El sueño

La noche estaba serena…serena estaba la noche, decía la canción que sonaba en la radio y mis pensamientos volaban como mariposas nocturnas en derredor de un poste de alumbrado público.

Y, mientras divagaba, con los codos apoyados sobre la mesa y mis manos aprisionancdo mis mejillas, mis ojos seguían clavados en las últimas páginas del abultado cuaderno de Química, muertos de cansancio, sin poder avanzar una línea más. Sin embargo tenía que hacer la tarea de todas maneras por dos razones, porque no la había hecho el fin de semana como todos los chancones de mi clase y porque tenía que sacar por lo menos un once y así evitar la odiosa nota roja en la libreta.

Cómo no estar fastidiado, si ya eran las dos de la maadrugada y apenas había hecho seis de los diez problemas que nos habían dado de tarea. Mis párpados me pesaban más que las viejas cortinas del teatro Municipal donde había estado horas antes viendo una obra que no la entendí ni jota porque era en italiano y, además, estaba más distraído con la chica que me había invitado solo porque sus padres le regalaron dos entradas para demostrarme que su culta familia amaba más la ópera que esa “tontería de nueva ola” que a mi me encantaba.

Fue cuando me pregunté porqué diablos los profesores tenían la costumbre de dejarnos tareas los fines de semana. ¿Acaso querían convertirnos en genios o lo hacían solo por fregar?

Para mí que era lo segundo, porque ellos sabían que los viernes nunca nos faltaba una fiesta de quince años, los sábados había que salir con la enamorada y los domingos estaban reservados para ir de paseo, en invierno a Chosica, Cieneguilla o Santa Rosa de Quives y en verano a la playa, siempre y cuando no estaba programado un clásico U-Alianza en el estadio Nacional. A propósito, no se por qué diablos los locutores deportivos lo bautizaron a este escenario como “el coloso de José Días”, nombre del personaje que nada tuvo que ver con el estadio ni con el fútbol, sino con la municipalidad de Lima, donde se desempeñaba como regidor y lo único que hizo fue gestionar la apertura de una calle.

Y mientras pensaba en todo eso, me quedé rendido en los brazos de Morfeo, soñando que estaba en una ciudad histórica, bella y armoniosa, donde sus habitantes vivían felices, sin importarles que pasen las horas ni estar pendientes a los mentirosos informes meteorológicos porque ellos se regían más por la posición de la luna y el sol y también por los movimientos sísmicos, los mismos que en lugar de asustarlos los ponía felices, porque era un anuncio del cambio de clima.

Y bien, en mis sueños era un locutor de la emisora más sintonizada de aquella misteriosa ciudad. Un día, después de terminar mi programa de la nueva ola que supuestamente tenía en la radio, me fui a mi pensionado, ubicado en una urbanización moderna, muy cerca de la ciudad universitaria, donde estudiaba.

En mis sueños, confundidos increíblemente con la realidad, luego de un suculento almuerzo preparado por las maravillosas manos de Lolita Noriega, así se llamaba la dueña de casa, que ahora descansa en paz, me dirigí al segundo piso de la vivienda y desde la ventana me puse a contemplar el bosque de edificios altos construidos de concreto armado, que formaban la moderna urbanización, en contraste con las edificaciones de piedra y adobe del centro de la ciudad.

Y, como para completar el contraste, a alguien se le ocurrió ponerle el nombre de Mariscal Gamarra, nuestro conocido héroe nacional, pudiendo llamarla por ejemplo Villa Jardín, Bella Vista, El Edén o el Huerto Florido porque, a diferencia de otras urbanizaciones, esta era la más bonita, por sus hermosas áreas verdes. Parecía un jardín, donde todos se conocían y hasta parecían ser miembros de una sola familia.

Desde la ventana del segundo piso, donde me encontraba, veía a los vecinos que caminaban apurados por los pasajes. Una pareja de ancianos leía el diario tomando sol en los bancos de cemento. En una de las losas deportivas un grupo de niños jugaba al fulbito, seguramente desde la hora en que salieron del colegio porque los arcos estaban hechos con sus mochilas y rumas de cuadernos.

De pronto, giré la mirada hacia el patio de una casa vecina y observé a una muchacha concentrada en la lectura de un libro, cuyas hojas se batían con la brisa de la tarde, al igual que sus cabellos largos y negros. Me quedé contemplándola por un rato sin que ella se diera cuenta. Hasta que me acordé que tenía una reunión y me fui volando.

Al día siguiente volví a la ventana, esta vez no solo para contemplar el paisaje sino con la intención de volver a verla. Y, ¡oh sorpresa! allí estaba ella, esta vez escuchando música en un pequeño radio portátil que tenía a su lado. No saben todo lo que tuve que hacer para llamar su atención, desde silbar una conocida canción, suspirar profundamente, hasta abrir y cerrar la ventana con fuerza. Lo único que me faltó fue zapatear como lo hacen los pieles rojas para rogar que llueva pero ella, no se dió por enterada y se retiró al interior de su casa.

Al cabo de una semana, de manera deliberada una vez más volví a la ventana. Y apenas me di cuenta de su presencia, decidí dar el gran salto…

–Hola…Me alegra que estés escuchando la música que a mi también me gusta.

– Ah, hola. Si, es un espacio de nueva ola que se transmite todas las tardes en radio La Hora. Pero, particularmente a mi me gusta más un programa que se transmite a las 7 de la noche, conducido por un locutor que recién ha llegado, me parece que es de Lima o del extranjero.

– ¿No me digas? Esta noche trataré de escucharlo. Y, ¿Qué canción te gusta más?

– Y la amo, de los Beatles.

– ¡No puede ser! A mi también me gusta ese tema. Voy a llamar a la radio para pedirles que la pasen esta noche.

Para mí eso fue suficiente. Estaba feliz porque no solamente había iniciado una relación, no se si de amistad o solo una relación de vecinos, sino hasta había logrado sacarle el título de la canción que más le gustaba. Esa noche, como no podía ser de otra manera, anuncié en mi programa el disco de The Beatles, diciendo que se lo dedicaba a una chica y a un muchacho, que lo habían solicitado.

Después de unos días, de manera casual me encontré con ella cuando salía de su casa.

–Hola ¿Vas a algún sitio?

–Sí, me voy de compras a una tienda de discos.

–No me digas, yo también voy al centro. ¿Te puedo acompañar?

–Pensé que recién llegabas.

–No hay problema, yo también quiero comprar unos discos.

–Bueno, está bien.

Nunca me pareció el viaje tan corto porque el bus, color morado con plomo, de los Pilco (Apellido original de la familia propietaria de la empresa que después le aumentaron una “h” para parecerse a la marca de un radio) que, por lo general, se demoraba una eternidad para llegar al centro, esta vez me pareció el más veloz y el más puntual porque en un santiamén ya estábamos en la avenida Sol, sin darme tiempo para decirle a la muchacha por lo menos que me gustaba. Después de bajar del vehículo nos fuimos caminando hasta la plaza. Y cuando estaba a punto de declararle mi amor los nervios me traicionaron al sentir que la gente tenía puesta sus ojos en nosotros.

– ¿Qué te parece si vamos al Paititi? – Le pregunté.

–Está bien, es un bonito lugar.

El Paititi no solamente era en esa época uno de los más bellos restaurantes, sino uno de los más románticos porque tenía paredes y cimientos incas que le daban un ambiente mágico que armonizaba con su decorado sobrio y elegante. Y lo que más me gustaba era que desde allí se podía ver la plaza de Armas en todo su esplendor.

–De tantas cosas hemos hablado que hasta se me olvidó preguntar por tu nombre.

–Mi nombre es María Luisa. ¿Y, el tuyo?

– Matías.

– ¿Matías? No puede ser, tienes el mismo nombre del locutor de la radio que siempre escucho.

– Debe ser una coincidencia.

Arrepentido de mi mentira, estuve a punto de revelarle mi verdadera identidad pero preferí seguir con el juego pensando en la lista de chicas que se dejaban influir más por mi trabajo en radio que por mis sentimientos.

–Disculpen, ¿Qué desean servirse?– Interrumpió el mozo, como si ambos lo hubiéramos llamado telepáticamente para romper el hielo.

–Lo que decida la señorita.

–Un milk shake, por favor.

–Está bien, que sean dos.

Después de hablar de todo, especialmente de la nueva ola, de sus estudios, sus viajes y sus proyectos, miró su reloj y exclamó:

– ¡Oh Díos! Se hace tarde, hace dos horas que salí de mi casa con el pretexto de comprar discos y sigo aquí…

–Está bien, salgamos… Mozo, la cuenta por favor.

Pero cuando llegamos a la tienda, las puertas ya estaban cerradas.

– ¿Y ahora que hago?

–No te preocupes, yo me encargo de hacerte llegar los discos que buscas.

Al día siguiente, Con una puntualidad inglesa me presenté en la casa de María Luisa llevándole los discos. Toqué la puerta y salió una niña.

–Hola, ¿Está María Luisa?

–No, salió con mi mamá.

–Quiero pedirte un favor. Entrégale estos discos. Son para ella.

– ¿Eres de la tienda de discos?

–Sí…Bueno… ¡No!… Solo dile de parte de Matías. Ella ya sabe.

– ¿Matías? Ese nombre me suena. Claro ¿Eres el mismo chico de la radio?

–No, es solo una coincidencia. Es un homónimo.

–Que pena, pensé que…

–Chao, me voy – Y salí volando.

A pesar que nos volvimos a ver más de una vez, aún no quería revelarle mi verdadera identidad, sin darme cuenta que ya eran muchas las coincidencias que ella había advertido, entre ellas mis visitas a su casa, que jamás coincidían con el horario de mi programa de radio, los discos que le gustaban se difundían a menudo en mi espacio y, sobre todo, mi voz, que cada vez más le encontraba un parecido a la del locutor de radio.

Hasta que una tarde, después de estar en su casa, me despedí diciéndole al oído:

–Te amo.

Y cuando acercaba mis labios a los de ella, sentí pasos. Era su padre que venía para asegurar la puerta, creyendo que yo ya me había ido.

–Ah, son ustedes.

–Si señor, ya me iba. Gracias por el café. Que tengan una buena noche.

María Luisa presentía que se estaba enamorando de un muchacho que le ocultando muchas cosas, entre ellas su verdadera identidad y lo peor es que creía que yo me estaba burlando de ella. Es cuando decidió llamar a sus amigas para pedirles que le pongan al tanto de las características físicas del locutor. Todas coincidían con las mías. Y cuando el fin de semana la llamé por teléfono para invitarla a salir, no sabía si aceptar mi invitación o mandarme a rodar. Yo insistí…

– En el restaurante Roma sirven los mejores helados – Le dije con el propósito de persuadirla. Y ella, antes de mandarme a rodar prefirió seguir el juego para saber hasta donde yo era capaz de llegar.

–Está bien, estaré ahí. Nos vemos. Chao.

Varios minutos antes de la hora convenida yo ya me encontraba dando vueltas en los portales donde estaba ubicado el restaurante Roma. Desde allí observaba que las manecillas del reloj de la catedral avanzaban lentamente, me parecía que con más lentitud que otras veces, y María Luisa no llegaba. Después de casi media hora de espera, tenía un buen motivo para pensar que me estaban haciendo el primer desplante de mi vida. Más por vergüenza que por decepción me metí al restaurante y pedí un café cortado.

–Seguramente tiene otra cita – Pensé.

De pronto, María Luisa se apareció luciendo un traje juvenil muy lindo. Al menos así me pareció a mí porque cuando uno está enamorado todo le parece lindo.

–Disculpa por la demora – Me dijo al momento de saludarme con un beso en la mejilla – No había movilidad, como si todos los taxistas se hubieran puesto de acuerdo para desaparecer de las calles.

–Tienes razón, olvidé decirte que hoy tienen una asamblea para ver si se van a la huelga por el alza de la gasolina.

– ¿Y cómo lo sabes?

–Bueno…lo escuché en la radio. Total, ya pasó. No te preocupes por la demora. ¿Qué deseas servirte?

–Lo mismo que tú.

–No, por favor, que el mozo se lleve todo esto. Pedí un café solo para matar tiempo. Te invité a tomar helados y quiero cumplir mi promesa.

–Está bien.

–Mozo, por favor dos banana split.

Este era uno de los postres más solicitados por los chicos y chicas, que iban al Roma después de la matinée de los domingos, llueva o no llueva. Otro de los postres más pedidos era el encanelado, un bizcocho hecho con huevos, maicena, azúcar, harina y abundante canela. Y para acompañar el chocolate caliente la mayoría pedía guargüeros.

Al costado del Roma, estaba el restaurante Cusco, otro de los locales más conocidos de la ciudad, pero a diferencia del Roma, este se caracterizaba por sus sándwiches y platos de la exquisita culinaria peruana, entre ellos el lomo saltado.

Antes de terminar de saborear los helados, la miré y en medio del silencio que yo mismo lo provoqué, le dije…

–María Luisa, quiero decirte que estoy enamorado de ti.

Sin ocultar su sorpresa María Luisa se quedó más fría que el helado que se derretía en su plato. Y mirándome a los ojos, como queriendo saber si lo que había escuchado era verdad o una burla, me respondió…

–No se qué decirte, porque amo a otro hombre.

Al escucharla, casi me atraganto con el último bocado del helado banana split que lo tenía en la boca. Y en un santiamén sentí derrumbarse el castillo había construido en mi corazón.

–Mozo, la cuenta por favor. Pedí.

Salimos del local sin decirnos una sola palabra y luego tomamos un taxi con rumbo a su casa. Yo seguía desconcertado. Por ratos quería mandarlo todo al diablo y salir corriendo del carro para desahogarme de mi primer fracaso de amor, no se si tirándome de los cabellos, dando de golpes a una pared o pidiendo el trago más fuerte en el primer bar de la esquina.

Y cuando llegamos a su casa, en lugar de pedirle al taxista que me espere, le pagué y le dije que se fuera, porque me resistía a creer lo que me había dicho María Luisa.

Y antes de despedirme de ella, se me ocurrió preguntarle…

– ¿Lo amas de verdad?

–Sí, desde el primer día que lo escuché. Me gusta su voz, su forma de ser, todo…

–Y, ¿Quién es él?

–Se llama Matías, igual que tú. Es un locutor de radio.

Por la emoción, no sabía si ponerme a reír o a llorar. Me acerqué en silencio, la abracé tiernamente y cuando estuve a punto de unir mis labios a los de ella, escuché unos gritos…

– ¡Matías despierta!

–Abuela ¿Qué pasa? ¿Dónde está María Luisa?

–¡Que María Luisa, ni hierba luisa!. Seguramente que estabas soñando, te quedaste dormido sobre tus cuadernos.

Y mientras me frotaba los ojos le pregunté.

–Abuela, ¿Los sueños se cumplen?

–Recuerda hijito, ya lo dijo Calderón de la Barca, los sueños solo sueños son. Pero, a veces hasta los poetas se equivocan.

Y en buena hora que Calderón de la Barca se haya equivocado, porque María Luisa se convirtió en el amor de mi vida y luego en mi esposa.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: