El teléfono de lata

–Buenos días, le contesta el Presidente de los Estados Unidos. ¿En qué lo puedo servir? Cambio.

–Lo llamo de emergencia señor presidente porque miles de platillos voladores nos están invadiendo. ¡Auxilio! Los extraterrestres están secuestrando a los niños. ¿Podría enviarnos a Superman por favor? Cambio.

–No será posible porque en estos momentos está muy ocupado salvando a Luisa Lane. Y mientras esta señorita no deje de meterse en líos, Superman jamás tendrá tiempo. En su reemplazo enviaré a Los Halcones Negros ¿Qué le parece? Cambio.

– OK señor presidente, pero que se apuren por favor porque los marcianos están por todas partes… ¡socorro!

De pronto la conversación se cortó. El teléfono dejó de funcionar abruptamente y el juego se acabó.

Yo no me explicaba qué diablos le había pasado al presidente, mejor dicho a mi amigo Cristóbal, que funjía de presidente, quien se hallaba al otro lado de la línea. Hasta que de pronto se apareció a mi lado…

– ¿Qué pasó Cristóbal ?– Cuántas veces tengo que decirte que al final de la conversación siempre digas ¡Cambio y fuera!

–Está bien…está bien…lo que pasa es que me resbalé y se me enredó el hilo. Ahora mejor regresemos a nuestras casas porque se hace tarde.

Este sencillo y rudimentario aparato hecho con dos latas de leche y un hilo de nylon se había puesto de moda entre los chicos de la pequeña ciudad en la que vivíamos y donde, irónicamente, no se contaba con servicio telefónico. Claro que este no era el único juego que nos tenía entretenidos, también nos divertíamos empujando aros, haciendo girar nuestros trompos y farfanchos, otras veces tratando de enviar lo más lejos posible el palito chino, afinando la puntería para embocar el tejo o haciendo correr nuestras carretas de madera por los toboganes de las calles.

En la casa de campo de mis abuelos, donde viví gran parte de mi infancia y adolescencia, yo y mis amigos nos divertíamos subiendo a los árboles para deslizarnos por las ramas, imitando a Tarzán.

Lo que más me gustaba de Abancay, la tierra donde nací, era su clima porque desde muy temprano el sol se encrespaba por encima de los cerros que bordeaban la ciudad, iluminando el valle como un gigantesco reflector dirigido sobre un hermoso lienzo natural pintado por las manos de Minerva, la diosa más bella de la mitología romana, bautizada como “de las mil obras”.

Con un amanecer así ¡cómo no despertar lleno de optimismo!

Sin embargo, no todos tenían la suerte de abrir los ojos llenos de felicidad y el corazón contento porque, sobre todo en la periferia, se ocultaba una gran mancha de pobreza, como si en esta parte del lienzo se hubiera derramado el pote de pintura negra.

Y, lo que más me partía el alma, era saber que muchos de los niños que bajaban por Maucacalle, con sus cuadernos bajo el brazo, lo hacían sin haber tomado desayuno y, otros, solo habían bebido un mate de yerbas con un puñado de cancha. Igualmente, sus padres que se iban a trabajar al campo, con la lampa sobre el hombro, caminaban meditabundos sin haber probado bocado alguno y chacchaban coca para mitigar su hambre.

En esa época, muy pocas eran las familias que tenían un radio, porque los últimos inventos, al igual que las obras del gobierno, llegaban con retraso. Muchos tampoco tenían servicio eléctrico en sus casas, ni siquiera agua potable. Por eso, mientras caminaban iban escuchando con mucha atención el sonido que provenía de las casas vecinas porque, como si todos se hubieran puesto de acuerdo, a esa hora de la mañana sintonizaban la misma estación que transmitía noticias.

– ¡Mierda!– Gritaban al escuchar que el locutor Juan Ramírez Lazo anunciaba una nueva alza en los precios de los alimentos porque, para ellos, el encarecimiento de los alimentos era letal. Y cada vez que eso ocurría se sentían muy mal.

Para colmo, aquel día no era solo de malas noticias. Coincidentemente, luego de una mañana brillante, el cielo empezó a pintarse de gris y el clima comenzó a cambiar con la aparición de algunas nubes solitarias que formaban anillos blancos alrededor de las cimas de las montañas, semejante a los aros que tienen los cóndores alrededor de sus cuellos. Y, cada vez que chocaban entre sí, vomitaban lenguas de fuego incendiando las chamisas y el kikuyo seco, para seguir ascendiendo lentamente hasta llegar a las zonas heladas del cielo donde, finalmente, se derretían para precipitarse convertidas en lluvia, alterando el clima y el humor de los habitantes.

En cambio los agricultores y campesinos sí se sentían bien y en lugar de ponerse de mal humor saltaban de felicidad porque para ellos la lluvia era como una bendición del cielo, porque mejoraba las sementeras y prolongaba la vida de los amancaes, pisonayes, molles, intimpas y retamas, símbolos vivientes de la exuberante flora abanquina.

Los más entusiastas eran los niños quienes, apenas veían que las nubes, empezaban a juntarse y formaban una ronda para ponerse a cantar…

Que llueva, que llueva,
la vieja está en la cueva…

¡Y llovía! Al verlos yo también salía para hacer lo mismo porque no había nada más agradable que cantar y danzar bajo la lluvia, a pesar de los temores de mi madre que coja un resfrío.

Otra de las cosas que me encantaba hacer era salir al balcón de mi casa para contemplar cómo caían las gotas de lluvia sobre los pisonayes, cuyas flores tenían las mismas figuras y los mismos colores de los loros, que llegaban en bandadas para guarecerse bajo sus copas. Eran tantas las aves que llegaban a la vez que hasta hacían balancear las ramas de los árboles.

Mi padre acostumbraba retornar del trabajo a la hora del almuerzo. Yo llegaba de la escuela unos minutos antes y lo esperaba en el balcón. Desde allí, también podía observar el Quisapata, ese vigilante natural de la ciudad, tan mío y tan cercano que, a veces, creía que podía alcanzarlo con solo estirar mis manos. Y en mis juegos infantiles lo convertía en el dios que cuidaba mis pasos. Por eso me encataba gritarle ¡Apu Quisapata! imitando a los niños cusqueños que gritaban Apu Salkantay, Apu Huanacauri, Apu Pitusiray…

Y mientras contemplaba la lluvia, mi padre no tardó en llegar en la camioneta Chevrolet color verde que la oficina del Ministerio de Agricultura le había asignado para inspeccionar las campañas de fumigación que se hacían periódicamente en los campos de Patibamba, Illanya, Tamburco y, sobre todo en Curahuasi, con el fin de evitar la invasión de plagas, especialmente de langostas.

Apenas vi que el vehículo se estacionaba en el frontis de la casa, empecé a batir mis manos en el aire y luego corrí al interior de la casa para avisarle a mi madre. Pero ella, en lugar de alegrarse, se puso muy nerviosa porque el almuerzo aún no estaba listo. No lo había terminado de preparar por leer una novela de Corín Tellado publicada en el último número de la revista Familia que se la había comprado el día anterior en la Librería Ismodes. Pero, apenas me escuchó, arrojó la publicación sobre la mesa para ponerse en acción.

En el almuerzo no se habló de otra cosa que no sea de las últimas noticias publicadas en La Patria, el único diario que circulaba regularmente en Abancay. Todo iba bien hasta que mi padre, esbozando una sonrisa, me preguntó:

– Esta vez ¿cuántos marcianos capturaron con tu amigo?

Al darme cuenta que lo hacía en son de burla, quise reprocharle pero, preferí seguirle la corriente…

–Papá, ¿hay vida en otros planetas? ¿Verdad que los soldados norteamericanos han capturado a varios marcianos?

Seguramente que hoy esas preguntas hubieran parecido tontas, pero en ese tiempo todo el mundo hablaba de extraterrestres y platillos voladores. Algunos los achacaban a las operaciones encubiertas de las grandes potencias. Decían también que los rusos estaban desarrollando naves invisibles y misiles intercontinentales capaces de destruir en pocos minutos la ciudad de Nueva York y a su vez ellos decían de los norteamericanos tenían aviones invisibles capaces de llegar en solo unas horas a las costas de la URSS y Japón, sus más odiados enemigos.

–El otro día, cuando estuve en la tienda del turco Neme, me enteré por la radio que una persona que iba manejando su coche por una autopista de Buenos Aires, había sido secuestrada, vehículo y todo. Sospechan que fue un platillo volador ya que, después de unos minutos, el automóvil y su ocupante habían sido dejados en otra autopista, al sur de la república Argentina, a miles de kilómetros de la capital – Contaba mi madre.

– ¿Y, tú crees en esas cosas? Le refutó mi padre.

–Por qué no, si lo dice la radio…

Estas especulaciones eran cosa de todos los días. Se decía por ejemplo que un avión comercial de los EEUU, que volaba entre Dallas y Nueva York, había sufrido el incendio en uno de sus motores y cuando se iba en picada, aparecieron dos platillos voladores que se alinearon al costado del aparato, tan cerca, que los pilotos temían un inminente choque. De pronto, de una de esas naves vieron salir un rayo de luz con dirección al motor averiado. Todos pensaron que los estaban atacando, pero sucedió lo increíble, el rayo, en lugar de dañar a la nave apagó las llamas y el motor nuevamente comenzó a funcionar. De esa manera el avión retomó altura y logró aterrizar sin mayores problemas.

–A propósito ¿Has visto la noticia que aparece hoy en el diario El Sol del Cusco?– Preguntó mi padre.

–No.

–Dice que unos campesinos de Urpo han visto naves extraterrestres ingresando a un socavón en la cima de una montaña.

Ni corto ni perezoso corrí a buscar el periódico. Y mientras regresaba empecé a leer la noticia en voz alta, donde se señalaba que efectivamente un grupo de geólogos, docentes y estudiantes de la universidad San Antonio Abad, así como miembros de la policía y del IPRI (Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias), había viajado a Urpo a pedido de los moradores quienes aseguraban haber visto platillos voladores ingresando a una mina abandonada, al parecer de uranio.

Historias como estas eran como para poner los pelos de punta, sobre todo cuando eran contadas en una noche lóbrega como consecuencia de un apagón, tan frecuente en esos tiempos en Abancay. Pero lo que más me asustaba era el rumor que corría en la ciudad señalando que los extraterrestres venían a llevarse a los niños para hacer sus experimentos como en las películas de Franckstein, especulación que no estaba tan tirada de los cabellos porque se basaban en denuncias hechas por algunos moradores que decían que los menores eran liberados después de varias horas de cautiverio, pero ciegos.

–Ayer escuché por la radio que pronto se podrá hacer transplantes de órganos.

– ¿Estás loca? Hortensia eso está prohibido por la iglesia. El Santo Padre jamás lo permitiría.

Comentaban dos damas piadosas en las puertas de la iglesia, en la época en que todavía se curaba la coriza y el catarro con Mentholatum.

Un día, radio Continental de Arequipa dio cuenta de una noticia que para muchos pasó desapercibida…

–Desde la Ciudad Blanca, transmite OAXBD onda corta en 31 metros y OAXBD, onda corta de 49 metros Radio Continental de Arequipa. Una noticia proveniente de Abancay, capital del Departamento de Apurímac, da cuenta de los momentos de zozobra que vive la población por algunos hechos extraños que vienen ocurriendo últimamente. Por causas que nadie puede explicar, los niños están perdiendo la visión. Las autoridades médicas lo atribuyen al último eclipse de sol, ya que es posible que muchos no hayan usado protectores, tal como se recomienda en estos casos. Sin embargo esta no es una explicación convincente. En los próximos días los mantendremos informados.

Este noticiero yo lo escuchaba con mucha frecuencia porque desde niño me gustaba la locución y como radio Continental tenía fama de ser una verdadera escuela de locutores, no me perdía ninguna de sus transmisiones sobre todo sus informativos donde estaban sus mejores voces.

Un día, sin darle importancia a las noticias, yo y mi amigo Cristóbal salimos para jugar con nuestro teléfono de lata, a pesar de la persistente garúa que caía en la ciudad porque ya lo habíamos planeado con un día de anticipación. No nos faltaba nada, teníamos las latas, el hilo y hasta las deliciosas empanadas de queso que compramos en la panadería de mi tía Dolores Alarcón para mitigar el hambre de las cuatro de la tarde. Y así, con nuestros pertrechos a cuestas nos dirigimos hacia la calzada, una zona poco transitada ubicada en la parte posterior del viejo hospital, donde también estaba la morgue. Me llamó la atención que algunos transeúntes que pasaban por allí se santiguaban, no se si por temor a los muertos o porque querían enviar un mensaje al más allá.

Y para ponerle más emoción al juego, acordamos que uno de nosotros se oculte detrás de las paredes de la morgue. La regimos al yan kem po. Y en vista que perdió Cristóbal no le quedó otra cosa que irse al otro lado del muro.

–-Cristóbal ¿me escuchas? Contesta. No te oigo.

Pasaban los minutos y Cristóbal no me respondía. Eso me molestó. Dejé mi lata en el piso y seguí la dirección del hilo para averiguar que diablos le estaba ocurriendo. Pero al llegar hasta la pared por donde supuestamente había trepado, me di con la sorpresa que el hilo estaba cortado.

Sin perder un solo segundo más, me subí a la pared para tratar de verlo. Por momentos pensé que se había quedado dormido, pero grande fue mi sorpresa: Cristóbal no estaba, había desaparecido como por encanto del espíritu santo. Sin embargo, no me di por vencido y seguí buscándolo por los alrededores hasta que hallé su lata tirada en el piso. Esto me hizo sospechar que algo raro le había pasado y empecé a sentir una mezcla de miedo y preocupación.

Según me enteré después, un oculista que recientemente había sido trasladado de Lima como castigo por una cirugía de ojos mal hecha, estaba a cargo del cuidado de la morgue y tenía secuestrado a mi amigo con el propósito de extraerle las corneas de sus ojos y colocárselas a otro paciente.

Por efecto del éter, Cristóbal se hallaba dormido encima de la mesa donde los galenos realizaban las autopsias.Y, precisamente en ese momento, el médico y su enfermera empezaron a conversar…

–Doctor, es apenas un niño ¿No cree que debemos esperar que alguna otra persona muera por accidente para utilizar sus corneas? Sugirió la enfermera.

–De ninguna manera, si no aprovechamos esta oportunidad mi paciente que padece de queratocono puede quedar ciega.

– ¿Y qué es eso?

Es una malformación de la córnea que en lugar de ser redonda adquiere una forma cónica, ocasionando una distorsión en la visión, y hasta puede provocar la ceguera. Esta enfermedad degenerativa se puede curar en la actualidad solo con un trasplante. Además, su marido ya pagó por adelantado.

– ¿Por qué no le extraemos sólo una de sus córneas para que el niño pueda ver por lo menos con un ojo?

–No, sería muy difícil contar con otro donante. No debemos perder esta oportunidad. Y usted sólo tiene que guardar el secreto si desea el puesto que me ha solicitado para su hermano.

–Si claro. La gente le seguirá echando la culpa a los extraterrestres.

–Mañana, a primera hora, apenas llegue la paciente, realizaremos el trasplante. El niño debe quedarse encerrado. Como es la morgue, si alguien escucha ruidos pensará, como otras veces, que las almas están penando. Ja ja ja

Se hacía tarde y yo seguía buscando a mi amigo.

La morgue, construida a propósito con paredes gruesas, de cemento y hierro, para evitar la rápida descomposición de los cadáveres, también anulaba los ruidos, por eso no escuchaba nada. Las sombras de la noche empezaron a cubrir la ciudad con su horrible manto gris y, yo, estaba muy agotado de tanto caminar de un lado a otro. Y cuando estuve a punto de retirarme, pensando que Cristóbal se había ido a su casa, escuché un ruido muy fuerte causado por la rotura de los vidrios del tragaluz que se hacían añicos a causa del impacto de un bisturí que rodó por los techos hasta caer a mis pies.

Por el susto pegué un gritó que por supuesto nadie escuchó. Y en medio de aquel sepulcral silencio se me vinieron las ideas más escalofriantes, entre ellas que un muerto se había sacado el bisturí del cuerpo y lo había arrojado por el tragaluz.

Y cuando estuve decidido a huir, volvió a caer otro artefacto, esta vez se trataba de una pinza a la cual le habían atado un hilo de nylon que los médicos utilizaban para coser los cuerpos de los cadáveres después de diseccionarlos. Un sudor frío humedeció mi frente. Sin embargo me hice de valor para tirar del hilo y sentí que alguien me respondía haciendo lo mismo en el otro extremo. Intuí que el único que podría utilizar este método para comunicarse conmigo era Cristóbal y procedí a conectar la punta del hilo con la lata de leche que él la había abandonado.

Al principio escuché solo ruidos, hasta que…

–Aló. ¿Hay alguien allí?

Seguían los ruidos. Por los nervios estuve a punto de dejarlo todo y salir corriendo, sin embargo me sobrepuse para intentarlo una vez más.

– ¿Alguien me escucha? Responda por favor.

–Aló

– ¡Cristóbal! ¿Dónde diablos estás? Pensé que te habías ido a tu casa.

–Estoy encerrado en la morgue. ¡Pero no muerto ah! Acabo de despertar. Parece que quieren operarme, lo escuché decir a alguien, entre sueños ¡Ayúdame por favor!

Por suerte, la dosis del somnífero que le habían aplicado a mi amigo no había sido la suficiente para su robusta anatomía, por eso volvió en sí antes de lo previsto. Según me lo hizo saber después, cuando se dio cuenta que la habitación donde se hallaba tenía la apariencia de una sala de operaciones se asustó mucho y pidió auxilio pero nadie lo escuchó. Al reponerse, lo único que atinó fue tratar de comunicarse a través del teléfono de lata.

–Inmediatamente iré a buscar a tus papás. No tardo – Y salí más rápido que correcaminos… bip bip.

A los pocos minutos la policía montó un operativo para rescatarlo. Uno de los agentes, el de menor talla y contextura gruesa, se hizo pasar por Cristóbal. Y, cuando a las 8 de la mañana el médico y la enfermera ingresaron a la morgue con la paciente que iba a recibir el trasplante, lo primero que hizo la auxiliar fue chequear el estado en que se encontraba el niño…

– ¡Doctor, un hombre! – Y se desmayó.

Médico y paciente se quedaron más fríos que los cadáveres que estaban en la habitación contigua para ser sometidos a la autopsia de ley. Aprovechando la confusión, el agente se levantó lentamente y sin dejar de apuntarlos con su arma se dirigió a la puerta para permitir el ingreso de sus compañeros de la policía de investigaciones (PIP) que esperaban en la antesala, al mando del Teniente Solís, quien ordenó apresar a los facinerosos.

Y, claro, la información no tardó en ser transmitida por Radio Continental.

– ¡Ultimo minuto! Desde Abancay se informa que un médico y su enfermera que secuestraban a menores de edad para extraerles sus córneas y trasplantarlas a pacientes que sufrían del mal de queratocono fueron capturados. Confesaron que los primeros trasplantes los habían hecho utilizando córneas de fallecidos en accidentes y que por esa razón sus intervenciones las hacían en la morgue. Pero como últimamente no se producían muchos accidentes, optaron por secuestrar a niños. A ambos les espera una larga condena. De esta manera el misterio vinculado a una invasión extraterrestre ha sido aclarado. Y ahora, los invitamos a escuchar el programa deportivo que dirige nuestro colega Oscar Soto Solís…Sigan en la sintonía de Radio Continental.

NOTA DE REDACCION: Esta historia no hace más que confirmar la importancia que tienen los medios de comunicación por más rudimentarios que estos sean. En muchos casos pueden salvar vidas. Y esa es precisamente la virtud del teléfono, ponerse al servicio de la humanidad. Su invención se le atribuye a Alexander Graham Bell quien, conmovido por la sordera de su madre y su hermana, no descansó un solo día experimentando en el sorprendente mundo del audio. Se dice que tanto le impresionó el tráfico de mensajes a través del invento de Samuel Morse, de gran utilidad sobre todo en el comercio, que en 1874 decide realizar sus primeros experimentos para enviar voces a través de un alambre.

Graham Bell no fue el único científico que experimentaba en este campo. Alrededor del año 1857 Antonio Meucci construyó un aparato para conectar su oficina con su dormitorio ubicado en el segundo piso debido al reumatismo que padecía su esposa. Sin embargo no pudo patentarlo por falta de dinero y decidió presentarlo a una empresa privada que no le prestó atención, tampoco le devolvió los materiales. Al parecer, estos documentos y materiales cayeron en manos de Alexander Graham Bell para continuar con sus experimentos.

El invento de Bell se debe en parte a un hecho fortuito ocurrido en su laboratorio de Boston. Cuando su ayudante Tomás A. Watson, encargado de hacer vibrar uno de los resortes en la estación emisora, vio que los cuerpos que se ponían en contacto accidentalmente llegaron a soldarse, por el calor de la chispa. Y mientras trataba de romper esta unión tirando del resorte varias veces se lesionó y pegó un grito.

El profesor Bell que se hallaba en otra habitación experimentando en el otro extremo del cable, salió de un solo salto y le preguntó a su ayudante ¿qué diablos estaba usted haciendo? porque había oído su quejido, proveniente del resorte emisor.

Así se dio cuenta que la vibración de una lámina colocada cerca de un electroimán conectado en un circuito cerrado, podía hacer variar la corriente. Luego, reemplazó el resorte por un diafragma bastante grande para hacerlo vibrar de acuerdo con la presión del aire producida por la voz.

Después de muchos experimentos con diafragmas de diferentes formas y tamaños, fabricó un transmisor y su receptor para enviar y recibir palabras.

Hasta que un día, cuando Bell y su ayudante Thomas A. Watson se preparaban para probar este mecanismo, al profesor se le derramó un poco de ácido en su pierna. Al otro lado de la pieza estaba Watson al lado del receptor y escuchó claramente que Bell le decía:

– Señor Watson venga, lo necesito.

Siendo este el primer mensaje por teléfono de la historia.

2 comentarios to “El teléfono de lata”

  1. Luis Estrada Says:

    Cómo se hace un telefono con dos latas. Contéstame, plis.

    • herberthcastroinfantas Says:

      Muy fácil: Bastará con que consigas dos latas vacías de leche, les saques una de las tapas, (la que se ha dañado para vaciar el contenido) y en en el centro de las tapas que dejaste en las latas les hagas un orificio por donde insertarás un hilo, preferentemente de nylon, para unir las dos latas, fijándolo con un nudo. La extensión dependerá de la cantidad de hilo que tengas. Pide a otra persona que se coloque una de las latas en el oido y se aleje a cierta distancia y tú le hablas por la otra lata. Para escuchar lo que él quiere decirte, solo tienen que invertir las posiciones de las latas, tú te colocas la lata en el oído y la otra persona habla por la lata. Te deseo suerte en el intento.

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