja. Gracias, lo tendré presente. A propósito se me hace tarde, ¿No tendrás alguna nota chiquita para completar la página policial?

Eso sí que me cayó como música celestial a mis oídos, porque era justo el espacio que quería para hacer una invocación a los lectores y me hagan llegar alguna pista sobre el accidente.

Ya más tranquilo, después de redactar la nota, me fui a la ceremonia de la corte Superior de Justicia que presidía el Dr. Héctor Saldívar, un hombre muy respetable, a quien lo conocía desde que laboraba en la Corte de Abancay.

–Te escucho en la radio y también leo tus crónicas en el diario.

–Gracias doctor. Disculpe que haya venido unos minutos antes del inicio de la ceremonia. Necesito hablar con usted con relación al accidente ocurrido frente a la universidad. En unos días, el Juez dará su veredicto y lamentablemente parece que existen presiones para que el caso se resuelva en su contra.

–Conozco al juez que ve este caso. No creo que se deje presionar pero a veces los abogados son tan hábiles que pueden hacer ver las cosas diferentes. No te preocupes, me interesaré para que este caso se lleve de acuerdo a ley. Si es inocente, puedes estar seguro que la verdad saldrá a la luz. Pero esto tiene que probarse. Bueno, creo que ya es hora de ir al auditorio porque la ceremonia está por empezar.

Entretanto, un día antes del accidente…

El hijo del General y su amigo, aprovechaban sus vacaciones para visitar el Valle Sagrado de Los Incas acompañados de dos atractivas jovencitas que les habían presentado los oficiales de la comandancia. Mientras avanzaba el bus, contemplaban asombrados las gigantescas montañas de los andes, esculpidas por la lluvia y el viento a través de los siglos. En Yucay, los turistas aprovecharon la parada del bus para tomarse unas vistas a la sombra del pisonay que se erguía en el centro de la plaza con sus ramas extendidas, como queriendo acogerlos. El calor era sofocante, por lo que todos empezaron a despojarse de sus casacas y chompas. En ese momento se acercó una niña portando una canasta de choclos cocidos, causando la admiración de los turistas porque nunca habían visto una mazorca de maíz con granos tan grandes y tan bien distribuidos – como los dientes de un fósil de la era cuaternaria – Le decía un joven arqueólogo polaco a su esposa, en viaje de luna de miel.

Bastó que el guía se comprara uno de esos choclos de granos gigantes para que los demás viajeros, en su mayoría japoneses, se animaran a probarlos. No así el hijo del General, que prefirió no romper con su refinado estilo gastronómico. Sin embargo, al ver que todos tenían las mazorcas en sus bocas, como armónicas en un concierto, también pidió su porción para no quedarse sin participar de aquella deliciosa sinfonía gustativa. Y, ante la sorpresa de todos, casi se come hasta el marlo.

En Ollantaytambo, los turistas se quedaron boquiabiertos contemplando las monumentales construcciones de piedra y más aún cuando el guía les dijo que los incas, al parecer, conocían los secretos para disolver la piedra.

–Solo así se explica como pudieron levantar esos muros gigantescos, calzados a la perfección, que no permiten la entrada ni de la punta de una aguja – Afirmaba.

Después de darse aquel baño de cultura en las alturas de Ollantaytambo , los viajeros estaban prácticamente agotados, por eso el retorno al Cusco les parecía más largo. Obligados por el frío de la cordillera, empezaron a buscar sus abrigos y empezaron a cerrar las ventanas del bus para evitar el ingreso del viento helado proveniente de los nevados cercanos. El hijo del General, que se hallaba sentado al costado de Matilde, jaló una manta para cubrirse y buscó afanosamente los labios de la muchacha al mismo tiempo que hacía correr sus manos por las zonas más calientes de su cuerpo. Y a medida que el vehículo ascendía por encima de los cuatro mil metros sobre el nivel del mar, la temperatura descendía casi hasta alcanzar los cero grados. Sin embargo, debajo de la manta, la sangre que corría por las venas de la pareja parecía llegar al grado de ebullición.

Detrás de ellos, Natalia y Luís, el compañero del hijo del General, también se apachurraban para calentarse mutuamente. Hasta que ella sintió las manos de Luis en sus senos. En un principio se resistió no solo por pudor sino pensando en Virgilio, su enamorado. Pero ya era tarde para los arrepentimientos porque su acompañante, con sus besos cada vez más ardorosos, la tenía atrapada en sus redes. Por momentos sentía que le faltaba el aire, no precisamente por efecto de la altura sino porque debajo de la manta hacía un calor insoportable. En ese momento el chofer, luego de apagar el motor del bus, anunció que ya habían llegado al paradero final.

En la agencia los esperaban dos oficiales en un lujoso Pontiac negro.

Apenas bajaron, los cuatro muchachos se miraron como preguntándose ¿Y ahora qué? Y después de intercambiar algunas ideas acordaron salir esa misma noche a la discoteca El Muki. Ninguno se opuso porque la brasa de la pasión que habían comenzado a atizar en su recorrido por el valle sagrado de los Incas estaba al rojo vivo y ninguno de ellos quería que se apague así nomás.

–Papá, tenemos programado salir esta noche para ver la nueva iluminación de la plaza y de paso iremos a bailar al Muki. ¿Me prestas el carro? Le pidió el hijo del general a su sorprendido padre.

–Está bien hijo, pero vayan con el chofer. Recuerda que aún no tienes brevete.

–Papá, ya no soy un niño. Además, ¿Qué policía se atrevería a pedirle licencia de conducir al hijo del general? Ja ja ja

Aquella noche, el Muki estaba repleto de clientes, al extremo que no era necesario hacer funcionar el dispositivo del hielo seco porque el humo de los cigarrillos y otros pitillos fuertes era suficiente para darle a la dicoteca el ambiente de nocturnidad y erotismo que caracteriza a estos locales.

A las diez el Pontiac negro se estacionó frente al local en un lugar reservado de antemano por los miembros de seguridad del cuartel. Seguramente por esa razón el cuidador de carros ni siquiera se atrevió a asomar las narices por allí. En la puerta, no solo se hallaban el portero y los wachimanes, sino el mismo jefe de seguridad quien, previamente, había sido advertido para que les facilite la entrada a los misteriosos visitantes. Y así fue. Los cuatro jóvenes fueron recibidos con especial deferencia y se les hizo pasar de frente hasta la mesa que tenía un cartelito con la palabra “Mesa reservada”. Casi inmediatamente, una hermosa muchacha vestida con una falda muy breve y a la usanza de las antiguas ñustas, se les acercó para tomarles el pedido.

– ¿Desean servirse algo?

–Si, por favor, necesitamos algo especial para ponernos en fa ¿Chicas que desean?- Preguntó el hijo del General.

–Para mí, esa bebida color amarillo… que lo sirven en una copa de martini…no me acuerdo el nombre.

– ¿Aguaymanto sour? – Ayudó la moza.

–Si, si, quiero eso.

– ¿Y tú Naty?

–Una piña colada, por favor

¿Y, ustedes caballeros? Preguntó la camarera.

–Dos pisco sour dobles.

La fiesta recién empezaba. En el fondo, un gringo de casi dos metros de estatura, bailaba con una brichera bajita, que rato antes la había conocido en uno de los portales de la plaza. La chiquilla, vestida con provocativa minifalda, con las justas le llegaba a la altura del pecho del hombrón. Y, cada vez que la levantaba para besarla, ella seguía moviendo los pies en el aire al ritmo de la música. En la parte más oscura del salón, un marido infiel y su amante bailaban tan apretados que parecían siameses. Al otro lado, un grupo de jovencitos que recién estrenaban su libreta electoral, saltaban como indios navajos en pie de guerra, sudando copiosamente, seguramente con el propósito de exprimirse todo el alcohol que habían ingerido desde temprano y sus padres no se den cuenta de su beodez, a su retorno a casa.

Al notar que muchos parroquianos aún no salían a bailar, el DJ Julio Villamil, el más entendido de los pinchadiscos de aquella época, empezó a poner los temas de moda. La música era tan excitante que todos saltaron de sus asientos para no perderse una sola pieza. Eso mismo hicieron el hijo del General y sus acompañantes, quienes ya se habían bebido una buena cantidad de tragos de todos los colores y sabores. Lo propio hacían los miembros de su seguridad, quienes se hallaban vestidos de civil en una mesa cercana. El Muki ardía de entusiasmo y placer. De rato en rato, algunos parroquianos salían a la calle Plateros para recargar las pilas y aspirar… aire puro y, claro, también el humo de cigarrillos cargados que los vendían discretamente para no llamar la atención de los pocos policías que rondaban en la noche.

–Chicles, caramelos, cigarrillos…

– ¿Tienes de los firmes?

–Sí claro, pero antes tienes que pagar…solapa nomás.

En las zonas con poca iluminación, como la calle Loreto y algunos portales, la noche parecía embriagada de pasión. Allí, los jóvenes, extranjeros y nativos, daban rienda suelta a sus deseos reprimidos combinando sexo, licor y cigarrillos cargados. Entretanto, el hijo del general y su amigo bailaban como trompos. Y como la noche les pareció muy corta y ellos querían seguir disfrutando de todas las tentaciones del diablo, decidieron salirse sin que se dieran cuenta los custodios porque estaban hechos una uva…

–La cuenta por favor.

–No se preocupen, ya todo está cancelado. Tengo el encargo de decirles de parte del administrador que pueden regresar las veces que quieran. Ah, por favor no olviden de darle nuestros saludos al Gran Jefe.

El hijo del general, al ver que una de las puertas del Pontiac se hallaba con las lunas bajas y las llaves puestas en el contacto, ingresó como Pedro a su casa y luego de invitarlos a pasar a los demás encendió el motor y apretó el acelerador para salir disparado rumbo a San Jerónimo donde, en medio de un bosque de eucaliptos que Matilde lo conocía muy bien, estacionó el auto.

Entretanto, en el local, al darse cuenta que los chicos ya no estaban, los dos militares vestidos de civile, se levantaron de sus asientos y salieron disparados.

La camioneta de los miembros de seguridad, seguía estacionada a un costado del local. En la caseta los conductores de ambos vehículos se hallaban dormidos después de haberse bebido una botella de ron con coca cola.

– ¡Carajo, despierten! ¿Hacia donde se fueron?

– ¿Quiénes?

–El hijo del general y sus amigos, ¡cojudo! ¿No se dan cuenta que se han llevado hasta el auto? Ya les dije que nunca dejen las llaves en el contacto ¡Vamos a Sacsayhuamán!. Seguramente están allá.

–Claro jefe, tiene razón “Si tu amor es verdadero llévame al rodadero”.

–¿No me digas?. ¡Qué pendejo! Como se nota que el trago te hace funcionar mejor la materia gris.

Por supuesto que todos estaban equivocados de canto a rabo porque el Pontiac negro estaba en San Jerónimo y no en Sacsayhuamán.

Una hora antes, Virgilio, el enamorado de Natividad, quien ya se hallaba en cama viendo televisión como niño bueno, recibió una llamada de un amigo quien se encargó de contarle que la muchacha que le quitaba el sueño estaba en el Muki con un desconocido. En un principio dudó de la versión de su amigo, creyendo que era solo un pretexto para hacerlo salir de la cama y llevarlo a dar una serenata o simplemente para ir a tomar unos tragos, porque no era la primera vez que lo llamaban contándole historias solo para hacerlo salir. Sin embargo, antes que la duda lo mate, se puso una casaca y salió rumbo al local. Al llegar, lamentablemente no lo dejaron ingresar porque ya no cabía ni un alfiler y no le quedó otra cosa que esperar apoyado a una de las columnas del portal Belén.

Al poco rato…no podía creer lo que sus ojos veían. La chica que solo un día antes le había jurado su amor eterno, salía de la discoteca del brazo de un desconocido que luego se la llevó en un auto Pontiac color negro con rumbo desconocido.

Paralizado por la ira, no supo qué hacer. El corazón se le salía por la boca al comprobar que el amor de sus amores le estaba sacando los cuernos con un desconocido. Lo único que pudo hacer fue memorizar el número de la matrícula del carro.

Entretanto en Sacsayhuamán, los oficiales provistos de linternas buscaban el Pontiac entre las decenas de carros que a esa hora de la noche se hallaban estacionados.

– ¡Carajo, apaguen esas linternas…¡Mirones de mierda! – Alguien gritó desde el interior de uno de los autos, mientras otros decían…

–Maricones…váyanse a la…

Los despistados efectivos encargados del resguardo del hijo del General, que por cierto no eran nada efectivos, al darse cuenta que el auto negro no se hallaba en el lugar, tuvieron que darse por vencidos y la búsqueda por terminada. Lo único que habían conseguido, además de recibir insultos, fue perder el tiempo.

– ¿Y ahora qué le diremos al General?

– ¡Tengo una idea! vayamos a la puerta de la residencia y allí los esperamos a estos hijos de…

La temperatura en San Jerónimo era agradable. El hijo del General aprovechó la parada que hicieron en aquel romántico lugar para sacar una botella de whisky que la tenía escondida debajo del asiento y, en menos de lo que canta un gallo, los dos amigos se la acabaron.

–No se preocupen, tengo otra en la cajuela – Les dijo mientras se bajaba del auto.

– ¿No les parece que ya han bebido lo suficiente? ¿Qué tal si salimos a tomar un poco de aire fresco? – Sugirió Matilde, porque el humo de los cigarrillos hacía insoportable el aire en el interior del carro.

Ella y el hijo del General se fueron detrás de unas charamuscas. En cambio Natividad, estaba un tanto nerviosa y prefirió quedarse con Luis en el interior del vehículo. Pero tampoco le fue muy bien, porque apenas se quedaron solos, Luís se le fue encima y no pudo zafarse de sus besos y abrazos.

Solo la luna, que se hallaba en cuarto creciente, fue testigo de lo que pasó entre los dos. Ni ella misma podía explicarse que diablos le había ocurrido para entregarse a una persona que recién conocía, después de haberle negado tantas veces ese privilegio al hombre que verdaderamente amaba. En cambio a Luís, aquello le parecía algo normal. Estaba tan embriagado de licor y placer que ni siquiera se dio cuenta que Natividad lloraba.

Para Matilde, la cosa fue diferente porque, aquella cita, era una aventura más. Estaba feliz por haber añadido en la lista de sus amores al hijo del General, sobre todo porque le había permitido hacer todo lo que ella quiso, incluso sacarle la medalla de oro que pendía de su cuello y ahora lo tenía en el suyo.

Antes del amanecer, Natividad les pidió regresar para no tener más problemas en su casa, porque sus padres ya estaban hartos de sus salidas. Después de tanto insistir, accedieron. El hijo del General, sacó otra botella de licor de la cajuela y pisó el acelerador para emprender el retorno. Y al ver que las agujas del velocímetro superaban los cien kilómetros por hora, todos reían. Hasta que en la curva de San Sebastián el auto derrapó saliéndose de la pista, sin embargo, entre risas y gritos, el conductor logró retomar la recta de la avenida de la Cultura.

Orgulloso de su maniobra pidió más trago. Y como no le daban la botella, para evitar que se excediera, volteó con la intención de cogerla con sus propias manos y …

– ¡Cuidado!

En ese instante el auto se salió de la pista y se subió a la acera, levantando en vilo a un cargador de forraje que transitaba a esa hora. Las muchachas pegaron un grito, mientras Luís se ponía más pálido que un muerto. El auto haciendo zigzag entró nuevamente a la pista y se fue raudamente.

–¡Carajo! De esto, ni una sola palabra. Ustedes no han visto nada –Les advirtió el hijo del General.

–Pero…Y si ese hombre necesita auxilio, no sería mejor que…

– ¡No quiero consejos! Se callan la boca y punto.

Natividad no paró de llorar hasta llegar a la puerta de su casa. Y antes de salir del auto, nuevamente fue advertida para que no diga nada. Fue cuando Matilde salió en defensa de su amiga y les dijo a los exaltados muchachos que se callaran o les haría un escándalo. Se mostró tan fuerte que ninguno de ellos se atrevió a refutarla. Y unos minutos después, cuando el hijo del General la notó más tranquila le dijo…

–Si quieres, puedes quedarte con la medalla.

–No la deseo. Te la devuelvo, lo único que quiero ahora es irme a mi casa – Y se retiró.

Y cuando el Pontiac llegó a la residencia del General, el soldado que hacía guardia preguntó:

– ¿Quién vive?

–Soy yo, el hijo del General.

–Buenos días señor. Pase por favor.

El vigilante abrió la puerta y de inmediato se percató que el carro tenía los faros destrozados, así como abolladuras en la máscara y rajaduras en la luna delantera. Pero no hizo ningún comentario, solo se limitó a hacer anotaciones en un papel para luego redactar el texto que debía consignar en el cuaderno de ocurrencias.

Unos metros más allá, los oficiales encargados de la seguridad de los muchachos esperaban impacientes. Y apenas escucharon el ruido del motor del vehículo salieron a su encuentro. Pero al ver las averías casi se caen de espaldas y no les quedó otra cosa que hacérselo conocer al General, quien tampoco podía salir de su asombro, sobre todo al escuchar la versión de su hijo. Lleno de ira, responsabilizó a los oficiales y les conminó a buscar una solución para evitar que se filtre la noticia.

Lo primero que hicieron fue hablar con el vigilante de turno, para que cambie el texto del cuaderno de ocurrencias. Como el cuadernillo estaba numerado, tuvo que volver a escribir las ocurrencias de 15 días atrás en un nuevo cuaderno. Nadie podía ayudarlo porque tenía que hacerlo a puño y letra. Y recién cuando lo terminó, se limitó a decirles que el cuadernillo anterior lo había incinerado, cuando en realidad se lo guardó.

Ese mismo día, el General decidió que los muchachos retornaran de inmediato a Lima, asegurándose que su traslado al aeropuerto se haga en total reserva. Y como ya no había cupo en la única nave de Faucett que acababa de llegar, la cosa se complicó. Pero como los militares siempre tienen la sartén por el mango, en ese momento se vio que la policía antinarcóticos desembarcaba a una pareja de holandeses, bajo el pretexto de revisarles su equipaje. Y mientras lo hacían y los interrogaban con la ayuda de un intérprete, los dos cadetes se subieron al avión para ocupar los asientos de los desafortunados turistas. A los pocos segundos la nave despegó rumbo a Lima.

Los holandeses, al ver que el avión se iba, empezaron a zapatear de cólera, mientras la policía se daba todo el tiempo que quiso para seguir revisando el equipaje, como si se tratara de una desactivación de explosivos. Hasta que halló un envoltorio considerado como “ sospechoso”. Era una bolsa de plástico con calcetines y ropa interior, sucios.

–Excuseme, please. “Equivoqueicion”– Trataba de explicar cínicamente el jefe policial en un inglés motoso.

–No entender. Yo llamar cónsul – gritaba el sufrido turista en un español mal hablado.

Ya con la intervención del intérprete, el jefe de la policía trató de buscar una justificación por “el lamentable error”.

–Por favor, dígales que les pedimos mil disculpas. Que mañana se irán a primera hora, porque hoy no habrá más vuelos. Les pagaremos su hotel y un tours para que conozcan Tipón y Urcos.

Después de este incidente, había pasado mucho tiempo y también mucha agua bajo el puente.

Entretanto, el juicio a Hermenegildo estaba por llegar a su fin. Parecía que su suerte estaba echada porque su abogado no había logrado demostrar su inocencia. Tampoco yo había podido conseguir las pruebas para ayudarlo. Sin embargo, una vez más me fui a visitar al Dr. Saldívar, para que me ayude a hallar alguna salida. Me respondió que solo una prueba contundente y la declaración de un testigo lo podían salvar. Coincidentemente, cuando al día siguiente quise sacar mi programa de radio, el operador me dijo que no podía salir al aire porque así lo había ordenado el dueño y, que lo llamara por teléfono.

–Ingeniero, le pido la última oportunidad. Sé de los problemas que le estoy ocasionando pero le juro que estoy a punto de demostrar la inocencia de don Hermenegildo.

–Esto ya me tiene harto. Me ha llamado el General para decirme que si usted no se calla me atenga a las consecuencias.

–Está bien, le pido solo un programa más. Después de esto, puede decirle al General que me sacó de la radio.

–Bueno, no sé que voy a hacer con usted. De acuerdo, páseme con el operador.

Apenas entré a la cabina, les pedí a los oyentes que si tenían algún indicio que pudiera ayudar a Hermenegildo me lo hagan saber. Luego, me despedí diciéndoles que había decidido retirarme de la radio.

Y en momentos que estaba por salir de las oficinas, sonó el teléfono.

– ¿El locutor?

–Si contesta él.

–Soy un oyente que lo escucha todas las mañanas. Me dolió saber que se alejará de la radio. Quiero comunicarle que el vehículo que atropelló al cargador en la Av. de la Cultura está en el taller de la comandancia, lo están planchado. Le llamo porque ya me cansó esta vaina. No puedo darle mi nombre para evitar represalias.

Eso fue suficiente para mí. Inmediatamente me fui a buscar a mi amigo Arístides Col y le pedí me haga el favor de sacar una fotografía del auto.

– ¿Estás loco? Eso sería como firmar mi sentencia de muerte. No me lo perdonarían nunca. A mi también me indigna esto, pero no cuentes conmigo.

Sin embargo, a las pocas horas me llegó un sobre anónimo con las fotos del auto y de inmediato se las entregué al abogado, quien luego de hacer su alegato solicitó postergar la sentencia con el fin de conseguir más pruebas. A los pocos días, recibí otro sobre con el cuadernillo original de ocurrencias del cuartel que también se los entregué al abogado. Finalmente, ante la falta de pruebas al juez no le quedó otra cosa que disponer la inmediata libertad de Hermenegildo quien, apenas salió de prisión vendió parte de sus propiedades para comprarse un nuevo camión y guardó el resto para costear la carrera de su hijo.

El fotógrafo Arístides Col, años después, murió en un lamentable y confuso accidente cuando se acercaba a un helicóptero militar estacionado en el aeropuerto para tomar fotos. Las hélices posteriores de la nave lo decapitaron.

El vigilante que supuestamente me hizo llegar el cuadernillo de ocurrencias se fue a vivir a Arequipa con su familia. Mientras que Natividad y Virgilio se reconciliaron y se casaron. Actualmente viven en el extranjero.

Matilde, es la única que sigue en Cusco, disfrutando de la vida a su manera y de sus saludables años dorados, claro, sin dejar de añadir en su libreta de apuntes los nombres de sus nuevas conquistas.

Una respuesta to “El hijo del General”

  1. nilda Says:

    Me gusta “Si tu amor es verdadero llévame al rodadero”

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